Preocupado. Muy preocupado Lucio Casio Tiberio pues un asunto menor en los confines del imperio le estaba fastidiando en extremo. Un banal estropicio en uno de los puentes sobre el Danubio —un asuntillo de suministro de maderamen de pino de Germania comprado a precio de maderas de cedro libanés, para lo que se habían destinado 20.000.000 de denarios— le estaba comenzando a fastidiar como mosca en pleno verano, en plena siesta, en plena dulzura amatoria.
Su tribuno, encargado de la guardia pretoriana, buscaba con desespero una salida airosa ante el populacho que murmuraba y murmuraba: el puente había colapsado y con ello varias vidas se había cobrado y el comercio entre provincias, cortado y detenido.
Puso a trabajar a sus cónsules para tratar de taponar la vía que se había abierto en los cimientos del Estado romano.
El Senado estaba dividido —unos, totamente contrarios; otros, acérrimos partidarios, encegados ante el deterioro imperial—, ante lo cuál se había decidido una ceremonia de sacrificio a los dioses. Pero nada de proceder a implorar y postrarse ante los dioses en la explanada del Circo Máximo ante Júpiter Óptimo Máximo, no. Era necesario acudir allí donde el pueblo había recibido el azote de la ira divina. Allá se precipitaría hacia adelante el emperador Lucio Casio Tiberio para calmar a los dioses... y para convocar, calmar, engatusar a la plebe y narrar
el relato de los hechos. No podía Él, Princex Maximum, pasar por vulgar malhechor. Alzaría al cielo un puñal y hundiría su hoja brillante en las gargantas de un par de bueyes. La sangre correría en homenaje a los muertos por la catástrofe y a los más que posibles muertos de la futura miseria económica.
Preocupado. Muy preocupado, y lo peor, humillado se sintió el augusto Lucio Casio Tiberio cuando tuvo que suspender sine die la ceremonia de desagravio en la lejana provincia. No era bienvenido el Emperador pues los augurios —una bandada de cuervos cubrió el sol sobre Roma— así lo "aconsejaban". El pueblo de la lejana provincia tenía su propio Dios, aborrecía los otros.
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