31.12.16

En solo un segundo

Todo arte es completamente inútil
(Oscar Wilde)
La chica miraba nerviosa, a través de los ventanales del consultorio, cómo iba cayendo la corta tarde de diciembre. Pensaba que no era para menos, dado lo que le había ocurrido veinticuatro horas antes.
Viajaba todos los días desde su casa hasta el Jewish Lower East Side, donde había conseguido un empleo en una de las lavanderías de Manhattan, situada en un callejón de Eldridge St.
Sentada, esperaba el diagnóstico del laboratorio de análisis clínico, y se propuso no dejar que los nervios la atenazarán, así que dejó que los recuerdos fluyeran controlados en su mente.
No cabía duda, reconocía, que había conseguido el empleo gracias a la influencia del rabino de su barrio, en el sur del Bronx. De padres y abuelos judíos emigrantes, debía reconocer que aquel trabajo, hasta veinticuatro horas antes, le gustaba.
           Era la única empleada, y ya comenzaba a conocer a los asiduos clientes, incluso Wooddy Allen entró en varias ocasiones. Un anciano,  asiduo, al conocer cómo se llamaba, le contó la curiosa coincidencia entre su nombre y el trabajo que tenía, aunque, en aquellos momentos, no le encontró la menor gracia. El caso es que con el nombre que tenía disimulaba el carácter de judía, aunque no sentía ningún complejo, dado que se encontraba en mitad del barrio judío de Manhattan. Se consideraba una mujer guapa, en la plenitud de sus 27 años, pues tenía rasgos griegos inconfundibles y le había dado por hacerse una cola con el pelo ondulado dándole a su silueta el aspecto de una hermosa cariátide.
Al salir de la lavandería, antes de tomar la línea verde-cuatro del metro, se sentaba en una pequeña cafetería y pedía, para no olvidar por completo, levivot  y bagel (pastel judío de salmón ahumado y queso), aunque prefería los que preparaba su abuela por Janucá, cuando encendían la primera vela del candelabro de nueve brazos para la fiesta de las luminarias, mientras el abuelo entonaba el Baruj ata Adonai [...] lehadlik ner Jánuca (Bendito eres Tú, oh Eterno [...] las luces de Jánuca). Y es que su padre, siempre se había sentido orgulloso de su ascendencia simplemente griega, olvidando las raíces hebreas, y refunfuñaba en cada fiesta judía por las, según él, excesivas influencias mosaicas que le estaban inculcando los abuelos a la nieta. Tal vez, creía una pequeña venganza de sus suegros por haberle impuesto a su hija aquel nombre totalmente gentil para escándalo de la familia.
A veces la muchacha frecuentaba un gimnasio de fitness, para intentar modelar aún más su cuerpo. El trabajo en la lavandería la obligaba a permanecer largas horas de pie, y ello le estaba produciendo molestias en las piernas.
El maldito día anterior, había entrado un contenedor de ropa sucia de uno de los hospitales de Central Park Sur, y su jefe le había pedido que sacrificase su hora de almuerzo. La avería en la lavandería hospitalaria había supuesto una emergencia y sabía, desde el cada vez más lejano 11 de Septiembre, que la solidaridad era una de las características de la ciudad de Nueva York.. Y, maldita sea mil veces cuando (quizás pecando de falta de previsión) hundió sus manos enguantadas en aquella bata que había caído al suelo desde el contenedor y notó un dolor fino y profundo en la palma de su mano izquierda. Un delgado hilillo de sangre le cruzaba transversalmente las papilas de su mano.
Durante un segundo no se dio cuenta, hasta que se percató de que aquella ropa era sucia, por tanto, contaminada, y de que aquella pequeña hoja de acero, manchada de sangre, provenía de uno de los bolsillos que algún sanitario irresponsable había dejado olvidada.
El cliente anciano aficionado a la Mitología le contó que Nausicaa, era hija del rey Alcinoo. Y cuando Ulises, arrojado por la tempestad a la isla de los feacios, fue descubierto por Nausicaa y sus compañeras, que estaban lavando la ropa, aquella le proporcionó ropa limpia y seca  y lo alojó en el palacio de su padre.
La historia de su tocaya le hizo gracia a Nausica (este era su nombre), y desde entonces lo llevó con orgullo, pues siempre se había preguntado por qué ella no se llamaba Sara, Ester, Ruth, Rebeca o cualquiera de los innumerables apelativos que la Biblia proporcionaba a los judíos, y que lo ostentaban  como una de sus principales señas de identidad. Pero que su padre se empeñara en aquel extraño nombre de la Mitología griega no lo había llegado a comprender nunca.
Cuando se accidentó, desconectó la  gigantesca Crolls, corrió al botiquín y su jefe le dijo:
—Debes hacerte rápidamente una analítica de sangre para detectar y prevenir cualquier infección. No quiero disgustos.
En el dispensario, cuando le estaban extrayendo una muestra de sangre estuvo a punto de desquiciarse y perder los nervios. De repente volvió a revivir el lento proceso de su amigo Italo, gentil, desde que le diagnosticaron el VIH. La constatación de que se había llegado con retraso; el duro y penoso tratamiento; las largas y solitarias estancias en el hospital; el inexorable deterioro físico y mental hasta la total degradación física, inerme ante la más  pequeña infección; y lo peor, la lenta y dolorosa agonía, paliada a base de drogas, que le conduciría a la muerte.
A la espera del resultado de los análisis rememoró Nausica los tiempos de su niñez, cuando su abuela le cantaba “Eli shelo igamer leolam”, una canción de cuna que habían traído de la amada Salónica. Aquellas dulces palabras en hebreo siempre las recordaba Nausica, hasta que descubrió que el pequeño mundo judío no acababa ante la puerta del apartamento familiar del Bronx.
Cierto día, unos años antes, le pidió a su abuela unos dólares para comprar una bicicleta y “estrenarla el día de Yom Kippur”, para celebrar el Día del Perdón igual que hacían los sabras descreídos de Tel-Aviv. Su padre sonrió y se dio cuenta de que su hija estaba comenzando a asimilar el ser sólo una greco-americana de verdad, por su nombre y por su aspecto de diosa helena. No volvió a entrar Nausica en una sinagoga, ni volvió a entonar ningún canto de celebración, ni el padre consintió que su hija observase las leyes del sabbath, o se alimentase exclusivamente de alimentos khoser. Ahora, desde la lavandería, veía la imponente fachada de una de las sinagogas de Manhattan por donde entraban muchos judíos neoyorquinos a orar, leer, o simplemente descansar y meditar entonando el “Shema Israel, (escucha Israel...)”.
            Nausica aguardaba en la sala de espera del ambulatorio. Llevaba un día completo sumida en un mar de confusiones; sin embargo, aún le quedaba lo peor: comunicar la casi segura mala noticia a su padre y abuelos, aunque sabía que la apoyarían en todo momento, cubriéndola de besos y abrazos para que sobrellevara la terrible enfermedad.
           Y a George, su prometido desde hacia tres años. ¿Cómo decirle que era portadora del terrible virus? ¿Cómo hacerle participe de una vida y un proyecto trazado en común con aquel terrible estigma? ¿Cómo lo afrontaría? ¿Tal vez huyendo para siempre de ella, que por días se iría convirtiendo en una ruina física?. No quería ni pensar en el  momento en que tuviera que comunicárselo. Pero el tiempo,  inexorable, se convertiría en el más aterrador aliado para transmitir su enfermedad. Adiós al trabajo, adiós a las amistades, adiós a los paseos por la 5ª Avenida, adiós a las sesiones fitness para lograr poco a poco un cuerpo escultural. Adiós, en fin, a la vida que, hasta aquel malhadado día, le había sonreído.
Al pasar a la consulta, Nausica sintió deseos de vomitar. La depresión y el estrés estaban comenzado a dejar huella. Nunca hubiese creído que los nervios la traicionarían de esa manera.
La doctora le tendió la mano y la indicó que se sentara. Por la ventana del aséptico ambulatorio se veía caer lentamente la tarde invernal.
La doctora tomó una carpeta amarilla y extrajo un folio con los resultados analíticos. Nausica se encontraba al borde de un “ataque de nervios.”
—Bueno, veamos —dijo la médica. Se le ha hecho una analítica completa y ya tenemos una conclusión, ¿Está cansada, suda mucho, bebe agua con frecuencia, orina a menudo?
Claro que estaba cansada —pensó Nausica, sentada al borde de la silla, en actitud defensiva—, que sudaba y que bebía abundantemente. ¿Qué quería decir aquella médico?
Ya se había preparado para recibir el temible diagnóstico. Eran los síntomas que desde hacía 24 horas sentía, pero faltaba que los análisis confirmasen lo que ya sospechaba.
—Bien, Nausica Aristhelos: los lípidos, hormonas y linfocitos están dentro de los parámetros normales; así como los niveles de cetonuria. Por tanto, queda descartado cualquier virus de inmunodeficiencia humana. Tiene, sí, una leve diabetes congénita, de toda la vida, que debe cuidar.
Nausica, aficionada a la lectura de Robin Cook y sus aventuras de contaminantes de ántrax, botulismo, peste bubónica, así como conjuras internacionales de guerras bacteriológicas y atentados en masas quedó estupefacta, y, mirando fijamente a la médico, dijo:
—Así que... nada de contagio de AIDS por la maldita punta de bisturí contaminada de sangre...
—¿Sangre? —interrumpió rápidamente la doctora, mirando por encima de la montura de sus gafas. —Hemos analizado la sustancia que manchaba el bisturí, y nada de sangre: simple tinta roja de rotulador. Así que, Nausica, a descansar y mañana, de vuelta a su trabajo. Ah, y por favor, la pequeña herida, destapada y que le dé el aire.
Nausica salió a la calle. Los coches circulaban lentamente en dirección de los puentes y salidas de la isla, despoblando la otrora jungla de Manhattan.
Miró la línea del cielo que se perfilaba al final de Battery Park. Faltaban las torres gemelas. Mañana tendría que madrugar. Y por la tarde, pensó, entraría un momento, por primera vez en mucho tiempo, para completar el minyán (diez personas, como mínimo, para iniciar las lecturas sagradas) en la sinagoga de Eldridge St.
—Gracias, Dios mío, y, como dice una sentencia judeosefardí, “que la salud me pueda”— pensó. Se anudó al cuello la “pasmina” comprada en los rastrillos del Pre-Harlem, resguardándose del viento helado de la noche, y  miró al cielo antes de desaparecer por la boca de la línea verde-cuatro del metro de Nueva York.
“Porque yo, sin ti, no soy nada; qué no daría yo...”, la aterciopelada voz de Amaral salía de los buffles del gigantesco compact de un latin-boy apostado en las escaleras del sub, mientras miraba a Nausica.

                                 FIN



12.12.16

Día mundial del donante de sangre

Cuando me he enterado de la efemérides no he podido evitar el recuerdo de una persona que hace sesenta años cedió parte de su sangre para dármela a mi.
Posiblemente la imagen hoy causaría risa pues la transfusión se realizó, parece ser, directamente, de vena a vena y siempre, hasta el final de sus días mi donante altruista, cada vez que me veía hacía alusión al hecho de que yo llevaba su sangre. Tanto me lo repitió que aquella escena, de la que no recuerdo  realmente nada, está en mi mente como si hubiera ocurrido ayer mismo. No solo su sangre, que salvó mi vida y me curó del terrible mal que aquejaba a gran parte de la infancia de aquel entonces, sino que con su sangre también me trasfundieron, de corazón a corazón, sin mediar más que dos tristes agujas y un fino tubo, su gran caudal de parte de su bondad, de su señorío, de su prestancia -que bien poco supe aprovechar-;  y de su cariño que me regaló a manos llenas cuando lo necesité.
Desde la distancia en el tiempo, mi homenaje cariñoso a quien me salvó y me quiso hasta sus últimos días.
Gracias, Isabel Hernández Bejarano, por tu generosidad.

20.11.16

Madrid noviembre 1936

Aquella mañana del catorce de noviembre amaneció en medio de una neblina fría y desapacible que se agarraba inclemente al barro y a los escombros. La noche había transcurrido oscura a causa de la luna nueva que hacían más espectaculares los fogonazos de los morteros a uno y otro lado de las trincheras. Era la belleza de la muerte en los resplandores de la brutal batalla que se estaba desarrollando en los arrabales. En el Barrio de la Bombilla fue donde se dieron cita jugándose los dos la vida. En medio de un breve periodo parecido a un armisticio, fue donde el falangista y la miliciana -acordándolo previamente por medios que no vienen al caso- se vieron y sin apenas tiempo para más, se miraron, se acariciaron, se dijeron palabras de amor y acabaron juramentándose amor eterno sabiendo ambos que sería la última vez que se vieran. No hicieron el amor. El amor era, sobre todo, el acto de valentía para, por encima de cadenas de mando, romperlas, y romper todos los convencionalismos, dogmatismos y enarbolar la bandera de la tolerancia. Aquello era Amor por encima de las trincheras en las que se había convertido aquella desgraciada, desventurada, orgullosa y terrible España.


Amanecía sobre el Madrid sitiado y se dieron un largo beso, el último de sus vidas, cuando les avisaron de que era imprescindible acabar de inmediato aquella cita de amor en el pequeño trozo de tierra de nadie en los aledaños de la gran ciudad que se desperezaba oyendo el zumbido de los obuses. No se dijeron nada al despedirse. Él, falangista sin nombre, madrileño, encuadrado en las columnas sitiadoras del general Varela, se dirige hacia su unidad a punto de conquistar el cerro Garabitas, para tratar de atenazar, doblegar y entrar en su Madrid.
Ella, miliciana sin nombre, madrileña, defensora de su ciudad que se dabatía entre la consigna del No pasarán y el ardiente deseo de dejar pasar al amor único de su vida, se dirigió presurosa hacia el interior de la capital de España. La esperaban en el asilo de Santa Cristina donde estaba encuadrada a las órdenes de Durruti.
Nunca se volvieron a ver el falangista y la miliciana. Truncado un amor que no pudo ser... Culpable: la guerra.
Madrid, justo hoy ochenta años.

31.10.16

Mi "Jalouin" de andar por casa (España)

1 y 2 
Noviembre




Han colaborado



Fotos ©: 
J. A. Bejarano Mártil

Textos (Rima LXXIII): 
G. A. Domínguez Bastida, 
llamado también... 
GUSTAVO ADOLFO BECQUER © (e.p.d.) 





11.10.16

Doce de Octubre 2016

E S P A Ñ A
Yo creo que fue un gran maestro. Me enseñó los rudimentos de todas las materias. Me enseñó a ir un poco más allá de lo que había en las entrañas de aquel sencillo compendio del Saber.
Me enseñó a comprender lo que leía; a vivir la Historia y la intrahistoria de España, y también la Sagrada; a meterme casi con sangre las “Dos Grandes y Únicas Reglas de las Matemáticas: suma y multiplicación”; a zambullirme en los textos de Rubén Darío, de Cervantes, de Góngora, de Machado Don Manuel; a intentar oler las flores, a intentar sentir cómo es la picadura de la tarántula, a saborear la leche de las vacas… solamente mirando los sencillos dibujos de aquel sacrosanto libro; a escribir según las Reglas de la Ortografía sabiendo qué pero cómo; y por fin Don Samuel, que ya digo era un gran maestro, casi perdía la compostura cuando me enseñaba Geografía, y dejando a un lado la Enciclopedia, sobre un viejo y gastado mapa de España de hule, señalaba con el puntero cada una de las regiones de España, señalando, golpeando y levantando nubecillas de polvo de tiza sobre aquellos desvaídos y diversos colores de la “piel de toro” y enumeraba: Galicia, Reinos de Asturias, Navarra y León, Castilla la Nueva, Vascongadas, Cataluña y Reino de Aragón, Castilla la Vieja, Reino de Valencia, Murcia, Andalucía con Ceuta y Melilla, y Extremadura, Islas Baleares y Canarias. Y luego señalaba, ya con menos vehemencia y como de carrerilla “nuestras posesiones en África”: Chafarinas, Alhucemas, Ifni, Sahara, Elobey Grande y Elobey Chico, Río Muni y Fernando Poó.
Don Samuel creo que fue un buen maestro que me ayudó a estudiar, comprender y aprender en la Enciclopedia Álvarez donde comenzó a despertarse en mí la curiosidad por saber. Y sobre todo a amar España, sin añoranzas del pasado. España mirando al futuro. ESPAÑA...

4.9.16

En Hangzhou (Zhejiang) China

Bajo la benefactora lluvia en la inmensa China. Los monzones se aproximan pero Buda,  en la pagoda, a la orilla del hermoso lago del Oeste, nos protege. A Carmen y a mí

 "En el cielo está el paraíso; 
en la tierra, Hangzhou"
 Templo del Alma Escondida; el Buda feliz nos sonríe y nos da la bienvenida a  La Colina Voladora
Marco Polo lo dijo: "Es la ciudad más elegante y suntuosa del mundo"
Buda, con la esvástica en el pecho; en el budismo significa eterno y los nazis lo usaron indebidamente, muy indebidamente
Lago del Oeste: un lugar paradisíaco en una de las más bellas ciudades que yo haya conocido 
Isla de la Luna Reflejada en las Tres Pagodas.
Lago del Oeste

Té para preservar la salud. Me gustaría habituarme a esta infusión que beben mil millones de chinos y no dejan de cantar sus beneficios

Hangzhou está situado en el estuario del rio Yangste y me encantó. Una ciudad de millón y medio de habitantes, rodeada y casi tapada por una frondosa y exhuberante vegetación. Por algo es utilizada como ciudad de verano y vacaciones de... BINGO!!!: los jefazos del todopoderoso CC del PCCh

27.8.16

Haim Bejarano. Gran Rabino de Turquía.

                        Querida Carme: he llegado de nuevo a casa y después de ordenar mis ideas y de haber conseguido cerrar un ciclo de mi vida, he de reconocer que tú tienes gran parte de bendita responsabilidad, y he de darte públicamente las gracias por el apoyo que me ofreciste desinteresadamente y la ayuda que me ofreciste por tus conocimientos de la lengua francesa.
                        Te escribo esta carta abierta como reconocimiento de lo acontecido y como conocimiento de todo aquel que quiera leerlo. Tú ya conoces la historia, que ha formado parte de mi vida, pero te la voy a recordar más que nada para que se sepa.
                        Como sabes todo comenzó hace muchos años cuando yo,   que era un preadolescente, en esa edad que cualquier gesto observado a los padres, se queda indeleble en la memoria. Bueno, el caso es que, desde que mi padre me había metido el gusanillo de la radio, ya no dejaba pasar un solo día sin dar un repaso por toda la banda e intentar encontrar emisoras a cual más lejanas y exóticas, tal y como él hacía  con el viejo Telefunken: La radio de Moscú, que aceleraba mi corazón al conseguir sintonizarla, Radio Praga y la enigmática Radio España Independiente, aparte de la Pirenaica, eran mis aficiones  secretas debido al hartazgo de Radio Nacional de España y de Matilde Perico y Periquín.

                        Antes de continuar he de explicarte que mi padre tenía dos obsesiones, aparte alguna que otra inconfesable como era su periodo de guerra (aunque ese es otra historia) y es que mi padre siempre me hablaba de su primo Amós, Amós López Bejarano, que según él había sido un poco bala y había corrido grandes aventuras. Vivió la guerra y como por arte de magia desapareció. Ahora entiendo que es mejor saber de una vez que un ser ha muerto, al menos se sabe, Pero mi padre llevaba fatal el saber que estaba desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra. Eso por un lado, Amós, y por otro la obsesión que tenía por las raíces judías de nuestra familia, en parte procedente de Madrid, y en parte procedente de Hervás. Me refiero a mis abuelos paternos. Y mi padre, de alguna manera había intentado relacionar a Amós con nuestros ascendientes judíos. Y según él, el eslabón que iba a enganchar los dos extremos de la cadena era Amós, uniendo el eslabón de nuestros ancestros procedentes de la judería de Hervás y nuestros ancestros (los mismos) pero en la actualidad. Y Amós, según mi padre lo había conseguido y de qué manera. Verás cómo:
                                    Cierta noche, allá por 1964 o 65, afinando, afinando la sintonía, mi corazón dio un vuelco y mi pulso se aceleró de tal forma que temí perder para siempre aquellos sonidos que me llegaban a través del gran receptor Cuando inopinadamente, aprovechando una ausencia de mi padre, conseguí sintonizar Radio Sofía, en la Onda larga y en lengua española, “emitiendo para todos los españoles de adentro y de afuera de la Península Ibérica”
                                   Aquella emisora nunca la había logrado escuchar, de hecho era la primera vez que tuve noticias de ella, y de que Sofía era la capital de Bulgaria. En aquel momento, comenzaba una conversación entre dos hombres, entrevistado y entrevistador, hablando los dos un castellano con peculiares giros y acentos que no supe entonces identificar. Y al comienzo una voz de presentación en perfecto español: “Entrevista del periodista ruso Amós López”.  Digo que mi padre, no sé cómo, llevaba un tiempo igualmente interesado al enterarse de que el rabino de Constantinopla se llamaba Salomón Bejarano, así, como suena y que porqué no podía estar allí el primo Amós dadas sus simpatías judías y a que este había conocido a brigadistas internacionales en el frente de Madrid, y que gran número de brigadistas eran judíos procedentes de los confines de Europa, allá por los Balcanes.
                                   Cuando se lo conté, el dialogo en un idioma para mi absolutamente desconocido no lo podía creer -Por fin -dijo mi padre con un brillo de triunfo y de emoción en sus ojos negrísimos- por fin…
                 En fin Carme, como ya te expliqué al ponerte en antecedentes antes de nuestro encuentro, aquello quedó en una anécdota y por mucho que mi padre pasase todo el dial del viejo receptor por la banda, pasaron los años y mi padre quedó con las ganas de volver a escuchar a cualquiera de aquellos dos hombres que habían hablado una noche invernal a través de las ondas hercianas. Él, en el fondo me envidiaba porque sabía que yo había tenido la fortuna de escuchar a aquellos dos hombres, algo que él no consiguió los dos Bejarano, y a pesar de mis esfuerzos no conseguí trasladar a mi padre apenas media docena de palabras en la lengua ladina que yo escuché. Una noche de febrero de 1972, el falleció llevándose con él todas sus frustraciones. De ellas una no poco importante era el localizar a Amós López Bejarano, el primo. Mas fue imposible realizar sus sueños, compartir  tantos momentos de charla y de parranda por los bares del viejo Madrid y por los vericuetos del Rabilero de Hervás, a la busca de sus raíces judías y  contándole también cosas de los caucheros del Amazonas con los que había convivido, de las mujeres que había amado en tantos puertos de cinco de los siete mares, Mi padre estaba asombrado de que la radio le hubiera puesto sobre la pista, en una sola tacada, de dos personas: su primo Amós al que vio por última vez en el redaje de una película[1] y de sus ideales más profundos, de que él no saldría nunca de Madrid, no para defenderla de los sitiadores, sino para ayudarlos a entrar.
                 Carme, aquello quedó dormido en mis recuerdos, y como es natural yo hube de dedicarme a otras cosas, hacer mi servicio militar y estudiar, a trancas y barrancas, y cono colofón, casarme.
                 Ya en los albores del tan traído y tan llevado 1492, en una emisión de TV, vi un reportaje sobre Estambul y la colonia judeoespañola allí existente. Y créeme que fue milagroso, Una chispa instantánea volvió a encender aquellos recuerdos dormidos y dediqué parte de mi vida, Internet mediante, a encauzar toda la información que estaba recabando.
                 Y así pude saber que efectivamente, entre la colonia sefardí de Estambul había existido un rabino, que se llamaba, no como mi padre pensaba Salomón, sino Hayim Bejarano[2] y que no era turco sino búlgaro. Luego de grandes esfuerzos y sólo porque la Red fue incrementando en información logré recopilar la saga de Hayim Bejarano. Y que el padre de este, su abuelo, había sido, ni más ni menos que Hayim Bejarano, por lo que pude llegar hasta su descendencia. Que relaciono en el pie de página. Por lo que me puse a la tarea de tomar contacto con cualquiera de sus descendientes, Al final decidí seguir la pista del segundo de los hijos de Haym, Marín, que era el mas fácil y factible de seguir su pista que me llevó hasta Francia, a la Costa Azul… y aquí es donde tu me ayudaste de verdad en el inolvidable viaje que realizamos en coche recorriendo la hermosa costa que baña el Mediterráneo hasta llegar a Niza, en busca de la línea masculina de la saga Bejarano.
                               Carme, gracias por tus consejos entonces pues yo tenía otros planes de investigación pero tú sabiamente me aconsejaste seguir mejor la línea masculina que nos llevó hasta Angelo Bejarano y fue donde me di cuenta de mi error. Estaba buscando en la Costa Azul, cuando en realidad los tres hijos de Marin habían vivido en Paris.
                                 Cuando llegué y gracias a la sinagoga de Montparnasse donde me atendieron perfectamente, me dieron la noticia del fallecimiento en 1981 y de Yves, con 40 años, por lo tanto se extinguía esta rama., pero me dieron la dirección de la segunda hija, Gisele, al fin dí con la ciudad de Pontoise, en los suburbios de París, donde tuve la fortuna de tomar contacto con uno de los dos hijos de Gisele, que había fallecido, Daniel Domenichini, que ya no era Bejarano, pero que me atendió con toda amabilidad, explicándome detalles de toda su familia, pero en sentido contrario a como yo había investigado. Es decir, desde el horror de su madre Giselle Bejarano que se casó con Luigi en 1937 en Niza, y que sufrieron persecución de los nazis en el campo en el campo de concentración de mujeres de Ravensbrück  donde el Ejercito Rojo entró el 27 de abril de 1945 a 80 km. de Berlín. Cuando estaban confeccionando un censo de aquel ejército diezmado de cadáveres ambulantes, Y que había conocido en el mismo campo, de hecho la andaba buscando, a un muchacho llamado Luigi, con el que años mas tarde se casó.
                        De sus tíos, de sus padres y abuelos, el mítico Rabino de Turquía.
                        Daniel, casi de mi misma edad, en una hermosa mezcla de francés y de ladino, me explicó que su madre le narraba historias misturas de Constantinopla y de Sefarad, de los pueblos que había habitado sus ancestros y de que tenía la ligera noción de que sus raíces se hundían en una de las aljamas de la tierra de Castilla.

                        Y de que había escuchado la historia de un encuentro en el campo de concentración entre su madre, milagrosamente superviviente y de un agente español llamado Amós.

                        Daniel me narró la historias de Hayim, su bisabuelo, hombre sabio, prudente, y bondadoso, revestido de los sagrados atributos que le confiere su misión, si sus luengas barbas, y aquel rostro afilado y de ojos vivarachos que le brillaban –cansados- de sus padres, y de sus abuelos, y porqué no, de sus bisabuelos, quien sabe, tal vez, ojala, porqué estos no podían haber transmitido recuerdos , a su vez de sus antecesores, y tal vez, quizá, porqué no, hubiesen llegado a trasmitir real y fidedignamente aquel infausto día de un terrible año de 1493, y porqué no, hubiesen retenido la imagen de las cúpulas fulgentes de oro de la ciudad de Constantinopla cuando un Bejarano, tal vez uno de los Bejarano que no quisieron abjurar, se aventuraron a bordo de uno de los bajeles que surcaban el Mediterráneo, y dejar testimonio de su arribada a las costas del Mar de Mármara. Los Bejarano de la diáspora turca habían considerado a Haym Bejarano como patriarca de la familia, al que debían agradecer no haber perdido por completo el legado traído al país de Soliman el Magnífico los aromas de la tierra de Sefarad, su cocina, sus costumbres, su religión y ritos, sus llaves, y su idioma, aparte del tesoro más valioso: su propio orgullo y estima intactos.         
                                   Y hasta aquí la historia que mi padre oyó una noche, entre ruidos de interferencias parasitarias en la vieja Telefunken a través de una de las emisoras que lograban introducirse clandestinamente en la casa y en los corazones de muchos españoles de la época.
                                   Y un tal vez más que probable antepasado, aunque su reto –él me lo dijo- era no parar hasta conocer quién, cómo, porqué, desde dónde salió el primer Bejarano de España.
                 Y esta es, querida Carme, lo que logré descubrir en mi viaje a Francia. Te muestro asimismo, las fotografías de las personas que desde entonces han pasado a formar parte de mi misma familia.
                 Muchas gracias por tu inestimable ayuda a través del país vecino, con tus conocimientos de la lengua francesa y del bello país de Moliere. Y que sepas que siempre te estaré agradecido, porque supiste, amiga mía, superar tus achaques, los guardaste pudorosamente para hacerme sentir cómodamente, y que yo, torpemente, pensé que te encontrabas perfectamente. Lo siento mucho, de verdad y hace que doblemente mi agradecimiento no llegue a pagar ni en la décima parte, de lo que hiciste por mí. Gracias.
                        Como gracias mil, finalmente, a mi nuevo “pariente” Daniel Domenichini quien gentilmente rescató recuerdos ya casi olvidados, y ayudó a que mi búsqueda fuera fructífera y encontrara al fin  los eslabones perdidos y que la Teoría de los seis grados[3] se haya hecho realidad y no simplemente leyenda urbana, y que al fin, pueda quedar tranquila mi obsesión, y dedicarle a mi padre, en forma póstuma, las conclusiones a las que he llegado, y que sepa que si bien desconfié de su a veces calenturienta imaginación, hoy puedo confirmar sus sospechas: para él incluyo la vida y obra de quien fuera gran hombre Hayim Bejarano, gran Rabino de la Turquía y de Estambul, más que probable familiar intermedio entre los Bejarano de la Sefarad de 1492 y los Bejarano que quedamos en Europa occidental. No sé si este deslavazado relato confirma o tal vez descarta la teoría. Por mi parte juro que mantendré el apellido Bejarano mientras quede un resto de aliento en mi alma.
                        Un saludo afectuoso para Carme, de Barcelona y Daniel Domenichini (Bejarano). Adiós.
                                   
                                   José Antonio Bejarano
                                    Huelva mayo 2009


                      [1]  La mujer al  través del Arte (1932) Fondos de la Filmoteca Nacional. Madrid.
                   [2] Nació en la ciudad de Bulgaria Stara Zagora en 1850, fruto del matrimonio de Moshe Bejarano y Kalo Baruch. A temprana edad lo enviaron a Palevna (Pleven) con su abuelo, el rabino Isak Baruch quien lo introdujo en el estudio de la Torá hasta que a los doce años retornó junto a sus padres. Asistió a diversas escuelas rabínicas y a los 17 se convirtió en el rabino de Rusjuk Varna, comenzando el estudio del inglés, francés y alemán. Cuando comenzó el conflicto bélico entre Rusia y Turquía, en 1877,  de la que su madre fue víctima, regresó a Bucarest comenzando un rico periodo de su vida. Hablaba el árabe y el turco ejerciendo como intérprete en el Ministerio de Exteriores de Rumania, siendo recibido en varias ocasiones por la Reina poeta Carmen Sylva de Rumania con la que mantenía fructíferas conversaciones de Literatura y Filosofía. Fundó Hovevey Zion e intercambio correspondencia con Theodor Herzel, Max Nordow, y Ben-Yehuda, utilizando los acentos sefarditas al hebreo moderno. Fundó una escuela en Andrinópolis, la actual turca Edurne.
                   Jugó un importante papel en la literatura hebrea y publicó innumerables artículos en los periódicos “Hamagid”, “Hazofe” y “Hahavazelet”. Escribió en la lengua ladina en los periódicos “Tiligrafo” y “El Tiempo” así como se dedicó a escribir un libro en ladino (entre 1903 y 1913) que contenía 3600 proverbios tradicionales judíos.
                   Se casó con Reyna Asa y tuvieron ocho hijos, tres varones y cinco mujeres llamados Marin, Severe, Jacques, Bucka, Rosa, Rahel, Diamanti, y Bellina.
                   Al Rabio Bejarano le gustaba ayudar a la gente necesitada, huérfanos y viudas. Consiguió el Grado de Doctor del seminario rabínico de Viena.
                   En 1911 se hizo Magnífico Rabino de Andrinópolis, ayudando a la comunidad cuando la guerra balcánica.
                   En 1920, tras la muerte del rabino Effendi, se hizo Magnífico Rabino de Turquía.
                   Falleció en 1931 siendo enterrado en el Arnavutkoy Jewish Cemetery, de Ulus, en Estambul. Su hija Baratz dijo de él: “fue amigo de sultanes, del último califa y de Ataturk. El mundo lo admiró aclamándolo, y se hizo un lugar entre la gente culta. De enorme memoria, supo combinar la cultura occidental con los tesoros de la cultura del Este. Inclinado al perfeccionismo, pero de una profunda humildad y gran modestia.
                   En resumen, según Vidal Saphila, Gran Maestro, liberal, poeta y filósofo, objeto de estudio en diversas publicaciones de Israel. Descanse en la paz.
                [3] Cualquier persona del planeta está conectada con cualquier otra, a través de una cadena          de conocidos con no más de cinco eslabones o puntos de unión.

     Haim Bejarano nació en la ciudad búlgara de Stara Zagora en 1850, fruto del matrimonio de Moshe Bejarano y Kalo Baruch. A temprana edad lo enviaron a Palevna (Pleven) con su abuelo, el rabino Isak Baruch quien lo introdujo en el estudio de la Torá hasta que a los doce años retornó junto a sus padres. Asistió a diversas escuelas rabínicas y a los 17 se convirtió en el rabino de Rusjuk Varna, comenzando el estudio del inglés, francés y alemán. Cuando comenzó el conflicto bélico entre Rusia y Turquía, en 1877, de la que su madre fue víctima, regresó a Bucarest comenzando un rico periodo de su vida. Hablaba el árabe y el turco ejerciendo como intérprete en el Ministerio de Exteriores de Rumania, siendo recibido en varias ocasiones por la Reina poeta Carmen Sylva de Rumania con la que mantenía fructíferas conversaciones de Literatura y Filosofía. Fundó Hovevey Zion e intercambio correspondencia con Theodor Herzel, Max Nordow, y Ben-Yehuda, utilizando los acentos sefarditas al hebreo moderno. Fundó una escuela en Andrinópolis, la actual ciudad turca de Edurne.
            Jugó un importante papel en la literatura hebrea y publicó innumerables artículos en los periódicos “Hamagid”, “Hazofe” y “Hahavazelet”. Escribió en la lengua ladina en los periódicos “Tiligrafo” y “El Tiempo” así como se dedicó a escribir un libro en ladino (entre 1903 y 1913) que contenía 3.600 proverbios tradicionales judíos.
              Se casó con Reyna Asa y tuvieron ocho hijos, tres varones y cinco mujeres llamados Marin, Severe, Jacques, Bucka, Rosa, Rahel, Diamanti, y Bellina.
            Al Rabino Bejarano le gustaba ayudar a la gente necesitada, huérfanos y viudas. Consiguió el Grado de Doctor del seminario rabínico de Viena.
           En 1911 se hizo Magnífico Rabino de Andrinópolis, ayudando a la comunidad cuando la guerra balcánica.
             En 1920, tras la muerte del rabino Effendi, se hizo Magnífico Rabino de Turquía.
            Falleció en 1931 siendo enterrado en el Arnavutkoy Jewish Cemetery, de Ulus, en Estambul. Su hija Baratz dijo de él: “fue amigo de sultanes, del último califa y de Ataturk. El mundo lo admiró aclamándolo, y se hizo un lugar entre la gente culta. De enorme memoria, supo combinar la cultura occidental con los tesoros de la cultura del Este. Inclinado al perfeccionismo, pero de una profunda humildad y gran modestia.
              En resumen, según Vidal Saphila, fue Gran Maestro, liberal, poeta y filósofo, objeto de estudio en diversas publicaciones de Israel. 
                                    familyus.com



       
               
Nota de Jose Antonio Bejarano:

 He aquí un gran hombre al que posiblemente no me una ningún lazo de sangre, aunque tampoco lo descarto. Sus antepasados dejaron su querida Sefarad y llevaron consigo la lengua española (que aún perdura en Estambol), la sangre de sus ancestros para no perder las raices, pero sobre todo... la esperanza. Esperanza en regresar a la tierra que también era la suya. A esta terrible e ingrata tierra de España de la que fueron realmente expulsados.
Ojalá nunca se pierda el recuerdo de este gran hombre que supo aliar, en la cultura y en el humanismo, las grandes civilizaciones de la época convulsa que le tocó vivir.
Espero, algún día, acudir al Cementerio  Arnavutkoy, de Estambul y colocar un pequeño guijarro del Valle del Ambroz sobre su tumba, en señal de recuerdo y de respeto de alguien que siempre admiró al mítico rabí Bejarano desde un ya lejano 1965
Ojalá nuestra sangre -la de vuestros descendientes y la mía- fueran la misma.


        חס וחלילה    Dios lo quiera

30.7.16

Fariñas venció!!!

8 julio 2010:
Guillermo FARIÑAS 
ha vencido !!!
Héroe de Cuba!!!
Presos de conciencia, libertad!!!
A sus casas, no al destierro!!!
Tienen todo el derecho de vivir en su país:
 C   U   B   A



30 julio 2016:
A Guillermo Fariñas lo dejaron vivir en su propia tierra, sí. Pero parece que las cosas han mejorado más bien poco...

"Esta huelga de hambre es hasta las últimas consecuencias, incluida la muerte"


20.7.16

MADRID 36 (5)

Madrid... pero Madrid se resistió

Compañeros

Merece la pena leerlo...
si quieres,
haz clic sobre el texto

17.5.16

Museo provincial de Huelva 18 mayo DÍA MUNDIAL DE LOS MUSEOS

Para mi gusto, la estrellas del museo: ocho ídolos de carácter religioso, encontrados hace poco tiempo en la periferia de Huelva.
Del tercer milenio antes de Cristo. En material calcolítico, representan deidades que eran adoradas por onubenses de hace cinco mil años.
PD: lo siento, pero me saltó el flash, y eso que pongo mucho cuidado en observar las instrucciones en todos los museos que visito
La ría de Huelva y las laderas de los cabezos que circunvalan la ciudad guardan, con total seguridad, vestigios y restos de antiguos pobladores y visitantes.
Aquí, deidades que se asemejan a diosas de las orillas del Nilo
Roma dejó huellas en las urbes y explotaciones de Huelva.
PD: faltan -y las autoridades culturales son conscientes de ello- muestras del legado arqueológico árabe-musulmán.
Niebla y la ciudad de Saltés han de dar buenos resultados
Roma dejó muestra de su presencia en la extracción de minerales que han perdurado hasta la actualidad
La zona pictórica cuenta con una muestra de losdiscípulos de los grandes. Entre estos, contemporáneo, Daniel Vázquez Díaz, y este maravilloso Desnudo en la ventana (1933)

En resumidas cuenta, un instructivo museo con una parte arqueológica digna de visitar para conocer la vida cotidiana de la protohistoria de Huelva.
Recuerda: Museo provincial de Huelva

18 mayo, Día mundial de los museos

24.2.16

Diez, cien, mil © Jose A.Bejarano (Relato histórico)




Cuando me llaman al-Qurtubî [el Cordobés], lo acepto con orgullo. Nací, sin embargo, en Umba [Huelva], en el año 404 de la Hégira. Soy Abũ ‘Ubayd’ Abdallāh al-Bakrī, hijo de Abd al Azīz al-Bakrī, de la familia de los Bakrīes, de muy alto linaje, cuyas raíces se hunden en esta tierra de al-Ándalus desde los tiempos del hayib [ministro] Muhammad ibn Abū Āmir,  llamado al-Mansur [Almanzor].
Deseo narrar la historia de la formación, apogeo y fin del efímero sueño de una de las coras [demarcaciones territoriales en que estaba 
dividido al-Ándalus
] gobernada por mi muy amado padre, rodeado de una corte de jeques y consejeros con miras a administrarla eficaz y sabiamente, la ta’ifa que pudo haber sido poderosa y quedó en el intento. Con ello rememorar las vicisitudes de un pequeño y modesto emirato, casi desapercibido al lado de los grandes. De lo que pudo haber sido y no lo dejaron ser: el Reino de Xaltis [Saltés].
Saltés en la actualidad
Me ceñiré en este relato, con palabras sencillas y claras, a unos hechos de los que, si bien no fui testigo directo ni poseo documentos o testimonios que lo avalen, sí tengo la suficiente información, por rumores que corrían, para discernir entre unas ideas a las que poner orden y dejar constancia de las causas por las que fue anexionado y oprimido como tal, el reino de Xaltis.
 Desentrañar las causas que provocaron aquellos tristes episodios es una tarea que me ha ocupado varios años. Desde que me exilié, el tiempo y la distancia me han ofrecido la oportunidad de llegar a ciertas conclusiones, que aunque no dejan de ser, en parte, producto de mi imaginación, no están reñidas con las certezas que me han ido dictando mi corazón y mi conciencia.
Mientras la luz del día se va difuminando más allá de las torres y minaretes de  Madinat az-Zahra [Medina Zahara], alzo la vista antes de mojar el cálamo en la tinta y comenzar a escribir sobre un buen papel de Sātiba, evitando el divagar a fin de reflexionar, ponderar y delimitar responsabilidades, sin pretender atribuirme papel de juez alguno, sino más bien ser simple fedatario de cómo ocurrieron aquellos acontecimientos…
                    ====

Olas suaves lamían entonces las costas del Reino de Xaltis. Allí se encuentran las cuatro millas de islas donde se asentaba su territorio rodeado por los de al-Garb [Algarve], Mārtulah [Mértola], Lebla [Niebla], Ishbiliya [Sevilla] y, al septentrión de todos ellos, otras tierras. Así, está resguardado entre dos grandes ríos, al oriente y al occidente, el Wadi al-Kibir [Guadalquivir] y el Wad-ana [Guadiana]. Al sur, baña sus playas el mismo mar del Reino de Fez en África.
Era Xaltis, echando mi vista minuciosa sobre aquel tiempo pasado, una ciudad principal que hacía justa competencia a la vecina Umba [Huelva]. En sus alrededores existía una gran actividad artesanal. Tenía, además de ricos y feraces huertos donde se cultivaban legumbres y flores, una atarazana, así como una alcazaba y algunos talleres de metalurgia donde se fundían el hierro y otros metales. La mezquita se erigía en el centro de la ciudad, donde sus habitantes oraban las cinco veces preceptivas del día.
Su puerto era refugio de numerosos navíos dedicados a las artes de la pesca, y a menudo se dirigían a Umba vadeando los numerosos caños y canales marismeños. Abrazando a las dos ciudades en sus desembocaduras, los ríos Saquía [Tinto] y Wadi-Wabru [Odiel].
            En sus campos costeros pacía el ganado lanar, y caballos y bueyes, y se cultivaba trigo y maíz entre cauces de aguas. En otros campos del interior, minas, aguas ―algunas salobres y muchas salubres― y numerosa fauna de los tres elementos. La tierra era fecunda. Y así, en este trozo del paraíso, siendo el 403 de la Hégira [Año 1012 de la Era cristiana], mi padre fue proclamado y elevado al trono de la ta’ifa, una vez consumada la fitna [crisis, disputa] del califato de Qurtuba...
Pasaron los años y en el 435 (H.), después de deliberaciones entre los consiliarios y el monarca, este decidió la acuñación de moneda propia, con objeto de ponerla en circulación para el uso de los habitantes, con la función de cobrar impuestos, insuflar confianza en el pueblo llano, pagar a los servidores del estado, mercadear e intercambiar tanto en el interior como tras las fronteras del reino y, por tanto, a largo plazo, fortalecerlo como protección de otros pueblos y reinos del norte, incluyendo los ejércitos infieles. Se encargó a uno de los talleres de metalurgia de Xaltis, el de Abdul, a que se convirtiera en sikka [ceca, Casa de la moneda] para acuñar dichas monedas, para lo cual encargó suficiente cobre de Granada, así como de la por entonces escasa plata.
Abdul dispuso los crisoles y reavivó los hornos para fundir los metales, y comenzó la acuñación de moneda dirheme siguiendo las instrucciones recibidas acerca de la ceca de Xaltis y su cuño, la marca de al-Bakrî, las inscripciones sobre la unicidad de Dios, los adornos florales así como el valor facial acordes con la aleación, peso y medidas justas, a fin de conseguir con cien dirhemes el equivalente a diez dinares de oro de los otros reinos, en cantidad exactamente calculada para no depreciar su valor. El encargado de vigilar que los deseos reales fueran realizados fue el jeque Galib Ibn Ahmed, quien rara vez abandonaba la ceca, pues además encontró momentos para poner su mirada en Nawar, la hija de Abdul, de ojos grandes y negros como el novilunio y hermosa como el reflejo de la luz en los bajíos de la playa. Su padre la tenía destinada a unir en matrimonio con algún rico mercader de África, tal vez del lejano imperio de Malí. Por ello, no era del agrado de Abdul saber a su hija lejos de los aposentos privados, pues no le habían pasado desapercibidas las atenciones con la que el encargado real dispensaba a la joven.
Abdul consideró una afrenta aquella situación en su propia casa. No podía, a pesar de los dictados de su corazón, hacérsela pagar al jeque en aquellos precisos momentos, no convenía a sus intereses actuar al instante, pues también debía atender los asuntos del negocio. En mala hora pensó en urdir una estratagema mientras miraba absorto cómo los crisoles vertían en chorros fundidos el cobre y la plata. Una idea se le fue ocurriendo: según acuñase la moneda, iría cumpliendo los compromisos adquiridos pero a su manera, no dudando para ello hacer valer sus influencias.
“Rey y Emir de Xaltis”, leyó el sayrafi [cambista] en el reverso, dando su visto bueno a la ceca acuñada y al sagrado texto de que no existe más que un dios y quién es su profeta. Las monedas estaban dispuestas.
Portada de Los caminos y los reinos
Una partida de estos caudales, que en principio estaban destinados al zoco de Umba para ponerlos en circulación a disposición del soberano de la cora, fue fletada en una expedición de tres pequeñas embarcaciones con guardia real al mando del jeque pretendiente de la hija del metalúrgico. Zarpó el convoy vadeando los canales del Wadi-Wabru hasta llegar a Umba. Esos eran los planes, pero poco antes de atracar al muelle, una pequeña lancha se acercó a la flota con una contraorden, decisión del Rey ―que tenía su palacio en Umba—, por la que habría de ascender el cauce del río Saquía, y navegar hasta las murallas de Lebla. Y así lo hizo.
Ya desembarcados, unos carruajes fueron cargados para transportar el dinero hasta Ishbiliya. Púsose en marcha la caravana hasta los territorios no amigos del rey al-Mu’tadid. La caravana avanzó confiada en llegar al nuevo destino sin contratiempos dado que aquella comisión viajaba en son de paz, a pesar de que bien se sabe cómo los dineros fomentan muchas veces el afán de la codicia y lleva a los hombres a guerrear. Si era correcta la orden recibida de desviar dichos fondos hacia Ishbiliya, poderosa razón debió haber para aquel cambio.
Una partida del Rey dio el alto a la caravana de Xaltis al discurrir por al-Saraf [Aljarafe]. Las credenciales presentadas por el jeque Ibn Ahmed fueron insuficiente salvoconducto para evitar el registro de la caravana. De resultas fueron requisadas las cajas del erario del Reino de Xaltis y sus responsables, conducidos al alcázar.
Entre los dirhemes de Xaltis, descubrieron los agentes del Cadí y los cambistas de la ceca de Ishbiliya una partida de dirhemes con una proporción muy alta de cobre y un recubrimiento de plata con las señales de al-Mu‘tadid: nada sobre dichas monedas constaba en la relación contable. Los cargos imputados fueron los de tráfico ilícito de caudales, imitación de moneda (luego) falsificación de la ceca, usurpación de identidad y alteración del valor real frente al valor nominal monetarios.
Era, claramente, una vil, insidiosa, pero simple y sencilla trampa, dentro del plan urdido por Abdul que había acuñado secretamente un número de monedas falsas domeñando ―deseo en este caso expresarlo así, mejor que aleando― tan generosos metales, conspirando para conseguir que su enemigo las llevara en persona hasta la misma víctima del engaño, sin importarle quiénes le acompañarían y cuáles funestas consecuencias podría acarrear aquella acción.
La justicia de al-Mu‘tadid fue administrada según el capítulo que trata de los defraudadores, en el Noble Libro, y por ello los responsables fueron encausados y juzgados según el grado de participación en los hechos. El cargamento, tanto el legal como el delictivo, fue fundido en el alcázar de la capital del reino de al-Mu‘tadid.
Por aquellos tiempos el acoso constante de los ejércitos del rey cristiano de León, Fernando I, obligó a las numerosas ta’ifas del sur de al-Ándalus a que formaran alianzas y acordasen pactos de todo tipo. Al-Mu‘tadid, temiendo ser futuro deudor de parias y tributos abusivos, concluyó cómo la desunión favorecía la debilidad, y por tanto vía libre al rey cristiano para la reconquista del reino andalusí. Mi padre, por su parte, solicitó ayuda al soberano cordobés Ibn-Yahwar a fin de frenar el expansionismo de al-Mu‘tadid, pero por desgracia fue tratado como el reyezuelo que era, y desoído.
Así fue como, si de los haces anverso y reverso de una de aquellas monedas se tratase, al-Mu‘tadid hizo causa de sus ansias proteccionistas y concausa del asunto banal del incidente del erario, completando así sus pretextos para desencadenar la tormenta que se abatiría después sobre el reino de Xaltis.
Y ocurrió. A la puesta del sol de un día de Zu l Hijja [diciembre] del 443 (H.), desde Lebla anteriormente tomada, las tropas de al-Mu‘tadid se dispersaron: una parte se dirigió hacia la ciudad de Umba, arrasando a su paso las tierras de cereales y de frutales, y de otras preciadas plantas como el zabad [alción resinoso]; y la otra parte del ejército, embarcando y descendiendo por el cauce del Saquía, hasta que, ya en el mar que baña Xaltis, los golpes de remo de las barcazas rompieron la mansedumbre de sus aguas, y las aves que anidaban en sus riberas (alcatraces, alcedos, anas, pandiones, limosas y muchas otras) remontaron el vuelo hacia el ignoto horizonte del mar tenebroso y no regresaron más. De esta forma al-Mu‘tadid, con tan terrible tenaza, exhibiendo el poder de su alfanje y ondeando el estandarte con nuestro común Creciente, se apoderó del territorio de la ta’ifa, a pesar del entendimiento pacífico que previamente mi padre le había ofrecido. Las venganzas, la acción y la reacción, se habían consumado.
…Así fue, marchitándose, lentamente, el principio del fin.
Mi querido padre fue depuesto de su trono y confinado en Xaltis hasta que pudo establecerse en Qurtuba. Fue progresivo el desmantelamiento de los talleres de metalurgia, y con ello abortado el proyecto del acuñado y circulación de una moneda propia, oficial del Reino de Xaltis. También, gradual el empobrecimiento de las explotaciones pesqueras y agrícolas, por lo que inexorablemente sobrevino la asfixia económica y el abandono de la isla.
    Mi muy amado padre, conocido también como Abd al Azīz Izz al-Dawla, falleció en esta hermosa Qurtuba, entre suspiros por la patria perdida, por el infortunio de no haber sabido defender convenientemente los intereses de su tierra y de su pueblo. Falleció, ya digo, en el año 450 (H.); y el infausto al-Mu‘tadid ―padre de mi mentor y amigo, el poeta y buen rey al-Mu‘tamid―, en el 461 (H.)
Olas tempestuosas baten desde entonces las costas del Reino de Xaltis…
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El porqué he abandonado temporalmente mis ocupaciones literarias y decidido escribir estas notas, revisando y retocando el pasado sin pretender modificar el curso de la Historia, es algo que no sabría explicar. Tal vez la necesidad de narrar con el corazón, desde distinto ángulo que el de los cronistas cortesanos, y ofrecer una teoría de cómo el poder, la riqueza y a veces el amor, a menudo trenzan lazos que anudan destinos de reinos y hombres. Y si bien los hechos narrados, unos en mayor medida que otros, no parecen causa directa de los males abatidos sobre el reino, aunque a conciencia lo dejo entrever, cualquier acontecimiento tiene consecuencias encadenadas: la sed de venganza, el escarmiento, la decadencia de un reino… con el riesgo de errar en los ajustes de viejas cuentas, sin posibilidad de enmiendas o rectificaciones. Justamente es la teoría que vengo sosteniendo desde la caída de Xaltis: su rey, mi padre, fue víctima de inconvenientes adláteres.
No podría llevarme esta desazón, y si bien no poseo documentos o testimonios que lo avalen ―sí rumores que van y vienen (Abdul y Nawar, nombres imaginados por mí para esta crónica, se desvanecieron en las neblinas de la Historia)―, he mantenido una lucha muy intensa, entre mi corazón y mi conciencia, unido al dolor por la injusticia que se cernió sobre personas y lugares tan queridos por mí. Dado que entran en juego no solo la vida, sino algo más valioso como es la propia honra, por si algún día estas disquisiciones ―que no figuraciones―, de un anciano en el ocaso de su vida, sean como una luz en medio de las tinieblas, sin por ello negar o descalificar otros razonamientos distintos, concluyo que ningún mal podré yo añadir con esta confesión sino vindicar la memoria de mi augusto padre pues a nadie debe importar los avatares de mi vida sino los de él, y si bien fue responsable por omisión en el asunto banal de los dineros, desencadenante de la invasión del reino, no me cabe duda alguna de los esfuerzos que realizó inútilmente por redactar y firmar un justo acuerdo para acabar con el caos de los reinos desunidos de al-Ándalus, e impedir que un puño férreo se abatiera inclemente sobre Xaltis. Es mi opinión que cualquier pretexto hubiera sido igualmente válido en aquellos malos tiempos.
Pongo el punto final a estos escritos (que preservaré entre suaves telas de lino) recordando un dicho del Profeta, la paz y las bendiciones divinas sobre él: “Deja aquello que te hace dudar de su licitud y encamínate a lo que no te hace dudar. Pues la verdad realmente es tranquilidad, sosiego y paz interna; y la mentira, duda”.
            Sin dudar, entonces, me encaminaré a depositarlos en las manos seguras de mi buen amigo Levi Cohen, hombre del otro Libro, residente en al-Munastyr [Almonaster], para que él procure protegerlos, y así, aunque trascurran mil años, es mi deseo evitar que el manto del olvido caiga como vendaval de arena del desierto sobre la pequeña historia de aquellos caminos y reinos, antes al contrario, que resurjan estos escritos  a la luz y se pueda conocer con seguridad mi verdad.
Me encuentro al fin tranquilo y sosegado como la noche que ya cubre Madinat az-Zahra. Y en paz conmigo mismo. Que así sea
En Qurtuba, cuarto día de Rabi al Awwali, 480 años de la Hégira

 Visir  Abũ ‘Ubayd’ Abdallāh al-Bakrī (biendicho) al-Qurtubî
Foto propiedad de http://tertulialal-bakri.blogspot.com.es 
(N. del A.) Ubayd al-Bakrî, filólogo, geógrafo y botánico, además de poeta, falleció en 1094 A.D. (487 H.), probablemente en Córdoba, ya que fue enterrado en el cementerio de Umm Salama de dicha ciudad.