8.12.15

El anillo de los ocho Anj (relato completo)

Cien años. Ese es el tiempo que la fotografía, asepiada por efecto del tiempo, presidió la estancia de la vieja casona donde habito, y cincuenta y dos el periodo que me acompañó y que comprende desde mi nacimiento hasta el día de la fecha. En cualquier caso, toda una vida.
La fotografía formaba parte del decorado doméstico perdiendo, de tanto mirarla, su significado, por lo que un día, hace pocos años, sin saber el porqué, me detuve delante, alcé las manos y la toqué ladeándola hacia mí para evitar los reflejos de la luz que entraba por el ventanal y así poder leer por enésima vez la breve leyenda que en su parte inferior se distinguía:
Sebastián Fornel
Día de la Raza
1902
Un joven de veintipocos años, posando, endomingado a la moda de principios de siglo, luciendo un
fino bigote, y de rostro afilado, con una sonrisa apenas perfilada en unos finos labios, de baja estatura, y sujetándose el sombrero intentando evitar que saliera volando, mirando serio a la cámara que en ese preciso instante disparaba la lámpara de magnesio para inmortalizarlo. Detrás, una estatua ecuestre sobre un enorme pedestal de un caballero de uniforme militar en disposición de desenvainar su sable mientras el caballo está apoyado firmemente sobre sus patas, en un sobreesfuerzo para soportar el peso del jinete y su leyenda.
—Tu bisabuelo tenía metido en la sangre el veneno de irse a hacer las Américas —me decía mi abuela siempre que me sorprendía mientras yo miraba ensimismado la foto— y mira si hizo lo que más deseaba… se marchó.
Dejando a un lado su labor me contaba una pequeña historia, que como una cantinela me repetía tristemente para, según ella, no dejar morir los recuerdos… aunque la verdad es que no conseguí arrancar de los suyos
más que el bisabuelo Sebastián se marchó y pasado un tiempo retornó, falleciendo poco después de forma extraña.
Así, poco a poco se fue fraguando una especie de leyenda mítica sobre mi antepasado, que observaba el acontecer de la familia desde su atalaya fotográfica.
Durante años su figura fue aposentándose en mi imaginación, de forma permanente, desde aquella estampa disparada un Doce de Octubre, recién comenzado el siglo XX.
El caso es que, cierto día, considerando el centenario un periodo de tiempo prudencial como para
indagar en dicho asunto, puesto que mi abuela nunca me había permitido ni tan siquiera tocar aquel icono representación de su padre, y ella había fallecido no existiendo nadie que pudiera impedírmelo, opté por descolgar el cuadro de donde siempre había estado, a salvo de limpiezas generales, encalados, cambios de muebles, y del periodo vital de mis familiares —Sebastián, protagonista de esta historia, y su esposa; mis abuelos paternos: ella, Graciela Fornel, quien no cesó de narrarme historias hasta su muerte, cuando yo contaba quince años, así como mis padres Juan Wing Fornel y Ana Martínez, desinteresados de “chismes”
familiares. Todos, por desgracia, ya fallecidos—, y por fin librando aquella reliquia del más nefasto mal: el olvido. Cien años, suficientes como para evitar peticiones de autorizaciones a fin de remover recuerdos aunque al hacerlo no pudiera evita sentirme como violando trozos sagrados de
espacio y de tiempo, inmiscuyéndome en territorios accesibles pero prohibidos, como si de Howard Carter ante la puerta sellada de la tumba de Tutankamón se tratase.
Pesaba bastante el marco, que más parecía una caja. Del reverso desprendí a trozos una lámina de mica, dura como el pedernal, de tal forma que al extraerla pude acceder a la estampa fijada sobre un basto cartón. Al fin, después de cincuenta y dos años de mi vida mirando la imagen, pude tocarla con mis manos. El corazón comenzó a latirme aceleradamente.
Estaba sorprendido de lo que apareció: una treintena de folios de papel cebolla. Un mensaje —pensé—, porque así podía denominarse algo que había permanecido oculto sin que nadie hubiese tenido la ocurrencia de abrir aquel cuadro, en lugar de haber dejado pasar el tiempo con elucubraciones y haber sido educado en aquel ambiente de secretismo, en lugar de descubrir y desentrañar el contenido de aquella especie de cofre maravilloso.
He aquí, transcrito sin más, lo que me pareció un diario o crónica sobre los avatares de mi bisabuelo en América.
Embarqué, recién comenzado el nuevo siglo, en el puerto de Cádiz en busca de otro futuro, porque en Riotinto el mineral hay que extraerlo a golpe de barrenos, excavando las entrañas de la tierra, y el silencio y el miedo reinan sobre todas estas cuencas mineras desde un día ya lejano, cada vez más perdido en la memoria, cuando cientos de habitantes de la comarca fueron tiroteados por protestar contra las emanaciones letales de las numerosas teleras. Así, alguien me había hablado de lo fácil que era lograr el metal que todo lo puede, el oro. Sacarlo simplemente bateando las arenas de las escorrentías caudalosas de América del sur. Pero no me iba a resultar fácil a causa de los aconteceres que padecí, soportando mil calamidades: desembarqué en Venezuela; descendí por el Orinoco hasta las selvas de los afluentes del Amazonas cayendo enfermo por las picaduras de los insectos y de niguas; pretendí ser “garimpeiro”; comido por las fiebres, y gracias a la ayuda de algunos aborígenes, logré viajar hacia el sur a través de las ignotas selvas del Brasil; y trabajé en Bolivia, en todos los oficios habidos y por haber.
Durante varias semanas, menos oro, encontré de todo lo peor, así pues procuré la manera de dirigirme hacia territorio argentino, desde donde esperaba retornar escarmentado a España. Conseguí cruzar los Andes hasta llegar a Buenos Aires. En ciertos tugurios de los muelles, escuchando conversaciones acá y allá, deduje que existían lugares, al otro lado del Mar del Plata, poco menos que si de Eldorado se tratasen. Sin dudarlo, tomé un paquebote con rumbo a Montevideo.
En la capital del Uruguay entablé amistad con un italiano que había llegado desde La Spezia y tenía como destino una pequeña ciudad del interior; adonde se dirigía en busca de su familia emigrada tiempo atrás, y donde, me informó existían —confirmando mis noticias— yacimientos abandonados de metales preciosos.
Por desgracia, en lugar de aprovechar la oportunidad de regresar a casa, que ya añoraba, permanecí enfebrecido por el oro y no soportando retornar con los bolsillos vacíos, me adentré en aquel pequeño país. La región, jalonada de extensos campos de trigo y girasol mecidos al viento suave de la primavera austral, me recordaba a mi añorada provincia, a su serranía, a su campiña y bosques.
En pocas horas llegué a Minasconcepción, la ciudad que las indicaciones del italiano y el azar habían elegido para mí mismo. Me llamó la atención el contraste —por el escaso parecido a mi patria— lo cuidadoso de su configuración urbana con sus largas calles rectilíneas. Viejas casonas solariegas, huellas de su pasado colonial, ostentaban en sus fachadas blasones tallados en piedra. En algunos edificios ondeaban banderas nacionales, sobresaliendo en ellas medio sol teñido en oro parecido a un amanecer o tal vez a un ocaso. Esto me fascinó porque el sol y el oro me producían las mismas emociones, pareciéndome señales de buenos augurios.
Pronto trabé amistad con algunos compatriotas y comenzó mi obsesiva búsqueda en el cauce del San Francisco, un arroyo poco caudaloso, de frías aguas, bateando sus arenas. Ni las risitas disimuladas de mis amigos, cuando a la caída de la noche retornaba a Minasconcepción refugiándome en alguno de los cafetines de la ciudad, me hicieron desistir. Después de varias semanas, aquejado de artritis y reumas y, tras unos magros resultados, desistí y opté por buscar otro trabajo.
Por aquel entonces […] Minasconcepción hallábase bastante levantisca, debido a que era anhelo de su ciudadanía erigir un monumento al general Lavalleja, un héroe nacional del que todos los uruguayos, en especial los naturales de la ciudad, se sentían orgullosos. Y, aunque no conseguí comprender entonces el significado del asunto del que todo el mundo hablaba, pronto me percaté de que Minasconcepción le estaba echando un pulso al gobierno de la nación, remiso éste a aquel alarde de exaltación por parte de un reducido número de uruguayos que ni siquiera vivía en la capital del país, Montevideo, único escenario hasta entonces de cualquier manifestación patriótica. Entonces fue cuando acepté un empleo en una fundición metalúrgica, trabajando durante dos meses como ayudante en la colada de una estatua ecuestre del General.
Hasta aquí, salvo algunos párrafos ilegibles, la crónica que mi bisabuelo dejó escrita en el mazo de folios.
Con tales datos no me resultó difícil documentarme yconstatar que el “Día de la Raza” de 1902, fue descubierta e inaugurada una estatua ecuestre del Brigadier General Juan Antonio Lavalleja, en la Plaza de La Libertad (otrora del Recreo) de Minas (no Minasconcepción como la denominaba el bisabuelo). El motivo de dicho homenaje era perpetuar la empresa del General, quien junto a otros treinta y dos patriotas inició, en 1825, el movimiento liberador de la provincia oriental del Brasil y su unión a las otras provincias del Río de la Plata, hasta la independencia total de lo que hoy es Uruguay.
En el reverso de la fotografía había un texto en caligrafía apretada que decía:
Hechos acaecidos en la ciudad de Minasconcepción, departamento Lavalleja de la República Oriental del Uruguay, a aquellos que quieran saber:
Yo, Sebastián Fornel Toledano, natural del Reino de España, provincia de Huelva, tengo que manifestar:
Un servidor, presente en el retrato, fui contratado, haciendo valer mi condición minera, como ayudante para la realización de una estatua ecuestre. Dicha obra, mandada por el Intendente de Minas, por encargo de la autoridad, consistente en la mezcla así como el vaciado de la estatua,
fue efectuada siguiendo las indicaciones del maestro fundidor en el mes Agosto de 1902. Encontrándome en dicho cometido —siendo la primera escultura en bronce realizada en la
República Oriental— fui impelido a jurar en el nombre de Dios para que lo que iba a presenciar, por ser mis servicios de manera y forma indispensables e indiscutibles, hubiera de ser un secreto a guardar el resto de mi vida: habiéndoseme hecho entrega de una caja con un número de piezas de oro, entre barras y discos, procedí, en absoluta soledad, a calentar el crisol conteniendo la totalidad del oro a una temperatura de mil sesenta y cuatro grados Celsius hasta su fusión. En el punto culminante del rellenado de los moldes, en que la colada estaba a mil grados, temperatura requerida según la
composición del bronce, el oro en forma líquida fue agregado a dicha colada aleándose para siempre.
A continuación fue vaciada al molde de la cabeza del caballo; y ya fría se aplicó una pátina de “vitriolo azul”, para disimular dichas manipulaciones.
Una vez colocada la obra de tres mil kilos, sobre su pedestal, en el lugar de la Antigua Plaza del Recreo de Minas, e inaugurada una mañana de fuertes vientos el Día de la Raza del año 1902, con gran boato por las autoridades del departamento y de la República y grandes festejos del buen
pueblo de Minas, me fue recordado el juramento, mientras la luz de magnesio de un fotógrafo me cegaba inmortalizando el momento.
He de confesar que del cajón de donde tomé las piezas de oro sustraje un documento donde se viene a certificar que dicho noble metal estaba destinado a ser enviado en 1718 por el Alto Virrey del Perú, con destino a España.
Al poco tiempo comencé a sentirme angustiado de vivir con el cargo de dudar a quién pertenecía el oro. Hallándome sumido en una vorágine de gran confusión sobre su legítima propiedad, y el silencio a que estaba obligado, decidí salir del país y denunciar los hechos acaecidos a las autoridades del otro lado del estuario del río de La Plata. Embarqué en Montevideo, arribando a la Madre Patria por el puerto de Vigo. Sin más tardanza, viajé a mi pueblo de Riotinto y volví a la mina a sentir el olor acre de los últimos hornos, desmantelados gracias al sacrificio colectivo de la cuenca. También contraje matrimonio, dándome mi esposa una hija como fruto. Una vez desvelado el secreto, libremente lo describo, así como el lugar y forma de desenmascarar las anomalías, poniéndolas de manifiesto porque no es mi deseo llevarme a la tumba algo que he sido forzado a guardar, y sintiéndome culpable de haber olvidado la denuncia que tenía la intención de formular.
Dios me perdone: ojalá que algún día este secreto, oculto tras mi imagen fotográfica a los pies del
caballo cargado de tan vil metal, pueda ser desvelado y revelado. 
                                                            Sebastián Fornel Toledano
Riotinto, a 24 Febrero de 1907
Cuando acabé la lectura de aquella grandilocuente narración, encabezada y firmada respectivamente en las dos Minas (Concepción y Riotinto), plagada de funestos augurios, descubrí en el mismo cuadro un pequeño legajo amarillento —prueba irrefutable de lo que denunciaba mi bisabuelo—, escrito ampulosamente, bajo un
gran sello con una corona real:
En nombre de Nuestro Señor el Rey de España
Y de los territorios de Ultramar
S.M. Felipe V
Recibo la cantidad de
3.300 onzas de su peso en oro del Cuzco.
Por orden
El Comandante de la Real Armada
Al mando del galeón Sagrada Familia
20 de Marzo del Año de 1718
(Sigue una firma y su rúbrica)

Se trataba, sin lugar a dudas, de la orden de embarque de una inusual, por minúscula, cantidad de oro de pura ley junto al Recibí: las mismas marcas de numeración, contrastes y leyes de las piezas aleadas. El cuadro escondía otras sorpresas: además de los datos técnicos tales como porcentajes de los componentes del bronce para la estatua, su peso y su volumen, con instrucciones precisas para erigirla, descubrí un envoltorio cosido que me apresuré a rasgar en la certeza de hallar un objeto en su interior. Se trataba de una lámina finísima, apenas unas décimas de onza de pan de oro, en forma de estrella de espuela de nueve puntas. Entonces recordé, a la vista de este objeto que conformaba definitivamente un enigma, que, según me contaron, cuando murió mi bisabuelo en 1907, su prematuro fallecimiento se recordaría durante algunos años. Aún en mi infancia escuchaba rumores sobre tan extraña muerte, ocurrida al cabo de pocos días de  enfermedad. Mi abuela Graciela comentaba estar segura, por lo escuchado a su madre, de que el fallecimiento se había producido a raíz de comenzar a tomar infusiones hechas con mate que le habían regalado en América — incluidas la calabaza y la bombilla para prepararlas con todo su ritual de nostalgia de su etapa americana—, que esta yerba debía estar adulterada malintencionadamente con otras hierbas extrañas y desconocidas y en consecuencia las infusiones que tomadas al regreso lo habían enfermado hasta fallecer a los pocos días, aunque todos lo habían atribuido a la tisis producida por los humos de las teleras.
Desde el momento de contar con todos aquellos datos y pistas, más que aclarar mis ideas me surgieron una serie de dudas: ¿Cuáles fueron, realmente, las causas que desencadenaron la muerte prematura del bisabuelo Sebastián? ¿Por qué se impidió la estiba del oro en 1718? ¿Se escondió durante ciento ochenta y cuatro años, ya en el Perú ya en el Uruguay, para fundirlo, alearlo y depositarlo definitivamente en un predeterminada estatua, siempre lejos de los centros de poder de Montevideo? ¿Estaría la Masonería implicada puesto que treinta y tres fueron los expedicionarios al mando de Lavalleja, curiosamente casi
todos pertenecientes a cierta logia? ¿Se trataría, tal vez, de una trama o conjura para evitar, eludir, dicho claramente, escamotear el pago de aquel impuesto con destino a las arcas reales, aunque ante mis ojos tuviese el recibo firmado por el comandante del galeón? ¿Por qué —que yo conozca— no
hay reseñas históricas ni en el Uruguay ni en el Archivo de Indias? ¿Acaso se trató de una cortina de humo para encubrir un fraude mayor? ¿Qué puedo hacer siendo conocedor del secretode la estatua?, ¿desvelarlo?, ¿me tomarán por loco? Y si se trata de una conjura de siglos pasados, ¿debería hacerlo saber a las autoridades? En caso afirmativo, ¿a las del Perú, Uruguay, España?
Luego de hacerme todas estas preguntas e indagar de forma un tanto desordenada, descubrí algo ciertamente interesante: el galeón Sagrada Familia al mando del comandante Vera, en su primer viaje, partió el 31 de marzo de 1718 desde Acapulco rumbo a las Islas Filipinas a donde debió llegar en agosto, y retornar de nuevo hacia México; por lo tanto es harto improbable que el 20 de marzo estuviera en algún puerto rioplatense, Buenos Aires o Montevideo, a la espera de cargar, aparte de que el recién estrenado galeón no estaba destinado al transporte de los quintos reales sino al flete de mercaderías de otra índole: por tanto quedando a salvo la honorabilidad de los mandos del navío.
Recorté un modelo de la estrella de la espuela con sus medidas exactas. A la vista de la fotografía deduje que relacionando las medidas a escala, encajaba perfectamente con cualquiera de las dos espuelas que el prócer tenía ajustada a sus tobillos, aparte del parecido al emblemático sol charrúa. Hice comprobar su ley y procedencia. Ya sin sorpresa pude deducir que el oro camuflado en la cabeza del caballo procedía del pequeño cargamento del quinto real1, por coincidir con las leyes de las piezas que se distrajeron del flete fallido y posteriormente se fundieron y alearon con el bronce de la estatua.
Más complejo —de hecho no he indagado al respecto por pura y simple ignorancia— fue descubrir la
procedencia del pergamino datado en 1718 germinando en manos del abuelo el enigma alertándole sobre las irregularidades (presunto fraude a la Real Hacienda y tal vez presunta falsificación de documento público o presunta suplantación de la identidad del comandante del Sagrada Familia) y conjeturar cómo él, a su vez, distrajo poco más de tres gramos del oro con el que labró una réplica de una minúscula parte de la estatua con el objeto, tal vez, de dar
1 Quinto real: Proporción que sobre la explotación de las minas en
América percibía la Corona española, en concepto de participación
en los beneficios. (N. del A.)
prueba veraz de su denuncia, quién sabe si para acallar su conciencia, o como posible reparación del fraude del que fue testigo y colaborador involuntario, siendo un misterio por qué razón ocultó la pequeña joya, si tal vez como hacerse depositario único del parco beneficio de su periplo americano o como si de un simbólico acto de justicia se tratase trayendo una mínima parte del oro a España.
Así pues constataba que todos aquellos acontecimientos estaban relacionados, por lo que tuve que tomar una decisión, consciente de la trascendencia de lo que se me figuraba como un posible objeto de litigio. Decidí dejar girar el mundo y no hacer nada para alterar el orden y concierto de las cosas. Que el oro siguiera donde mi bisabuelo supuestamente lo depositó, de grado o por fuerza, hace cien años. En lo referente a su muerte, no era ya momento de investigar, al no saber por dónde empezar y verme abocado, con toda certeza, a un callejón sin salida. Así pues opté por enterrar el enigma para siempre, sin posibilidad de vuelta atrás.
Mejor, me dije, dejar las cosas como están, pues, ¿qué derecho tenía yo de irrumpir en la plácida vida de Minas en su acontecer diario en torno al egregio personaje? Era mi deseo respetar la placidez de la pequeña y bella ciudad, de vecinos aparentemente felices, paseando en las soleadas tardes de primavera. Así pues, que sus naturales, ya sean estos jubilados, estudiantes, amas de casa, obreros, niños correteando, parejas amándose mientras suenan las notas de un bandoneón en torno al monumento que tanto trabajo les costó erigir a los minuanos de cien años atrás, con un tesoro ante ellos durante cien años sin saberlo, continúen su mismoritmo de vida.
Lo dicho. Ante tantos datos técnicos referentes a los metales sin contrastar (fundición, unidades, etc.); interrogantes sobre el galeón sin resolver (derrotero, fletes programados, etc.); y por último la incertidumbre sobre la veracidad de la existencia del oro —cómo poner la mano en el fuego aun sin poner en cuestión el relato de mi bisabuelo— y, en consecuencia, la factibilidad de su recuperación no lo dudé: folios, placa de mica, fotografía, marco, “recibo real”, así como el vidrio y las finas cuartillas de papel cebolla, todo fue destruido a mediados de diciembre de 2002.
Sólo la réplica de la rodaja de la espuela de Lavalleja luce ahora en mi dedo, fundido y labrado como anillo con ocho Anj o llaves de la Vida. Ante un enigma y su solución he de decir, ahora, que prefiero aquél a esta; como elijo el camino a la meta; me apetece más el intentar que el conseguir; la búsqueda al encuentro, y por descontado las preguntas a las respuestas.
Aunque en este caso, cierto es que ojos que no ven… y ahora que he visto me arrepiento de no haber dejado el cuadro colgado de la oxidada alcayata. Mas para que sirva como descargo de mi mala
conciencia, a mis cincuenta y dos años, me viene como el anillo en mi dedo esta “confesión” para así, discretamente, lo reconozco, darlo a conocer en forma de relato, con todo lo que ello significa, y de esta forma curarme en salud por si en el futuro alguien trata de culpabilizarme de haberme llevado este secreto conmigo. Mi nombre es Sebas Wing Martínez, bisnieto de Sebastián Fornel Toledano, y me pregunto sobre la utilidad de haber pretendido desentrañar el secreto de la foto. Dios perdone mi curiosidad pero sobre todo mis figuraciones, que ojalá no sean más que eso. Pero nunca se sabe… aunque hayan trascurrido ya cien años...
F I N

13.11.15

Noviembre en Madrid




Aquella mañana del catorce de noviembre amaneció en medio de una neblina fría y desapacible que se agarraba inclemente al barro y a los escombros. La noche había trascurrido oscura a causa de la luna nueva que hacían más espectaculares los fogonazos de los morteros a uno y otro lado de las trincheras. Era la belleza de la muerte en los resplandores de la brutal batalla que se estaba desarrollando en los arrabales. En el Barrio de la Bombilla fue donde se dieron cita jugándose los dos la vida. En medio de un breve periodo parecido a un armisticio, fue donde el falangista y la miliciana -acordándolo previamente por medios que no vienen al caso- se vieron y sin apenas tiempo para más, se miraron, se acariciaron, se dijeron palabras de amor y acabaron juramentándose amor eterno sabiendo ambos que sería la última vez que se vieran. No hicieron el amor. El amor era, por encima de todo, el acto de valentía para, por encima de cadenas de mando, romperlas, y romper todos los convencionalismos, dogmatismos y enarbolar la bandera de la tolerancia. Aquello era Amor por encima de las trincheras en las que se había convertido aquella desgraciada, desventurada, orgullosa y terrible España. Amanecía sobre el Madrid sitiado y se dieron un largo beso, el último de sus vidas, cuando les avisaron de que era imprescindible acabar de inmediato aquella cita de amor en el pequeño trozo de tierra de nadie en los aledaños de la gran ciudad que se desperezaba oyendo el zumbido de los obuses. No se dijeron nada al despedirse. Él, falangista sin nombre, madrileño, encuadrado en las columnas sitiadoras del general Varela, se dirige hacia su unidad a punto de conquistar el cerro Garabitas, para tratar de atenazar, doblegar y entrar en su Madrid.

Ella, miliciana sin nombre, madrileña, defensora de su ciudad que se dabatía entre la consigna del No pasarán y el ardiente deseo de dejar pasar al amor único de su vida se dirigió presurosa hacia el interior de la capital de España. La esperaban en el asilo de Santa Cristina donde estaba encuadrada a las órdenes de Durruti.
Nunca se volvieron a ver el falangista y la miliciana. Truncado un amor que no pudo ser... Culpable: la guerra.
Madrid, justo hoy setenta y cinco años.


Ella, miliciana sin nombre, madrileña, defensora de su ciudad que se dabatía entre la consigna del No pasarán y el ardiente deseo de dejar pasar al amor único de su vida se dirigió presurosa hacia el interior de la capital de España. La esperaban en el asilo de Santa Cristina donde estaba encuadrada a las órdenes de Durruti.
Nunca se volvieron a ver el falangista y la miliciana. Truncado un amor que no pudo ser... Culpable: la guerra.
Madrid, justo hoy setenta y cinco años.

28.10.15

Hervás, Otoño mágico

¡¡¡FELIZ 
OTOÑO DE MAGIA, 
PAISANOS!!!







Hoy comienza el Otoño Mágico en el Valle del Ambroz. 
Sus pueblos llenos de tipismo, sus calles, plazas y rincones muestran al visitante todo lo que encierran, incluido los halos del recuerdo de los que en el pasado, judíos y cristianos, han tenido la suerte de pisar esos mágicos lugares.
Hervás -el pueblo donde nací-, luce en otoño sus galas mostrando la enorme belleza cromática de sus parajes incomparables. Y es el pueblo que guarda en sus calles, en sus cantones y plazuelas, en sus caminos y veredas... algo de mí.
Y los que me precedieron descansan en la bendita tierra.
Desde la Andalucía a la que tanto amo y desde la Huelva que me acogió, vaya un recuerdo de amor a Hervás de uno de sus más humildes hijos de la diáspora.

HH UE ER LV VÁ AS

Texto y fotos: J.A.Bejarano Mártil

18.10.15

Haikus (de mi cosecha)

El haiku  consiste en un poema breve de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente. Es una de las formas de poesía tradicional japonesa más extendidas.
Tradicionalmente el haiku busca describir los fenómenos naturales, el cambio de las estaciones, o la vida cotidiana de la gente. Muy influido por la filosofía y la estética del zen, su estilo se caracteriza por la naturalidad, la sencillez (no el simplismo), la sutileza, la austeridad, la aparente asimetría que sugiere la libertad y con ésta la eternidad.
                                                    
                                                Buscas la fama
te encuentras sí junto a mi
el frío me asusta
---
Alma y perdición
canto cuando amanece
la luz dispersa
---
Color índigo
siena de la Toscana
verano y vino
---
Se precipitan
caen, se desploman impías
Noches que aplastan 
(dedicado a Mar Solana) 
---
Mapa de puntos
el dedo señala uno
la ciudad vive
---
Bajo de playa
Pie que eterniza la huella
Sol de gaviotas
---
Aroma de mar
esfuerzo purificador
sabor de sudor
---
Nubes de azúcar
presagian la tormenta
algodón de sol
(Dedicado a Marta Coloma)

©
Jose A. Bejarano

12.10.15

No se lo digas a nadie

No se lo digas a nadie, fueron sus últimas palabras. Era su favorito, quien lo atrapaba con sus palabras, con sus enseñanzas, con quien era capaz de apartar la vista de los cristales de la clase y atender sus explicaciones. A veces Luis se quedaba antes de salir al patio y le preguntaba cualquier cosa que ampliara sus enseñanzas al margen de la clase oficial, y entonces era cuando don Eutimio se encontraba en su verdadera salsa. Y no había materia que no dominara, la Aritmética y la Geometría, pero también la Historia y la Geografía y la Literatura. Don Eutimio era una verdadera enciclopedia. Eso, maestro de todo, era lo que Luis quería ser de mayor. De barba algo rala, tez morena y bigotillo con las gruías apuntándolas hacia su barbilla. Una sempiterna chaqueta de punto, con dos curiosas coderas le proporcionaba un aspecto juvenil a pesar de sus casi cuarenta años todo lo contrario que el resto de aquel vetusto claustro de maestros que lo miraban de soslayo y que lo marginaban como más tarde, mucho más tarde, descubrió Luis, un rabo de lagartija inquieto de cuerpo y curioso de espíritu, escuela, juegos, casa, juegos, calles, amigos, más juegos… era el decorado y el escenario de Luis. Un leve soplo de aire fresco quería entrar en aquellas aulas de pupitre corroído por las termitas y en aquel ambiente de muchedumbre de alumnos por un lado y alumnas por otro, separados por una frontera imaginaria pero muy real de patio polvoriento…  A la pregunta de quién se apuntaba voluntario a una clase práctica de Ciencias naturales, el dedo de Luis fue el único que se levantó en la clase. Nadie había escuchado nunca esa extraña palabra en el reino de la memoria y el catón. Don Eutimio sonrió a Luis y anotó la cita…
Aquella misma noche se fue a dormir mucho más temprano. Como siempre apagó la tristona luz de la mesilla y la claridad de la calle Collado entró por la ventana. Cerró los ojos. Puntual, tal y como don Eutimio era, a través de un corto silbido Luis se levantó de la cama, se vistió rápidamente, se calzó y con mucho cuidado, para no turbar el silencio de la casa, se encaramó a la ventana. Debajo, pegado a la pared mirando para arriba y con sus brazos extendidos el maestro esperó a que Luis fuese descendiendo aquel pequeño tramo de pared hasta poner sus pies en los hombros. Era un pequeño salto sin peligro pero se trataba, Luis era consciente, de un gran salto en su vida: iba a transgredir por primera vez las normas de los abuelos que hacían las veces de padres pues la muerte se los había arrebatado en un trágico accidente que no hace al caso en esta narración.
Con la emoción Luis iba poco abrigado, pero el corazón le latía con fuerza cuando subió en el soporte de  la vieja bicicleta  de don Eutimio. Recorrieron las calles vacías, muertas, en penumbra, silenciosas mientras algún perro a los lejos hacía sentir su presencia o el sereno daba la hora: las onceee… y serenooo… El sonido sordo y rítmico de la dinamo rozando la rueda delantera de la bicicleta parecía un trueno en aquella noche silenciosa de Hervás, tanto que parecía que iba a despertar a todo el pueblo desbaratando en su nacimiento aquella lección nocturna. La curiosidad y el gusto por el riesgo superaron al miedo que Luis sentía mientras el joven maestro pedaleaba dejando atrás las últimas casas baratas de la Peña los Lagartos jadeando, con la respiración entrecortada por el esfuerzo de la subida al monte. Un poco más allá del Puente Pedregoso se detuvo.
—Este también es buen sitio, cerca de Los Campillares. —El maestro retiró la vieja bici sobre un canchal de la cuneta y entre escobones y pedruscos llenos de liquen y musgo otoñal subieron unos metros más alejados de la carretera.
—Aquí. No hay cielo como el de Hervás para admirarlo.  Pero no se lo digas a nadie. Vas a recibir una lección que espero no olvidarás en mucho tiempo…
Don Eutimio se quitó la gabardina y la tendió sobre un canchal que comenzaba a despedir la humedad de la tempranera madrugada. La oscuridad era total y solo la mitigaba una pequeña linterna que el maestro apretaba para que la pequeña dinamo fuera generando un diminuto haz de luz, que proyectaba al rostro del alumno, deslumbrándolo.
Sentados sobre el gabán, don Eutimio chistó pidiendo silencio, mientras apagaba la linterna; al fin Luis sintió alivio de aquel molesto chorro de luz.
—Pues bien, Luis: levanta tu vista, permanezcamos en silencio unos minuto y luego…  trataré de contar la millonésima parte de lo que podemos ver.
—Ahí tienes, el Camino de Santiago que no es más ni menos que la Galaxia, el camino de estrellas donde se encuentra nuestro diminuto mundo –Luís pudo observar un manto blanquecino que atravesaba la bóveda de los cielos sobre Hervás atravesando el eje del orto y del ocaso, y más allá del valle donde los ríos se amansan. Una mancha de puntos de luz que parecía una alfombra, más que estrellas. –Es como la leche derramada de los pechos de la diosa  Hera para Hércules, al que se negó a alimentar. Pero todo eso son leyendas y nada más alejado de la realidad. La pura verdad es que este grandioso espectáculo es la representación de la vida. Con miles de millones de actores que son las estrellas que no se pueden contar. ¿Ves cómo forman figuras de nuestra Humanidad –Eutimio no dejaba de hablar y enumerar, dirigir su dedos hacia el firmamento señalando y Luis a duras penas era capaz de asimilar tal cantidad de información y de sabiduría—: La Osa mayor y la Osa menor… mira allí, el planeta Marte y ese grupo de estrellas forman una de las doce constelaciones del Zodiaco, el que rige el destino y las encrucijadas de todos nosotros. Pero no se lo digas a nadie… todo esto y más allá, detrás de la oscuridad de la noche hay más y más galaxias como lo dijeron en la antigüedad sabios que fueron juzgados, sentenciados y ejecutados por quienes se empeñaban en mirar los dedos que indicaban en lugar del más allá que los sabios mostraban.
La noche avanzaba y al fondo media docena de pálidas luces de Hervás carecían de importancia ante aquel derroche inenarrable que don Eutimio descubrió a Luis, al que ya se le había olvidado el frio, ante aquel magno espectáculo sobre sus cabezas.
Planetas, constelaciones, estrellas, figuras mitológicas, nombres que sonaron por vez primera en los oídos extasiados de Luis. Y el maestro señalando y denominando a todo aquel ingente conglomerado de puntos de luz. La luna, nueva, a punto del creciente, asomaba a duras penas tras la cordillera circundante al valle del Ambroz sumido en  sombras.
—Don Eutimio— Luis atinó a preguntarle la duda que le rondaba hacía rato— ¿y esto está también durante el día?
—Durante el día sigue ahí, igual que ahora pero nuestra estrella más cercana echa el velo de luz y lo tapa, pero está ahí. No te quepa ninguna duda. –Y el maestro sonrió por primera vez en aquella magna noche…
Luego siguió enumerando los astros que iba identificando. Orión, Sagitario, Cruz del Norte, Cruz del Sur, Constelación de la lira, del cisne… nebulosas, agujeros negros, estrellas fugaces y cometas, y excelsos personajes como Galileo, Copérnico, Ptolomeo, Jorge Juan y tantos nombres que en el futuro Luis habría de rescatar de la memoria de aquella inolvidable noche.
—El misterio radica en dónde está el final de esto. Pues lo que ves es solo una minúscula parte del Universo. Tras la pared negra de la noche, hay más y más galaxias, tan alejadas que aún su luz no ha llegado a nosotros… miles de millones de estrellas en Galaxias, que no tiene fin ni quizá principio, amigo mío… pero es un misterio sin resolver.
La madrugada avanzaba y el frio bajaba del Pinajarro. Hervás seguía en su sueño secular mientras el maestro y el alumno se empapaban de conocimientos, uno hablando e impartiendo sabidurías, el otro escuchando y contagiándose de amor por aquel maremágnum imposible de descifrar o explicar con palabras. Pero también sembró la duda— “es buena, conveniente, diría yo”— que germinó en aquella mente infantil cuando le hizo la segunda y última pregunta.
—¿Dios? –contestó don Eutimio incorporándose de la dura piedra donde habían estado sentados toda la noche— Dios… si quieres creerlo así, no tengo ningún inconveniente, pero no se lo digas a nadie. Cada cual tiene su dios, distinto para cada uno. Cada hombre, su dios… pero no lo digas nunca a nadie —Luis no estaba preparado para esa teoría semiatea pero lo escuchó extasiado. La verdad del maestro se abría paso en la mente del alumno. — Esto que estamos viendo… ¡mira! Ya está saliendo la Estrella de la mañana… o Lucero del alba, como llaman a lo que no es ni más ni menos que Venus. Te iba diciendo y nos vamos ya…  quería decirte por último, y no se lo digas a nadie, esto que está sobre nosotros, cubriendo la bóveda celeste tiene un autor, que no puede ser más que un gran artífice que haya creado esta enorme y perfecta maquinaria en movimiento aunque apenas lo notamos.  Un Gran Arquitecto que todo, lo que vemos y lo que no vemos ¡ni nunca veremos! ha creado y salido de sus excelsas manos e infinita y todopoderosa inteligencia. Pero no solo lo ha creado, sino que a cada componente de este gigantesco espectáculo le ha dado un papel, y cada cuerpo celeste que ves en el cielo lo ha dotado de un movimiento durante su Tiempo en su propio Espacio. Así desde el incierto principio de los tiempos y por toda la eternidad él ha dotado de movimiento eterno, y se sabe cuál es el ciclo de cada cuerpo celeste, y las fases de la luna y el alineamiento de planetas con que los agoreros proclaman el fin del mundo… como si nuestro minúsculo mundo fuera algo importante en el concierto celestial.  Todo gira en tan perfecto movimiento que nunca por los siglos habidos  y por haber se han entorpecido entre ellos. El Gran Arquitecto de la perfección… Luis, te agradezco que hayas venido y te pido que de ahora en adelante pongas en duda lo que se diga sobre mi… soy un simple aprendiz y solo creo en la fraternidad de todos los hombres. —El relente se precipitaba y Eutimio ayudó a incorporarse a Lusito— Vamos que hay que madrugar y se acerca el alba  por detrás del Pinajarro, va a caer el telón sobre el  Escenario de tu Camino de Santiago . Toma esto y guárdalo en señal de agradecimiento y de recuerdo… —Luis tomó un pequeño paquete con sus manos ya ateridas de frio.
La bajada hasta Hervás fue rápida, sin necesidad de mucho pedaleo. Ya no ladraba ningún perro, sino que a lo lejos, por las huertas del Ambroz, era un gallo anunciando la mañana.
La imagen del Corazón de Jesús cumpliendo su papel de contraventana fue testigo de la escalada de Luis hasta el dormitorio. Cuando alcanzó la habitación a oscuras, miró a la calle y don Eutimio le sonrió y le recordó que no se lo dijera a nadie mientras se llevaba su dedo índice a los labios.
Le costó dormir a Luis pero mucho más despertar. La vida continuaba…
A los pocos días, de repente, un nuevo maestro le sustituyó. Luis no tardó en saber que a don Eutimio lo habían trasladado a Trasmonte. Entonces fue cuando no pudo aguantar y confesó a sus abuelos, tía  y hermano, rompiendo la promesa de no decir nada, toda la aventura de la noche “del firmamento” sin omitir detalle alguno. Lo que más le dolió a Luis fue la sonrisita sarcástica de su hermano Salustiano cuando le contestó que de traslado, nada, que sabía de buena tinta que había sido llevado a Cáceres por la secreta, juzgado por comunista y por masón, y que ya penaba en El Dueso. Y que no desvariara, que ya conocían sus historias, que tenía muchos pajaritos en la cabeza, que él nunca se había atrevido a salir ni a la puerta de la calle, y menos en plena noche. Todos, menos la bondadosa abuela Encarna, rieron las gracias de “Luis que se creía sus propias aventuras”. ¡Lo has soñado, Luisito! fue la conclusión final.
 Aquella misma noche, lloró Luis de pena y de humillación. De pena de no volver a ver a don Eutimio, como así fue… y de la burla de su propia familia, aunque no se lo diría a nadie.
Pero Luis poco a poco, rememorando, fue hilvanando los recuerdos, los nombres, las oscuridades y hasta el movimiento de los astros aprendidos aquella noche. Y empezó a leer, al principio a escondidas, libros sobre astronomía. Fue un veneno que se le inoculó y ya no logró extraer de su mente. De vez en cuando le gustaba abrir la caja-regalo del buen don Eutimio y tocar, acariciar aquellos preciosos instrumentos plateados que seguramente habían sido propiedad del Gran Arquitecto. Una escuadra y un compás, con los que seguramente había diseñado el Camino de Santiago, o mejor, como una vez dijo don Eutimio, la Vía Láctea y todas las infinitas Vías y Caminos del Universo. Y a él, Luis Santisteban Martel,  le señalaron otros caminos inescrutables, lejos de los cielos de Hervás pero nunca perdió la costumbre de mirar cualquier otro, aunque nunca volvieran a ser lo mismo. Don Eutimio, y ahora ya sí lo proclamaba a los cuatro vientos, debía andar en algún lugar de la Vía Láctea desempeñando el papel que le correspondía…

© Jose A. Bejarano





22.9.15

20:32 h. 11 octubre 2016 ... comienza YOM KIPPUR...


  SEIS Y MEDIA DE LA MAÑANA
                                                       (De mi bloc de rutas)

                        Hoy, 11 de octubre de 2016, 9 Tishri, 5777, comienza en todo el mundo judío una de las principales fiestas del calendario, diez días después de la celebración de Rosh ha-Shaná, el año nuevo.
                        Marco el 3-0-1-2, número del teléfono de tu habitación. Tardas en responder, pero al fin te decides, al tiempo que, seguro, te desperezas.
                        —Buenos días. Es Yom Kippur, y aunque no seamos demasiado creyentes, sí es obligado que, por una vez, acudamos a la sinagoga, y asistamos al viejo rito de arrepentimiento por todas las “faltillas” cometidas durante el año, y después, aprovechando que nos encontramos en Israel, y aunque la agencia de viaje no nos ha preparado ningún programa para hoy, vamos tú y yo a recorrer la ciudad vieja de Jerusalén. Ya sé que será un poco cansado, pero creo que merecerá la pena.
                        Como estamos alojados en el King David Hotel (*****), lo primero será acudir a una de las sinagogas que hay por los alrededores —hoy por desgracia estarán custodiadas por aguerridos y bellas soldados del ejército de Israel, ya que ayer una intolerante terrorista se “inmoló” arrasando y segando la vida de varias personas.
               Después de desayunar un buen café turco bien cargado y una “pita” —pan árabe relleno de salpicón de carne y sésamo—, de orar un ratito, cada uno en el sitio asignado, en la sinagoga atestada de gente que estará todo el día rezando, escuchando viejos textos y ayunando, aprovecharemos las solitarias calles para pasear por los rincones de la vieja ciudad, recorreremos la explanada de las Mezquitas, donde radica el alma de tres pueblos: sobre unos escasos metros cuadrados la esencia de la filosofía de sus vidas, pero también por desgracia, el núcleo de uno de los conflictos más largos y sangrientos de la historia del ser humano sobre la faz de la tierra. Allí se encuentra la Iglesia del Santo Sepulcro, la más sagrada del mundo cristiano, más anhelada incluso que la basílica mayor de Roma, vigilada por la iglesia ortodoxa griega, que se niega a ceder la custodia a las otras confesiones cristianas; más allá está erigida la Mezquita de Omar, desde la que según otros jerosolimitanos, Abraham estuvo a punto de inmolar a su hijo Isaac y desde donde Mahoma, dicen, subió al cielo. Ahí fue donde el primer ministro Ariel Sharom se dio un paseo cargado de provocación que coadyuvó a hacer de esta, una guerra interminable. Y por fin, en el rincón sur de la explanada, te mostraré  lo que queda del viejo templo de Salomón, destruido y redestruido por Nabucodonosor y Tito, los restos por el que han suspirado y suspiran millones de judíos allá donde estuvieran o estén: en las diásporas; en los exilios; en las huidas; en los destierros; en las celdas de los campos de exterminio a la espera de los crematorios donde las esperanzas de volver se desvanecieron; en los más recónditos lugares del mundo; en las aljamas medievales de la antigua Sefarad o en los despachos de Manhattan. Desde hace dos mil años, suspiran por apoyar su frente y musitar una oración. Te hablo del Kotel, del Muro de las Lamentaciones, allí pararemos, tú a un lugar del murallón y yo a otro, como marcan las reglas judaicas. Yo me colocaré la kippá —las tienen de cartón para turistas como nosotros—, y realizaré por fin lo que he ansiado toda mi vida: depositar en cualquier resquicio de los bloques de granito un rollito de papel donde estarán escritas mis peticiones más queridas e íntimas, y allí las dejaré hasta que el efecto del tiempo lo desintegre, pero con la convicción de que el espíritu de mis peticiones, junto a los de millones de creyentes, permanecerá formando una argamasa capaz de sujetar por los siglos de los siglos el Muro para que el pueblo de Israel continúe depositando sus oraciones y sus esperanzas hasta el fin de los tiempos.
                        Si nos dejan pasar los controles en la calles —no te dejes el bolso en ningún sitio, si no quieres que en menos de diez minutos estén los artificieros del ejército haciéndolo volar en mil pedazos—, pasearemos por Vía Dolorosa, compraremos algún recuerdo para turistas (a saber: varias estrellitas de David, una mezuzah para la puerta del apartamento de la playa, algunas ramitas de olivo del Huerto, camisetas con la minorah estampada, Sefer Torá de plástico made in Taiwán, velas y un candelabro de sabatt y dos calendarios judíos) en los puestos de los árabes israelíes.
               Dejaremos a un lado la subida por donde se accede al Getsemaní y al Monte de los Olivos, y tomaremos un taxi para ir a comer a la calle Ben Yehuda, cerca de la catedral de Rusia, en cualquier puestecillo de comida kasher, cocinada según los ritos judíos, ya que no estaremos obligados al ayuno.
                        Por la tarde, daremos un paseo por la avenida Ha-Melekh hasta Me’a Shearim, el barrio donde viven los ultraortodoxos de largos tirabuzones, gruesos caftanes y gorros de piel, intentando conservar estrictamente, intolerantes, hasta sus últimas consecuencias, las  reglas del judaísmo. Así que cuídate de tapar entonces esos bonitos hombros.
                        La visita al museo del Holocausto —hoy, cerrado— la dejaremos para pasado mañana, y allí conoceremos el homenaje de Israel a los mártires de los campos de exterminio.
                        Al atardecer, subiremos andando hasta el Molino de Montefiore, al lado de la tumba de David, y veremos cómo las murallas van adquiriendo distintas tonalidades de color según el sol va cayendo.
               De retorno al hotel, seguramente escucharemos el tañido del Sofár, el cuerno de carnero de bronco sonido, que indica el final del ayuno de Yom Kippur. Cenaremos en la terraza del hotel, y brindaremos con vino judío por la paz, y por nosotros.
               Seguro que a esas horas estaremos cansados, pero habremos visitado y vivido la tres veces santa ciudad de JERUSALEM, o sea, CIUDAD DE LA PAZ.
                        Así que, venga, levántate que son las siete de la mañana. Te espero en el hall de entrada. Después del rollo, no sé si sigues a la escucha o te has vuelto a dormir… ¡Holaaa! 
                        Es Yom Kippur.
                        Shalom!!

12.9.15

Que vienen

—Que vienen los júngaros! ¡Los júngaros! ¡Que vienen!
El Joaquín recorría las calles advirtiendo de la noticia que de tanto en tanto se extendía por la población infantil de Hervás.
Era la voz de alarma que nos hacía sacudir nuestros aburrimientos y rutinas diarias.
Ya sabíamos y nos cuidábamos de no frecuentar las campas que los visitantes elegían de forma casi unánime para acampar. Prohibido acercarse en doscientos metros a la redonda y hacernos invsible a aquellos seres misteriosos que acampaban en los alrededores del pueblo.
Pero yo, aquella tarde, a la caída del sol, no pude resistir de acercarme a escondidas y observar a aquellos personajes que a su sola mención, nos alertaba y nos ponía en guardia.
Me lo pensé pero me armé de valor y antes de la noche cerrada me acerqué escondiéndome tras los negrillos de las campas de San Antón. Según iba acercándome, nervioso y a punto de sucumbir al miedo, logré sobreponerme y me situé tras una pared desde la que pude observar un minúsculo campamento que consistía en un carromato sin los dos mulos que pastaban cerca. Una fogata de alegres llamas proyectaban sombras ganándole en luz a la de la tarde que acababa definitivamente. Un olor penetrante a carne y pimentón salía de un perol cercano al fuego. De pronto salió del carro un hombre portando un instrumento que jamás había visto en mi vida. De tez morena y facciones fibrosas, lucía un mostacho. Se sentó al lado del fuego y sin mirar a la mujer que trasteaba por los alrededores, se lo colocó en la cara, y con una especie de vara con una cuerda finísima, comenzó a rasgar aquel instrumento del que surgían notas tristísimas. La mujer dejó sus tareas e hizo una señal a una muchacha que yo no había visto. No tendría más de doce o trece años, pero a pesar de mi bisoñez, de mi inocencia, me dí cuenta de la belleza de la muchacha. El hombre del instrumento rascaba las cuerdas de la especie de pequeña guitarra con la madera y la cuerda. Los sones lentos y tristes fueron conviertiéndose en alegres y rapidos, rítmicos sones de una música parecida al órgano del convento trinitario. Yo era un niño de apenas once años y sentí que aquellos sones no podían pertenecer a la música que hasta entonces yo conociera. La muchacha se descalzó y comenzó a bailar al ritmo de la música. Daba vueltas, alrededor del fuego… su falda se levantaba mostrando unas bellas piernas y al ritmo acelerado de la música, ella iba dando vueltas y vueltas levantando los brazos, el izquierdo señalando al horizonte y el derecho señalando a las estrellas nacientes de la noche de Hervás… y giraba y giraba y giraba…
Me costó dormir aquella noche con la sensación de culpabilidad, por haber roto la promesa de recogerme pronto cuando llegasen los “júngaros”, pero al mismo tiempo de haber descubierto un mundo desconocido para mi. Pero lo iba a solucionar
—Abuelo Amadeo, ¿de dónde vienen los “júngaros”? —mi abuelo se volvió a mirarme y por una vez lo noté serio y tenso— di, ¿de dónde vienen?
—Hijo mío, me haces preguntas muy difíciles y yo no sé tanto como tú crees— solo te puedo decir que vienen de muy lejos, de una nación en la que mandan los comunitas —en este mundo bajó la voz— pero que según dice el parte, quisieron echarlos y muchos de ellos han tenido que huir. Esos son los húngaros… Húngaros, Jose. De Hungría, cerca de Rusia. Y ya no te puedo decir más que me va a oir tu madre y no quiero que crea que te meto historias en la cabeza.
—Don Matías — el maestro se puso las manos en la espalda, el único maestro de la escuela que no llevaba regla y que por ese importante detalle se había ganado mi confianza. Me miró esperando a ver qué quería —Don Matías, ¿adónde van los júnga… digo los húngaros?
Don Matías me sonrió, bonachón, y me miró con ojos muy abiertos, siempre que podía nos hablaba de viajes y de historias…
—Ni júngaros, ni húngaros, Jose, esos seres humanos que de vez en cuando aparecen por el pueblo, proceden de las entrañas de Europa, y son zíngaros. Lo más pobre y desarraigado de aquellos pueblos. Pero, no hay que equivocarse, son felices a su manera. Me has preguntado a dónde van y eso deberías preguntárselo a ellos. Solo sé que no les para ninguna frontera, ni guerras, ni ríos ni montañas, ni frios ni calores. Es un pueblo que camina con sus propias leyes y sus propias reglas y costumbres. Que parece que huyen, pero que no quieren refugio. Se conforman con vivir…
—Gracias, don Matías —salí corriendo del patio de la escuela y me dirigí de nuevo hasta el pequeño campamento. Cuando llegué solo unos rescoldos humeantes quedaba del campamento júngaro. Me encontraba decepcionado y triste. Miré hacia la carretera y a lo lejos, iniciando la subida al Alto de las palomas el viejo carromato levantaba una pequeña nube de polvo de cuneta. Los mulos tiraban trabajosamente de aquel pequeño universo. El padre músico caminaba con un látigo arreando de las bestias, la mujer caminaba a su lado. Y la muchacha, en la trasera del carro, sentada y balanceando sus piernas. Levanté la mano por si me veía, pero creo que no. Ellos no tenían fronteras, según me contó don Matías, y ya habían cruzado la mía…

11.9.15

110.000 visitas

Agradecido a todos los amigos que por aquí entran. Ciento diez mil visitas a un blog que no tengo abandonado a pesar de las apariencias. GRACIAS DE CORAZÓN

2.7.15

Grecia no puede morir!!!

Espero que este pedazo de monumento, que pertenece a la Humanidad, sea motor de arranque para la economía de los griegos, que el Partenón, cuna de la democracia, continúe peremne presidiendo el Ágora de la enorme ciudad que es Atenas. Que los dioses del Olimpo guarden y protejan por siempre estas viejas piedras. PERO, POR TODOS LOS MISMOS DIOSES Y MUSAS, retiren esa horrorosa grúa que lleva la tira de años en el interior de sus columnas y cimientos!!! Y cuidadito con los chinos, no pongan sus ojos en el emblema de Occidente... y no quiero dar pistas...

4.6.15

Operación Masada

  
OPERACIÓN MASADA
                                        (Años 73 y 1973 de la Era cristiana)                                                                                                                                                                                                                                                           massada-antes-morir-que-rendirse/


                                  
 
 PRÓLOGO

Un pariente ―Amós Vejarano[1] exiliado de la guerra civil española, ayudante de un célebre arqueólogo y catedrático de la Universidad de Jerusalén, Yigael Yadin― narró una historia a mi padre y este a mí, lo que hizo acrecentar la corriente de simpatía que yo por entonces ya sentía por un pueblo capaz de realizar hazaña semejante y que, cuando la escuché por primera vez durante una tarde de invierno en la judía Hervás,  me dejó totalmente  sobrecogido.
Según mi padre, su primo Amós había participado, en 1956, junto al sabio judío en las excavaciones de unas ruinas ―su nombre, Masada[2], permanecería ya en mi imaginación― que desde tiempo inmemorial esperaban en el desierto de Judea, a que alguien se atreviera a desvelar sus secretos y que, no sólo corroboraban la historia más o menos conocida, sino que confirmaban la trágica gesta que había tenido lugar en un paraje: el refugio en la fortaleza de Masada, por un numeroso grupo de judíos celotes hasta llegar al suicidio colectivo a fin de resistirse a la ocupación de Palestina y de caer en manos de las legiones romanas.
Una historia que aún hoy me produce emoción, y que da una idea aproximada de la capacidad de asimilar los aspectos positivos que las generaciones nuevas de judíos han ido admitiendo, haciendo suyas gestas que si bien es cierto estuvieron teñidas de sangre fruto de los ánimos exacerbados, y no pocas veces de la intransigencia, no menos cierto es que al final queda como positivo lo que de positivo engendra todo hecho histórico, tapando los aspectos negativos que, a mi entender, también hubo en aquellos hechos.
En el caso que nos ocupa hemos de subrayar el impacto que tuvo Masada en la memoria colectiva del pueblo de Israel, en un tiempo en que, aún reciente el proceso de formación del nuevo estado, se necesitaba, si ello era posible, encontrar un hecho que aunase las ansias colectivas de esperanza, por encima de razones políticas. Y Masada lo proporcionó en tal grado que este nombre se convirtió en sinónimo de valor, entrega, entereza y determinación, como también en símbolo de la lucha de los débiles contra los fuertes, los pocos contra los muchos, la libertad frente a la tiranía.
Pero mejor es ir por partes y tratar de hilvanar, entretejiendo, ―contextualizando―, la historia de lo que debió ocurrir a partir de los datos de los científicos actuales y de la narración de los historiadores que lo presenciaron y que yo trataré de contar a modo de relato sin omitir sus coincidencias y sus discrepancias.
Como autor del presente trabajo, puedo decir que me siento muy orgulloso del papel que representó “el primo Amós” a quien nunca conocí, el que sin pretenderlo encendió en mí, imperdurablemente, las ansias por la búsqueda de nuestras raíces ―de la familia Vejarano― presumiblemente judías. Fruto de estas ansias me atrevo a dar a conocer lo que aquel buen hombre nos transmitió de primerísima mano ―¡con documentación oficial israelí!―  aunque por desgracia nunca sabrá que yo narro lo que él trasmitió. Este trabajo va dedicado a él y a mi padre, fundamentalmente, pero también a todos los que me animaron a vencer la timidez para que escribiera, sin ánimos historicistas pero sin temor, la gesta de unos equivocados ―o no― hijos de Israel. Gracias a Rocío Vejarano Alvar (bibliotecaria de la Fundación Sefarad que me proporcionó documentación y los soportes informáticos) y, cómo no, a Rosa O. Echevarría, de Alicante, que esperó im/pacientemente mi historia entre lunas y nombres. Finalmente, mi agradecimiento a J. A. Mayo por sus valiosas sugerencias.
Así pues, presento la trascripción extractada de las cintas magnetofónicas del Departamento de Anatomía patológica de la Universidad Hebrea de Jerusalén, así como del informe elaborado en primera persona por el arqueólogo prof. Yigael Yadin, “gentilmente prestados” a mi pariente con la autorización expresa del general Eli Cohen y del comandante Iacoob Fridman, jefes del archivo y de excavaciones, respectivamente, del Estado Mayor del ejército. Consta, finalmente, el Visto Bueno del Ministro de Defensa del gobierno de Israel a la entonces denominada “Operación Masada”.
Para conocer el pasado remoto me he basado —adaptándola— en la única fuente, Flavio Josefo y su Guerras de los judíos[3], incluyendo, para mejor comprensión, la cronología correspondiente con la Era cristiana.
                
Marzo 1956

El 13 de Marzo de 1956, en compañía de un grupo multidisciplinar de la Universidad Hebrea de Jerusalén, la Sociedad de Exploraciones de Israel y del Departamento de Antigüedades y Museos de Israel y por encargo del gobierno, dirigí las primeras excavaciones, regidas por las referencias históricas, de la montaña de Masada, situada en las coordenadas 31º 19’ 29” lat. Norte 35º 21’ 40” long. Este, sirviéndonos como únicas referencias fiables las del historiador Flavio Josefo, pero sobre todo por las excavaciones efectuadas con anterioridad por los investigadores Smith y Robinson, quienes la identificaron y siendo visitadas por vez primera por Velkot y Tipping, corroborando que se trataba efectivamente de la montaña que había sido habitada desde los tiempos de Herodes, hasta la dominación romana de Palestina en el siglo VI, y posterior poblamiento por monjes cristianos, siendo abandonada hasta mediados del siglo XIX, de la Era cristiana.
Se trata de un promontorio enclavado junto a dos antiguos e importantes caminos, el de Moab y el de Jerusalén. Su altitud es de 450 metros sobre el nivel del Mar Muerto, en su ladera oriental, y de 100 metros sobre el nivel del terreno, en su vertiente occidental. Someramente descrito es importante señalar que el plano superior es de forma romboidal, rodeado de una muralla de 1.400 metros, compuesta de una serie de casamatas o habitaciones divididas en habitáculos, y una serie de torres a modo de bastiones defensivos.
De hecho, fue el primer lugar donde acometimos las excavaciones resultando ser el de más fácil acceso, pues claramente se distinguía que se trataba de una muralla que rodeaba el recinto de la fortaleza.
El siguiente lugar que descubrimos fue el ingenioso sistema de conducciones de agua de lluvia, que transportaba desde la cima de la montaña hasta una cisternas que, con posterioridad, fueron descubiertas en la base y que constituyó una sorpresa ya que, seguramente, garantizó el suministro de agua para uso doméstico, e incluso para abastecer los baños que también se descubrieron.
No resultó en exceso complejo la exploración y excavación del recinto que constituye la explanada que constituye la base de la montaña: todo ello se verificó debido al gran cuidado que tuvieron en su construcción haciendo de Masada un punto estratégico, como refugio, primero de Herodes que construyó, y descubrimos, tal y como narra  Flavio Josefo en sus escritos, dos impresionantes palacios: uno de ellos situado al norte, y separado de la meseta, consistente en tres terrazas unidas entre sí a través de la roca viva: dedujimos que se trataba de la residencia privada del Rey, debido a los bellos mosaicos y columnas que le daban un aspecto regio. El otro, situado en la parte occidental y que servía como edifico de administración, talleres y almacenes. Los mosaicos geométricos fue lo primero que descubrimos y que sería preludio de los importantes hallazgos que habríamos de realizar a lo largo de los años que duraron los trabajos.
Una casa de baños, un barrio residencial para los oficiales reales, otro que construyeron los celotes, y por último, una sinagoga orientada hacia la Santa Ciudad, de cien metros cuadrados, dan idea del enorme potencial desde el punto de vista arqueológico, pero sobre todo humano y patriótico, que habíamos puesto al descubierto. Aparte los antedichos edificios o estructuras, algunas muy dañadas por el fuego y la erosión, encontramos gran cantidad de objetos y utensilios de todo tipo y tamaño, que en perfecto estado habían permanecido durante largos siglos a la espera de que fuesen hallados y los hiciésemos “hablar” con el fin de conocer la azarosa historia de Masada, el último bastión.
Vasijas, flechas, restos textiles, armas, alimentos conservados en sal, alfarería, ánforas, monedas,  recipientes, y algo muy importante: diez ostracones[4] con un nombre inscrito en cada una de ellos, que posiblemente fue el método usado para un sorteo.
Al mismo tiempo, fue descubierta gran cantidad de material de derribo y detritus de desecho, tal vez procedente del sitio y maniobras de asalto, reconocible por la diversidad de tipo de material, no correspondiente con los estratos rocosos, sino extraídos lejos de allí  y transportados para construir plataformas de acceso desde el exterior.
En líneas generales y sin pormenorizar, este resumen muestra el ingente y titánico trabajo de campo que procedimos a realizar. La gran cantidad de estructuras e infraestructuras, así como de material de todo tipo significó un antes y un después en la Historia antigua documentada de Israel. La sinagoga, de pequeñas proporciones, fue uno de los varios elementos más conmovedores allí encontrados. Sin lugar a dudas la única existente en actualidad contemporánea del Templo de Salomón, y que merecería un más intenso cuidado por parte de las autoridades religiosas del Estado. Mi sugerencia, tal vez quimérica, es que los restos de esta sinagoga fueran trasladados a otro lugar de fácil acceso ―¿por qué no Jerusalén?― en el que pudieran recibir de los hijos de Israel el mismo respeto que el Kotel[5] sagrado.
Una característica de las excavaciones que durante años llevamos a cabo en la explanada de Masada y sus vertientes de acceso, fue la total ausencia de restos humanos relacionados con el acontecimiento que nos interesaba. Durante meses nuestros trabajos se llevaron a cabo en medio de unos escenarios donde sabíamos que se habían desarrollado unos hechos dignos de ser reconocidos. Sabíamos que ante nuestros ojos iban apareciendo poco a poco los vestigios de la tramoya que había formado parte de un escenario. Todo estaba, si no intacto, sí al menos en los mismos lugares en que habían sido construidos o colocados. Todo se encontraba en suspenso, como si, a falta de una orden, aquello estuviese a punto de iniciar el movimiento. El movimiento de la vida.
Pero, por desgracia, cuando el equipo dirigido por mí inició las excavaciones, pudimos llegar a la deducción de que no existía el más pequeño vestigio de que allí habían existido, vivido, luchado, por qué no amado, personas. Hombres, mujeres y niños que habían protagonizado una de las gestas más valerosas de un pueblo, por el que habían dado lo más valioso que poseían antes de caer esclavos de los déspotas: la vida.
No conseguimos encontrar ningún vestigio, ni tan siquiera de algún recinto destinado a depositar los cadáveres. Nada que recordase aunque mínimamente, qué fue de los 960 patriotas. Ni un cementerio, ni un osario, ni una simple inscripción. Sabíamos que la Legión X había accedido ―asaltado[6]― a Masada encontrando el dantesco espectáculo de la inmolación masiva, y de que los legionarios no pudieron por menos que sentir respeto por aquel pueblo valeroso que yacía muerto en la explanada[7] de la fortaleza caída. Pero no por eso la legión romana se apiadó de los cadáveres y los dejó, tal vez, en un espacio al aire libre, en algún lugar apartado de la vertiente opuesta al desierto para que el hedor de la descomposición y las aves de rapiña no hicieran imposible la vida de las legiones romanas, una práctica muy habitual a su paso por los mundos que iban conquistando.
                                  

Años 69-70

Hadassah salió a la puerta de su humilde vivienda en el momento en que sintió el ulular del viento. A esas horas, en aquella época del año, el viento soplaba  y levantaba cortinas de arena que hacían complicado el tránsito por el camino de la Metsada.  Ella lo sabía porque había nacido en aquella zona del desierto.
               Hadassah sabía que cuando el viento del desierto de Judea barre las calles de la aldea, lo mejor era introducirse en la casa a la espera de que Levî apareciese.
Había contraído matrimonio unos meses antes, cuando Levî comenzó a frecuentar ciertas reuniones donde se hablaba del yugo romano sobre Judea. Ella estaba en pleno embarazo y su belleza, si cabe, se había afianzado a pesar de la preñez y su cuerpo poseía la tersura y la suavidad suficiente para satisfacer los deseos de su marido. Su cabellera, negra como el azabache, le caía por los hombros recogiéndoselo con una cinta en la frente a la usanza de las mujeres judías. Su mirada era serena y firme; con unos pómulos resaltándole sus facciones. Una mujer de 16 años, bella aunque de aspecto frágil...  Su tez, de color ligeramente aceitunado, poseía unos negros ojos almendrados.
Levî era un joven atlético y musculoso, que alternaba las tareas del campo con la práctica de las artes defensivas y las lecturas de los textos sagrados, aunque poco a poco fue abandonando estas desde que había escuchado a Ben Yehuda alocuciones en contra de la ocupación romana en Judea y de la necesidad de tomar las armas si fuese necesario para lograr arrojarlos de vuelta a sus propios dominios. De hecho, ya en las primeras escaramuzas, contando apenas doce años, salía con sus amigos a arrojar piedras al ejército del legado romano de Siria, Cestio Galo, ayudando a tender una emboscada donde los judíos se apoderaron de las caravanas que les sirvieron para llevar a Jerusalén las provisiones, algo que acabó con la paciencia del emperador Nerón ordenando a Vespasiano la reconquista de Israel.

Enero 1960

La fecha, el 27. Aquel día uno de los técnicos arqueólogos dio la voz de alarma: en el sector 6E correspondiente a una zona aledaña a una de las casamatas más alejadas de los edificios principales, se había descubierto un pequeño habitáculo, completamente estanco, con unos restos humanos. Fue una pequeña revolución, pues, tal como queda dicho, no existía el menor vestigio de los restos que nos ocupaban de la Operación Masada, aunque sí encontramos lápidas con inscripciones romanas y un pequeño cementerio cristiano, correspondientes a los invasores romanos y a la comunidad monacal respectivamente, que ocuparon la fortaleza en los siglos posteriores a la gesta hasta su total despoblamiento. Por ello, a pesar de la primera inspección ocular, a falta de los posteriores análisis, se podía deducir fácilmente que estábamos en presencia de unos restos humanos que podrían desentrañar los secretos que estábamos buscando.
El habitáculo estaba situado en el sótano de una casamata al este de la fortaleza. Pudimos ver con sorpresa, constatado con el instrumental idóneo para ello, que la habitación correspondía a un pequeño almacén, dado que en las paredes perfectamente conservadas con marchamos de tiempos de Nerón, se encontraban ochenta y siete ánforas de barro intactas, alineadas en estanterías. También pudimos observar restos indeterminados, que posteriormente identificamos como objetos de uso cotidiano así como restos de ropa y comida.
En el suelo encontramos dos cadáveres momificados que se hallaban en perfectas condiciones de conservación. La explicación de los técnicos fue que aquel cobertizo completamente aislado de las duras condiciones del  exterior había actuado como cámara frigorífica, conservando en unas condiciones idóneas de temperatura y humedad aquellos dos cadáveres que después de mil novecientos años (si es que se trataba de habitantes de Masada del año 70) se podía deducir que al menos uno de ellos correspondía a una mujer, si bien el otro era más difícil precisar sexo y edad dado que se encontraban fundidos el uno al otro y era necesario un cuidadoso trabajo de necroscopia forense para determinar las circunstancias que habían rodeado a los dos seres que teníamos ante nuestros ojos.
Inmediatamente comenzaron los trabajos de determinación fotográfica y alzada de croquis de aquella maravillosa habitación, aunque fue trabajo prioritario el levantamiento de los dos cadáveres y su traslado inmediato para su estudio pormenorizado.
Como director del proyecto, me encargué personalmente de dirigir la operación así como de redactar in situ todo aquello que fuera digno de reseñar. En aquel momento fue desalojado todo el personal, y sólo en compañía del forense de la Operación y de mi ayudante Sefaradim, escudriñamos centímetro a centímetro aquel lugar, levantando acta de cuanto allí se encontraba, así como la posición exacta de los cuerpos yacentes y demás circunstancias.
Los cuerpos se encontraban tendidos, casi fundidos con el suelo, en posición lateral, enfrentados el uno respecto del otro, unidos en el más amplio sentido de la palabra, porque al levantar y separar con cuidado sus vestimentas pudimos ver que estaban abrazados, la mujer al niño, al que no se le veía la cara, en un gesto del que incluso los siglos pasados no habían logrado borrar el amor, la ternura que emanaba, como queriendo protegerlo eternamente, y el refugio que el pequeño cuerpo parecía haber encontrado en el abrazo protector. Junto a los cuerpos pudimos observar lo que a simple vista parecía la empuñadura de un arma blanca.
Por un momento permanecimos en silencio, mirándonos los tres, emocionados ante una de las escenas más tiernas que hubiéramos visto nunca, tal vez con la sensación, en aquel momento, de que no nos asistía ningún derecho, ninguno, de violar aquel inmenso gesto de amor. Hicimos un pequeño amago de separar los cuerpos, pero comprendiendo que era imposible por nuestros medios efectuar operación tan delicada, autoricé el levantamiento definitivo por expertos y su traslado a la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Principios año 70

A partir de entonces Levî sacrificó su adolescencia entregándose en cuerpo y alma a la liberación de su tierra, haciendo funciones de intendencia en la retaguardia, de espía, recorriendo las tortuosas callejuelas de Jerusalén hostigando no sólo a las tropas auxiliares estacionadas desde el principio de la Revolución judía del 66, sino a las experimentadas legiones romanas, y, lo que ocultó a Hadassah  cuando contrajeron matrimonio: hostigó, reprimió, e incluso mató a los judíos que sus correligionarios celotes consideraban amigos o simples colaboracionistas de los romanos, llevando hasta sus últimas consecuencias el ideal judío del ojo por ojo en una espiral de odio y violencia, de intransigencia,  eliminando a los que se limitaban a ver con un atisbo de simpatía la ocupación de los legionarios. Que Roma, con sus legiones V, X y XV, arrasara literalmente la Tierra Prometida fue el motivo para que Levî se dejara arrastrar por las soflamas del líder Ben Yehuda[8].
En una ceremonia secreta le hicieron entrega de una daga, insignia de los celotes, de la que ya nunca se separaría y con la que juró muerte a Roma. Contrajo matrimonio un año antes, el año 69 en la sinagoga principal de Jerusalén, muy cerca del templo, hasta que un año después vieron cómo los soldados romanos demolían el lugar santo, y de Jerusalén no dejaban piedra sobre piedra. Sólo el muro de la parte occidental donde el segundo templo se asentaba permaneció en pie, y allí es donde acudía el pueblo a orar Por aquel entonces Hadassah trajo al mundo a la niña que con esfuerzo ahora estaba criando. Y ahora, transcurrido sólo unos meses desde el nacimiento de su hija y de la dolorosa destrucción del Templo, veían cómo Iafa se criaba de la misma forma que evocaba su nombre, hermosa, de una belleza similar a la de su madre. El matrimonio comentaba cómo el nacimiento de su hija había coincidido de manera siniestra con la destrucción de lo más sagrado que su pueblo poseía presagiando malos augurios para la joven vida que había alumbrado.
En los últimos días observaban al ejercito en aquella tierra que desde los tiempos de Abraham, de Isaac y de Jacob, la tierra de sus padres, la tierra de los Profetas, la tierra elegida por Dios, el Misericordioso, estaba siendo humillada, violada y mancillada por gentiles con el único objeto de saciar sus ansias expansionistas y de someter al pueblo judío a la esclavitud. Y él, Levî, hijo de Yosef, había jurado no consentir que le arrebataran la tierra, su tierra, la tierra donde su mujer y su hija deberían vivir libres. Y si tenía que renovar el juramento, lo haría sin ningún complejo: blandiría su daga, que siempre llevaba consigo, vestiría su cota de malla confiscada a un soldado romano y se uniría definitivamente al grupo de patriotas para morir, si era preciso, matando.
Alejados de Jerusalén en una pequeña aldea debido a la presión romana, miraban la luna en su plenitud que se reflejaba sobre el Mar Muerto, brindando un aspecto fascinante, y mientras Iafa dormía, se sentaban a la puerta de la casa, y miraban la serenidad de las aguas con reflejos de luna.
Este era el escenario que entonces reinaba en la tierra de Israel: el ejército romano extendiéndose de oeste a este, Jerusalén destruida y dominada, ellos viviendo en una especie de burbuja, viendo criarse con inquietud a su hija, y como único horizonte, la esclavitud o la muerte.

Enero-julio 1960

Durante estos seis meses, fueron efectuados los estudios completos de los cuerpos en el Departamento de Anatomía patológica de la facultad de Medicina de la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Dado lo prolijo del informe forense, plagado de tecnicismos, términos médicos y otros parámetros, irrelevantes para el conocimiento suficiente de los profanos, ofrezco resumido el resultado de dicho examen:
Necroscopia:
"Se procede a la separación, previo desprendimiento de sus respectivas vestimentas, de dos cuerpos (en adelante "H", el de mayor envergadura; "F" el de menor) unidos entre sí por sus respectivos dorsos, frente a frente. Es necesario para ello la desmembración de las extremidades superiores del cadáver de H debido a la posición de sus brazos entrelazados con el fin, posiblemente, de aferrar y asir el cuerpo de F.
Durante este proceso, se observa que los cadáveres se encuentran traspasados por la hoja de un puñal o espada pequeña (sin resto de empuñadura alguna) de 25 cm. de longitud y 2 cm. de ancho, terminado en punta partida. Se extrae. 
Analizados los vestidos (Técnica Carbono catorce. Academia ingeniería militar) se constata que están tejidos en lino, ambos de la misma hechura y características datados en dos mil años +/- 200. La vestimenta de F está sumamente deteriorada y gastada, tal vez del uso.
No se hallan adornos ni joyas, tan sólo una cinta fina de cuero sujetando restos del cabello de H.
El sexo de ambos cadáveres es femenino (el de F, con una probabilidad del 90%)  y los rasgos anatomo-morfológicos son similares, por lo que cabe deducir que se trata de madre e hija.
La edad de H está comprendida en veinte años, de raza semita, cabellos negros, largos. La edad de F está comprendida entre 1 y 5 años, siendo difícil de precisar. Presenta deformaciones cóncavas en las costillas flotantes izquierdas, debidas con certeza a un proceso de raquitismo infantil, observado en la disección necrológica.
H presenta orificio de entrada del arma entre las costillas 3ª y 4ª interesando músculos, nervios y arterias intercostales. Atravesando el corazón a través del tronco y de la arteria pulmonar y el lóbulo del pulmón derecho con salida a la altura del apéndice xifoides.
El cuerpo de F se encontraba en posición fetal, y presenta orificio de entrada de la misma arma, produciendo daños en la mano derecha, con roturas de tendones y fractura de huesos a la altura del segundo metacarpiano del dedo anular de dicha mano. El arma entró en el tórax a la altura del esternón e interesando la aorta descendente produciendo desgarros debido a la carencia de punta del arma.
Los fallecimientos se debieron producir, en el caso de H, instantáneamente, y en el de F, al cabo de largos segundos de agonía".

                        Concluye el informe haciendo constar el excelente estado de conservación de los cuerpos con relación a su antigüedad por la facilidad con la que pudieron desarrollar su labor, como si los óbitos se hubiesen producido sólo meses antes en lugar de los dos mil que fue el periodo obtenido con las modernas técnicas del Carbono 14. La punta del arma se encontró entre los vestidos de los dos cuerpos.
Hasta aquí el frío informe anatomopatológico.
En deducciones personales, los expertos llegaron a la conclusión de que las muertes se habían producido premeditadamente, pero no sólo por el ejecutor[9]dada la posición del arma y de los cuerpos, sino por la víctima H, sin duda por el extraordinario cuidado del agresor en concluir limpiamente su obra con la colaboración necesaria de aquélla. F, sin embargo, debió resistirse, y efectuó movimientos bruscos en actitud autodefensiva tal como colocar los brazos sobre su pecho, lo que hizo que las heridas fuesen dolorosas y más lentas en provocar la muerte.
En pocas palabras: las muertes fueron pactadas, acordadas, y llevadas a cabo con una limpieza absoluta, excepto en el caso de la niña. Que fue, creo, un sacrificio.
Años 70-74

Una tarde Levî  llegó a la casa, habló brevemente con Hadassah,  y recogiendo los enseres más necesarios, tomaron a su hija, cerraron la puerta de la vivienda, y se unieron a un grupo de compatriotas que venían por el camino de Jerusalén, huyendo hacia el sur. Durante la noche, atisbaron entre la neblina los roquedales imponentes de la gran montaña: aún no lo sabían pero en aquel mismo momento, Eleazar Ben Yair, al mando de aquel grupo heterogéneo, compuesto por hombres, mujeres y varios niños, les comunicó que su plan era ascender los riscos escarpados y agrestes de la antigua fortaleza de Herodes a fin de resistir y resistirse a Roma y a Nerón. Todos estuvieron de acuerdo, y aquella misma madrugada iniciaron el ascenso hasta alcanzar los castillos que habían servido de refugio al rey de Judea, Herodes.
La Metsada donde Herodes había construido su refugio consistía en un elevado promontorio cercano al mar Muerto, en la vía que conduce desde el sur hasta Jerusalén. Aquella roca preside el desierto de Judea y a nadie, en aquel grupo, le había cogido por sorpresa que se hubiera elegido precisamente este risco que, años antes, había sido usurpado y ocupado por los romanos. Aquella enorme roca constituía para el pueblo judío un símbolo, y en aquellos momentos de desconcierto Levî convenció a Hadassah de  era lo mejor que podían hacer para preservar su identidad como pueblo y en el que Iafa pudiera vivir libremente.
Hadassah, que a veces no comprendía  las teorías de su marido, no se hacía a la idea de que hubiese decidido resistirse,  pero acató su decisión, porque recordaba cómo en el momento de traer al mundo a su hija, pudo percibir la columna de humo que se elevaba al cielo entre los gritos de terror de los jerosolimitanos.
Los primeros días de permanencia en la antigua fortaleza, los dedicaron a instalarse en los dos palacios, sobre todo las mujeres y los niños, así como algunos enfermos. Hadassah e Iafa fueron alojadas en las estancias principales de uno de los palacios, pues la niña era, posiblemente, la más pequeña de la expedición, aún amamantada por su madre. Mientras, los hombres dedicaban el tiempo en habilitar como viviendas pequeños chamizos de barro y adobe, así como a construir en la roca huecos que sirvieran como almacén, aunque se limitaron a rehabilitar lo construido por Herodes  para la pequeña comunidad a la que había que proveer de todo lo necesario.
A las pocas semanas de acceder a Masada, estuvieron en condiciones de alojarse, de modo que cada familia contase con una pequeña pero digna vivienda. Llegó la hora de organizarse, y Levî se encargó de que su esposa y su hija quedasen instaladas cómodamente. Iafa, por desgracia comenzó a sentir los efectos del encierro, y a pesar de que los almacenes estaban surtidos, y de que el agua no faltaba, pues se había perfeccionado el sistema de toma de agua que ya tenía la fortaleza, se dejaba notar la falta de alimentos frescos y fruta con la que alimentar a los niños.
La vida en la comunidad celote transcurría con normalidad, si por normalidad se entiende el estar encerrados en una fortaleza amurallada  saliendo de vez en cuando patrullas de hombres para suministrarse de alimentos, atravesando los campamentos romanos que poco a poco habían ido asentándose en al llanura a los pies de la fortaleza. El zorro esperaba a que el conejillo descendiese del frondoso árbol en que se había refugiado, mientras este se iba alimentando de los frutos que lograba recoger. El zorro no tenía ninguna prisa.
Así pasaron los días, y las semanas y las estaciones se fueron sucediendo. De los crudos inviernos a la estación de calor bochornoso de los veranos. Por las noches salían al exterior de la pequeña habitación donde los tres se habían instalado consiguiendo una cierta intimidad dentro de aquel encierro. Hadassah y Levî, entonces dejaban a un lado sus temores y dedicaban sus momentos para jurarse amor eterno, ocurriera lo que ocurriese, mientras miraban la luna que rielaba sobre el Mar de Judea. Durante largos meses aquella situación se hizo soportable. Las tropas romanas aumentaban o disminuían el asedio en función de las necesidades en otros lugares. Incluso en parejas, los celotes salían de la Montaña y se proveían de lo necesario. Aquello parecía eternizarse y dar lugar a una situación crónica, en la que se estabilizaran las posiciones. Ninguno de los dos podía desconocer que, delante de la maravillosa vista del mar reflejando la luna, podían ver también las candelas y fogatas que se extendían a sus pies, varios cientos de metros más abajo. De sobra sabían que ni siquiera un milagro, aunque cada día lo pedían en las oraciones de la sinagoga, les salvaría de caer prisioneros de los soldados que pacientemente esperaban en la llanura.
Cierto día, uno de los centinelas dio la voz de alarma. Esta vez no era la que a veces se daba para llamar la atención de la llegada de nuevos campamentos incrementando la X Legión, hasta diez mil soldados, que al mando de Flavio Silva se habían situado alrededor de la fortaleza. Ni la que, como otras veces, se daba para hacer partícipe a todos de que el muro de circunvalación que los encerraba estaba progresando o se paralizaba. No. Esta vez era para que los asediados, todos, pudieran observar un movimiento que hasta entonces había resultado inédito en los sitiadores romanos: estaban comenzando a depositar grandes cantidades de piedra y tierra en la base occidental de la roca. Al principio nadie estaba seguro de qué estaba ocurriendo. Ni siquiera el líder Eleazar Ben Iair comprendía aquel movimiento sorpresivo de los romanos. Aquel día el bravo sobrino del legendario Menahem Ben Iehuda, hubo de esperar varias horas, y que los celotes espías que habían salido de la fortaleza regresaran para que hubiera de llegar a una conclusión: los romanos habían decidido acabar la espera y comenzaron una nueva táctica: acceder a la cima de la montaña construyendo una gran rampa con el simple método de ir acumulando madera y barro.
                        Corría el verano del año 73, y Hadassah  le hizo notar a Levî que llevaban  dos años y medio encerrados. Levî tuvo una discusión con ella porque éste temía que pudiese cometer una locura, tal vez huir. Cuando ella le corroboró su temor, él, por primera vez en su vida la tomó por los brazos, casi con violencia —Se daba cuenta de la fragilidad de su esposa—. En ese momento pudo observar su extrema delgadez aunque los tres años pasados en Masada la había convertido en una mujer delicada y bella como una flor del desierto. También vio que la niña no mejoraba, que parecía aún más menuda que cuando nació. Fue entonces cuando se dio cuenta de que aquella partida la tenían perdida, pero no podía soportar la idea de separarse de su familia, aquella pequeña familia que le había seguido con el fin de sentirse protegidas del peligro. Y ahora no podía concebir, bajo ningún concepto, dejar que su esposa y su pequeña hija cayeran en poder de las hordas romanas y que fuesen tal vez trasladadas a Roma para entrar a formar parte del servicio como esclavas de algún patricio pagano y gentil. No. No lo podría soportar. Pero aunque sus creencias estaban suficientemente afianzadas y cimentadas, notaba que el paso de tiempo comenzaba a pasar factura y que podrían tambalearse. Aquel día, discutió con Hadassah y a continuación salió abruptamente. Su odio hacia los romanos aumentó, porque por vez primera desde que comenzó su guerra contra el tirano, veía el porvenir algo más que negro.
Olvidó todo ello mientras asistía a un conciliábulo que Eleazar Ben Iair había convocado a todos los varones adultos. Al regreso, Hadassah notó que su esposo no era el mismo. Después de muchos meses encerrados, lo único que habían conseguido era exacerbar las ansias de conquista de la X Legión. Y allí no existía ningún futuro. Iafa continuaba malcriándose desde el punto de vista físico, pues el amor que sentían por ella sus padres y todo el campamento era tan intenso que los trasladaron a uno de los cuartos más confortables de la fortaleza.
Y así, desde julio, pudieron ver día a día los progresos que hacían los sitiadores construyendo frenéticamente el inmenso plano inclinado que les iba a llevar inexorablemente hasta la misma presa, inerme, esperando el fatal día que, si no ocurría un milagro, el reptil la alcanzaría.
Los meses fueron pasando, y Levî dulcificó su carácter para con  su familia y les ofreció lo mejor y más valioso que poseía: su cariño, así como procurarles los mejores alimentos que cada día le proporcionaban, tratando de alimentar a la niña para que se criase en las mejores condiciones posibles. Él procuraba mantener ignorante a su esposa de los conciliábulos que cada día mantenía con sus compañeros de encierro.
                                                          
Mayo 1961

Una vez realizados los análisis forenses, y el estudio del entorno cívico-militar de Masada decidí llevar mis conclusiones en relación con la Operación Masada Heroica al Jefe del Estado Mayor del ejército israelí. En mi estudio corroboré la verosimilitud del tratado de Flavio Josefo y su relato pormenorizado sobre el asedio y defensa. En consecuencia, se decidió elevar el carácter de "leyenda" al de "gesta" todo lo acontecido en la fortaleza de Masada durante la resistencia celote y posterior asedio y asalto por las legiones romanas en el año 74 d. C.
En una reunión a la que asistí en TelAviv con los militares y donde fui sometido a una larga consulta se decidió, a la vista de mi informe, proceder a la inhumación de las dos mujeres “que se salvaron de la humillación”, dándoles honores tanto militares como civiles que el gobierno, el pueblo y el ejército del Estado de Israel, deberían a dos de sus hijas, proclamándolas "Héroes del pueblo y ejemplo de la juventud judía". Se decidió asimismo, con la objeción de los rabinos, que las dos fueran enterradas en un ataúd, juntas, tal y como habían permanecido durante un periodo de 1887 años en la tumba que fue  Masada.
El Gobierno, de acuerdo con el Gran Rabino de Jerusalén[10], ordenó que en todos los kibbutz, fábricas, organismos oficiales e instalaciones del ejército, centros de educación, puestos fronterizos, en el desierto, en los vergeles, en las orillas de los ríos y los mares, en las cimas y en las faldas de las montañas, en las grandes ciudades y en las pequeñas aldeas de Israel, así como en todas y cada una de las sinagogas del mundo se leyera el Edicto donde se proclamaba la Gesta de Masada y la denominación de “Héroes” a los novecientos sesenta celotes defensores.
El día de Yom Kippur[11] de 1.961, H y F, llamadas a partir de entonces Esperanza y Libertad (en inglés, Hope / Freedom), fueron enterradas al atardecer en el cementerio de la colina del Rey David, en Jerusalén. El Gran Rabino entonó el Shema Israel, mientras el gobierno, el ejército y una representación de las asociaciones cívicas de Israel escuchaban el sonido del sofar y en todo Eretz Israel[12] se guardaba un minuto de silencio, al tiempo que cuatro mujeres ―dos kibbutzim y dos soldados― hacían descender el ataúd sólo cubierto con la bandera de la Estrella de David hacia la leve tierra que iba a acoger en un definitivo abrazo a las Héroes de Israel, en su retorno definitivo a la Jerusalén de la que habían huido mil ochocientos noventa años antes.

En memoria. Hasta aquí, extractada, la historia de Devorot Mezada (Masada) Efectivamente, en mi opinión ocurrió tal y como cuenta Flavio Josefo en su obra magna. Tal y como ocurrió, aunque a sus ojos y a sus oídos ―¿también a su corazón?― escapó esta historia: la madre que, hipotéticamente, se inmoló en connivencia con su esposo, que posiblemente ambos eligieron para su pequeña hija el sacrificio necesario[13]  con objeto de evitar vivir esclavas del enemigo en su propia tierra. Tal vez él, quien presuntamente arrebató las dos jóvenes vidas, fuera el mismo que eliminó a nueve de sus compañeros, elegidos para eliminar ―los diez― a los novecientos cuarenta y ocho celotes restantes. Quizás este guerrero decidió preservar de la vista de los demás un acto tan tremendo como el sacrificio de sus seres queridos, y probablemente decidió que permanecieran por siempre ocultas del resto del mundo a fin de que ni los invasores lograran encontrar sus cadáveres: ni muertas, esclavas.
Y quién sabe si una vez ejecutado el doloroso cometido, saliera al exterior de la explanada, y ahora sí, a la vista de los primeros legionarios romanos que estarían accediendo desde las plataformas de asalto, el celote fuera el único de los novecientos sesenta que decidiera poner fin, por sí mismo, a su propia vida, aunque nunca sabremos con certeza cómo. La luna, único testigo, sí lo podría decir. Por qué no.
                                     
                                                           YIGAEL YADIN, director
                                                     TelAviv (Israel) / Berna (Suiza)
                                         Noviembre  1973 (1.900 aniversario de Masada)
Doy las gracias a todo el personal que tomó parte en la OPERACIÓN MASADA:
Arqueólogos, antropólogos, forenses, historiadores, excavadores y personal auxiliar. Con el agradecimiento especial a  mi ayudante personal Amós Vejarano, llamado Sefaradim.
                                                                                                                                                                                            
                                                           Verano año 73

Hadassah sabía que algo le ocultaba su esposo. Conocía de sobra que la situación era insostenible, y que si no se encontraba una solución, la esclavitud y la muerte era el único horizonte que tenían ante sí.
En la intimidad del aquel remedo de hogar, estuvo haciendo balance de su propia vida. Se preguntó si realmente había merecido la pena tanto sufrimiento, si haber abandonado el hogar paterno de  Jerusalén para seguir a Levî bahía sido acertado. No comulgaba en exceso con las ideas de su marido, y a pesar de ello había aceptado, con su esposo, la lucha a muerte, la guerra sin cuartel que este había planteado, nada más y nada menos, que a Roma. Después de todo ¿qué le importaba a ella si los soldados romanos gobernaban Judea, Palestina, toda la tierra de Israel si ello era preciso, teniendo en cuenta que el pueblo al que pertenecía era prácticamente ingobernable? Algunas veces estaba tentada por tomar a su pequeña niña enferma en sus brazos, envolverla en ropa de abrigo y huir las dos a través de la noche hasta las llanuras de los campamentos romanos. ¿Qué más daría que a ella la hiciesen esclava, si así podía tener a su hija a su lado, y acababa con aquella horrible situación de saber que tarde o temprano serían todos pasados a cuchillo por la implacable máquina de guerra?
La primavera despuntaba y aquel día había sido especial en muchos sentidos. Levî no había permitido que su esposa asistiera a la asamblea que se había celebrado durante el día ante el palacio de Herodes que servía como vivienda a sus líderes. Ben Fair había congregado a todos y les había planteado claramente la situación: o rendición, o muerte sin rendición. ”Muramos sin llegar a ser esclavos de nuestros enemigos” fueron sus palabras textuales.
Nadie lo dudó un solo instante. Cada cual se retiró a sus aposentos, y aquel día no hubo ya turnos de guardias. En tres años de resistencia, era el primer día que las murallas fueron abandonadas, pareciendo que los bravos, los patriotas celotes se hubieran escondido para esperar a que la Legión X culminara su obra y cayera sobre ellos pasándolos a cuchillo como corderos en el matadero.
Levî entro a la casa, y llevó a Hadassah al lecho. Iafa dormía ajena al drama que se cernía sobre todos ellos. Levî tomó en brazos a su mujer. Dulcemente la despojó de sus vestiduras. Los dos quedaron desnudos. Se abrazaron. Se miraron silenciosos, profundamente, leyéndose mutuamente en lo más profundo de sus ojos. Se tendieron en el lecho. Ambos se acariciaron. Escrutaron y recorrieron todos y cada uno de los poros de la piel de sus cuerpos. Se entregaron sin reservas de ningún tipo. Hadassah y Levî gozaron del amor como nunca lo habían hecho. Se saciaron mutuamente, intuyendo que aquella sería la última vez que se poseyeran. Con aquel gesto de amor quisieron culminar una vida en común que no pudo ser. Entonces cayeron en la cuenta de que los designios de la vida eran incontrolables. Que la suya nunca había tenido razón de ser. Que las ansias de libertad que habían soñado se iban a truncar muy pronto. Que las líneas de la vida se cruzaban y entrecruzaban misteriosa e inexorablemente conformando el destino. Que no podían dejar el fruto de su unión a merced de las intenciones de los vencedores. Que iban a morir. Que sólo tenían 23 y 21 años.
Cuando hubieron concluido el acto de suprema entrega, Levî, acariciando los largos cabellos de su esposa le explicó la situación que él antes había escuchado, y la determinación unánime de morir todos antes que rendirse. Se había ofrecido voluntario para llevar a cabo una tremenda misión: diez de ellos acabarían con la vida de todos los habitantes de Masada que, a pesar de su deseo, no fuesen capaces de quitársela por sí mismos.
La consigna que habían pactado aquella mañana de verano del año 73 era la de “todos, muertos”.
Al atardecer, pasarían por todos los rincones de la fortaleza y acabarían con la vida de sus compatriotas que no lo hubiesen hecho. Después incendiarían todo el complejo, menos los abastecidos almacenes para demostrar que no había sido el hambre la cusa de la inmolación. Cuando no quedase ningún habitante vivo de Masada, él, por sorteo, debería llevar a cabo la eliminación de sus nueve compañeros ejecutores para, como conclusión, quitarse la vida. Así, de esta manera querían mostrar a los romanos cómo se las gastaba el patriota pueblo judío: muerto antes que rendido.
Se besaron cuando el sol comenzaba a declinar por el desierto. Besó también cariñosamente a su hija, dormida, que no había conseguido mejorar y a la que no había logrado que fuese una niña saludable, pues ni siquiera habían sido capaces de que consiguiera articular una sola palabra. Tenía tres años y medio.
Salió a la desierta explanada. Sólo se oía un sordo fragor en el exterior de la fortaleza de Masada. El viento soplaba con cierta fuerza y los escasos chaparros y matorrales que crecían en aquel duro clima se vencían a su favor. Diríase que la fortaleza estaba vacía, pero, lejos de ello, en pocos minutos comenzó a desarrollarse una de las más tremendas escenas de valor y determinación colectivos que hubieran visto los siglos. Los diez celotes entraron casa por casa, sin olvidar los dos antiguos palacios, la sinagoga, los baños, los almacenes, las habitaciones aledañas a la muralla, y en silencio dieron cumplida cuenta de la misión asumida. Eran conscientes del enorme acto que estaban efectuando. Sabían que las generaciones futuras de alguna manera tendrían que conocer algún día lo que allí estaba sucediendo. Y que serían juzgados por ello. Pero estaban dispuestos a someterse al veredicto humano y divino, por nefasto que fuese para ellos. Nunca, sin embargo, consentir el sometimiento, la sumisión, en suma, la resignación de ser esclavos en su propia tierra, la de Abraham, Isaac y Jacob. Estos nunca se lo perdonarían.
Levî llevó a cabo su misión. Para ello se había despojado de la cota de malla que había requisado al último legionario romano ejecutado por él en tiempos de la Rebelión. Se había alisado las guedejas que le caían por sus sienes, se había encomendado al Altísimo y desenvainando su daga sacrificó a la parte de sus hermanos que le había correspondido, así como a los  nueve ejecutores.
A continuación se dirigió a la casa, donde había pasado los últimos meses, escondida junto a la muralla. Entró, y con rapidez, sin cruzar una sola palabra, enloquecido por el odio a los enemigos y por el intenso amor que sentía en aquel momento por sus dos seres más queridos, las tomó, puso a su hija en los brazos de su madre, las colocó en el suelo con brusquedad y en unos breves segundos la daga convocó al Ángel de la Muerte ―majestuoso, inexorable, puntual a la cita― que sobrevoló los dos cuerpos abrazados, tomando para sí sus almas inocentes y llevándolas al Valle de Josafat donde los verdaderos verdugos serían juzgados por Dios.
Aunque había pensado en la posibilidad de quitarse la vida junto a su familia, en el último segundo cambió de opinión. Al salir, trastornado, tuvo la suficiente cordura para tapiar la pequeña puerta con dos lajas de piedra que encajaban perfectamente en la oquedad. Aquella ―pensó― sería la tumba de su familia y ni sus cadáveres encontrarían los tiranos.
Salió al exterior de la explanada: aquel monumento a la firmeza era ahora la tumba común de los resistentes. Era el último de los celotes supervivientes, y ya sólo le quedaba cumplir el último acto: inmolarse, dar su vida. Pero lo iba a hacer de una manera distinta[14]. Se dirigió hacia la parte de la muralla donde la rampa de acceso romana estaba a unos escasos centímetros de tocar la meta soñada, la base de la montaña.
Levî, el último celote, se encaramó en lo alto del muro, dirigió una última mirada hacia la fortaleza solitaria, y en medio de una lluvia de flechas y “pilum”[15] arrojada por los romanos, tomó impulso y se arrojó al vacío. Su cuerpo despedazado acabó en el fondo de unos peñascos, en territorio ocupado por la X Legión. Sería el único que lograrían recuperar, en territorio hollado por el Imperio Romano, a modo de rendición. A los demás los encontrarían horas más tarde, en territorio judío ―Masada―.
La luna fue, con seguridad, el único testigo.
FIN                                                                                                                                      JABejarano 2005




[1] Amós Vejarano, escribiente, dibujante, viajero y aventurero incansable, desapareció durante la guerra civil española, en 1.939. El padre del autor lo localizó en los años sesenta, ubicándolo en la U.R.S.S. sin más detalles. Cuándo, cómo y qué lograron comunicarse, es un secreto que ambos se llevaron para siempre.
(Ver Del Ambroz al Orinoco, de José A. Bejarano)
[2] Masada (en hebreo, fortaleza) se encuentra en la cima de un peñón de roca aislado en el extremo occidental del Desierto de Judea.
Herodes el Grande la construyó entre los años 37 y 31 (AdC) Setenta y cinco años después de su  muerte, al comienzo de la Rebelión Judía contra los romanos en el año 66 (EC), un grupo de judíos rebeldes dominó a la guarnición romana de Masada. Después de la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo (70 EC) se unieron a ellos celotes y sus familias que habían huido de Jerusalén. Con Masada como base, hostigaron a los romanos durante dos años. Los romanos establecieron campamentos en la base de Masada, impusieron un asedio a la fortaleza y construyeron un muro de circunvalación. Luego construyeron una rampa de miles de toneladas de piedras y tierra en el acceso occidental de la fortaleza, y en la primavera del año 74 (EC) hicieron subir un ariete por la rampa y batieron las murallas de la fortaleza.

[3] La única fuente escrita sobre Masada aparece en La Guerra de los Judíos de Flavio Josefo. Nacido en el seno de una familia sacerdotal como Josef Ben Matitiahu, era un joven líder al comienzo de la Gran Rebelión Judía contra Roma (66 EC) cuando fue nombrado gobernador de la Galilea. Bajo el nombre de Flavio Josefo, se convirtió en ciudadano romano y fue un exitoso historiador. Dejando de lado los aspectos morales, sus relatos han demostrado ser muy exactos.
[4] Ostracon, concha o fragmento de cerámica usados en la antigüedad para escribir nombres o pintar bocetos.
[5] Muro de los Lamentos, en Jerusalén.
[6] El autor del relato —JAB—  se toma el atrevimiento de puntualizar el lenguaje políticamente correcto del profesor Yadin, considerando que la legión X  realizó un asalto en toda regla a la fortaleza. “Acceder”  parece un verbo excesivamente generoso en el caso que nos ocupa.
[7] Muertos en la explanada o muertos en cada rincón de Masada, he aquí uno de los varios puntos discordantes entre los historiadores antiguos y modernos.
[8] Líder de la resistencia judía a la ocupación romana de Palestina. Tío del líder de la resistencia en Masada.
[9] El autor —JAB— ha constatado el exquisito cuidado del profesor Yadin a la hora de definir las circunstancias de sus investigaciones. El “ejecutor” fue, sin dudar el esposo y padre de las víctimas.
[10] Israel fue, y aún continúa siendo, el único estado del mundo occidental de confesión religiosa determinada, en este caso judía. El peso específico del estamento religioso en la vida de Israel es primordial.
[11] Fiesta del perdón, de la expiación.
[12] Tierra de Israel, desde el  mar Mediterráneo al río Jordán.
[13] ¿Fue necesario el sacrificio de los habitantes de Masada, y  no digamos de los niños? El simple hecho de poder plantear este interrogante es suficiente motivo para la reflexión que pueda emanar de la lectura de este relato (nota del autor. 
[14] Las dudas sobre la forma de morir de los últimos resistentes permanecerán, aunque a juicio del autor, la versión de Flavio Josefo es verosímil.
[15] Lanzas con punta de hierro muy delgada, para evitar su reutilización.