© El blog con cero lectores, pero aquí estoy en el espacio de mi libertad. No espero a nadie aunque cualquiera es bien recibido. Gracias a mi BLOC ABIERTO DE PAR EN PAR donde encontrarás desde 2009 temas variados.

26.1.26

Los dioses y Dios

Preocupado. Muy preocupado Lucio Casio Tiberio pues un asunto menor en los confines del imperio le estaba fastidiando en extremo. Un banal estropicio en uno de los puentes sobre el Danubio —un asuntillo de suministro de maderamen de pino de Germania comprado a precio de maderas de cedro libanés, para lo que se habían destinado 20.000.000 de denarios— le estaba comenzando a fastidiar como mosca en pleno verano, en plena siesta, en plena dulzura amatoria.

Su tribuno, encargado de la guardia pretoriana, buscaba con desespero una salida airosa ante el populacho que murmuraba y murmuraba: el puente había colapsado y con ello varias vidas se había cobrado y el comercio entre provincias, cortado y detenido.
Puso a trabajar a sus cónsules para tratar de taponar la vía que se había abierto en los cimientos del Estado romano.
El Senado estaba dividido —unos, totamente contrarios; otros, acérrimos partidarios, encegados ante el deterioro imperial—, ante lo cuál se había decidido una ceremonia de sacrificio a los dioses. Pero nada de proceder a implorar y postrarse ante los dioses en la explanada del Circo Máximo ante Júpiter Óptimo Máximo, no. Era necesario acudir allí donde el pueblo había recibido el azote de la ira divina. Allá se precipitaría hacia adelante el emperador Lucio Casio Tiberio para calmar a los dioses... y para convocar, calmar, engatusar a la plebe y narrar

el relato de los hechos. No podía Él, Princex Maximum, pasar por vulgar malhechor. Alzaría al cielo un puñal y hundiría su hoja brillante en las gargantas de un par de bueyes. La sangre correría en homenaje a los muertos por la catástrofe y a los más que posibles muertos de la futura miseria económica.
Preocupado. Muy preocupado, y lo peor, humillado se sintió el augusto Lucio Casio Tiberio cuando tuvo que suspender sine die la ceremonia de desagravio en la lejana provincia. No era bienvenido el Emperador pues los augurios —una bandada de cuervos cubrió el sol sobre Roma— así lo "aconsejaban". El pueblo de la lejana provincia tenía su propio Dios, aborrecía los otros.

23.1.26

DE LAS DESESPERANZAS DEL ESTADO

«Hará bien, en este caso el Príncipe, convocar de urgencia a sus edecanes, lacayos, funcionarios, sirvientes y emisarios. Una vez sentados en su rededor, el Príncipe ha de saber buscar, escrutar y leer pausadamente aquellos avatares escritos por sus funcionarios amanuenses a fin de que las palabras cual leves plumas vuelen y sobrevuelen desde lo alto de los cielos cualquier argumento acusatorio de los fiscales que ponga en entredicho el buen gobierno de Su Eminentissimo. Con ello convendrá S.E. (si desea salvar los pertrechos y salvarse él mismo), que lo más importante es, no olvidarlo, intentar llevar a cabo cómo sus argumentos han de planear, subir y bajar en función de que las brisas, sean ya suaves, ya tempestuosas, y planeen, ya digo Magnánimo Señor, sobre las cuitas y pleitos que a punto pudieran hacer zozobrar la nave del Estado bajo el mando y pulso del Príncipe. Es decir, buscar bajo los pliegues de las leyes, de los decretos, de las normas proclamadas por el Estado, por cuanto cualquier mínimo texto hará bien, muy bien digo yo, el esparcir sobre el pleito a combatir y batir con maña y saña, aunque con ello haga más fatigoso el deshacer los nudos gordianos que a buen seguro han de formarse: he ahí el objetivo. Esta estrategia, Magnifico Signore, no es otra que, tal cual este servidor lo entiende, vengo en denominar "huid


a hacia adelante". Si el Eminentísimo Príncipe consigue que su perorar cale cual lluvia fina de noviembre sobre la Toscana, no ha de dudar el Príncipe que se habrá ganado el favor, digo más... el fervor de los ciudadanos florentinos, e incluso de los estados vecinos de los anticuados Dux.

No ha de olvidar, Serenissimo Signor, huir, huir siempre hacia adelante cuando el estado se tambalee, que no debéis confundir con el vulgar Excusatio Non Petita, truco vil, que no estrategia, propio sólo del vulgo»

En Florencia, 2 de febrero 1530
Lorenzo Contini, secretario, ayudante, traductor y transcriptor de mi señor Niccolò di Machiavelli.
(Anotaciones no recogidas, así pues recuperadas, de "El Príncipe" cuya autoría es de N. di M.)

18.1.26

AL MANSUR EN LOS PAPELES

Al-Mansur II se apoyaba en las ventanas del palacio califal dejando que el sol acariciase su cara. La primavera se abría paso sobre los jardines y el olor a jazmin y a rosa; también a azahar mezclados todos con el olor de la tierra recién regada avivaban los sentidos de cualquier cortesano. A veces sobresaltaban otros olores, a menta, a tomillo, a romero. Era una explosión de aromas, olores y colores.

El sonido de los chorros de agua de las fuentes, y el aroma dulzón de la mirra y el incienso ayudaban a levantar el ánimo del joven califa. Pero no era fácil. Ni siquiera sus esposas eran capaces de avivar los deseos del califa y señor de Córdoba.

Amina, Zahira y Laila eran sus tres esposas favoritas quienes pasaban sus horas entre el haren y el hamman. Salían cuando los ardores del califa requerían de las habilidades amatorias de las jóvenes cónyuges pero sus atenciones eran cada vez menos requeridas. La joven Subira era el último capricho del califa. Esclava cristiana, convertida al Islam, traida de una de las razzias del norte de al-Ándalus, había resultado ser una excelente amante, capaz de avivar el sexo califal una y otra vez en las noches palaciegas, pero sobre todo había resultado ser una extraordinaria confidente con unas dotes fuera de lo común para llevar los asuntos del Estado y del Califa.

Conocedora de la temporada de alicaimiento de su amado, Subira le propuso que llamara a uno de los cronistas que pululaban por la Corte y le contara las preocupaciones. Subira suponía que su amado y señor, sentiría gran alivio descargando su alma pura para que el cronista lo trasmitiera por todos los rincones del territorio de Alàh y más allá de sus fronteras incluso. Al-Mansur hizo caso de su hermosa esclava y recibió al maestro de la Madrasa principal cordobesa. Se sentaron ambos en el Salón de la Luz Cenital y frente a abundantes bandejas de frutos secos, dátiles, y otras delicias, pasaron a conversar. El cronista tomaba notas mientras Al-Mansur dejaba caer sus cuitas, sus decepciones, sus aciertos, sus anhelos y ambiciones mientras el escribano cronista llamado Al-Mutid al-Muhammad escuchaba, escribía, asentía el arrobado perorar del califa que como los aspersores de agua de los jardines caía sobre los delicados azulejos granadinos. Su vida pasada, sus victorias, su corte, su familia, sus muchos amigos y escasos enemigos. Su ansia de permanecer por muchos, muchos años ¡Inshallah! era lo que le pedía a Dios en cada oración, tantos como sobrepasar el milenio de los infieles.

Pero nada de aquello era real. De sobras era conocida en la ciudad cordobesa y en el territorio del Califato, que Abu Marwan 'Abd al-Malik ibn Abd al-Rahman —al-Mansur para su pueblo—, Califa de los Omeya y Mensajero de la victoria de Allàh, en realidad era un pobre hombre que vegetaba, con todos los lujos que le permitía su estatus de descendiente del Profeta, pero no más, en el vientre materno en que había convertido aquella floreciente, lujosa, extraordinaria morada con todos los lujos y placeres del paraiso en la tierra andalusí, desde la marca del Ebro hasta la ribera del Guadalquivir. Pero todos sabían en la Gran Mezquita que el califa era un prisionero. De sí mismo, pero prisionero.
El cronista se levantó cuando Al-Mansur se lo ordenó dando por terminada la conversación/monólogo del Califa de Córdoba. El cronista partió raudo para transcribir al árabe, al latín y al hebreo la cantinela escuchada. La luz se disipaba ya en el ambiente y el califa apremió a prender los hachones y lámparas damasquinadas para alejar las tinieblas del palacio. Odiaba la oscuridad, la soledad y quería saber por qué hoy los siervos y candeleros se habían retrasado en detener las dos maldiciones que le retaban en sus noches eternas.
La fragancia pegajosa de la 'damadenoche' ascendía desde el jardín. El verano se aproximaba y ya ni marchar a M'dina al-Zhra le apetecía.
—¿Queréis, mi señor que os acompañe esta noche, susurraros al oido mis dulces quejidos de amor y dejar que mis dedos recorran, busquen vuestros recovecos más íntimos, apetitosos, arrancaros dulces sensaciones y gozar ambos? —Subira alzó la vista hacia su señor y zalamera veló su rostro. Al-Mansur se excitó al vislumbrar los ojos de la favorita que reflejaban las luminarias del palacio omeya; la luna, plena en el cielo, también estaba presente.
En Córdoba
Año lunar 380 de la Hégira de Mahoma entre La Meca y Mdina Año 990 del Señor IesuCristo
Año 4750 desde la Creación del mundo
Ibn al-Qurtubi al-Hafiz, Cronista de la Corte Omeya, en Nombre del Altísimo.

12.1.26

ESCRITORES AL TRAVÉS DE LOS ALGORITMOS

Se ofrecen obras escritas al gusto del cliente. Contestas unas preguntas que pueden ser ciertas, patrañas, trolas o sinceridad pata negra; pides un tema amoroso, sexual, familiar, bélico, viajero, etc; una trama compleja, sencilla, básica; un estilo sencillo, farragoso, poético; si te apetece puedes pedir número de páginas determinadas, editado y maquetado. La cubierta, lo que quieras; para el título no hace falta comerse el coco.

Pides todo lo anterior, fácil de hacer y a continuación, la Inteligencia Artificial (bajo múltiples nombres o denominaciones) te enviará a tu casa un ejemplar, o dos, tres, trescientos o tres mil, lo que te apetezca. La IA te convierte en escritor. En principio lo lanzan como una forma de sorprender a un familiar, un amigo, u otros. Pero, y ahí está el peligro ¿quién prohibe que cualquiera le encargue una obra y la haga pasar como propia? Para qué quebrarse la cabeza, hacer trabajar la imaginación, estudiar, documentarse, seguir las reglas de la Ortografía y de la Sintaxis, escribir durante meses, hacerlo legible, entendible, apetitoso de leer y que guste, si es que alguien se digna echar un vistazo. Quien quiera ser "escritor" sin serlo ni ganas de aprender a serlo, quien quiera presumir de privilegio de la dificilísima tarea de escribir, ya lo sabe, la IA a su disposición para convertirte en escritorazo. Eso sí, pagando unos euros las millones de combinaciones que los algoritmos tejen para que tú te conviertas en un Pérez Reverte o una Julia Navarro la IA también puede atribuir la obra a sexos indistintos, o no binarios y tal si así se desea.


Pero vamos, has de saber que es algo así como comprar un espejo para el cuarto de aseo, con una imagen puesta por la IA y devuelta de Brad Pitt o Nicole Kidman cuando el/la que mira es uno o una más del montón. De ilusión se vive, eso sí, pretendiendo engaritar, engañar, estafar a los demás mostrando lo que no se es. Y lo insoportable, engañarse a uno mismo.
La IA está ahí y puede salvar millones de vidas, por ejemplo en un quirófano, operando al milímetro, y ni uno más o menos, el tejido o el órgano dañado. Pero nunca suplir la capacidad de algunos seres humanos de inventar palabras nacidas del cerebro, pero antes, de lo que carece la inteligencia artificial, del corazón y de las emociones.

11.1.26

1,2,3 GOLPEA OTRA VEZ

En la intimidad de su gabinete presidencial, un documento acababa de ser firmado, sellado y lacrado. Lo guardó en la caja acorazada de su despacho. El presidente Viktor Kutnestov, de la antigua comunidad soviética —la República de Azaniya—, acababa de sellar el destino de la perla de los Urales, un hermoso pais entre montañas y rios, enclavado en medio del vasto ex-imperio zarista. Él, joven presidente gustaba del poder... a ser posible omnímodo.

El plan, que daría a conocer en su momento, consistía en tres fases:
Punto 1) Contacto, chantaje y compra de los líderes periféricos, enemigos de la Nación. A saber eran las regiones Valtania, rica en recursos naturales; Lavoria, con una acusada identidad cultural; y Kalonia, región separatista y la más conflictiva. Unidas entre las tres a odios y fobias comunes, a golpes y activismo armado. El dinero estatal era el lazo de unión aunque en el fondo se odiaban. El resto de las regiones, el presidente Kutnestov él lo sabía, era fruta madura y sumisa: ningún problema.
Punto 2) Solicitud de confianza al Parlamento Nacional de Azaniya. Había que guardar las apariencias dando visos de normalidad democrática, progresista, reformista, feminista, ecologista, pacifista, y tal.
Punto 3) Llegado el periodo electoral en el territorio de la República de Azaniya, convocar de urgencia al parlamento y agitar, con ayuda de los medios de información afines y comprados, una supuesta Alerta Nacional sobre el avance del fascismo y la derechaextremaderecha —que suena muy dramático— y la necesidad de aplazar las elecciones "para evitar que las fuerzas reaccionarias hagan retroceder los derechos de los y las trabajadoras y trabajadores y no dejar que las fuerzas enemigas de la democracia obliguen a volver a las profundidades de los hogares a las mujeres perdiendo así sus derechos reformistas y progresista —(algo así, muy rimbombante y fácilmente digerible por el personal)— hasta la derogación de dicha Alerta por el Parlamento, una vez decidido por el Parlamento que la Alerta ha decaido o los fascistas, ya de paso son neutralizados". Todo planteado y expuesto con todo el dramatismo posible. Bien sabía el presidente que una mentira cuanto más gorda y exagerada, más fácil engaritar a todo un pueblo.
Era un plan meditado, estudiado, planeado, con dichos tres puntos maestros, aunque el 3 estaba abierto a esa u otra Alarma cualquiera como pandemia nueva, holocausto climático o emergencia de lanzamiento de missiles desde el otro lado del mundo. Ya se vería...
En pleno desarrollo, el 1. Tal vez el más dificil por ser el primer envite que podría ser traumático para la sociedad, aunque tenía buenas esperanzas.
Las tres regiones insumisas, díscolas, insolidarias, con líderes embravecidos, algunos de ellos al margen de la ley por causas gravísimas, eran conscientes de la debilidad del gobierno y estaban maduros para chantajear y ser chantajeados. El primer contacto con el opositor valtano Oriolef, aparte de los consabidos insurgentes y descontentos que lo habían criricado con escaso eco, había sido todo un éxito. Las siguientes regiones eran así, mucho más sencillo de dirigir a base de un par de migajas que contentaran a la población.
¿Los puntos 2 y 3? ¡pan comido! Parlamento manipulado, Estado de Alerta Antifascista u otra, y fecha electoral sine die, ad calendas grecas, es decir cuando el dictador Kutnestov, apoltronado, dicte.
Los siguientes puntos, en estudio, el 4 sería de Represión, Depuración y Neutralización de la Oposición y 5 de Nueva Constitución imperial con la entronización de Su Persona. Rondaban ya en la mente trastornada...
Cerró con la combinación ultrasecreta "PARIASDELATIERRA" la caja fuerte del despacho. No se fiaba de nadie, ni siquiera de su propia esposa Anna Gommonova.

31.12.25

MITOLOGÍA DEL PUNTO FINAL

 MITOLOGÍA DEL PUNTO FINAL



31 Diciembre 1665 del Señor
El Señor del inframundo se creía invencible. Contaba con toda la corte que él había convertido en cohorte de aduladores, rasteros, correveidiles, sérvulos del tres al cuarto y todo un ejército de pequeños seres emitiendo agudos chillidos y sonidos guturales tal que el Señor de las tinieblas se creía el Ser Superior. Lideraba un ejército de soldados fieles hasta la muerte eterna, todo sea por Belcebú. Contaba con el Gran Edecán, guardián de las puertas del Averno.
Mas hete aquí que el edecán cayó y calló, sí, en desgracia y mudo para toda la Eternidad respectivamente. Las puertas del Infierno quedaban desguarnecidas y el Leviatán supo que su caida al fuego inextinguible era inminente.

Fuente: El Codex das Sombras Infernais.
Lisboa, a las puertas de 1666, Fin de los tiempos

16.12.25

MIEL PARA MOSCAS

Estaba recostado para ser rasurado y depilado todo su cuerpo. Mientras el barbero real cumplía su misión, el dios, con los ojos cerrados elucubraba y hacía planes de futuro. Acababa de llegar al trono de la tierra de Sekmet y consideraba que había al fin llegado su hora. El cuerpo del dios iba poco a poco siendo desprovisto de todo rastro de vello superfluo; primero era la cabeza, las cejas y pestañas, eliminado todo rastro de impureza. El escribano y consejero Ammyt, servidor de Ra, escuchaba, asentía y escribía en un papiro atento a las palabras del dios. En la cámara real se escuchaba el trino de los pájaros en los jardines y el suave raspado de la hoja de afeitar y las cremas exfoliantes. Eran las palabras del Señor de las Dos Tierras para ser transcritas:
—Sean retirados todos los vestigios de la reina. Retírense los bustos de la mujer que ejerció como faraón de la Capilla Roja del Templo de Karnak. Prohibida sea su mención entre uno y otro confín de la tierra negra de Egipto, que desaparezca su recuerdo. Es voluntad de mi divina persona que toda alusión escrita o pintada en la sagradas paredes de cualquier templo o estela, muro o pedestal, sea arrancada la piedra o esmaltes que hasta ahora han representado a la reina usurpadora —levantó su dedo índice— que los dioses la olviden por toda la eternidad y la dejen en la sima del Inframundo. En su lugar se restituyan, es mi voluntad y mi orden a los tallistas y pintores o arquitectos, los nombres de mi real padre y mi real abuelo, los dioses Tutmosis II y I. 
El dios hijo y nieto —Tutmosis III— elevado al trono de las Dos tierras, abrió lo ojos y ordenó detenerse al barbero real con un gesto. Aún le faltaba ser rasurado y afeitado el resto del cuerpo que el faraón mostraba desnudo sobre la camilla. Miró con reprensión al escriba, quien parecía dudar. 
—Mi señor ¿hemos de remover la tumba de la... y arrojar sus restos a las alimañas del desierto? —se atrevió a preguntar dubitativo el fiel Ammyt deteniendo el cálamo sobre el papiro. 
—No —zanjó tajante el dios Tutmosis—. Es mi voluntad seguir las enseñanzas del sagrado Libro de los muertos; el cuerpo está ya en manos de Annubis, su alma ha sido pesada por Osiris y su destino ha de ser el vagar eternamente en el Amenti. Es el destino de la usurpadora. 
—Mi señor y dios de Egipto... —el escriba sentía necesidad de hablar; bajó la mirada y dejando el cálamo, extendió implorando las dos palmas de sus manos hacia el faraón— si me permite mi señor hacer notar a este humilde siervo... 
—Detente, mi buen escriba, tu insolencia me irrita —Tutmosis III hizo un gesto para que el barbero real continuara el proceso de eliminación del vello corporal del faraón. Los pectorales del dios, oscurecidos por una leve pilosidad, se convertía en una suave piel cuando el barbero lo rasuraba y le ungía con suave aceite de coco del desierto líbico.— Sean mis palabras ley que todo mi pueblo ha de cumplir. —Pero mi Señor, dueño y dios del alto y bajo Egipto —el escriba humilló la cabeza temiendo la ira por aquella recalcitrante y osada insistencia—. Ha de saber mi señor que el alma humana es, muchas veces, previsible, que las energías gastadas en eliminar todo vestigio de memoria es muchas otras tantas veces como miel para las moscas y los intentos de obligar al pueblo para olvidarse del enemigo, el pueblo lo considera, por contra, un acicate, y cabe la posibllidad de que el pueblo en lugar de olvidar para siempre, recuerde también para siempre, sin lograr los objetivos previstos. 
Se hizo un silencio aplastante en la cámara real del templo de Tebas. El barbero detuvo la cuchilla a punto de comenzar a rasurar el divino sexo de Tutmosis; el escriba contuvo la respiración. El faraón enarcó el lugar que minutos antes habían ocupado las cejas. Parpadeó sin pestañas. Se incorporó y su cuerpo a medias exento de vello refulgió brillante cuando los rayos solares incidieron en su divino cuerpo. Este levantó las palmas de las manos en actitud de hablar. 
—No me mueve la venganza hacia la usurpadora y maldita Hatshepsut. Nunca ha sido esa mi intención puesto que la venganza es impropia de Nos, los dioses —Tutmosis III, llamado también Menjeperra Dyehuthymose amagó un gesto de condescendencia hacia su ministro escribano para que no tomara sus palabras ni siquiera para recogerlas negro sobre blanco—. Mi divinidad no necesita la venganza... sino el propio aprovechamiento interesado de la Maldición de su Memoria. Necesito que mi pueblo hable, murmure, cabile, rumíe, difame, ajuste sus cuentas personales entre sí o, en la intimidad, adore y añore a mi antecesora, usurpadora y profanadora de la corte divina de Egipto; que la memoria de la reina que ejerció como faraón de forma blasfema sea como tú mismo has dicho: miel para las moscas; es decir, ¡prohibamos para que el pueblo de Egipto ignorante, añore y desee! Que el simple recuerdo de la usurpadora Hatshepsut sea la yesca que proporcione del pedernal la llama del odio entre el pueblo para encender los espíritus a favor y en contra. Necesito ese tiempo estéril de cuitas del pueblo, para hacer a Mi real gusto un pais que extienda los dominios más allá del desierto y de las fuentes del Nilo. 
Hizo un breve gesto Tutmosis III, y el escriba se retiró sin dar la espalda al señor de Egipto desapareciendo tras la puerta de la cámara privada. 
El barbero, sordo y mudo, encargado durante años de rasurar los cuerpos de los dioses y sus esposas reales, así como de los sacerdotes del templo —su lengua había sido cercenada y sus tímpanos taponados con brea hirviente para hacerle testigo fiable— tomó con delicadeza el diminuto y fláccido miembro viril del dios faraón Tutmosis el Conquistador, y comenzó a rasurarlo con especial tiento y mimo.
«Tutmosis III, vida y muerte gloriosa» 
(Meret-Nefer, cronista de la corte de Amenofis II)

4.12.25

Historia de Hispania Citerior

Antonino Pío no lo consultó con nadie, ni siquiera con su augusta esposa Faustina la Mayor. Había recibido noticias de Hispania y era de verdadera urgencia, dado que se había declarado una peste en los cerdos de la Citerior Hispania. Daría órdenes inmediatas de movilizar a las legiones allí acuarteladas para dar caza a la población de jabalíes que son transmisoras de la peste del puerco. En realidad le daba lo mismo a Antonino Pio si las bestias contagiaban a los cerdos ibéricos o no. Allá los hispanos con sus cuitas. A él, emperador de Roma, lo que en realidad le importaba y mucho era que los jabalíes no traspasaran los Pirineos, la Galia y los Alpes. No quería ni pensar en manadas de jabalíes y piaras de cerdos apestados trayendo a las calles de Roma la nefasta epizootia.
«A Quinto Jonio Rustico, en Tarraco Augusta, Cónsul de Hispania Citerior. Órdenes prestas y con urgencia: procede y moviliza a cuantas centurias sean necesarias, así como, lee con atención, haz acudir a la tarraconense a la mismísima Legion VII Gemina si ello fuera preciso, así como reclutar honderos y ballesteros baleáricos con objeto de abatir, aislar, identificar a los líderes de la manada y proceder a sacrificar y exterminar a estos y todos los jabalíes y berracos, así como a alimañas portadoras de la peste. Procede, Cónsul, a su sacrificio para evitar el paso de los confines de la provincia hispana con la Galia. Te lo mando y apelo a la protección de la diosa Diana la Cazadora y de todos los demás dioses que protejen Roma y a sus ciudadanos. Te saludo, te exijo tu sapiencia e imploro tu valentía en resolver esta crisis de Estado. Antonino Pío, Emperador» Antonino Pio envió al mejor jinete, el más incansable, y la mejor montura con salvoconductos que le permitieran atravesar montañas, vadear ríos, cruzar marismas, campos, ciudades, y llegar a Hispania con las órdenes imperiales. Había que aislar el mal...

30.11.25

Amón, Isis y Ptolomeo IV

Ptolomeo IV Filópator fue un mal faraón. Reinó en Egipto 200 años antes del nacimiento de Cristo. No consiguió sofocar la revuelta que dio comienzo en el Alto Egipto y fue depuesto a través de intrigas palaciegas. El templo, levantado en honor a Horus y a Isis, se conviertió en el lugar donde Ptolomeo se haría fuerte. Mas de nada le valió. El descontento del pueblo viendo como los graneros reales eran poco a poco desvalijados e injustamente incautados hicieron que la hambruna, la escasez debido a los bajos niveles del Nilo por la falta de lluvias y la corrupción hicieron que el pueblo se rebelara. Ptolomeo hacía oidos sordos y su única respuesta era el arrojar a las aguas del Gran Río a aquellos que tuvieran la osadía de llevarle malas noticias. Ptolomeo solo gustaba de solazarse en las terrazas entoldadas, sombreadas de palmeras y cañaverales, mecido en sueños y duermevelas entonados en sus oidos por dos efebos nubios, mientras degustaba de enormes bandejas de oro puro repletas de frutos de las riberas del rio: Pan de pita, hummus, dátiles envueltos en delicadas hojas de maiz prensadas; alimentos traidos de más allá de las fronteras; aceite de oliva de Iberia, terneros y corderos de Mauritania; milhojas de ajonjolí del reino alauita; vino fenicio especiado y cerveza de los sacerdotes del templo de Karnak. Del lejano reino del Indo, frutos y especias de todo tipo. No menos le gustaba al dios Ptolomeo. Pero no parecía ser consciente de lo cerca de la gran tragedia que se cernía sobre el reino: los cuervos y arrendajos volaban alto en el cielo augurando y barruntando muerte y destrucción. Mas el dios cavaba su tumba; en el exterior de las puertas del templo se revolvían las masas. Los dos semidioses —reencarnados en Horunnefer y una sacerdotisa erigida como Némesis—, consiguieron alertar, prevenir y disponer para la batalla para arrancar al tirano e iracundo faraón de la silla reservada a los verdaderos dioses. El templo de Amón de Debod era un clamor que no conseguía traspasar y molestar el dulce estar del dios faraón degustando los placeres del cuerpo y de la mente. Los jóvenes nubios dejaron las cantinelas y comenzaron un delicioso masaje. Pero el murmullo se iba conviertiendo en clamor en el exterior del templo de Debod Amón. >

14.10.25

TRATATUS BRINDISIUM PAX

TRATATUS BRINDISIUM PAX (Lucius Marcius Fabius, historiador) Brindisum brillaba a la luz del sol del Mare Nostrum. La ciudad acogía la firma de un gran tratado de paz del triunvirato. En realidad era un armisticio que ponía fin a años de inestabilidad del Imperio. Al fin César Augusto, Marco Antonio y Marco Emilio Lépido habían llegado a un acuerdo que se aprestaban a firmar, aun con los ojos tapados y los puños crispados en sus gladios envainados. Se acomodaron en sus triclinios y se dispusieron a estampar sus sellos en los papiros que se guardarían en el Senatus de Roma decretando la Pax. Habían sido invitados los cónsules, procóncules y gobernadores de todas las provincias, incluso las más lejanas. Entre ellos estaba Antonino, su mujer Fulvia y el hermano Lucio venidos desde la díscola provincia hispana ajena a asuntos del gobierno del imperio. Los miembros del triunvirato los miraron con desdén, aunque las sonrisas forzadas y los parabienes no fueron eludidos sabedores de las ansias del poder del hispano sin méritos suficientes que aportar al Senado, simple invitado perdido entre la baja elite provinciana. Firmaron la paz los miembros del triunvirato -como mandaba la tradición descalzos de sus 'caliguli' o botos en señal de humildad-, se saludaron unos a otros de forma fria sellando un periodo de paz que duró poco. La guerra fue inevitable y el tablero de ajedrez, el puzzle, el inestable equilibrio de la política romana dio como resultado la caida de Antonino, víctima de su ensoberbecida y ebfermiza codicia política y el sorprensivo ascenso de Lucio, su hermano, como nuevo gobernador de una pequeña parte de la provincia Lusitania. Brindisium pasaría a la historia como el pricipio del fin de la República para dar paso al Imperio romano. Brindisium vivió unos dias de gloria, con sacrificios a los dioses, banquetes y vino a raudales, danzas y ritmos de bailarinas de ébano de los confines africanos y sofisticados efebos griegos tan del gusto de los patricios con que satisfacían sus deseos libidinosos. Brindisium fue el escenario donde la muerte y el poder se daban la mano. (Agradezco a la Onorevole Signora Sara Fedelini la facilidad prestada para husmear, en mi lugar, en los archivos del Comune di Latina, Italia. Grazie mille)

15.9.25

El tuercevotos

Un señor me ha llamado "facista" (no lo sabe ni escribir correctamente). Es un antiguo político que ha debido aprender poco respeto en sus numerosos cometidos en sus modus vivendi institucionales. Ahí queda el calificativo que me ha escupido, que no quede que siento temor. No soy fascista, ni progresista, ni me debo como él, a carnets, comités federales o centrales. No recibo consignas, ni las comparto, ni espero nada de nada, ni de secretario general ni de jefe de grupo parlamentario alguno, ni espero la sonrisa o la palmadita en la espalda de compañeros o camaradas (de estos numerosos motivos, tal vez alguno o todos... o que no pienso como él, me haya ganado el calificativo de "facista"). Soy un simple ciudadano con afán de tener criterio propio, muchas veces desorientado, pero con ansias de gustar la libertad de expresión, de acción, de creencias o de gustar las ideologías que me vengan en gana. Yo voté la Constitución de 1978 y ayudé con mis votos a que estos señores llegasen al poder. No debo ni me deben. Pero no estoy acostumbrado ni dispuesto a recibir calificativos gratuitos de sedicentes "demócratas-de-toda-la-vida". Váyase, deje que me exprese como yo desee, y si no está en condiciones o no sabe debatir sin ánimo ofensivo, mejor que siga su camino condiós. Pero antes, le pido que lea, si puede, algo de Historia y se documente sobre el Fascismo y se entere de en cuál partido militó y mamó la leche que luego se gastó. Mire y entérese bien cuál fue el partido de Benito Mussolini; yo se lo digo: dirigente del Partito Socialista Italiano. Item más: el otro baranda de nombre Adolf, ni más ni menos creó el Partido Nacional-Socialista Obrero Alemán, lo de "socialismo" como zanahoria para atraerse a la clase obrera, aunque luego sibilinamente quedó como simplemente Partido Nazi. Así que ahí estamos, los dos fascistas por antonomasia algo tuvieron que ver con el Socialismo, anteayer. Y créalo, existe, sí, el fascismo de izquierda, pongamos por caso al sindicalista que puso encima de la tribuna del Congreso de los Diputados una hermosa pistola. Aunque el más 'guai' fue sin duda el "lenin español", sí ese que quiso llevar a la dictadura del proletariado del socialismo soviético a nuestros padres y los condujo -él y otros-, con enorme irresponsabilidad a la guerra civil. Era cuestión de tiempo.

27.8.25

La pancarta

LA PANCARTA DE DOS CARAS No dejemos que la burda propaganda inunde nuestro entorno. No dejemos que las tremendas imágenes sean la única cara de una moneda mostrada por las potencias del mal de la mano de bienintencionados portavoces. No nos dejemos mediatizar por la prensa y redes sociales que ocultan convenientemente las raíces, el núcleo de un conflicto que se remonta a siete décadas atrás, cuando no a veintisiete siglos atrás. No nos dejemos culpabilizar por la altisonante coreografía de masas enardecidas enarbolando banderas, pancartas y consignas promovidas por naciones enemigas de la civilización occidental y verdugos de los más elementales derechos humanos, entre ellos los de la mujer y los de los homosexuales. Exijamos que esas pancartas lleven sí, la muerte de niños en la parte delantera, y en la otra, detrás, las máscaras siniestras, asesinas y cobardes de quienes se esconden detrás de esos mismos niños, verdaderos culpables y causantes primeros de esta tragedia. Permíteme que yo te lo diga: en la parte delantera de la pancarta, SÍ, los niños palestinos víctimas así como los enterrados en vida israelíes; y detrás, en el reverso escondidos TAMBIÉN Y SOBRE TODO sus asesinos terroristas de HAMÁS. Seamos valientes y digamos las verdades completas para que sean lo más cercano a la Verdad. Que ésta, busquémosla, (n)os haga libres. NOTA: Esa pancarta con las dos partes también podría ser la mía. Así, con una solitaria y medrosa cara, NO.

6.7.25

De oro 1975-2025

 Cincuenta, cuarenta, treinta, veinte, diez. Décadas. Años de camino, de hijos, de nietos, de miradas, de ver la vida pasar. Para qué regalos materiales pudiendo tener este, el mejor y más valioso tesoro, el del recuerdo imperecedero...

Gracias, familia 1000.

21.6.25

Víctor Mártil Neila

Fue el 22 de junio justo en el inicio del verano cuando llegó a este mundo que entonces era -parecía- otro, pero él sigue siendo el mismo.

1922-1929 oía, veía y no entendía cómo los soldados del Rif marchaban y muchas veces no regresaban
1930-1939 República y Guerra
1940-1949 trabajo, casamiento y primeros hijos
1950-1959 maaás hijos, más trabajo
1960-1969 más y mejor trabajo (menos adobe y más cemento)
1970-1979 se queda solo, sin su Alicia. La vida continúa sin andamiaje
1980-1989 nietos, nietos y nietos
1990-1999 Efecto 2000 cruzando fronteras
2000-2009 Se queda como Pater Familiae; disgregada, desperdigada, expandida y extendida.
2010-2019 En su casa, con los cinco sentidos, en plenitud ve pasar la vida...
2020-2025 ¿Covid? ¿quién dijo pandemia? Unos sobrinos/biznietos van a ver a un señor de ¡cien años! Asombrados, fueron a contarlo a sus colegios. Ayer eran disparos de Mauser en los riscos de Annual de lo de África, y hoy son los missiles hipersónicos entre Irán e Israel. El mundo sigue siendo el mismo pero tio Vito es 103 años viejo, sabio y bueno. Felicidades ¡y palante!

18.3.25

Vienen los júngaros

—¡Que vienen los júngaros! ¡Los júngaros! ¡Que vienen!

El Miguel recorría las calles advirtiendo de la noticia que de vez en cuando se extendía por la población infantil de Hervás.
Era la voz de alarma que nos hacía sacudir los aburrimientos y las rutinas.
Ya nos cuidábamos de no frecuentar los descampados que los visitantes elegían para acampar. Prohibido acercarse en doscientos metros a la redonda y procurar hacernos invisibles a aquellos seres misteriosos que se instalaban en los alrededores del pueblo.
Cierta tarde, a la caída del sol, no pude resistir el acercarme a escondidas y observar a aquellos personajes que a su sola mención nos alertaba y ponía en guardia.
Me lo pensé, pero me armé de valor y antes de la noche me acerqué escondiéndome tras los olmos de los cercados de San Romedio Ermitaño. Según iba aproximándome, nervioso y a punto de sucumbir al miedo, logré sobreponerme y esconderme tras una pared desde la que pude observar un minúsculo campamento que consistía en un carromato sin los dos mulos que ramoneaban cerca. Una fogata de alegres llamas proyectaba sombras ganándole en luz a la de la tarde que acababa definitivamente dando paso a una inquietante y hermosa luna en cuarto creciente.
Un olor penetrante a carne y pimentón fluía de un perol al borde del fuego. De pronto saltó del carro un hombre portando un instrumento que yo jamás había visto. De tez morena y facciones fibrosas, lucía un mostacho negro y florido. Se sentó al amor del fuego y sin mirar a la mujer que trasteaba por los alrededores se lo colocó entre la oreja y el cuello, y con una especie de vara con una cuerda finísima, comenzó a rasgar aquel instrumento del que surgían notas muy tristes. La mujer dejó sus tareas e hizo una señal a una muchacha que yo no había visto antes. No tendría más de doce o trece años, pero a pesar de mi bisoñez, de mi inocencia, me di cuenta de la belleza de la chica.
El hombre del instrumento rasgaba las cuerdas de la pequeña guitarra con la madera y la cuerda. Los sones lentos y tristes fueron convirtiéndose en alegres y rápidos, rítmicos sones de una música parecida al órgano del convento trinitario. Yo era un niño de apenas once años y sentí que aquellas notas no pertenecían a la música que hasta entonces yo conociera. La muchacha se descalzó y comenzó a bailar al ritmo de la música. Daba vueltas, alrededor del fuego… y su falda se levantaba mostrando unas bellas piernas al ritmo acelerado de la música; ella iba dando vueltas y vueltas levantando los brazos, el izquierdo señalando al horizonte y el derecho señalando las estrellas nacientes, a la luna de la noche de Hervás… y giraba y giraba y giraba…
Me costó dormir aquella noche con sensación de culpabilidad, por haber roto la promesa de recogerme pronto cuando llegasen los «júngaros», pero al mismo tiempo excitado de haber descubierto un mundo desconocido.
—Abuelo Amadeo, ¿de dónde vienen los “júngaros”? —mi abuelo se volvió a mirarme y por una vez lo noté serio y tenso— di, ¿de dónde vienen?
—Hijo mío, me haces preguntas muy difíciles y yo no sé tanto como tú crees; solo te puedo decir que vienen de muy lejos, de una nación en la que mandan los comunistas —en ese momento bajó la voz— pero que según dice el parte, quisieron echarlos y muchos de ellos han tenido que huir. Esos son los húngaros… Húngaros, Jose. De Hungría, cerca de Rusia. Y ya no te puedo decir más, que me va a oír tu madre y no quiero que crea que te meto historias y chismes en la cabeza.
—Don Matías —el maestro se puso las manos en la espalda, el único de la escuela que no llevaba regla y que por ese importante detalle se había ganado mi confianza. Me miró esperando a ver qué quería—, Don Matías, ¿adónde van los júnga… digo los húngaros?
Don Matías me sonrió, bonachón, y me miró con ojos muy abiertos; siempre que podía nos hablaba de viajes y de historias…
—Ni júngaros, ni húngaros, Jose, son seres humanos que de vez en cuando aparecen por el pueblo, proceden de las entrañas de Europa, y son ¡zíngaros! Lo más pobre y desarraigado de aquellos lejanos países. Pero, no hay que equivocarse, son felices a su manera. Me has preguntado adónde van y eso deberías preguntárselo a ellos —Miraba arrobado a Don Matías que siempre me decía la verdad—. Solo sé que no los detiene ninguna frontera, ni guerras, ni ríos ni montañas, ni fríos ni calores. Es un pueblo que camina con sus propias leyes y sus propias reglas y costumbres. Parece que huyen, pero no quieren refugio. Se conforman con vivir e ir de un lado a otro…
—Gracias, don Matías —salí corriendo del patio de la escuela y me dirigí de nuevo hasta el pequeño campamento. Cuando llegué solo unos rescoldos humeantes quedaba del paso zíngaro. Me sentí decepcionado y triste. Miré hacia la carretera y a lo lejos, iniciando la subida al Alto de Castilla, el viejo carromato levantaba una pequeña nube de polvo de la cuneta. Los mulos tiraban trabajosamente de aquel pequeño universo, de aquella minúscula célula familiar. El padre caminaba con un látigo arreando de las bestias; la mujer, a su lado. Y la muchacha, en la trasera del carro, sentada y balanceando sus piernas. Levanté la mano por si me veía, con ansias desconocidas de cruzar tan solo una palabra con aquella niña, pero creo que no, solo me quedó la imagen de ella girando, girando, girando, danzando y mostrando su bello cuerpo a las estrellas y al creciente de luna que me quitó el sueño durante varios días. Ellos no tenían fronteras, según me contó don Matías, y ya por desgracia habían —había— cruzado la mía para siempre.

1.3.25

La muerte verde

 Los leños crepitaban en la chimenea y poco a poco el fuego iba devorando el tronco hasta dividirse en dos. Esas partes caían sobre el suelo recalentado levantando una miriada de chispas que iluminaban el salón. Yo estaba sentado en una de las tajuelas y con un badil reunía los restos de brasas y las amontonaba en el centro del hogar. Mi tío seguía narrándome la última aventura mientras en mi mente iba anidando todas y cada una de las palabras de aquel viajero que me había invitado a pasar la tarde invernal a su casa de San Ginés, en Madrid.
Me contó cómo había llegado a bordo de un vapor, desembarcando en el puerto de Cádiz. Había sido, me contó, el viaje de su vida. El salto al Océano y ver con sus propios ojos un nuevo y desconocido mundo.
España, Portugal y Francia se le habían quedado pequeñas comparadas con aquel vasto, enorme, infinito continente con los rios más caudalosos, las montañas más altas y los habitantes de todos los colores y culturas habidas y por haber. Yo lo escuchaba mientras enredaba con las brasas y él, mi tio Tomás, hermano de mi madre, me contaba retazos de su última aventura por el equinoccio americano.
—Jose, no te puedes hacer una idea de las aventuras que he vivido —chupaba una extraña cachimba hecha de madera de ébano donde a menudo introducía un montoncito de tabaco antillano, esparciendo un olor que se me quedó en mi interior y que a la larga haría de mi un gran fumador. Mi tío sujetaba la cachimba en su comisura derecha mientras por la izquierda soltaba una nube blanca y espesa de humo que se apoderaba de la habitación.
—Cuéntame lo de los indios otra vez, tío —yo sabía que no necesitaría insistir para hacer que mi tio lo narrara de nuevo.
—Nada que no sepas ya te puedo contar, Jose, a no ser que me repita —mi tio Tomás se dejaba querer y yo sabía que adornaría un poco más las historias que me contaba.— las aventuras que viví las tienes en alguna revista donde las publicaron en 1930 pero bueno, si quieres te lo repito...
—Gracias, tío, otra vez... —yo dejaba el badil a un lado y callaba mientras él sin saberlo, abonaba mi mente inquieta.
—En uno de los recodos del gran Orinoco, en plena selva, donde no llega nada de nuestra civilización, me encontré entre dos tribus, enemigas entre ellas. Yo estaba descansando en un bohío cuando me encontré con unos individuos casi desnudos y algunos armados con arcos y flechas. Todos llevaban cerbatanas con unos dardos untados con curare, un veneno mortal con el que cazaban. Me sanaron los pies que los tenía infectados de niguas, unos insectos que se meten entre la piel de los dedos. La verdad es que se portaron muy bien conmigo. Me invitaron a su aldea donde conviví durante un mes mientras me reponía. Y no podrás creer lo que vi...
—Qué, qué... —interrumpí a mi tio para azuzarle y que contara con pelos y señales
—Pues que aparte de otras costumbres que ya te contaré, tenían otra muy curiosa y consistía en «encatumar» a los viejos, metiéndolos en una red de cáñamo que llevaban a unos remansos del rio, y la colgaban de las ramas de los árboles sobre el agua mientras el pobre viejo hecho un ovillo como un feto, sin poderse mover, miraba abajo comprendiendo lo que él a buen seguro había hecho a sus antecesores. Y allí lo dejaban abandonado durante dos meses. Trascurrido ese tiempo, regresaban...
—¿Y qué encontraban, tío? — era la pregunta que yo, siempre que tenía ocasión hacía, sabiendo que la respuesta era una y otra vez distinta a gusto de la imaginación de mi tio Tomás.
—Imagínalo tú esta vez, Jose —mi tio chupaba la cachimba y miraba como hipnotizado las lenguas de fuego que subían por la chimenea. Yo me quedaba en silencio dejando volar mi mente infantil e imaginando cómo encontrarían a los pobres viejos «encatumarados» en aquella remota tribu de las riberas del Orinoco.
—Pero eso no es nada, mocito —mi tio Tomás se quitaba la cachimba y me miraba— porque, esto que sigue ¡y es la primera vez que te lo cuento! yo no lo vi pero me lo aseguraron los «indios panares» y es que en la tribu de al lado, los «curubayari» simplemente los llevaban a la plaza del poblado y a aquellos ancianos, o simplemente enfermos, lisiados o que ya no servían para trabajar, los molían a palos hasta que morían... —mi tio Tomás, viajero acostumbrado a las más insólitas costumbres, se detenía en la narración no por dramatizar sus relatos que de sobra sabía cómo me gustaban, sino porque la voz le temblaba y buscaba las palabras pausadamente, con sumo cuidado para que en mi mente anidara con exactitud qué me estaba relatando, cómo me lo estaba contando, parecido a confesar un terrible acontecimiento. —sí, Jose, así me lo contaron... los mataban porque ya estorbaban.
Nos quedamos los dos en silencio y en la habitación llena de recuerdos de sus viajes solo se sentía el crepitar del fuego. Aquellos minutos posteriores se echaron pesadamente sobre los dos, a mi aplastándome. En las paredes con múltiples recuerdos de otros paises del mundo se reflejaban las sombras que el fuego dibujaba. Sobre un armario, cerrado con llave, una figura parecía burlarse de mi. Él me había dicho que era un trofeo de guerra de la tribu «shuar» pero nunca supe si aquella cabeza del tamaño de una naranja era una cabeza jibarizada o era una simple imitación.
—Pues ya sabes, sobrino —Mi tio Tomás llenaba su pipa de tabaco y bebía un brebaje que él llamaba mate. —que sepas que el mundo es hermoso, inmenso, dadivoso tanto que da lo que nosotros necesitamos... pero también es cruel al máximo. Esto que te he contado es solo una parte de lo que he vivido. Escucha y aprende, sobrino.
—Gracias, tío, yo también quiero conocer mundo como tú. —once años contaba yo entonces y lo de atizar las brasas me pareció ya una tontería que abandoné. Así que dejé el badil a un lado.
Y mi tio me miraba complacido y señalaba con la cachimba los objetos de adornaban la pared de su estancia llena de recuerdos de su viaje por las cuencas del Amazonas y del Orinoco en América del Sur donde habita la muerte verde.

(Transcripción libre, real, de «La muerte verde,
aventuras del dibujante, cineasta y viajero español
Amós López Bejarano»
Revista Estampa. Madrid 1932

27.2.25

De traiciones

 A LA TRAICIÓN POR LA VENGANZA


(Historia de la Expaña de Julián y su linda flor)
Maltratada, humillada, vejada y violada. Así, sin paliativos. Lloraba de vergüenza, destruida ante su padre que se mesaba los cabellos. Aquello era una afrenta que debía hacer pagar. Le habían arrebatado a su hija lo más preciado de cualquier mujer. Los ayes y lamentos de la hija, entremezclados con los juramentos e insultos del padre hacían un dramático cuadro en el palacio condal. Entre jardines y parterres, con fuentes y lagos dignos de cualquier casa señorial de Córdoba o de Damasco, don Julián juró vengarse de la afrenta a su hija Florinda.
Y no tardó en urdir un plan cuando le informaron sus tiralevitas sobre las intenciones de las tropas bereberes de asaltar los castillos y fortificaciones de la ciudad de Ceuta, hacerse con la ensenada, fletar barcos y atravesar el trozo de mar que separaba el reino de los alauitas, hijos del desierto, adoradores de Allàh... y la abrupta costa que se asomaba entre la bruma de la mañana, al otro lado, y que era el territorio del reino visigodo, una tierra bendecida por los dioses, hogar y morada de antiguos pueblos que habían formado parte del mismísimo imperio romano.
A don Julián se le había nublado la mente y ya su cabeza no era capaz de valorar, juzgar, discernir dónde estaban establecidos los límites entre lo público como comandante de la ciudad en nombre del rey... y como simple padre dolorido.Le dominaba el odio enfermizo. Sabía, o no, que su papel era comprometido pero lo tuvo claro en su cólera. Se vengaría del agresor de su hija Florinda llamada la Caba que no fue otro -no necesitó prueba fehaciente alguna más que el relato de su bella hija- que el rey Witiza. Y lo castigaría, vaya si lo castigaría, con un acto que lavaría su honra mancillada aunque costara el devenir y porvenir de las tierras cristianas.
En vano se le trató de hacerle ver su disparate, que era mejor vengarse del crimen del rey... ajusticiando y apuñalando al rey. Pero no. Su venganza tenía que ser definitiva y general. Dañina. Letal. Su buen nombre quedaría limpio aunque el de su hija en realidad le importaba bien poco.
Entregó las llaves de Ceuta a las mesnadas de Musa Ibn Nusair, le ayudó a atravesar el Estrecho y, enloquecido, proporcionó información primordial a los invasores del solar hispano. Sólo poco después se verían las terribles consecuencias de los actos del conde don Julián, felón, traidor a la patria hispana. Ya ni la historia sería capaz de lavar su nombre sino que pasaría a la leyenda la entrega de Hispania a los hijos del Islam por parte del Felón.
De don Julián el felón, nunca se supo nada más, ni cómo, ni dónde, ni cuándo -el fondo del mar hubiera sido su mejor tumba- desapareció de la faz de la tierra; quedó la ignominia, el rastro hediondo que siempre dejan los traidores, que usan la venganza como traición.

22.2.25

Ajedrez

     Era un tablero de ajedrez, el juego de moda, a punto del cambio de centuria en la tenebrosa frontera entre 1199 y 1200. Sobre el tablero, las piezas colocadas en sus lugares correspondientes: Alfonso IX de León; Alfonso VIII de Castilla; Sancho VII de Navarra, y Pedro II de Aragón. Reyes con sus respectivas damas. Enfrente, el enemigo común aunque todo hay que decirlo, para unos más que para otros: al sur del reino almohade, asentado en la feraz orilla mediterránea liderando la tierra conquistada por sus antepasados, Muhamad an-Nasir, el califa de al-Andalus, de Marruecos y de Orán, Príncipe y Comendador de los Creyentes.


    Alfonso VIII de Castilla quería reanudar la reconquista de la península y arrebatarla a los hijos del Profeta y de la Media Luna. Aun así había reinos que no veían con buenos ojos dicha política y no dudaron en guerrear entre ellos, en el campo de batalla y en el campo del honor familiar. Berenguela fue casada con el rey de León, Alfonso IX. Los señoríos vascones se decantaron por los reyes y reinados convenientes y de interés, pero el rey de Castilla dio un puñetazo sobre la mesa. Necesitaba armas, castillos, avituallamiento y sobre todo hombres con que reiniciar el proceso de expulsar a la morisma de Hispania, la vieja tierra visigoda. Leonor animaba a su real esposo Alfonso a meditar los pasos a seguir en aquella crucial partida de ajedrez donde la astucia, la audacia, la previsión y la provisión, además de la paciencia y la crueldad jugarían un papel crucial.

    En Roma Inocencio III había otorgado el "Hágase en Nombre de la Cristiandad" la conquista de los reinos cristianos usurpados, por tanto Alfonso convocó a los reyes en su castillo toledano de la frontera a fin de recabar el concurso de todos los hijos de Dios. Finalmente, excepto el leonés, se unieron y acordaron reiniciar la campaña contra el invasor.

    En Orán se encontraba Miramamolín -que así era llamado el califa en las tierras cristianas- de barba pelirroja y ojos garzos gustando y solazándose de los placeres del hammam, acicalado por eunucos y efebos reales con aguas frescas de oasis y ungido su cuerpo con aceites de Baena, gimiendo de placer y emitiendo ayes con su media lengua, delicia ésta proporcionada por ellos y ellas, dejó en manos del fiel Al-Mansur los cuidados de las marcas fronterizas del norte en el lejano Aragón. No sabía que cerca del alcázar toledano, ya en manos cristianas, Alfonso disponía sus piezas para avanzar hacia el sur.
La partida de la guerra iba a comenzar, augurando los estrategas reales que sería larga y dolorosa. Unos, comandados por Castilla -Aragón, Navarra, las huestes de Portugal y de otros reinos de más allá de los Pirineos, los señoríos vascos y las Órdenes militares- y enfrente, el enemigo sarraceno.
El tablero estaba dispuesto. Cristo y Mahoma; la Cruz y el Creciente; La Meca y Roma; occidente y Oriente; la espada y la cimitarra, Allàh y Dios, Dios Y Allàh. A un lado y a otro, blancas y negras.
La Cristiandad y el Islam se miran retadores. El mundo se la juega.
La partida comienza con un gambito a la espera del enroque rey-torre...
    Por el camino campanas castellanas tañen llamando a Misa y más allá, los muhecines de los villorrios andalusíes llaman a la oración salmodiando que no hay más dios que Allàh y que su profeta es Mahoma.
    El reloj se pone en marcha siendo respectivamente febrero de 1200 año del Señor Jesucristo y Rabbi Al-Awwal año 596 de la Hégira de Mahoma.

31.1.25

Hispania, más imperio que provincia

 HISPANIA, MÁS IMPERIO QUE PROVINCIA

Marco Atilio, el siervo, vertió vino en las copas de su señor. Cuando lo hubo escanciado, se mantuvo tras el triclinium del patricio, cónsul de Roma en la provincia de Hispania. El sol recalentaba los muros de la villa y el buen vino hispano corría con alegría por las gargantas resecas. El cónsul Lucio Cornelio Galba se recostó dejando la copa vacía sobre la mesa aún repleta de viandas, hizo un leve gesto invitando a su invitado para que continuara relatando los planes. El enviado de Roma miraba a uno y otro lado del amplio atrium pero Lucio Cornelio Galba lo tranquilizó; de aquella casa no iba a salir ni una sola palabra de aquella conversación. Todo el servicio de la casa era fiel al cónsul de Roma y el comensal podría estar tranquilo. La conjura iba a ponerse en marcha cuando el consul lo decidiera. Ya habría tiempo de dar la sorpresa al divino Cesar Augusto proclamando la separación de Hispania de la órbita imperial. Los nuevos nombres de la magistratura hispana, la organización del nuevo estado, las fronteras con la Galia y Lusitania, el paso del Estrecho con la provincia Mauritania. Las guarniciones y despliegue de las legiones -sobre todo la IX Hispana y la VII Gemina- hasta su disolución. Y el control de las ciudades y villorrios a lo largo y ancho de la inmensa provincia, joya de la corona imperial, paraiso de los dioses, campos de trigo infinitos, rios caudalosos, abundancia de bosques y toda clase de animales mayores y menores. Mares ahítos de pescado, minas refulgentes de preciosos minerales y de oscuro carbón. Un clima bonancible sin grandes frios ni grandes calores. Y la gente, diversa, dura, tenaz, amante de sus tierras particulares, a quienes había que convencer de que Roma robaba. Que Roma no quería otra cosa que la riqueza de la provincia de Hispania y sus divisiones de Beticae, Tarraconensis y Lusitania.

El comensal hablaba pero sobre todo escuchaba lo que el cónsul pretendía. La conjura se puso en marcha, el legatus partiría en una trirreme desde Tarraco Augusta y advertiría al emperador de las pretensiones hispanas. Regresaría con la respuesta. Pero esta, fuera la que fuese, no sería otra cosa que la consigna del levantamiento hispano. La conjura y la traición, así como las lealtades, el patriotismo y el espíritu de sacrificio harían de la provincia díscola un nuevo territorio que se gobernaría por si sola.
El cónsul de Roma Lucio Cornelio Galba sabía que su papel era comprometido. Entre la espada y la pared. Entre Roma e Hispania. Entre la lealtad y la traición. Entre la gloria y el vilipendio. Entre el triunfo y la muerte. La suerte estaba echada.
Tras el triclinio imperial el esclavo Marco Atilio se dispuso a reponer por enésima vez las copas con el dulce nectar de las viñas hispanas de Tarraco. La bolsita con unos gramos de mandrágora permaneció colgada de su pecho decidiendo que valían más las palabras -que estaban desvelando el destino de una provincia imperial- que una muerte... o dos. No había perdido una sola palabra de la conversación entre su amo el cónsul Galba y el desconocido legado de Roma. Pero las palabras recogidas por sus abiertos oídos ya tenían un destinatario que le había prometido a Marco Atilio la libertad a cambio de información sobre aquél maremagnum de datos y objetivos... La conjura estaba en marcha aunque, pensó mientras se retiraba sumiso tras la mesa, nada es fácil en esta vida ¡por Jupiter!

Tesis (fragmento) Universidad de Michoacan, México: "Hispania, más imperio que provincia."
Teresa de Jesús S. F. sobresaliente Cum Laude
(https://repositorio.unam.mx/)

Los dioses y Dios

Preocupado. Muy preocupado Lucio Casio Tiberio pues un asunto menor en los confines del imperio le estaba fastidiando en extremo. Un banal e...