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18.1.26

AL MANSUR EN LOS PAPELES

Al-Mansur II se apoyaba en las ventanas del palacio califal dejando que el sol acariciase su cara. La primavera se abría paso sobre los jardines y el olor a jazmin y a rosa; también a azahar mezclados todos con el olor de la tierra recién regada avivaban los sentidos de cualquier cortesano. A veces sobresaltaban otros olores, a menta, a tomillo, a romero. Era una explosión de aromas, olores y colores.

El sonido de los chorros de agua de las fuentes, y el aroma dulzón de la mirra y el incienso ayudaban a levantar el ánimo del joven califa. Pero no era fácil. Ni siquiera sus esposas eran capaces de avivar los deseos del califa y señor de Córdoba.

Amina, Zahira y Laila eran sus tres esposas favoritas quienes pasaban sus horas entre el haren y el hamman. Salían cuando los ardores del califa requerían de las habilidades amatorias de las jóvenes cónyuges pero sus atenciones eran cada vez menos requeridas. La joven Subira era el último capricho del califa. Esclava cristiana, convertida al Islam, traida de una de las razzias del norte de al-Ándalus, había resultado ser una excelente amante, capaz de avivar el sexo califal una y otra vez en las noches palaciegas, pero sobre todo había resultado ser una extraordinaria confidente con unas dotes fuera de lo común para llevar los asuntos del Estado y del Califa.

Conocedora de la temporada de alicaimiento de su amado, Subira le propuso que llamara a uno de los cronistas que pululaban por la Corte y le contara las preocupaciones. Subira suponía que su amado y señor, sentiría gran alivio descargando su alma pura para que el cronista lo trasmitiera por todos los rincones del territorio de Alàh y más allá de sus fronteras incluso. Al-Mansur hizo caso de su hermosa esclava y recibió al maestro de la Madrasa principal cordobesa. Se sentaron ambos en el Salón de la Luz Cenital y frente a abundantes bandejas de frutos secos, dátiles, y otras delicias, pasaron a conversar. El cronista tomaba notas mientras Al-Mansur dejaba caer sus cuitas, sus decepciones, sus aciertos, sus anhelos y ambiciones mientras el escribano cronista llamado Al-Mutid al-Muhammad escuchaba, escribía, asentía el arrobado perorar del califa que como los aspersores de agua de los jardines caía sobre los delicados azulejos granadinos. Su vida pasada, sus victorias, su corte, su familia, sus muchos amigos y escasos enemigos. Su ansia de permanecer por muchos, muchos años ¡Inshallah! era lo que le pedía a Dios en cada oración, tantos como sobrepasar el milenio de los infieles.

Pero nada de aquello era real. De sobras era conocida en la ciudad cordobesa y en el territorio del Califato, que Abu Marwan 'Abd al-Malik ibn Abd al-Rahman —al-Mansur para su pueblo—, Califa de los Omeya y Mensajero de la victoria de Allàh, en realidad era un pobre hombre que vegetaba, con todos los lujos que le permitía su estatus de descendiente del Profeta, pero no más, en el vientre materno en que había convertido aquella floreciente, lujosa, extraordinaria morada con todos los lujos y placeres del paraiso en la tierra andalusí, desde la marca del Ebro hasta la ribera del Guadalquivir. Pero todos sabían en la Gran Mezquita que el califa era un prisionero. De sí mismo, pero prisionero.
El cronista se levantó cuando Al-Mansur se lo ordenó dando por terminada la conversación/monólogo del Califa de Córdoba. El cronista partió raudo para transcribir al árabe, al latín y al hebreo la cantinela escuchada. La luz se disipaba ya en el ambiente y el califa apremió a prender los hachones y lámparas damasquinadas para alejar las tinieblas del palacio. Odiaba la oscuridad, la soledad y quería saber por qué hoy los siervos y candeleros se habían retrasado en detener las dos maldiciones que le retaban en sus noches eternas.
La fragancia pegajosa de la 'damadenoche' ascendía desde el jardín. El verano se aproximaba y ya ni marchar a M'dina al-Zhra le apetecía.
—¿Queréis, mi señor que os acompañe esta noche, susurraros al oido mis dulces quejidos de amor y dejar que mis dedos recorran, busquen vuestros recovecos más íntimos, apetitosos, arrancaros dulces sensaciones y gozar ambos? —Subira alzó la vista hacia su señor y zalamera veló su rostro. Al-Mansur se excitó al vislumbrar los ojos de la favorita que reflejaban las luminarias del palacio omeya; la luna, plena en el cielo, también estaba presente.
En Córdoba
Año lunar 380 de la Hégira de Mahoma entre La Meca y Mdina Año 990 del Señor IesuCristo
Año 4750 desde la Creación del mundo
Ibn al-Qurtubi al-Hafiz, Cronista de la Corte Omeya, en Nombre del Altísimo.

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