29.11.09

De mi madre, Martina

He estado con mi madre acompañándola en el hospital (también mi pedazo de mujer) para lo que me he debido desplazar muchos kilómetros. Ha sido un fin de semana duro y molesto. Pero ha merecido la pena porque nos preocupaba que mi madre sufriese una dolencia irreversible. Pero, después de la primera arritmia de su vida, afortunadamente mañana o pasado, a lo más tardar, y si Dios quiere, saldrá del hospital y podrá hacer su vida normal, es decir: salir con sus amigas a jugar al bingo al Club de Pensionistas, hacer sudokus y crucigramas, leer la prensa y todo lo que cae en sus manos (le encanta Dan Brown y Jose A. Bejarano!!!),  escuchar la COPE, leer La Razón, no soporta la tele, salir a pasear, en fin , todo, solo que con una pastillita de Sintrón, o algo así, y es que mi madre debe empezar a cuidarse porque el próximo 22 de diciembre cumple 92 añitos.

                                                         Os la presento: Martina, mi madre



25.11.09

Zenobia Camprubí con luz propia

Hoy voy a ejercer de padre orgulloso.
En La Rábida se ha inaugurado una exposición de la que ha sido comisaria mi hija Rocío Bejarano, junto a D. Jose Luis Gozálvez, sobre la estancia de la mujer de Juan Ramón Jiménez en 1919 en este paraje de Huelva.
Una interesante muestra con fotos y paneles explicativos sobre esta mujer que fue la acompañante  fiel del Nobel de Literatura.
Rocío, aparte de fotos y paneles traidos desde Puerto Rico, ha plasmado en un folleto/libro explicativo sus impresiones sobre Zenobia como "luz entre sombras" desglosando y "etiquetando" la vida de esta mujer como Zenobia, viajera; Zenobia, emprendedora, y Zenobia, comprometida.
En La Rábida y en Moguer (Huelva) está abierta, indefinidamente, esta bella muestra donde se puede aprender sobre una gran y desconocida mujer.

                Comisarios: Rocío Bejarano Álvarez y Jose Luis Gozálvez.






  R O C Í O   B E J A R A N O   Á L V A R E Z ,  
                             investigadora juanramoniana

21.11.09

De cuando estuve a punto de morir ahogado

--> -->Pues sí, ocurrió que el viernes 23 de marzo de 2007 nací de nuevo. Nací, estoy seguro, porque el Destino así lo quiso. Desde aquel día estoy convencido de que los acontecimientos que ocurren en nuestra vida juegan un factor fundamental en nuestro devenir. Estoy seguro de que cada pequeñísimo detalle, cada ínfimo movimiento que hagamos, y no otro, influye para que nuestro rumbo se determine de forma definitiva pudiendo suponer el tránsito sencillo, mínimo, casi imperceptible entre la vida y la muerte.
El día antedicho arribamos a Sint Maarten, una isla en las Antillas Holandesas de las cientos que puntean el mar Caribe. Esta isla es un pequeño territorio que está repartido entre dos países de la Unión europea. Un anacronismo como otro cualquiera.
El caso es que aquel día desembarcamos del crucero Holiday Dream en Phillipsburg, la capital de la isla, y nos embarcamos en un hermoso catamarán a cumplir uno de mis sueños infantiles como era revivir, mejor que rememorar, la aventura de visitar y soñar durante tres o cuatro horas en una típica isla caribeña desierta. Y nada mejor para ello que seguir la sugerencia de la compañía Pullmantur con quien estábamos pasando  nuestras vacaciones.
Así pues, dicho y hecho, en un pequeño atracadero del puerto de Phillissbug embarcamos en el Golden Eagle, en compañía de otro cruceristas. A fin de no sufrir las penalidades de Crusoe, mi mujer se cuidó de introducir en su enorme bolso todo lo necesario para nuestra aventura robinsoniana: crema solar, gafas de sol, bañadores, agua, el móvil para llamar a los niños, un par de pequeños bocatas distraídos del desayuno, y cómo no, la cámara de fotos para hacer lo que de siempre me obsesionó: hacer una foto de una huella en la arena con el fondo de palmeras y cocoteros, o sea Crusoe total.
A bordo, un guía nos ofreció una copa de lo que quisiéramos: zumo de papaya, ron destilado de la isla de Mari Galante, champán o simplemente una coca cola. Yo me decidí por un combinado de todo a fin de aprovechar el momento. El caso es que el guía, de nombre George, cuando se lo pedí, no pudo reprimir una sonrisa y en su idioma papiamento, uno de los lenguajes de la isla Sint Maarten, me ofreció una inmensa copa con un contenido absolutamente exótico y me parece que un poco afrodisíaco. Me tumbé en la cubierta, sobre la red que une las dos partes del catamarán, viendo como sobre mi cabeza pasaba la botavara del palo mayor y obnubilado de ver la vela que se henchía de viento mientras degustaba lentamente aquel cóctel preparado en exclusiva para mi. No pude evitar,en aquel preciso instante, un recuerdo para mis compañeros de trabajo…

Nos dirigíamos a la isla Tintamarre, una de las pocas islas absolutamente desiertas y destino de la excursión.
A ocho millas -aproximadamente dieciséis kilómetros-apareció de repente aquel islote maravilloso donde no se atisbaba ni una sola señal de presencia humana.
Los privilegiados que viajábamos en aquella embarcación enmudecimos, los bailes al son de los ritmos calientes caribeños cesaron y todos nos quedamos extasiados ante aquel espectáculo desconocido, un lugar en la faz de la tierra absolutamente virgen sin posibilidad de ser violado por ningún objeto, dispositivo, máquina o aparato que distorsionara aquel paraje absolutamente sacado del Edén.
Yo apuré mi cóctel fresco, suave, que calentó tibiamente mis sentidos, y le di las gracias a George en su idioma papiamento –él me lo enseño-: Danki! sonriéndome mientras recogía el vaso vacío.
El barco se iba aproximado hacia una cala que en la distancia era como una cicatriz blanca entre un bosque de palmas y vegetación exuberante y el azul purísimo del mar.
Según íbamos acercándonos ya me veía bajando directamente y poniendo pie sobre la arena blanca. Pero cual no fue mi sorpresa cuando repentinamente el catamarán paró el motor y un marinero arrió la vela mayor que yo había mirado absorto minutos antes henchida de viento. El pequeño navío, como si hubieran pisado el freno, quedó fondeado aproximadamente a veinte metros de la playa. Mientras todos aplaudían y se disponían a tomar tierra y practicar sus aficiones favoritas, nadar, tumbarse bajo los cocoteros o simplemente bucear, a mí me entraron repentinamente las “siete cosas”. Ya no me acordaba de mis carencias, y una de ellas es que a mí, la natación…. como que no. Y hasta la playa había no veintitantos escasos metros, sino insalvables millas o kilómetros.
El caso es que poco a poco fueron descendiendo todos los turistas: parejas de recién casados, matrimonios de mediana edad, chavales y chavalas, hasta señores de edad provecta se arrojaron entre gritos de alegría a las aguas del Caribe al asalto de la isla Tintamarre. Todos... menos yo, bueno, y una anciana que me triplicaba en peso y con apariencia de tener disminuidas sus facultades físicas. Allí se quedó la señora, y yo haciéndole compañía. Mi mujer, Carmen, se arrojó al agua junto al resto, con un estilo que me dejó asombrado. Era la primera vez que la veía tirarse y nadar de aquella manera. Antes de lanzarse al agua estuvo tratando de convencerme e ir nadando hasta la playa, y aprovechar la oportunidad de pisar tierra. Mil disculpas fueron las que puse pero en realidad lo que yo no quería era reconocer que la natación no era lo mío y que aquellos escasos metros que separaban el barco de la playa era una distancia que no estaba dispuesto a afrontar y menos con la ayuda de un ridículo flotador, después de ver a todos los expertos nadadores que disfrutaban de la arena y del mar. Así pues me dispuse a acomodarme en el balandro que se balanceaba suavemente al ritmo de las olas que reflujaban desde la paradisíaca playa. La señora y yo nos miramos sonriéndonos tímidamente, ella sospechando que algún impedimento grave me obligaba a permanecer a bordo renunciando a los placeres de la isla desierta del Caribe.
En pocos minutos pasaron por mi mente los graves traumas que me retorcían por dentro. Me sentí como frente al Tribunal del Peso de las Almas donde los dioses egipcios -Osiris- valoram las obras de los hombres; las buenas y las malas. Así, yo sopesé la decisión de permanecer en la seguridad de la cubierta del barco renunciando al placer taponándome los oídos como Ulises, o bien arrostrar las consecuencias tragándome mis temores y llegar a mi Ítaca particular.
Estaba dispuesto a poner en práctica mis escasos rudimentos de natación a braza y total, me dije, en una docena de brazadas, dejándome arrastrar por aquellas dulces y calidas ondas marinas, en pocos segundos estaría en los brazos de Carmen, mi mujer, que en aquellos momentos chapoteaba eufórica y contenta disfrutando de lo que tantas horas de trabajo y esfuerzo nos había costado durante todo un duro año de trabajo.


Junto a los infantiles flotadores que no estaba dispuesto a embutirme, observé que había unas barras largas y delgadas de poliuretano que nunca antes había visto, así pues cogí una por la mitad y descendí las escaleras del catamarán para posarme suavemente en las cálidas aguas.
 Cuando me dejé abandonar en el agua, comprendí el error cometido pues aquella barra supuestamente flotadora que yo asía firmemente por la mitad, se doblaba formando una V, que lo que hizo fue hundirme en aquellas aguas irremisiblemente. Cuando me vi completamente sumergido, y mis ojos se abrieron horrorizados comprendí que estaba viviendo los últimos instantes de mi vida. Miré hacia abajo y aquella profundidad azul celeste, de puras y cristalinas aguas, con miríadas de peces de todos los colores, el fondo repleto de rocas y corales azules y algas de un verde purísimo, y que aquel espacio repleto de peces que se paseaban placidamente ante mis ojos, palometas negriamarillas, salmonetes dorados, barracudas indolentes, apacibles peces martillo, grupper milcolores, peces ballestas horteramente decorados, peces Damisela haciendo honor a su sobrenombre y otras especies bellísimas pero desconocidas, como si de un acuario gigante se tratara, viendo increíblemente el fondo como si de un acuario iluminado se tratara, me parecieron las profundidades abisales de la Fosa de la Marianas, con la belleza de la Muerte y aquellos pececillos nadando a unos centímetros de mis cuerpo –instintivamente con la otra mano me protegí mi entrepierna temiendo no sé qué- me parecieron pulpos, tiburones y otros monstruos marinos que me acompañarían al inframundo y me arrastrarían a las oscuras simas para no regresar jamás. De repente mis nervios se desataron, mis más primarios instintos afloraron a mi ser y mi boca se abrió en procura de aire tragando en su lugar agua de aquel letal mar.
En aquel momento, un guppi enorme pasó frente a mi cara aterrorizada y ese bello pez fue testigo de la décima de segundo cuando decidí dar un manotazo en el interior del agua y emerger agitado, confuso, aterrorizado en suma, en busca de la bocanada de aire que necesitaba, sin más, para poder estar hoy aquí escribiendo y relatando los segundos que me llevaron al límite de mi existencia, a los umbrales del Más Allá. Cuando emergí a la superficie, comencé a agitar los brazos de forma histérica  para evitar un nueva y ya postrera inmersión, cuando a lo lejos, en la playa, pude ver la figura de mi mujer, sentada en la arena y que haciendo pantalla con sus manos miraba atentamente oteando el lugar donde me encontraba. Telepatía y sexto sentido. Y un par de ovarios diría yo, el caso es que sin pensarlo un segundo vi como el pedazo de mujer que tengo, que no pesa más de cincuenta kilos  se lanzó al agua y en un pis-pas, con un estilo y una fuerza y decisión que para si quisieran muchas vigilantes de la playa, estaba a mi lado. Me agarré a ella y sin más dilación cogió la dichosa barra de poliuretano, y la V que me dirigía con su punta al fonde del "tenebroso" mar, a la que yo me asía desesperadamente, la convirtió en una milagrosa U pasándomela por mi torso debajo de mis brazos. Así, agitado, hiperventilando, con espasmos y tiritona debido a la tensión sufrida, a punto de la insuficiencia respiratoria, fuimos acercándonos a la orilla guiado como un cordero por mi valerosa mujer.
Me tumbé en la orilla, me revolví sobre la arena, mis lagrimas afloraron disimuladas entre las gotas de agua marina. Mi mujer me acarició, me tranquilizó, calmó mi agitación y me pasó sus manos por mi pecho hasta regularizar mi respiración entrecortada,  me dijo que no pasaba nada, me aseguró que nunca me había perdido de vista, y luego… luego, cuando ya estaba sentado sobre la arena soltó una carcajada pensando en el papelón del día siguiente en la prensa española: "Turista español ahogado, agarrado al salvavidas, en el paraíso caribeño".
El regreso al catamarán fue especial para mí: nadando sosegadamente, asido convenientemente al dispositivo flotante, pero sobre todo con la presencia insustituible de mi mujer, que una vez más me había salvado de desaparecer para siempre de este mundo.
Nadie -y esto me alegra más incluso que el haberme salvado- se enteró. El guía me ofreció a la vuelta otro mejunje caribeño, aunque cuando añadió el ron, yo le empujé la mano para que dejara caer unas gotas de más.
Al desembarcar en la Isla de Sint Maarten, me despedí de él, alegrándome de que no hubiera habido necesidad de requerir sus servicios como socorrista.


Bon ayó, amigu¡ -adiós amigo-, fue lo que acerté a decirle en su lenguaje papiamento.
Regresamos al crucero sumido en mis más íntimos sentimientos dejando vagar la imaginación en la estela de espuma que la embarcación iba dejando tras el purísimo azul del mar de los caribes. Aquella noche mi mujer (mi mejor médico y psiquiatra de cabecera) me dió un Orfidal. Dormí como un bendito y me ahorré la pesadilla que me esperaba.
Y esta es la verdadera historia de cómo estuve  en un trís de fenecer ahogado en el Mar Caribe. Cuándo, ya lo escribí al principio. Dónde, en  las coordenadas 18º7´2.37” N  62º59’16.50” O.
Cuando lo cuenta, Carmen se ríe, pero a mí, maldita la gracia que me hace. Aún puedo ver la cara de susto del pez que pasó a unos centímetros de mi cara aterrorizada en el segundo que separó la Muerte segura de la Vida que se me perdía. Las mías. Y no he puesto ni he quitado nada.
Dicho queda...

15.11.09

Mis guias, o Sin ti no soy nada...

Roma. 
Antes de entrar a la Capilla Sixtina.
Anna, una sofisticada y antipática guia que no tenía muy buen concepto de los "spagnoli" por impuntuales y anárquicos.
Ma grazie tante!

Ismail, o Miguel, como quería que le llamásemos. Un excelente guía que nos dio una verdadera lección de Egiptología pues hizo con nosotros el viaje por su pais, de Las Dos Tierras, del Alto y del Bajo Egipto. Para la perfección le sobró media hora en la Mezquita de Solimán, en El Cairo, donde se creyó un imán y jugó a adoctrinarnos en lugar de explicar sin tanta pasión 
El Noble Corán.
Inolvidable Miguel.  
Suchram!
 
Maestro nubio, con un gran sentido del humor enseñándonos el alfabeto de su pueblo.
Gran rato en su escuela.




Isla de La Martinica. 
Dominique, esperando un hijo, nos mostró las bellezas de su isla, una provincia más de Francia en el mar Caribe.
Merci!!!





Una pianista a bordo del Ocean Dream, amenizando la cena al son de las olas antillanas.
Obrigado!



Isla de Antigua, refugio  de piratas.
Thank you!






Egipto, Luxor: comprando papiros auténticos; y paseando
en la calesa de un descendiente de un ladrón de tumbas. Dijo este llamarse Abdul.
Suchram a los dos.



 



República Dominicana: salsa y ron desde primeras horas de la mañana. Baile y visita a los altos del rio Chavón. Un día espléndido el que pasamos con todos ellos y ellas, que se dejaban llevar al ritmo de los dulces y excitantes bailes antillanos...  
Gracias de corazón a tod@s!
 
Li. 
Beijing.
Nos siguió por toda China, diciendo "hola" y filmando nuestros movimientos. 
Para ganarse unos yuanes.
 

 Fátima, la española controlando a los guías chinos de Panavisión.
Gracias, niña!!!


 
La Gloria, sí. Gloria de Xi'an. Gloria, su nombre
 
Lou, en Shanghai. La eficiente y simpática guía.
 
Shouzhou. 
A su pesar nos mostró también lo peor de su ciudad.
 
Hangzhou. Me da para mi que no le gustaba el nuevo rumbo de China. De la vieja guardia. Setenta y tantos años  de edad.
Xie xie, Zhōnghuá
Gracias, China
                                                                             
 
Catalina... digo Patricia la Grande. La zarina-guía del siglo XXI que nos llevó al Hermitage, y se sintió orgullosa de mostrarnos la magneficencia de sus antepasados de Petersburgo. Dos días de ballet, rios, el Aurora y Palacio de Invierno. Noches de Rusia.
 
Segundo día en San Petersburgo. 
Rio Neva y Plaza del Pueblo. 
 Bolshoe spasibo!
 
Tallin. Guapa y eficiente. Orgullosa de un pueblo orgulloso de su bandera, de Estonia. 
Tänan !!
 
Pues sí, los turistas también nos documentamos, mejor dicho, nos documentan a través de un par de amenas conferencias impartidas por un profesor de la Universidad de Barcelona. Mucho que decir sobre el Báltico.
Moltes gracies!
 
Estocolmo. Suecia. Premios Nobel.
Tack!



 Gdanks. Polonia. La guia casi nos presenta a Lech Walesa. Ambar de Polonia.
 Dziekuje !

 
Copenhagen. Dinamarca. Canales y bicicletas. Guias bellísimas y eficientes. Muy cultas.
Mange tak !!


13.11.09

En sólo un segundo



 La chica miraba nerviosa, a través de los ventanales del consultorio, cómo iba cayendo la corta tarde de diciembre. Pensaba que no era para menos, dado lo que le había ocurrido veinticuatro horas antes.
Viajaba todos los días desde su casa hasta el Jewish Lower East Side, donde había conseguido un empleo en una de las lavanderías de Manhattan, situada en un callejón de Eldridge St.
Sentada, esperaba el diagnóstico del laboratorio de análisis clínico, y se propuso no dejar que los nervios la atenazarán, así que dejó que los recuerdos fluyeran controlados en su mente.
No cabía duda, reconocía, que había conseguido el empleo gracias a la influencia del rabino de su barrio, en el sur del Bronx. De padres y abuelos judíos emigrantes, debía reconocer que aquel trabajo, hasta veinticuatro horas antes, le gustaba.
Era la única empleada, y ya comenzaba a conocer a los asiduos clientes, incluso Wooddy Allen entró en varias ocasiones. Un anciano,  asiduo, al conocer cómo se llamaba, le contó la curiosa coincidencia entre su nombre y el trabajo que tenía, aunque, en aquellos momentos, no le encontró la menor gracia. El caso es que con el nombre que tenía disimulaba el carácter de judía, aunque no sentía ningún complejo, dado que se encontraba en mitad del barrio judío de Manhattan. Se consideraba una mujer guapa, en la plenitud de sus 27 años, pues tenía rasgos griegos inconfundibles y le había dado por hacerse una cola con el pelo ondulado dándole a su silueta el aspecto de una hermosa cariátide.
Al salir de la lavandería, antes de tomar la línea verde-cuatro del metro, se sentaba en una pequeña cafetería y pedía, para no olvidar por completo, levivot  y bagel (pastel judío de salmón ahumado y queso), aunque prefería los que preparaba su abuela por Janucá, cuando encendían la primera vela del candelabro de nueve brazos para la fiesta de las luminarias, mientras el abuelo entonaba el Baruj ata Adonai [...] lehadlik ner Jánuca (Bendito eres Tú, oh Eterno [...] las luces de Jánuca). Y es que su padre, siempre se había sentido orgulloso de su ascendencia simplemente griega, olvidando las raíces hebreas, y refunfuñaba en cada fiesta judía por las, según él, excesivas influencias mosaicas que le estaban inculcando los abuelos a la nieta. Tal vez, creía una pequeña venganza de sus suegros por haberle impuesto a su hija aquel nombre totalmente gentil para escándalo de la familia.
A veces la muchacha frecuentaba un gimnasio de fitness, para intentar modelar aún más su cuerpo. El trabajo en la lavandería la obligaba a permanecer largas horas de pie, y ello le estaba produciendo molestias en las piernas.
El maldito día anterior, había entrado un contenedor de ropa sucia de uno de los hospitales de Central Park Sur, y su jefe le había pedido que sacrificase su hora de almuerzo. La avería en la lavandería hospitalaria había supuesto una emergencia y sabía, desde el cada vez más lejano 11 de Septiembre, que la solidaridad era una de las características de la ciudad de Nueva York.. Y, maldita sea mil veces cuando (quizás pecando de falta de previsión) hundió sus manos enguantadas en aquella bata que había caído al suelo desde el contenedor y notó un dolor fino y profundo en la palma de su mano izquierda. Un delgado hilillo de sangre le cruzaba transversalmente las papilas de su mano.
Durante un segundo no se dio cuenta, hasta que se percató de que aquella ropa era sucia, por tanto, contaminada, y de que aquella pequeña hoja de acero, manchada de sangre, provenía de uno de los bolsillos que algún sanitario irresponsable había dejado olvidada.

El cliente anciano aficionado a la Mitología le contó que Nausicaa, era hija del rey Alcinoo. Y cuando Ulises, arrojado por la tempestad a la isla de los feacios, fue descubierto por Nausicaa y sus compañeras, que estaban lavando la ropa, aquella le proporcionó ropa limpia y seca  y lo alojó en el palacio de su padre.
La historia de su tocaya le hizo gracia a Nausica (este era su nombre), y desde entonces lo llevó con orgullo, pues siempre se había preguntado por qué ella no se llamaba Sara, Ester, Ruth, Rebeca o cualquiera de los innumerables apelativos que la Biblia proporcionaba a los judíos, y que lo ostentaban  como una de sus principales señas de identidad. Pero que su padre se empeñara en aquel extraño nombre de la Mitología griega no lo había llegado a comprender nunca.
Cuando se accidentó, desconectó la  gigantesca Crolls, corrió al botiquín y su jefe le dijo:
-Debes hacerte rápidamente una analítica de sangre para detectar y prevenir cualquier infección. No quiero disgustos.
En el dispensario, cuando le estaban extrayendo una muestra de sangre estuvo a punto de desquiciarse y perder los nervios. De repente volvió a revivir el lento proceso de su amigo Italo, gentil, desde que le diagnosticaron el VIH. La constatación de que se había llegado con retraso; el duro y penoso tratamiento; las largas y solitarias estancias en el hospital; el inexorable deterioro físico y mental hasta la total degradación física, inerme ante la más  pequeña infección; y lo peor, la lenta y dolorosa agonía, paliada a base de drogas, que le conduciría a la muerte.
A la espera del resultado de los análisis rememoró Nausica los tiempos de su niñez, cuando su abuela le cantaba "Eli shelo igamer leolam", una canción de cuna que habían traído de la amada Salónica. Aquellas dulces palabras en hebreo siempre las recordaba Nausica, hasta que descubrió que el pequeño mundo judío no acababa ante la puerta del apartamento familiar del Bronx.
Cierto día, unos años antes, le pidió a su abuela unos dólares para comprar una bicicleta y estrenarla el día de Yom Kippur, para celebrar el Día del Perdón igual que hacían los sabras descreídos de Tel-Aviv. Su padre sonrió y se dio cuenta de que su hija estaba comenzando a asimilar el ser sólo una greco-americana de verdad, por su nombre y por su aspecto de diosa helena. No volvió a entrar Nausica en una sinagoga, ni volvió a entonar ningún canto de celebración, ni el padre consintió que su hija observase las leyes del sabbath, o se alimentase exclusivamente de alimentos khoser. Ahora, desde la lavandería, veía la imponente fachada de una de las sinagogas de Manhattan por donde entraban muchos judíos neoyorquinos a orar, leer, o simplemente descansar y meditar entonando el Shema Israel, (escucha Israel...).
Nausica aguardaba en la sala de espera del ambulatorio. Llevaba un día completo sumida en un mar de confusiones; sin embargo, aún le quedaba lo peor: comunicar la casi segura mala noticia a su padre y abuelos, aunque sabía que la apoyarían en todo momento, cubriéndola de besos y abrazos para que sobrellevara la terrible enfermedad.
Y a George, su prometido desde hacia tres años. ¿Cómo decirle que era portadora del terrible virus? ¿Cómo hacerle participe de una vida y un proyecto trazado en común con aquel terrible estigma? ¿Cómo lo afrontaría? ¿Tal vez huyendo para siempre de ella, que por días se iría convirtiendo en una ruina física? No quería ni pensar en el  momento en que tuviera que comunicárselo. Pero el tiempo,  inexorable, se convertiría en el más aterrador aliado para transmitir su enfermedad. Adiós al trabajo, adiós a las amistades, adiós a los paseos por la 5ª Avenida, adiós a las sesiones fitness para lograr poco a poco un cuerpo escultural. Adiós, en fin, a la vida que, hasta aquel malhadado día, le había sonreído.
Al pasar a la consulta, Nausica sintió deseos de vomitar. La depresión y el estrés estaban comenzando a dejar huella. Nunca hubiese creído que los nervios la traicionarían de esa manera.
La doctora le tendió la mano y la indicó que se sentara. Por la ventana del aséptico ambulatorio se veía caer lentamente la tarde invernal.
La doctora tomó una carpeta amarilla y extrajo un folio con los resultados analíticos. Nausica se encontraba al borde de un ataque de nervios.
-Bueno, veamos -dijo la médica. -Se le ha hecho una analítica completa y ya tenemos una conclusión, ¿Está cansada, suda mucho, bebe agua con frecuencia, orina a menudo?
Claro que estaba cansada -pensó Nausica, sentada al borde de la silla, en actitud defensiva-, que sudaba y que bebía abundantemente. ¿Qué quería decir aquella médico?
Ya se había preparado para recibir el temible diagnóstico. Eran los síntomas que desde hacía 24 horas sentía, pero faltaba que los análisis confirmasen lo que ya sospechaba.
-Bien, Nausica Aristhelos: los lípidos, hormonas y linfocitos están dentro de los parámetros normales; así como los niveles de cetonuria. Por tanto, queda descartado cualquier virus de inmunodeficiencia humana. Tiene, sí, una leve diabetes congénita, de toda la vida, que debe cuidar.
Nausica, aficionada a la lectura de Robin Cook y sus aventuras de contaminantes de ántrax, botulismo, peste bubónica, así como conjuras internacionales de guerras bacteriológicas y atentados en masas quedó estupefacta, y, mirando fijamente a la médico, dijo:
-Así que... nada de contagio de AIDS por la maldita punta de bisturí contaminada de sangre...
-¿Sangre? -interrumpió rápidamente la doctora, mirando por encima de la montura de sus gafas. -Hemos analizado la sustancia que manchaba el bisturí, y nada de sangre: simple tinta roja de rotulador. Así que, Nausica, a descansar y mañana, de vuelta a su trabajo. Ah, y por favor, la pequeña herida, destapada y que le dé el aire.
Nausica salió a la calle. Los coches circulaban lentamente en dirección de los puentes y salidas de la isla, despoblando la otrora jungla de Manhattan.
Miró la línea del cielo que se perfilaba al final de Battery Park. Faltaban las torres gemelas. Mañana tendría que madrugar. Y por la tarde, pensó, entraría un momento, por primera vez en mucho tiempo, para completar el minyán (diez personas, como mínimo, para iniciar las lecturas sagradas) en la sinagoga de Eldridge St.
-Gracias, Dios mío, y, como dice una sentencia judeosefardí, "que la salud me pueda" pensó. Se anudó al cuello la pasmina comprada en los rastrillos del Pre-Harlem, resguardándose del viento helado de la noche, y  miró al cielo antes de desaparecer por la boca de la línea verde-cuatro del metro de Nueva York.
"Porque yo, sin ti, no soy nada; qué no daría yo...", la aterciopelada voz de Amaral salía de los buffles del gigantesco compact de un latin-boy apostado en las escaleras del sub, mientras miraba a Nausica.  F I N

Cuadro: Nausicca, de William Paxton. 1937

7.11.09

Daniel y yo...o Danielillo. Y Rober.





Os presento a mi nieto, Daniel, que fuimos esta mañana al Muelle de minerales, de Huelva y hacía un frio y una ventolera horrorosos. Pero él, tan campante, y con ganas de continuar de paseo. La verdad es que yo no soy amigo de entradas de este tipo, pero el rato que he pasado con Daniel, Daniel Bejarano, merece la pena compartirlo. Y es que me tiene el niño embobao. Cuando me ve, ya dice "OOOEEEE", que yo lo interpreto como JOOOSEEE. ¿O no?

También cuelgo algunas de hoy mismo que han dormido en casa, y eso que juré y perjuré a sus padres que nunca nos haríamos cargo de ellos, pero ahora estamos locos por quedarnos con ellos -también con el mayor, Roberto- los findes...