16.1.17

EGIPTO القاهرة

Pueda tu espíritu vivir, durar millones de años, tú que amas Tebas,
sentado con la cara al viento del norte, los ojos llenos de felicidad (inscripción en un vaso de su tumba)

El pueblo egipcio cuida de que sus inmensas riquezas permanezcan en poder de su verdadero dueño: el pueblo.
Las están protegiendo para que los vándalos (nuevos ladrones de tumbas) no las destruyan y poder seguir mostrándolas al mundo. Viva el pueblo egipcio!!!
Me siento muy cercano al pueblo egipcio.



8.1.17

URGENTE: La señal de la CRUZ

EN MEMORIA DE LOS MÁRTIRES DE LA INTOLERANCIA, PROFESEN LA RELIGIÓN QUE PROFESEN.   

En la visita a la Sinagoga de El Cairo coincidimos con la hora de la oración, y allí comenzaron a congregarse algunos fieles que se dispusieron a escuchar al Rabino. Fue curioso porque era la primera vez que veía a judíos árabes.
Desde la puerta pude escuchar el tono monocorde del Rabino entonando el Escucha Israel, y sentí una gran emoción... cuando tomó el Rollo de la Torá.
Después fuimos a la Mezquita de Saladino. Cuando acabó la visita (donde por cierto compré un ejemplar de El Noble Corán) y estando disfrutando de una espectacular vista de El Cairo, comenzó a sonar por la gigantesca magafonía del alminar, la llamada a la oración. Desde la vista que divisaba senti latir el corazón de la ciudad y cómo tantos millones de personas, se disponíam a postrarse y dirigir al unísono su mirada en dirección a La Meca cantando y entonando la firme creencia de la existencia de Allah como único Dios y la convicción de ser Mahoma su profeta. A mi lado pude observar varias personas orando, una de las cinco veces que el Corán manda cumplir como uno de los pilares básicos de sus creencias.
En ese momento debí volverme loco, el caso es que mientras a mis espaldas sentí  un claxonazo del bus que me reclamaba, no lo dudé: de un pequeño salto me alcé sobre la balaustrada de piedra que delimitaba la explanada de la Mezquita. Me subí sobre la piedra y dejando a mis espalda el sol que estaba declinando, dirigí mi mirada hacia el Este y calculé dónde estaba situada la ciudad tres veces santa, la misma para las dos religiones que había admirado durante aquel mágico día. Pero decidi que allí faltaba la tercera en concordia, y allí estaba yo. Miré hacia el horizonte, ya oscurecido, me erguí, orgulloso, y con toda la ostentación de que fui capaz, al mismo tiempo  que con mi mayor humildad, hice la señal que hacía mucho, mucho tiempo, que me habían enseñado pero que casi había olvidado. Jerusalem asomaba tras el horizonte...
 Con mi mano derecha, abierta, dirigí mis dedos a la frente En el nombre del Padre, la bajé al pecho, cerca del corazón del Hijo y desde mi hombro izquierdo y del Espiritu crucé al lado opuesto Santo, y besé mis dedos Amén.
Cuando acabé, una lágrima afloró a mis ojos, que no reprimí. Me sentí orgulloso y emocionado de la religión de mis padres, y a pesar de mis simpatías judías, me sentí como una especie de cruzado llevando la señal de la Cruz evocando, yo lo sabía, al mismo Dios que las otras dos religiones: el Dios de Abraham.
Cuando llegué al bus, noté cierta impaciencia en otros compañeros, pero yo, campeón  de la puntualidad me alegré del pequeño retraso.
Sobre Egipto caía la noche y yo me sentí bien. Carmen me tomó de la mano, y me la besó.


PD:
Esta entrada la incluí hace escasamente un año, a raiz de mi viaje a Egipto.
Hoy, por desgracia, una veintena de muertos víctimas de los fanáticos, en Alejandría, por lo que quiero incluir aquella entrada, sin cambiar un ápice, como homenaje a dichas víctimas.
Ojalá no ocurriera más, pero soy muy, muy pesimista...

6.1.17

El dorado secreto

            
           

            Desde hace unos días apenas doy crédito a lo que ha sucedido. Resulta que Johnny, el chaval con el que frecuentemente mantengo contacto cibernético, es de una ciudad uruguaya para mí completamente desconocida, y sin embargo, curiosamente, absolutamente familiar: Hace la tira de años tenemos, en la pared del salón de casa, una fotografía, un retrato, donde está mi bisabuelo en compañía de otra persona posando a los pies de una majestuosa estatua de lo que parece el monumento principal de la población.  El cuadro, permanentemente presidiendo la estancia familiar, ha sido una de mis compañías durante toda mi vida. Hasta ahora.
La foto del “secreto” ya color sepia, en la que se notan los reflejos de la luz de magnesio de la lámpara, enmarcada en un cuadro pintado de purpurina, detrás de un cristal desvaído y mate por efecto el tiempo, tiene en letra muy pequeñita, en su parte inferior, la siguiente inscripción:
“El Recreo. Minasconcepción. República Oriental. 12 octubre 1902, Día de la Raza”.
—Tu bisabuelo, hijo mío, tenía metido en la sangre el veneno de irse a hacer las Américas, y vaya que hizo lo que más anhelaba: se marchó.
Años atrás mi abuela, mientras yo miraba ensimismado la foto, dejaba su labor y me contaba una historia, la historia de siempre, como una cantinela narrándome —día sí día no— que su padre embarcó,  recién comenzado el siglo XX, aún soltero, en un vapor de cabotaje que zarpó desde el puerto de Cádiz; que desembarcó en el puerto de Laguaira; que descendió por el Orinoco y sus afluentes hasta las selvas bolivarianas donde convivió con las tribus caribes y panares, todo porque aquí en Riotinto, el oro, ya escaso, se extraía a golpe de barrenos y excavaciones en las entrañas de la tierra, lixiviándolas y extrayendo el jugo aurífero con sales de Ácido Prúsico que envenenaban las aguas y empobrecían la ya exangüe tierra; que alguien le había hablado de lo fácil que era lograrlo, casi sacarlo a puñados, simplemente bateando las arenas en las escorrentías caudalosas de América. Pero se encontró, de repente, soportando mil calamidades: que en la cuenca de los afluentes del Amazonas cayó gravemente enfermo debido a las picaduras de los insectos y de niguas; que quiso y no lo dejaron trabajar de “garimpeiro”; que, comido por las fiebres, y gracias a la ayuda de algunos aborígenes, logró viajar  hacia el Sur a través de ignotas selvas del Brasil; que trabajó en Santa Cruz de la Sierra, de Bolivia, en todos los oficios habidos y por haber. Y que, menos oro —aseveraba mi abuela haciendo un inciso en la sucesión de calamidades que, según ella, le había acontecido a su padre, mi bisabuelo—, encontró de todo... lo peor.

—Durante unos meses procuró la manera de dirigirse hacia Buenos Aires, donde imaginaba poder encontrar ayuda y medios para retornar a España. Consiguió, a lomos de una mula, tras mil penalidades, cruzar un paso fronterizo a través de los Andes hasta que consiguió llegar a territorio argentino. Por lo visto, y según comentó a su regreso a la patria —mi abuela continuaba desgranando la historia que yo escuchaba en silencio mientras miraba de soslayo la vieja foto “del secreto”—, llegó a Buenos Aires donde trabajó en las estibas del puerto de La Plata. Y allá, en ciertos tugurios de los muelles, escuchando conversaciones acá y allá, logró deducir que existía un lugar, al otro lado del Mar del Plata, lo más parecido al mítico Eldorado.
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coche simón, tomaron la ruta que los alejó de la costa y se internaron en aquel pequeño y casi desconocido país. Contó al retorno cómo la región le recordaba a la provincia de Huelva, a su serranía, a su campiña, jalonada aquélla de suaves colinas, aunque escasos bosques, extensos campos de trigo y girasol mecidos al viento suave de la primavera austral, y grandes estancias de ganaderías de ganado vacuno a lo largo de la ruta.
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            Hasta aquí, los recuerdos que mi abuela me legó. Recientemente, pude comprobar que, en efecto, el  12 de octubre de 1902, fecha de la fotografía, fue erigida e inaugurada una estatua ecuestre, de tres mil kilos de peso, del General Lavalleja, en la Plaza de La Libertad (otrora del Recreo) de Minas (no Minasconcepción como la denominaba mi abuela). Y como ella siempre se había referido a aquella fotografía como la del “secreto”, dada además la curiosa circunstancia de haber tomado contacto con un natural de dicha ciudad, como he especificado al comienzo de esta narración, decidí que había llegado el momento de desentrañar y acabar con aquella aureola misteriosa que para mí había tenido hasta ahora.
             Así que me acerqué a la pared del salón y la descolgué de donde siempre había estado, sin ser desenclavada, salvándose de limpiezas generales, encalados, cambios de muebles, y lo que es más importante, del paso de mis familiares —mi bisabuelo Cosme, protagonista de esta historia y su esposa; mis abuelos: ella, la narradora; y mis padres. Todos ya fallecidos—. Nada ni nadie había sido suficiente excusa para desenclavar aquella foto. Así que, hace pocos días, me sentí como si estuviera violando un secreto, como si mismamente estuviese a punto de descubrir, como Lady Fletcher, la  tumba  de Nefertiti.
            El caso es que descolgué el cuadro que pesaba bastante. En el reverso, sellado con una pasta dura como el pedernal, que desprendí a trozos, despegué una lámina de mica, imagino que procedente de algún yacimiento uruguayo, y al extraerla pude acceder a la estampa. Al fin, después de cincuenta años mirándola, pude tocarla con mis manos. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, afluyendo a mi mente todas las historias que mi abuela había estado contándome sobre la foto del secreto, un secreto del que yo no estaba seguro que ella fuese consciente o tal vez que le diese el calificativo que le había transmitido su padre, aquel joven acompañado del italiano, que aparecía en la imagen a los pies del prócer uruguayo.
            El reverso de la fotografía, estaba inmaculadamente blanco, como de haber estado protegida durante cien años. Pero lo que ya desbocó mi corazón, comenzando a latir aceleradamente, fue comprobar que estaba manuscrita con pluma dieciochesca, con una letra bella, picuda, apretada, y renglones minuciosamente trazados. Decía así:


En la ciudad de Minasconcepción, en el departamento Lavalleja de la Republica Oriental del Uruguay, a aquellos que quieran y deseen leer lo siguiente: Yo, Cosme Santiago y García, natural del reino de España, Huelva, tengo que decir y digo que
 ”Los presentes en este retrato, Elías Vecchi y un servidor,  fuimos comisionados y contratados para la realización y vaciado de una estatua ecuestre mandados por el Intendente de la citada Minas, por encargo de la susodicha autoridad. Dicha realización, mezcla y vaciado de la estatua fue efectuada siguiendo las indicaciones del escultor maestro de la dicha obra el 23 de agosto de 1902. Encontrándome en dicho cometido en compañía de mi ayudante Elías, fuimos aleccionados, advertidos y obligados a jurar en el nombre de Dios de que lo que íbamos a presenciar y a ejecutar, por ser nuestros servicios de manera y forma indispensables e indiscutibles, sería un secreto que deberíamos guardar el resto de nuestras vidas: en el instante cumbre del rellenado con la mezcla en los moldes fabricados exprofeso, en un momento determinado, en la colada que en aquellos momentos estaba a mil sesenta y cuatro grados centígrados de temperatura, nos fueron entregados,  por dos personas de rostros cubiertos apara evitar su identificación, veinte lingotes de metal oro, que fueron agregados a la colada del bronce, aleándolo con las proporciones de cobre que en el anexo señalo.
Efectuada la maniobra, fue finalizada la labor rellenando los moldes para la realización de dicha estatua. La aleación fue principalmente vaciada en la cabeza del caballo de dicha estatua, a continuación rellenando con una capa especial de bronce para evitar su detección.
Una vez realizada la estatua y colocada en el lugar indicado para ello, Plaza del Recreo de Minas, e inaugurada, en un día de fuertes vientos, con gran boato por las autoridades del departamento y de la República y grandes festejos del buen pueblo de Minas, mi ayudante Elías y un servidor fuimos aleccionados, digo coaccionados y constreñidos, para guardar eterno secreto. Enterado, de forma que no viene al caso por ahora, de que el oro procedía del Alto Virrey para ser embarcado en 1718 en el galeón Buenaventura con destino a Sevilla, una mañana, digo, del mes de diciembre de 1902, en las habitaciones de su residencia apareció fallecido mi ayudante. Comoquiera que éste había gozado de buena salud, el forense, dadas las circunstancias de que no apreciase signos violentos en el cadáver, ordenó su sepultura. Ítem más, como mi ayudante me había mostrado la imposibilidad de vivir con la carga que suponía para su conciencia el saber que el oro pertenecía al erario público de la Republica, que tiene la facultad de proporcionar trabajo, bienestar y riqueza, tenía la intención de huir del país y comunicarlo a las autoridades de más allá del estuario del río de La Plata.
En aquellos momentos, dado que yo me hallase sumido en una mar de confusión, y la muerte de mi ayudante y amigo me atosigase con aciagos presentimientos, opté aquel mismo día, por abordar sin dilación, un barco en el que tras una larga travesía con escala en Maracaibo, arribé al  puerto de Vigo.
A continuación, y después de haber desvelado el enigma que juré no revelar, aquí lo describo, así como el lugar y forma de descubrir el fraude metalúrgico, denunciarlo y restituirlo, porque no deseo bajo ningún concepto llevarme a la tumba un secreto que he sido forzado a guardar, bajo amenaza cierta de muerte. Dios me guarde y me perdone: que algún día este secreto, oculto tras la imagen de mi querido amigo y la  mía, pueda ser desvelado y revelado”.
Minas de Riotinto (Huelva),  23 febrero 1907

            Cuando atónito, leí aquella página, datada en las dos Minas, hurgué más, y cuidadosamente dobladas, envueltas en una especie de papiro acartonado, vi, para mi sorpresa, un legajo amarillento escrito en castellano anticuado, donde resaltaba un gran sello con una corona real donde pude leer claramente “El Rey de España y de los territorios de Ultramar Nuestro Señor Felipe V” registrado, como efectivamente relataba mi bisabuelo, en 1718. Era, claramente una orden de embarque de oro: misma numeración, marchamos, contrastes, leyes, contraseñas y procedencia, grabados en los lingotes. Otra hoja, con datos técnicos, como propiedades del bronce y medidas de la estatua y del pedestal. Me di cuenta de que había descubierto tal vez uno de los mayores secretos —dado que jamás había oído hablar de ello— de Uruguay, y sin duda del departamento de Lavalleja, o tal vez, porqué no, ante una trama o conjura para evitar el embarque de aquel tesoro con destino conocido. Y ahora caigo en la cuenta de que cuando falleció mi bisabuelo, en 1945, su muerte se recordaría durante algunos años. Incluso cuando yo era pequeño, escuchaba en susurros, la muerte tan extraña, ocurrida de improviso a los pocos días de recibir desde Buenos Aires, un paquete sin remitente, conteniendo hojas de mate, aunque en aquellos momentos nadie lo relacionó con su muerte, sólo mi abuela, quien me contó que no se le iba de la cabeza que la infusión, a la que se había aficionado en América, y que tomó antes de irse a la cama, lo llevó para el otro mundo. Pero ella nunca lo debió relacionar con el “secreto”, que tanto mencionaba y del que nunca debió conocer nada. La pregunta clave, ya sin respuesta es: ¿era realmente mate lo que tomó el abuelo Cosme?
            Y para finalizar, me quedan otras dudas: ¿Por qué, ciento ochenta y cuatro años después alguien decidió fundir y mezclar secretamente el oro con el bronce para la estatua, en lugar de ponerlo en circulación o que revirtiese a poder del pueblo de la República? ¿Sería obra, quizá, de algún grupo secreto, reducto de la antigua monarquía española, nostálgico de un pasado colonial? ¿Quién impidió la estiba en el galeón? ¿Por qué —que yo sepa—  no hay reseñas históricas ni en Uruguay ni en el Archivo de Indias de la metrópoli?  Si ahora soy depositario del secreto de la estatua de Minas. ¿Qué puedo hacer? ¿Desvelarlo? ¿Hacer partícipe de ello a mi cyberamigo Johnny? ¿Me tomará por loco? ¿Me hará caso y lo comunicaría? ¿Le harían caso o lo tomarían por loco a él? Más: si se trata de una conjura de siglos pasados, debería hacerlo saber a las autoridades. Pero ¿a cuáles?  Y por fin ¿qué derecho tengo yo de irrumpir, con una historia digna de Indiana Jones, en la plácida vida provinciana de Minas, repleta sus calles de viandantes y turistas, gentes paseando por  sus largas avenidas rectilíneas, o trabajando y mercadeando en el centro en torno al egregio jinete y su caballo? ¿No sería tal vez mejor dejar las cosas como están y respetar la placidez de la pequeña y bella ciudad, de vecinos a simple vista felices, y que continúen paseando en las soleadas tardes de primavera sus jubilados, estudiantes, amas de casa, niños correteando, parejas amándose mientras suenan las notas de un bandoneón, en torno al monumento que tanto trabajo les costó erigir ciento un años atrás?
            Pues lo dicho. No lo pensaré más: folios amarillentos, placa de mica, fotografía, marco y aún vidrio, todo, todo irá a parar al fuego. Creo. Desde hoy, el salón quedará sin cuadro.
                                                          
                                                           FIN
           
P.S. Por mí, que el oro distraído continúe en el lugar más seguro del mundo: en el monumento al general Lavalleja. Si algún día, tal vez no tan lejano, alguna cámara de fotos digital, disparada por algún turista curioso, detecta un extraño halo amarillento, dorado, luminoso de soles, surgiendo de la cabeza del caballo, que investigue. Yo, no: para siempre, silencio.
                                                                                             
                                                                                 

Documentación:
www.lavalleminas.org

Agradecimiento y dedicatoria a:

Sra. Graciela M., que me provocó y animó a escribir una “historieta” sobre Minas. Cumplido. Para su exclusiva lectura. 

31.12.16

En solo un segundo

Todo arte es completamente inútil
(Oscar Wilde)
La chica miraba nerviosa, a través de los ventanales del consultorio, cómo iba cayendo la corta tarde de diciembre. Pensaba que no era para menos, dado lo que le había ocurrido veinticuatro horas antes.
Viajaba todos los días desde su casa hasta el Jewish Lower East Side, donde había conseguido un empleo en una de las lavanderías de Manhattan, situada en un callejón de Eldridge St.
Sentada, esperaba el diagnóstico del laboratorio de análisis clínico, y se propuso no dejar que los nervios la atenazarán, así que dejó que los recuerdos fluyeran controlados en su mente.
No cabía duda, reconocía, que había conseguido el empleo gracias a la influencia del rabino de su barrio, en el sur del Bronx. De padres y abuelos judíos emigrantes, debía reconocer que aquel trabajo, hasta veinticuatro horas antes, le gustaba.
           Era la única empleada, y ya comenzaba a conocer a los asiduos clientes, incluso Wooddy Allen entró en varias ocasiones. Un anciano,  asiduo, al conocer cómo se llamaba, le contó la curiosa coincidencia entre su nombre y el trabajo que tenía, aunque, en aquellos momentos, no le encontró la menor gracia. El caso es que con el nombre que tenía disimulaba el carácter de judía, aunque no sentía ningún complejo, dado que se encontraba en mitad del barrio judío de Manhattan. Se consideraba una mujer guapa, en la plenitud de sus 27 años, pues tenía rasgos griegos inconfundibles y le había dado por hacerse una cola con el pelo ondulado dándole a su silueta el aspecto de una hermosa cariátide.
Al salir de la lavandería, antes de tomar la línea verde-cuatro del metro, se sentaba en una pequeña cafetería y pedía, para no olvidar por completo, levivot  y bagel (pastel judío de salmón ahumado y queso), aunque prefería los que preparaba su abuela por Janucá, cuando encendían la primera vela del candelabro de nueve brazos para la fiesta de las luminarias, mientras el abuelo entonaba el Baruj ata Adonai [...] lehadlik ner Jánuca (Bendito eres Tú, oh Eterno [...] las luces de Jánuca). Y es que su padre, siempre se había sentido orgulloso de su ascendencia simplemente griega, olvidando las raíces hebreas, y refunfuñaba en cada fiesta judía por las, según él, excesivas influencias mosaicas que le estaban inculcando los abuelos a la nieta. Tal vez, creía una pequeña venganza de sus suegros por haberle impuesto a su hija aquel nombre totalmente gentil para escándalo de la familia.
A veces la muchacha frecuentaba un gimnasio de fitness, para intentar modelar aún más su cuerpo. El trabajo en la lavandería la obligaba a permanecer largas horas de pie, y ello le estaba produciendo molestias en las piernas.
El maldito día anterior, había entrado un contenedor de ropa sucia de uno de los hospitales de Central Park Sur, y su jefe le había pedido que sacrificase su hora de almuerzo. La avería en la lavandería hospitalaria había supuesto una emergencia y sabía, desde el cada vez más lejano 11 de Septiembre, que la solidaridad era una de las características de la ciudad de Nueva York.. Y, maldita sea mil veces cuando (quizás pecando de falta de previsión) hundió sus manos enguantadas en aquella bata que había caído al suelo desde el contenedor y notó un dolor fino y profundo en la palma de su mano izquierda. Un delgado hilillo de sangre le cruzaba transversalmente las papilas de su mano.
Durante un segundo no se dio cuenta, hasta que se percató de que aquella ropa era sucia, por tanto, contaminada, y de que aquella pequeña hoja de acero, manchada de sangre, provenía de uno de los bolsillos que algún sanitario irresponsable había dejado olvidada.
El cliente anciano aficionado a la Mitología le contó que Nausicaa, era hija del rey Alcinoo. Y cuando Ulises, arrojado por la tempestad a la isla de los feacios, fue descubierto por Nausicaa y sus compañeras, que estaban lavando la ropa, aquella le proporcionó ropa limpia y seca  y lo alojó en el palacio de su padre.
La historia de su tocaya le hizo gracia a Nausica (este era su nombre), y desde entonces lo llevó con orgullo, pues siempre se había preguntado por qué ella no se llamaba Sara, Ester, Ruth, Rebeca o cualquiera de los innumerables apelativos que la Biblia proporcionaba a los judíos, y que lo ostentaban  como una de sus principales señas de identidad. Pero que su padre se empeñara en aquel extraño nombre de la Mitología griega no lo había llegado a comprender nunca.
Cuando se accidentó, desconectó la  gigantesca Crolls, corrió al botiquín y su jefe le dijo:
—Debes hacerte rápidamente una analítica de sangre para detectar y prevenir cualquier infección. No quiero disgustos.
En el dispensario, cuando le estaban extrayendo una muestra de sangre estuvo a punto de desquiciarse y perder los nervios. De repente volvió a revivir el lento proceso de su amigo Italo, gentil, desde que le diagnosticaron el VIH. La constatación de que se había llegado con retraso; el duro y penoso tratamiento; las largas y solitarias estancias en el hospital; el inexorable deterioro físico y mental hasta la total degradación física, inerme ante la más  pequeña infección; y lo peor, la lenta y dolorosa agonía, paliada a base de drogas, que le conduciría a la muerte.
A la espera del resultado de los análisis rememoró Nausica los tiempos de su niñez, cuando su abuela le cantaba “Eli shelo igamer leolam”, una canción de cuna que habían traído de la amada Salónica. Aquellas dulces palabras en hebreo siempre las recordaba Nausica, hasta que descubrió que el pequeño mundo judío no acababa ante la puerta del apartamento familiar del Bronx.
Cierto día, unos años antes, le pidió a su abuela unos dólares para comprar una bicicleta y “estrenarla el día de Yom Kippur”, para celebrar el Día del Perdón igual que hacían los sabras descreídos de Tel-Aviv. Su padre sonrió y se dio cuenta de que su hija estaba comenzando a asimilar el ser sólo una greco-americana de verdad, por su nombre y por su aspecto de diosa helena. No volvió a entrar Nausica en una sinagoga, ni volvió a entonar ningún canto de celebración, ni el padre consintió que su hija observase las leyes del sabbath, o se alimentase exclusivamente de alimentos khoser. Ahora, desde la lavandería, veía la imponente fachada de una de las sinagogas de Manhattan por donde entraban muchos judíos neoyorquinos a orar, leer, o simplemente descansar y meditar entonando el “Shema Israel, (escucha Israel...)”.
            Nausica aguardaba en la sala de espera del ambulatorio. Llevaba un día completo sumida en un mar de confusiones; sin embargo, aún le quedaba lo peor: comunicar la casi segura mala noticia a su padre y abuelos, aunque sabía que la apoyarían en todo momento, cubriéndola de besos y abrazos para que sobrellevara la terrible enfermedad.
           Y a George, su prometido desde hacia tres años. ¿Cómo decirle que era portadora del terrible virus? ¿Cómo hacerle participe de una vida y un proyecto trazado en común con aquel terrible estigma? ¿Cómo lo afrontaría? ¿Tal vez huyendo para siempre de ella, que por días se iría convirtiendo en una ruina física?. No quería ni pensar en el  momento en que tuviera que comunicárselo. Pero el tiempo,  inexorable, se convertiría en el más aterrador aliado para transmitir su enfermedad. Adiós al trabajo, adiós a las amistades, adiós a los paseos por la 5ª Avenida, adiós a las sesiones fitness para lograr poco a poco un cuerpo escultural. Adiós, en fin, a la vida que, hasta aquel malhadado día, le había sonreído.
Al pasar a la consulta, Nausica sintió deseos de vomitar. La depresión y el estrés estaban comenzado a dejar huella. Nunca hubiese creído que los nervios la traicionarían de esa manera.
La doctora le tendió la mano y la indicó que se sentara. Por la ventana del aséptico ambulatorio se veía caer lentamente la tarde invernal.
La doctora tomó una carpeta amarilla y extrajo un folio con los resultados analíticos. Nausica se encontraba al borde de un “ataque de nervios.”
—Bueno, veamos —dijo la médica. Se le ha hecho una analítica completa y ya tenemos una conclusión, ¿Está cansada, suda mucho, bebe agua con frecuencia, orina a menudo?
Claro que estaba cansada —pensó Nausica, sentada al borde de la silla, en actitud defensiva—, que sudaba y que bebía abundantemente. ¿Qué quería decir aquella médico?
Ya se había preparado para recibir el temible diagnóstico. Eran los síntomas que desde hacía 24 horas sentía, pero faltaba que los análisis confirmasen lo que ya sospechaba.
—Bien, Nausica Aristhelos: los lípidos, hormonas y linfocitos están dentro de los parámetros normales; así como los niveles de cetonuria. Por tanto, queda descartado cualquier virus de inmunodeficiencia humana. Tiene, sí, una leve diabetes congénita, de toda la vida, que debe cuidar.
Nausica, aficionada a la lectura de Robin Cook y sus aventuras de contaminantes de ántrax, botulismo, peste bubónica, así como conjuras internacionales de guerras bacteriológicas y atentados en masas quedó estupefacta, y, mirando fijamente a la médico, dijo:
—Así que... nada de contagio de AIDS por la maldita punta de bisturí contaminada de sangre...
—¿Sangre? —interrumpió rápidamente la doctora, mirando por encima de la montura de sus gafas. —Hemos analizado la sustancia que manchaba el bisturí, y nada de sangre: simple tinta roja de rotulador. Así que, Nausica, a descansar y mañana, de vuelta a su trabajo. Ah, y por favor, la pequeña herida, destapada y que le dé el aire.
Nausica salió a la calle. Los coches circulaban lentamente en dirección de los puentes y salidas de la isla, despoblando la otrora jungla de Manhattan.
Miró la línea del cielo que se perfilaba al final de Battery Park. Faltaban las torres gemelas. Mañana tendría que madrugar. Y por la tarde, pensó, entraría un momento, por primera vez en mucho tiempo, para completar el minyán (diez personas, como mínimo, para iniciar las lecturas sagradas) en la sinagoga de Eldridge St.
—Gracias, Dios mío, y, como dice una sentencia judeosefardí, “que la salud me pueda”— pensó. Se anudó al cuello la “pasmina” comprada en los rastrillos del Pre-Harlem, resguardándose del viento helado de la noche, y  miró al cielo antes de desaparecer por la boca de la línea verde-cuatro del metro de Nueva York.
“Porque yo, sin ti, no soy nada; qué no daría yo...”, la aterciopelada voz de Amaral salía de los buffles del gigantesco compact de un latin-boy apostado en las escaleras del sub, mientras miraba a Nausica.

                                 FIN



12.12.16

Día mundial del donante de sangre

Cuando me he enterado de la efemérides no he podido evitar el recuerdo de una persona que hace sesenta años cedió parte de su sangre para dármela a mi.
Posiblemente la imagen hoy causaría risa pues la transfusión se realizó, parece ser, directamente, de vena a vena y siempre, hasta el final de sus días mi donante altruista, cada vez que me veía hacía alusión al hecho de que yo llevaba su sangre. Tanto me lo repitió que aquella escena, de la que no recuerdo  realmente nada, está en mi mente como si hubiera ocurrido ayer mismo. No solo su sangre, que salvó mi vida y me curó del terrible mal que aquejaba a gran parte de la infancia de aquel entonces, sino que con su sangre también me trasfundieron, de corazón a corazón, sin mediar más que dos tristes agujas y un fino tubo, su gran caudal de parte de su bondad, de su señorío, de su prestancia -que bien poco supe aprovechar-;  y de su cariño que me regaló a manos llenas cuando lo necesité.
Desde la distancia en el tiempo, mi homenaje cariñoso a quien me salvó y me quiso hasta sus últimos días.
Gracias, Isabel Hernández Bejarano, por tu generosidad.

20.11.16

Madrid noviembre 1936

Aquella mañana del catorce de noviembre amaneció en medio de una neblina fría y desapacible que se agarraba inclemente al barro y a los escombros. La noche había transcurrido oscura a causa de la luna nueva que hacían más espectaculares los fogonazos de los morteros a uno y otro lado de las trincheras. Era la belleza de la muerte en los resplandores de la brutal batalla que se estaba desarrollando en los arrabales. En el Barrio de la Bombilla fue donde se dieron cita jugándose los dos la vida. En medio de un breve periodo parecido a un armisticio, fue donde el falangista y la miliciana -acordándolo previamente por medios que no vienen al caso- se vieron y sin apenas tiempo para más, se miraron, se acariciaron, se dijeron palabras de amor y acabaron juramentándose amor eterno sabiendo ambos que sería la última vez que se vieran. No hicieron el amor. El amor era, sobre todo, el acto de valentía para, por encima de cadenas de mando, romperlas, y romper todos los convencionalismos, dogmatismos y enarbolar la bandera de la tolerancia. Aquello era Amor por encima de las trincheras en las que se había convertido aquella desgraciada, desventurada, orgullosa y terrible España.


Amanecía sobre el Madrid sitiado y se dieron un largo beso, el último de sus vidas, cuando les avisaron de que era imprescindible acabar de inmediato aquella cita de amor en el pequeño trozo de tierra de nadie en los aledaños de la gran ciudad que se desperezaba oyendo el zumbido de los obuses. No se dijeron nada al despedirse. Él, falangista sin nombre, madrileño, encuadrado en las columnas sitiadoras del general Varela, se dirige hacia su unidad a punto de conquistar el cerro Garabitas, para tratar de atenazar, doblegar y entrar en su Madrid.
Ella, miliciana sin nombre, madrileña, defensora de su ciudad que se dabatía entre la consigna del No pasarán y el ardiente deseo de dejar pasar al amor único de su vida, se dirigió presurosa hacia el interior de la capital de España. La esperaban en el asilo de Santa Cristina donde estaba encuadrada a las órdenes de Durruti.
Nunca se volvieron a ver el falangista y la miliciana. Truncado un amor que no pudo ser... Culpable: la guerra.
Madrid, justo hoy ochenta años.

11.10.16

Doce de Octubre 2016

E S P A Ñ A
Yo creo que fue un gran maestro. Me enseñó los rudimentos de todas las materias. Me enseñó a ir un poco más allá de lo que había en las entrañas de aquel sencillo compendio del Saber.
Me enseñó a comprender lo que leía; a vivir la Historia y la intrahistoria de España, y también la Sagrada; a meterme casi con sangre las “Dos Grandes y Únicas Reglas de las Matemáticas: suma y multiplicación”; a zambullirme en los textos de Rubén Darío, de Cervantes, de Góngora, de Machado Don Manuel; a intentar oler las flores, a intentar sentir cómo es la picadura de la tarántula, a saborear la leche de las vacas… solamente mirando los sencillos dibujos de aquel sacrosanto libro; a escribir según las Reglas de la Ortografía sabiendo qué pero cómo; y por fin Don Samuel, que ya digo era un gran maestro, casi perdía la compostura cuando me enseñaba Geografía, y dejando a un lado la Enciclopedia, sobre un viejo y gastado mapa de España de hule, señalaba con el puntero cada una de las regiones de España, señalando, golpeando y levantando nubecillas de polvo de tiza sobre aquellos desvaídos y diversos colores de la “piel de toro” y enumeraba: Galicia, Reinos de Asturias, Navarra y León, Castilla la Nueva, Vascongadas, Cataluña y Reino de Aragón, Castilla la Vieja, Reino de Valencia, Murcia, Andalucía con Ceuta y Melilla, y Extremadura, Islas Baleares y Canarias. Y luego señalaba, ya con menos vehemencia y como de carrerilla “nuestras posesiones en África”: Chafarinas, Alhucemas, Ifni, Sahara, Elobey Grande y Elobey Chico, Río Muni y Fernando Poó.
Don Samuel creo que fue un buen maestro que me ayudó a estudiar, comprender y aprender en la Enciclopedia Álvarez donde comenzó a despertarse en mí la curiosidad por saber. Y sobre todo a amar España, sin añoranzas del pasado. España mirando al futuro. ESPAÑA...

4.9.16

En Hangzhou (Zhejiang) China

Bajo la benefactora lluvia en la inmensa China. Los monzones se aproximan pero Buda,  en la pagoda, a la orilla del hermoso lago del Oeste, nos protege. A Carmen y a mí

 "En el cielo está el paraíso; 
en la tierra, Hangzhou"
 Templo del Alma Escondida; el Buda feliz nos sonríe y nos da la bienvenida a  La Colina Voladora
Marco Polo lo dijo: "Es la ciudad más elegante y suntuosa del mundo"
Buda, con la esvástica en el pecho; en el budismo significa eterno y los nazis lo usaron indebidamente, muy indebidamente
Lago del Oeste: un lugar paradisíaco en una de las más bellas ciudades que yo haya conocido 
Isla de la Luna Reflejada en las Tres Pagodas.
Lago del Oeste

Té para preservar la salud. Me gustaría habituarme a esta infusión que beben mil millones de chinos y no dejan de cantar sus beneficios

Hangzhou está situado en el estuario del rio Yangste y me encantó. Una ciudad de millón y medio de habitantes, rodeada y casi tapada por una frondosa y exhuberante vegetación. Por algo es utilizada como ciudad de verano y vacaciones de... BINGO!!!: los jefazos del todopoderoso CC del PCCh

27.8.16

Haim Bejarano. Gran Rabino de Turquía.

                        Querida Carme: he llegado de nuevo a casa y después de ordenar mis ideas y de haber conseguido cerrar un ciclo de mi vida, he de reconocer que tú tienes gran parte de bendita responsabilidad, y he de darte públicamente las gracias por el apoyo que me ofreciste desinteresadamente y la ayuda que me ofreciste por tus conocimientos de la lengua francesa.
                        Te escribo esta carta abierta como reconocimiento de lo acontecido y como conocimiento de todo aquel que quiera leerlo. Tú ya conoces la historia, que ha formado parte de mi vida, pero te la voy a recordar más que nada para que se sepa.
                        Como sabes todo comenzó hace muchos años cuando yo,   que era un preadolescente, en esa edad que cualquier gesto observado a los padres, se queda indeleble en la memoria. Bueno, el caso es que, desde que mi padre me había metido el gusanillo de la radio, ya no dejaba pasar un solo día sin dar un repaso por toda la banda e intentar encontrar emisoras a cual más lejanas y exóticas, tal y como él hacía  con el viejo Telefunken: La radio de Moscú, que aceleraba mi corazón al conseguir sintonizarla, Radio Praga y la enigmática Radio España Independiente, aparte de la Pirenaica, eran mis aficiones  secretas debido al hartazgo de Radio Nacional de España y de Matilde Perico y Periquín.

                        Antes de continuar he de explicarte que mi padre tenía dos obsesiones, aparte alguna que otra inconfesable como era su periodo de guerra (aunque ese es otra historia) y es que mi padre siempre me hablaba de su primo Amós, Amós López Bejarano, que según él había sido un poco bala y había corrido grandes aventuras. Vivió la guerra y como por arte de magia desapareció. Ahora entiendo que es mejor saber de una vez que un ser ha muerto, al menos se sabe, Pero mi padre llevaba fatal el saber que estaba desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra. Eso por un lado, Amós, y por otro la obsesión que tenía por las raíces judías de nuestra familia, en parte procedente de Madrid, y en parte procedente de Hervás. Me refiero a mis abuelos paternos. Y mi padre, de alguna manera había intentado relacionar a Amós con nuestros ascendientes judíos. Y según él, el eslabón que iba a enganchar los dos extremos de la cadena era Amós, uniendo el eslabón de nuestros ancestros procedentes de la judería de Hervás y nuestros ancestros (los mismos) pero en la actualidad. Y Amós, según mi padre lo había conseguido y de qué manera. Verás cómo:
                                    Cierta noche, allá por 1964 o 65, afinando, afinando la sintonía, mi corazón dio un vuelco y mi pulso se aceleró de tal forma que temí perder para siempre aquellos sonidos que me llegaban a través del gran receptor Cuando inopinadamente, aprovechando una ausencia de mi padre, conseguí sintonizar Radio Sofía, en la Onda larga y en lengua española, “emitiendo para todos los españoles de adentro y de afuera de la Península Ibérica”
                                   Aquella emisora nunca la había logrado escuchar, de hecho era la primera vez que tuve noticias de ella, y de que Sofía era la capital de Bulgaria. En aquel momento, comenzaba una conversación entre dos hombres, entrevistado y entrevistador, hablando los dos un castellano con peculiares giros y acentos que no supe entonces identificar. Y al comienzo una voz de presentación en perfecto español: “Entrevista del periodista ruso Amós López”.  Digo que mi padre, no sé cómo, llevaba un tiempo igualmente interesado al enterarse de que el rabino de Constantinopla se llamaba Salomón Bejarano, así, como suena y que porqué no podía estar allí el primo Amós dadas sus simpatías judías y a que este había conocido a brigadistas internacionales en el frente de Madrid, y que gran número de brigadistas eran judíos procedentes de los confines de Europa, allá por los Balcanes.
                                   Cuando se lo conté, el dialogo en un idioma para mi absolutamente desconocido no lo podía creer -Por fin -dijo mi padre con un brillo de triunfo y de emoción en sus ojos negrísimos- por fin…
                 En fin Carme, como ya te expliqué al ponerte en antecedentes antes de nuestro encuentro, aquello quedó en una anécdota y por mucho que mi padre pasase todo el dial del viejo receptor por la banda, pasaron los años y mi padre quedó con las ganas de volver a escuchar a cualquiera de aquellos dos hombres que habían hablado una noche invernal a través de las ondas hercianas. Él, en el fondo me envidiaba porque sabía que yo había tenido la fortuna de escuchar a aquellos dos hombres, algo que él no consiguió los dos Bejarano, y a pesar de mis esfuerzos no conseguí trasladar a mi padre apenas media docena de palabras en la lengua ladina que yo escuché. Una noche de febrero de 1972, el falleció llevándose con él todas sus frustraciones. De ellas una no poco importante era el localizar a Amós López Bejarano, el primo. Mas fue imposible realizar sus sueños, compartir  tantos momentos de charla y de parranda por los bares del viejo Madrid y por los vericuetos del Rabilero de Hervás, a la busca de sus raíces judías y  contándole también cosas de los caucheros del Amazonas con los que había convivido, de las mujeres que había amado en tantos puertos de cinco de los siete mares, Mi padre estaba asombrado de que la radio le hubiera puesto sobre la pista, en una sola tacada, de dos personas: su primo Amós al que vio por última vez en el redaje de una película[1] y de sus ideales más profundos, de que él no saldría nunca de Madrid, no para defenderla de los sitiadores, sino para ayudarlos a entrar.
                 Carme, aquello quedó dormido en mis recuerdos, y como es natural yo hube de dedicarme a otras cosas, hacer mi servicio militar y estudiar, a trancas y barrancas, y cono colofón, casarme.
                 Ya en los albores del tan traído y tan llevado 1492, en una emisión de TV, vi un reportaje sobre Estambul y la colonia judeoespañola allí existente. Y créeme que fue milagroso, Una chispa instantánea volvió a encender aquellos recuerdos dormidos y dediqué parte de mi vida, Internet mediante, a encauzar toda la información que estaba recabando.
                 Y así pude saber que efectivamente, entre la colonia sefardí de Estambul había existido un rabino, que se llamaba, no como mi padre pensaba Salomón, sino Hayim Bejarano[2] y que no era turco sino búlgaro. Luego de grandes esfuerzos y sólo porque la Red fue incrementando en información logré recopilar la saga de Hayim Bejarano. Y que el padre de este, su abuelo, había sido, ni más ni menos que Hayim Bejarano, por lo que pude llegar hasta su descendencia. Que relaciono en el pie de página. Por lo que me puse a la tarea de tomar contacto con cualquiera de sus descendientes, Al final decidí seguir la pista del segundo de los hijos de Haym, Marín, que era el mas fácil y factible de seguir su pista que me llevó hasta Francia, a la Costa Azul… y aquí es donde tu me ayudaste de verdad en el inolvidable viaje que realizamos en coche recorriendo la hermosa costa que baña el Mediterráneo hasta llegar a Niza, en busca de la línea masculina de la saga Bejarano.
                               Carme, gracias por tus consejos entonces pues yo tenía otros planes de investigación pero tú sabiamente me aconsejaste seguir mejor la línea masculina que nos llevó hasta Angelo Bejarano y fue donde me di cuenta de mi error. Estaba buscando en la Costa Azul, cuando en realidad los tres hijos de Marin habían vivido en Paris.
                                 Cuando llegué y gracias a la sinagoga de Montparnasse donde me atendieron perfectamente, me dieron la noticia del fallecimiento en 1981 y de Yves, con 40 años, por lo tanto se extinguía esta rama., pero me dieron la dirección de la segunda hija, Gisele, al fin dí con la ciudad de Pontoise, en los suburbios de París, donde tuve la fortuna de tomar contacto con uno de los dos hijos de Gisele, que había fallecido, Daniel Domenichini, que ya no era Bejarano, pero que me atendió con toda amabilidad, explicándome detalles de toda su familia, pero en sentido contrario a como yo había investigado. Es decir, desde el horror de su madre Giselle Bejarano que se casó con Luigi en 1937 en Niza, y que sufrieron persecución de los nazis en el campo en el campo de concentración de mujeres de Ravensbrück  donde el Ejercito Rojo entró el 27 de abril de 1945 a 80 km. de Berlín. Cuando estaban confeccionando un censo de aquel ejército diezmado de cadáveres ambulantes, Y que había conocido en el mismo campo, de hecho la andaba buscando, a un muchacho llamado Luigi, con el que años mas tarde se casó.
                        De sus tíos, de sus padres y abuelos, el mítico Rabino de Turquía.
                        Daniel, casi de mi misma edad, en una hermosa mezcla de francés y de ladino, me explicó que su madre le narraba historias misturas de Constantinopla y de Sefarad, de los pueblos que había habitado sus ancestros y de que tenía la ligera noción de que sus raíces se hundían en una de las aljamas de la tierra de Castilla.

                        Y de que había escuchado la historia de un encuentro en el campo de concentración entre su madre, milagrosamente superviviente y de un agente español llamado Amós.

                        Daniel me narró la historias de Hayim, su bisabuelo, hombre sabio, prudente, y bondadoso, revestido de los sagrados atributos que le confiere su misión, si sus luengas barbas, y aquel rostro afilado y de ojos vivarachos que le brillaban –cansados- de sus padres, y de sus abuelos, y porqué no, de sus bisabuelos, quien sabe, tal vez, ojala, porqué estos no podían haber transmitido recuerdos , a su vez de sus antecesores, y tal vez, quizá, porqué no, hubiesen llegado a trasmitir real y fidedignamente aquel infausto día de un terrible año de 1493, y porqué no, hubiesen retenido la imagen de las cúpulas fulgentes de oro de la ciudad de Constantinopla cuando un Bejarano, tal vez uno de los Bejarano que no quisieron abjurar, se aventuraron a bordo de uno de los bajeles que surcaban el Mediterráneo, y dejar testimonio de su arribada a las costas del Mar de Mármara. Los Bejarano de la diáspora turca habían considerado a Haym Bejarano como patriarca de la familia, al que debían agradecer no haber perdido por completo el legado traído al país de Soliman el Magnífico los aromas de la tierra de Sefarad, su cocina, sus costumbres, su religión y ritos, sus llaves, y su idioma, aparte del tesoro más valioso: su propio orgullo y estima intactos.         
                                   Y hasta aquí la historia que mi padre oyó una noche, entre ruidos de interferencias parasitarias en la vieja Telefunken a través de una de las emisoras que lograban introducirse clandestinamente en la casa y en los corazones de muchos españoles de la época.
                                   Y un tal vez más que probable antepasado, aunque su reto –él me lo dijo- era no parar hasta conocer quién, cómo, porqué, desde dónde salió el primer Bejarano de España.
                 Y esta es, querida Carme, lo que logré descubrir en mi viaje a Francia. Te muestro asimismo, las fotografías de las personas que desde entonces han pasado a formar parte de mi misma familia.
                 Muchas gracias por tu inestimable ayuda a través del país vecino, con tus conocimientos de la lengua francesa y del bello país de Moliere. Y que sepas que siempre te estaré agradecido, porque supiste, amiga mía, superar tus achaques, los guardaste pudorosamente para hacerme sentir cómodamente, y que yo, torpemente, pensé que te encontrabas perfectamente. Lo siento mucho, de verdad y hace que doblemente mi agradecimiento no llegue a pagar ni en la décima parte, de lo que hiciste por mí. Gracias.
                        Como gracias mil, finalmente, a mi nuevo “pariente” Daniel Domenichini quien gentilmente rescató recuerdos ya casi olvidados, y ayudó a que mi búsqueda fuera fructífera y encontrara al fin  los eslabones perdidos y que la Teoría de los seis grados[3] se haya hecho realidad y no simplemente leyenda urbana, y que al fin, pueda quedar tranquila mi obsesión, y dedicarle a mi padre, en forma póstuma, las conclusiones a las que he llegado, y que sepa que si bien desconfié de su a veces calenturienta imaginación, hoy puedo confirmar sus sospechas: para él incluyo la vida y obra de quien fuera gran hombre Hayim Bejarano, gran Rabino de la Turquía y de Estambul, más que probable familiar intermedio entre los Bejarano de la Sefarad de 1492 y los Bejarano que quedamos en Europa occidental. No sé si este deslavazado relato confirma o tal vez descarta la teoría. Por mi parte juro que mantendré el apellido Bejarano mientras quede un resto de aliento en mi alma.
                        Un saludo afectuoso para Carme, de Barcelona y Daniel Domenichini (Bejarano). Adiós.
                                   
                                   José Antonio Bejarano
                                    Huelva mayo 2009


                      [1]  La mujer al  través del Arte (1932) Fondos de la Filmoteca Nacional. Madrid.
                   [2] Nació en la ciudad de Bulgaria Stara Zagora en 1850, fruto del matrimonio de Moshe Bejarano y Kalo Baruch. A temprana edad lo enviaron a Palevna (Pleven) con su abuelo, el rabino Isak Baruch quien lo introdujo en el estudio de la Torá hasta que a los doce años retornó junto a sus padres. Asistió a diversas escuelas rabínicas y a los 17 se convirtió en el rabino de Rusjuk Varna, comenzando el estudio del inglés, francés y alemán. Cuando comenzó el conflicto bélico entre Rusia y Turquía, en 1877,  de la que su madre fue víctima, regresó a Bucarest comenzando un rico periodo de su vida. Hablaba el árabe y el turco ejerciendo como intérprete en el Ministerio de Exteriores de Rumania, siendo recibido en varias ocasiones por la Reina poeta Carmen Sylva de Rumania con la que mantenía fructíferas conversaciones de Literatura y Filosofía. Fundó Hovevey Zion e intercambio correspondencia con Theodor Herzel, Max Nordow, y Ben-Yehuda, utilizando los acentos sefarditas al hebreo moderno. Fundó una escuela en Andrinópolis, la actual turca Edurne.
                   Jugó un importante papel en la literatura hebrea y publicó innumerables artículos en los periódicos “Hamagid”, “Hazofe” y “Hahavazelet”. Escribió en la lengua ladina en los periódicos “Tiligrafo” y “El Tiempo” así como se dedicó a escribir un libro en ladino (entre 1903 y 1913) que contenía 3600 proverbios tradicionales judíos.
                   Se casó con Reyna Asa y tuvieron ocho hijos, tres varones y cinco mujeres llamados Marin, Severe, Jacques, Bucka, Rosa, Rahel, Diamanti, y Bellina.
                   Al Rabio Bejarano le gustaba ayudar a la gente necesitada, huérfanos y viudas. Consiguió el Grado de Doctor del seminario rabínico de Viena.
                   En 1911 se hizo Magnífico Rabino de Andrinópolis, ayudando a la comunidad cuando la guerra balcánica.
                   En 1920, tras la muerte del rabino Effendi, se hizo Magnífico Rabino de Turquía.
                   Falleció en 1931 siendo enterrado en el Arnavutkoy Jewish Cemetery, de Ulus, en Estambul. Su hija Baratz dijo de él: “fue amigo de sultanes, del último califa y de Ataturk. El mundo lo admiró aclamándolo, y se hizo un lugar entre la gente culta. De enorme memoria, supo combinar la cultura occidental con los tesoros de la cultura del Este. Inclinado al perfeccionismo, pero de una profunda humildad y gran modestia.
                   En resumen, según Vidal Saphila, Gran Maestro, liberal, poeta y filósofo, objeto de estudio en diversas publicaciones de Israel. Descanse en la paz.
                [3] Cualquier persona del planeta está conectada con cualquier otra, a través de una cadena          de conocidos con no más de cinco eslabones o puntos de unión.

     Haim Bejarano nació en la ciudad búlgara de Stara Zagora en 1850, fruto del matrimonio de Moshe Bejarano y Kalo Baruch. A temprana edad lo enviaron a Palevna (Pleven) con su abuelo, el rabino Isak Baruch quien lo introdujo en el estudio de la Torá hasta que a los doce años retornó junto a sus padres. Asistió a diversas escuelas rabínicas y a los 17 se convirtió en el rabino de Rusjuk Varna, comenzando el estudio del inglés, francés y alemán. Cuando comenzó el conflicto bélico entre Rusia y Turquía, en 1877, de la que su madre fue víctima, regresó a Bucarest comenzando un rico periodo de su vida. Hablaba el árabe y el turco ejerciendo como intérprete en el Ministerio de Exteriores de Rumania, siendo recibido en varias ocasiones por la Reina poeta Carmen Sylva de Rumania con la que mantenía fructíferas conversaciones de Literatura y Filosofía. Fundó Hovevey Zion e intercambio correspondencia con Theodor Herzel, Max Nordow, y Ben-Yehuda, utilizando los acentos sefarditas al hebreo moderno. Fundó una escuela en Andrinópolis, la actual ciudad turca de Edurne.
            Jugó un importante papel en la literatura hebrea y publicó innumerables artículos en los periódicos “Hamagid”, “Hazofe” y “Hahavazelet”. Escribió en la lengua ladina en los periódicos “Tiligrafo” y “El Tiempo” así como se dedicó a escribir un libro en ladino (entre 1903 y 1913) que contenía 3.600 proverbios tradicionales judíos.
              Se casó con Reyna Asa y tuvieron ocho hijos, tres varones y cinco mujeres llamados Marin, Severe, Jacques, Bucka, Rosa, Rahel, Diamanti, y Bellina.
            Al Rabino Bejarano le gustaba ayudar a la gente necesitada, huérfanos y viudas. Consiguió el Grado de Doctor del seminario rabínico de Viena.
           En 1911 se hizo Magnífico Rabino de Andrinópolis, ayudando a la comunidad cuando la guerra balcánica.
             En 1920, tras la muerte del rabino Effendi, se hizo Magnífico Rabino de Turquía.
            Falleció en 1931 siendo enterrado en el Arnavutkoy Jewish Cemetery, de Ulus, en Estambul. Su hija Baratz dijo de él: “fue amigo de sultanes, del último califa y de Ataturk. El mundo lo admiró aclamándolo, y se hizo un lugar entre la gente culta. De enorme memoria, supo combinar la cultura occidental con los tesoros de la cultura del Este. Inclinado al perfeccionismo, pero de una profunda humildad y gran modestia.
              En resumen, según Vidal Saphila, fue Gran Maestro, liberal, poeta y filósofo, objeto de estudio en diversas publicaciones de Israel. 
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Nota de Jose Antonio Bejarano:

 He aquí un gran hombre al que posiblemente no me una ningún lazo de sangre, aunque tampoco lo descarto. Sus antepasados dejaron su querida Sefarad y llevaron consigo la lengua española (que aún perdura en Estambol), la sangre de sus ancestros para no perder las raices, pero sobre todo... la esperanza. Esperanza en regresar a la tierra que también era la suya. A esta terrible e ingrata tierra de España de la que fueron realmente expulsados.
Ojalá nunca se pierda el recuerdo de este gran hombre que supo aliar, en la cultura y en el humanismo, las grandes civilizaciones de la época convulsa que le tocó vivir.
Espero, algún día, acudir al Cementerio  Arnavutkoy, de Estambul y colocar un pequeño guijarro del Valle del Ambroz sobre su tumba, en señal de recuerdo y de respeto de alguien que siempre admiró al mítico rabí Bejarano desde un ya lejano 1965
Ojalá nuestra sangre -la de vuestros descendientes y la mía- fueran la misma.


        חס וחלילה    Dios lo quiera