© El blog con cero lectores, pero aquí estoy en el espacio de mi libertad. No espero a nadie aunque cualquiera es bien recibido. Gracias a mi BLOC ABIERTO DE PAR EN PAR donde encontrarás desde 2009 temas variados.

31.12.25

MITOLOGÍA DEL PUNTO FINAL

 MITOLOGÍA DEL PUNTO FINAL



31 Diciembre 1665 del Señor
El Señor del inframundo se creía invencible. Contaba con toda la corte que él había convertido en cohorte de aduladores, rasteros, correveidiles, sérvulos del tres al cuarto y todo un ejército de pequeños seres emitiendo agudos chillidos y sonidos guturales tal que el Señor de las tinieblas se creía el Ser Superior. Lideraba un ejército de soldados fieles hasta la muerte eterna, todo sea por Belcebú. Contaba con el Gran Edecán, guardián de las puertas del Averno.
Mas hete aquí que el edecán cayó y calló, sí, en desgracia y mudo para toda la Eternidad respectivamente. Las puertas del Infierno quedaban desguarnecidas y el Leviatán supo que su caida al fuego inextinguible era inminente.

Fuente: El Codex das Sombras Infernais.
Lisboa, a las puertas de 1666, Fin de los tiempos

16.12.25

MIEL PARA MOSCAS

Estaba recostado para ser rasurado y depilado todo su cuerpo. Mientras el barbero real cumplía su misión, el dios, con los ojos cerrados elucubraba y hacía planes de futuro. Acababa de llegar al trono de la tierra de Sekmet y consideraba que había al fin llegado su hora. El cuerpo del dios iba poco a poco siendo desprovisto de todo rastro de vello superfluo; primero era la cabeza, las cejas y pestañas, eliminado todo rastro de impureza. El escribano y consejero Ammyt, servidor de Ra, escuchaba, asentía y escribía en un papiro atento a las palabras del dios. En la cámara real se escuchaba el trino de los pájaros en los jardines y el suave raspado de la hoja de afeitar y las cremas exfoliantes. Eran las palabras del Señor de las Dos Tierras para ser transcritas:
—Sean retirados todos los vestigios de la reina. Retírense los bustos de la mujer que ejerció como faraón de la Capilla Roja del Templo de Karnak. Prohibida sea su mención entre uno y otro confín de la tierra negra de Egipto, que desaparezca su recuerdo. Es voluntad de mi divina persona que toda alusión escrita o pintada en la sagradas paredes de cualquier templo o estela, muro o pedestal, sea arrancada la piedra o esmaltes que hasta ahora han representado a la reina usurpadora —levantó su dedo índice— que los dioses la olviden por toda la eternidad y la dejen en la sima del Inframundo. En su lugar se restituyan, es mi voluntad y mi orden a los tallistas y pintores o arquitectos, los nombres de mi real padre y mi real abuelo, los dioses Tutmosis II y I. 
El dios hijo y nieto —Tutmosis III— elevado al trono de las Dos tierras, abrió lo ojos y ordenó detenerse al barbero real con un gesto. Aún le faltaba ser rasurado y afeitado el resto del cuerpo que el faraón mostraba desnudo sobre la camilla. Miró con reprensión al escriba, quien parecía dudar. 
—Mi señor ¿hemos de remover la tumba de la... y arrojar sus restos a las alimañas del desierto? —se atrevió a preguntar dubitativo el fiel Ammyt deteniendo el cálamo sobre el papiro. 
—No —zanjó tajante el dios Tutmosis—. Es mi voluntad seguir las enseñanzas del sagrado Libro de los muertos; el cuerpo está ya en manos de Annubis, su alma ha sido pesada por Osiris y su destino ha de ser el vagar eternamente en el Amenti. Es el destino de la usurpadora. 
—Mi señor y dios de Egipto... —el escriba sentía necesidad de hablar; bajó la mirada y dejando el cálamo, extendió implorando las dos palmas de sus manos hacia el faraón— si me permite mi señor hacer notar a este humilde siervo... 
—Detente, mi buen escriba, tu insolencia me irrita —Tutmosis III hizo un gesto para que el barbero real continuara el proceso de eliminación del vello corporal del faraón. Los pectorales del dios, oscurecidos por una leve pilosidad, se convertía en una suave piel cuando el barbero lo rasuraba y le ungía con suave aceite de coco del desierto líbico.— Sean mis palabras ley que todo mi pueblo ha de cumplir. —Pero mi Señor, dueño y dios del alto y bajo Egipto —el escriba humilló la cabeza temiendo la ira por aquella recalcitrante y osada insistencia—. Ha de saber mi señor que el alma humana es, muchas veces, previsible, que las energías gastadas en eliminar todo vestigio de memoria es muchas otras tantas veces como miel para las moscas y los intentos de obligar al pueblo para olvidarse del enemigo, el pueblo lo considera, por contra, un acicate, y cabe la posibllidad de que el pueblo en lugar de olvidar para siempre, recuerde también para siempre, sin lograr los objetivos previstos. 
Se hizo un silencio aplastante en la cámara real del templo de Tebas. El barbero detuvo la cuchilla a punto de comenzar a rasurar el divino sexo de Tutmosis; el escriba contuvo la respiración. El faraón enarcó el lugar que minutos antes habían ocupado las cejas. Parpadeó sin pestañas. Se incorporó y su cuerpo a medias exento de vello refulgió brillante cuando los rayos solares incidieron en su divino cuerpo. Este levantó las palmas de las manos en actitud de hablar. 
—No me mueve la venganza hacia la usurpadora y maldita Hatshepsut. Nunca ha sido esa mi intención puesto que la venganza es impropia de Nos, los dioses —Tutmosis III, llamado también Menjeperra Dyehuthymose amagó un gesto de condescendencia hacia su ministro escribano para que no tomara sus palabras ni siquiera para recogerlas negro sobre blanco—. Mi divinidad no necesita la venganza... sino el propio aprovechamiento interesado de la Maldición de su Memoria. Necesito que mi pueblo hable, murmure, cabile, rumíe, difame, ajuste sus cuentas personales entre sí o, en la intimidad, adore y añore a mi antecesora, usurpadora y profanadora de la corte divina de Egipto; que la memoria de la reina que ejerció como faraón de forma blasfema sea como tú mismo has dicho: miel para las moscas; es decir, ¡prohibamos para que el pueblo de Egipto ignorante, añore y desee! Que el simple recuerdo de la usurpadora Hatshepsut sea la yesca que proporcione del pedernal la llama del odio entre el pueblo para encender los espíritus a favor y en contra. Necesito ese tiempo estéril de cuitas del pueblo, para hacer a Mi real gusto un pais que extienda los dominios más allá del desierto y de las fuentes del Nilo. 
Hizo un breve gesto Tutmosis III, y el escriba se retiró sin dar la espalda al señor de Egipto desapareciendo tras la puerta de la cámara privada. 
El barbero, sordo y mudo, encargado durante años de rasurar los cuerpos de los dioses y sus esposas reales, así como de los sacerdotes del templo —su lengua había sido cercenada y sus tímpanos taponados con brea hirviente para hacerle testigo fiable— tomó con delicadeza el diminuto y fláccido miembro viril del dios faraón Tutmosis el Conquistador, y comenzó a rasurarlo con especial tiento y mimo.
«Tutmosis III, vida y muerte gloriosa» 
(Meret-Nefer, cronista de la corte de Amenofis II)

4.12.25

Historia de Hispania Citerior

Antonino Pío no lo consultó con nadie, ni siquiera con su augusta esposa Faustina la Mayor. Había recibido noticias de Hispania y era de verdadera urgencia, dado que se había declarado una peste en los cerdos de la Citerior Hispania. Daría órdenes inmediatas de movilizar a las legiones allí acuarteladas para dar caza a la población de jabalíes que son transmisoras de la peste del puerco. En realidad le daba lo mismo a Antonino Pio si las bestias contagiaban a los cerdos ibéricos o no. Allá los hispanos con sus cuitas. A él, emperador de Roma, lo que en realidad le importaba y mucho era que los jabalíes no traspasaran los Pirineos, la Galia y los Alpes. No quería ni pensar en manadas de jabalíes y piaras de cerdos apestados trayendo a las calles de Roma la nefasta epizootia.
«A Quinto Jonio Rustico, en Tarraco Augusta, Cónsul de Hispania Citerior. Órdenes prestas y con urgencia: procede y moviliza a cuantas centurias sean necesarias, así como, lee con atención, haz acudir a la tarraconense a la mismísima Legion VII Gemina si ello fuera preciso, así como reclutar honderos y ballesteros baleáricos con objeto de abatir, aislar, identificar a los líderes de la manada y proceder a sacrificar y exterminar a estos y todos los jabalíes y berracos, así como a alimañas portadoras de la peste. Procede, Cónsul, a su sacrificio para evitar el paso de los confines de la provincia hispana con la Galia. Te lo mando y apelo a la protección de la diosa Diana la Cazadora y de todos los demás dioses que protejen Roma y a sus ciudadanos. Te saludo, te exijo tu sapiencia e imploro tu valentía en resolver esta crisis de Estado. Antonino Pío, Emperador» Antonino Pio envió al mejor jinete, el más incansable, y la mejor montura con salvoconductos que le permitieran atravesar montañas, vadear ríos, cruzar marismas, campos, ciudades, y llegar a Hispania con las órdenes imperiales. Había que aislar el mal...

30.11.25

Amón, Isis y Ptolomeo IV

Ptolomeo IV Filópator fue un mal faraón. Reinó en Egipto 200 años antes del nacimiento de Cristo. No consiguió sofocar la revuelta que dio comienzo en el Alto Egipto y fue depuesto a través de intrigas palaciegas. El templo, levantado en honor a Horus y a Isis, se conviertió en el lugar donde Ptolomeo se haría fuerte. Mas de nada le valió. El descontento del pueblo viendo como los graneros reales eran poco a poco desvalijados e injustamente incautados hicieron que la hambruna, la escasez debido a los bajos niveles del Nilo por la falta de lluvias y la corrupción hicieron que el pueblo se rebelara. Ptolomeo hacía oidos sordos y su única respuesta era el arrojar a las aguas del Gran Río a aquellos que tuvieran la osadía de llevarle malas noticias. Ptolomeo solo gustaba de solazarse en las terrazas entoldadas, sombreadas de palmeras y cañaverales, mecido en sueños y duermevelas entonados en sus oidos por dos efebos nubios, mientras degustaba de enormes bandejas de oro puro repletas de frutos de las riberas del rio: Pan de pita, hummus, dátiles envueltos en delicadas hojas de maiz prensadas; alimentos traidos de más allá de las fronteras; aceite de oliva de Iberia, terneros y corderos de Mauritania; milhojas de ajonjolí del reino alauita; vino fenicio especiado y cerveza de los sacerdotes del templo de Karnak. Del lejano reino del Indo, frutos y especias de todo tipo. No menos le gustaba al dios Ptolomeo. Pero no parecía ser consciente de lo cerca de la gran tragedia que se cernía sobre el reino: los cuervos y arrendajos volaban alto en el cielo augurando y barruntando muerte y destrucción. Mas el dios cavaba su tumba; en el exterior de las puertas del templo se revolvían las masas. Los dos semidioses —reencarnados en Horunnefer y una sacerdotisa erigida como Némesis—, consiguieron alertar, prevenir y disponer para la batalla para arrancar al tirano e iracundo faraón de la silla reservada a los verdaderos dioses. El templo de Amón de Debod era un clamor que no conseguía traspasar y molestar el dulce estar del dios faraón degustando los placeres del cuerpo y de la mente. Los jóvenes nubios dejaron las cantinelas y comenzaron un delicioso masaje. Pero el murmullo se iba conviertiendo en clamor en el exterior del templo de Debod Amón. >

14.10.25

TRATATUS BRINDISIUM PAX

TRATATUS BRINDISIUM PAX (Lucius Marcius Fabius, historiador) Brindisum brillaba a la luz del sol del Mare Nostrum. La ciudad acogía la firma de un gran tratado de paz del triunvirato. En realidad era un armisticio que ponía fin a años de inestabilidad del Imperio. Al fin César Augusto, Marco Antonio y Marco Emilio Lépido habían llegado a un acuerdo que se aprestaban a firmar, aun con los ojos tapados y los puños crispados en sus gladios envainados. Se acomodaron en sus triclinios y se dispusieron a estampar sus sellos en los papiros que se guardarían en el Senatus de Roma decretando la Pax. Habían sido invitados los cónsules, procóncules y gobernadores de todas las provincias, incluso las más lejanas. Entre ellos estaba Antonino, su mujer Fulvia y el hermano Lucio venidos desde la díscola provincia hispana ajena a asuntos del gobierno del imperio. Los miembros del triunvirato los miraron con desdén, aunque las sonrisas forzadas y los parabienes no fueron eludidos sabedores de las ansias del poder del hispano sin méritos suficientes que aportar al Senado, simple invitado perdido entre la baja elite provinciana. Firmaron la paz los miembros del triunvirato -como mandaba la tradición descalzos de sus 'caliguli' o botos en señal de humildad-, se saludaron unos a otros de forma fria sellando un periodo de paz que duró poco. La guerra fue inevitable y el tablero de ajedrez, el puzzle, el inestable equilibrio de la política romana dio como resultado la caida de Antonino, víctima de su ensoberbecida y ebfermiza codicia política y el sorprensivo ascenso de Lucio, su hermano, como nuevo gobernador de una pequeña parte de la provincia Lusitania. Brindisium pasaría a la historia como el pricipio del fin de la República para dar paso al Imperio romano. Brindisium vivió unos dias de gloria, con sacrificios a los dioses, banquetes y vino a raudales, danzas y ritmos de bailarinas de ébano de los confines africanos y sofisticados efebos griegos tan del gusto de los patricios con que satisfacían sus deseos libidinosos. Brindisium fue el escenario donde la muerte y el poder se daban la mano. (Agradezco a la Onorevole Signora Sara Fedelini la facilidad prestada para husmear, en mi lugar, en los archivos del Comune di Latina, Italia. Grazie mille)

15.9.25

El tuercevotos

Un señor me ha llamado "facista" (no lo sabe ni escribir correctamente). Es un antiguo político que ha debido aprender poco respeto en sus numerosos cometidos en sus modus vivendi institucionales. Ahí queda el calificativo que me ha escupido, que no quede que siento temor. No soy fascista, ni progresista, ni me debo como él, a carnets, comités federales o centrales. No recibo consignas, ni las comparto, ni espero nada de nada, ni de secretario general ni de jefe de grupo parlamentario alguno, ni espero la sonrisa o la palmadita en la espalda de compañeros o camaradas (de estos numerosos motivos, tal vez alguno o todos... o que no pienso como él, me haya ganado el calificativo de "facista"). Soy un simple ciudadano con afán de tener criterio propio, muchas veces desorientado, pero con ansias de gustar la libertad de expresión, de acción, de creencias o de gustar las ideologías que me vengan en gana. Yo voté la Constitución de 1978 y ayudé con mis votos a que estos señores llegasen al poder. No debo ni me deben. Pero no estoy acostumbrado ni dispuesto a recibir calificativos gratuitos de sedicentes "demócratas-de-toda-la-vida". Váyase, deje que me exprese como yo desee, y si no está en condiciones o no sabe debatir sin ánimo ofensivo, mejor que siga su camino condiós. Pero antes, le pido que lea, si puede, algo de Historia y se documente sobre el Fascismo y se entere de en cuál partido militó y mamó la leche que luego se gastó. Mire y entérese bien cuál fue el partido de Benito Mussolini; yo se lo digo: dirigente del Partito Socialista Italiano. Item más: el otro baranda de nombre Adolf, ni más ni menos creó el Partido Nacional-Socialista Obrero Alemán, lo de "socialismo" como zanahoria para atraerse a la clase obrera, aunque luego sibilinamente quedó como simplemente Partido Nazi. Así que ahí estamos, los dos fascistas por antonomasia algo tuvieron que ver con el Socialismo, anteayer. Y créalo, existe, sí, el fascismo de izquierda, pongamos por caso al sindicalista que puso encima de la tribuna del Congreso de los Diputados una hermosa pistola. Aunque el más 'guai' fue sin duda el "lenin español", sí ese que quiso llevar a la dictadura del proletariado del socialismo soviético a nuestros padres y los condujo -él y otros-, con enorme irresponsabilidad a la guerra civil. Era cuestión de tiempo.

27.8.25

La pancarta

LA PANCARTA DE DOS CARAS No dejemos que la burda propaganda inunde nuestro entorno. No dejemos que las tremendas imágenes sean la única cara de una moneda mostrada por las potencias del mal de la mano de bienintencionados portavoces. No nos dejemos mediatizar por la prensa y redes sociales que ocultan convenientemente las raíces, el núcleo de un conflicto que se remonta a siete décadas atrás, cuando no a veintisiete siglos atrás. No nos dejemos culpabilizar por la altisonante coreografía de masas enardecidas enarbolando banderas, pancartas y consignas promovidas por naciones enemigas de la civilización occidental y verdugos de los más elementales derechos humanos, entre ellos los de la mujer y los de los homosexuales. Exijamos que esas pancartas lleven sí, la muerte de niños en la parte delantera, y en la otra, detrás, las máscaras siniestras, asesinas y cobardes de quienes se esconden detrás de esos mismos niños, verdaderos culpables y causantes primeros de esta tragedia. Permíteme que yo te lo diga: en la parte delantera de la pancarta, SÍ, los niños palestinos víctimas así como los enterrados en vida israelíes; y detrás, en el reverso escondidos TAMBIÉN Y SOBRE TODO sus asesinos terroristas de HAMÁS. Seamos valientes y digamos las verdades completas para que sean lo más cercano a la Verdad. Que ésta, busquémosla, (n)os haga libres. NOTA: Esa pancarta con las dos partes también podría ser la mía. Así, con una solitaria y medrosa cara, NO.

6.7.25

De oro 1975-2025

 Cincuenta, cuarenta, treinta, veinte, diez. Décadas. Años de camino, de hijos, de nietos, de miradas, de ver la vida pasar. Para qué regalos materiales pudiendo tener este, el mejor y más valioso tesoro, el del recuerdo imperecedero...

Gracias, familia 1000.

21.6.25

Víctor Mártil Neila

Fue el 22 de junio justo en el inicio del verano cuando llegó a este mundo que entonces era -parecía- otro, pero él sigue siendo el mismo.

1922-1929 oía, veía y no entendía cómo los soldados del Rif marchaban y muchas veces no regresaban
1930-1939 República y Guerra
1940-1949 trabajo, casamiento y primeros hijos
1950-1959 maaás hijos, más trabajo
1960-1969 más y mejor trabajo (menos adobe y más cemento)
1970-1979 se queda solo, sin su Alicia. La vida continúa sin andamiaje
1980-1989 nietos, nietos y nietos
1990-1999 Efecto 2000 cruzando fronteras
2000-2009 Se queda como Pater Familiae; disgregada, desperdigada, expandida y extendida.
2010-2019 En su casa, con los cinco sentidos, en plenitud ve pasar la vida...
2020-2025 ¿Covid? ¿quién dijo pandemia? Unos sobrinos/biznietos van a ver a un señor de ¡cien años! Asombrados, fueron a contarlo a sus colegios. Ayer eran disparos de Mauser en los riscos de Annual de lo de África, y hoy son los missiles hipersónicos entre Irán e Israel. El mundo sigue siendo el mismo pero tio Vito es 103 años viejo, sabio y bueno. Felicidades ¡y palante!

18.3.25

Vienen los júngaros

—¡Que vienen los júngaros! ¡Los júngaros! ¡Que vienen!

El Miguel recorría las calles advirtiendo de la noticia que de vez en cuando se extendía por la población infantil de Hervás.
Era la voz de alarma que nos hacía sacudir los aburrimientos y las rutinas.
Ya nos cuidábamos de no frecuentar los descampados que los visitantes elegían para acampar. Prohibido acercarse en doscientos metros a la redonda y procurar hacernos invisibles a aquellos seres misteriosos que se instalaban en los alrededores del pueblo.
Cierta tarde, a la caída del sol, no pude resistir el acercarme a escondidas y observar a aquellos personajes que a su sola mención nos alertaba y ponía en guardia.
Me lo pensé, pero me armé de valor y antes de la noche me acerqué escondiéndome tras los olmos de los cercados de San Romedio Ermitaño. Según iba aproximándome, nervioso y a punto de sucumbir al miedo, logré sobreponerme y esconderme tras una pared desde la que pude observar un minúsculo campamento que consistía en un carromato sin los dos mulos que ramoneaban cerca. Una fogata de alegres llamas proyectaba sombras ganándole en luz a la de la tarde que acababa definitivamente dando paso a una inquietante y hermosa luna en cuarto creciente.
Un olor penetrante a carne y pimentón fluía de un perol al borde del fuego. De pronto saltó del carro un hombre portando un instrumento que yo jamás había visto. De tez morena y facciones fibrosas, lucía un mostacho negro y florido. Se sentó al amor del fuego y sin mirar a la mujer que trasteaba por los alrededores se lo colocó entre la oreja y el cuello, y con una especie de vara con una cuerda finísima, comenzó a rasgar aquel instrumento del que surgían notas muy tristes. La mujer dejó sus tareas e hizo una señal a una muchacha que yo no había visto antes. No tendría más de doce o trece años, pero a pesar de mi bisoñez, de mi inocencia, me di cuenta de la belleza de la chica.
El hombre del instrumento rasgaba las cuerdas de la pequeña guitarra con la madera y la cuerda. Los sones lentos y tristes fueron convirtiéndose en alegres y rápidos, rítmicos sones de una música parecida al órgano del convento trinitario. Yo era un niño de apenas once años y sentí que aquellas notas no pertenecían a la música que hasta entonces yo conociera. La muchacha se descalzó y comenzó a bailar al ritmo de la música. Daba vueltas, alrededor del fuego… y su falda se levantaba mostrando unas bellas piernas al ritmo acelerado de la música; ella iba dando vueltas y vueltas levantando los brazos, el izquierdo señalando al horizonte y el derecho señalando las estrellas nacientes, a la luna de la noche de Hervás… y giraba y giraba y giraba…
Me costó dormir aquella noche con sensación de culpabilidad, por haber roto la promesa de recogerme pronto cuando llegasen los «júngaros», pero al mismo tiempo excitado de haber descubierto un mundo desconocido.
—Abuelo Amadeo, ¿de dónde vienen los “júngaros”? —mi abuelo se volvió a mirarme y por una vez lo noté serio y tenso— di, ¿de dónde vienen?
—Hijo mío, me haces preguntas muy difíciles y yo no sé tanto como tú crees; solo te puedo decir que vienen de muy lejos, de una nación en la que mandan los comunistas —en ese momento bajó la voz— pero que según dice el parte, quisieron echarlos y muchos de ellos han tenido que huir. Esos son los húngaros… Húngaros, Jose. De Hungría, cerca de Rusia. Y ya no te puedo decir más, que me va a oír tu madre y no quiero que crea que te meto historias y chismes en la cabeza.
—Don Matías —el maestro se puso las manos en la espalda, el único de la escuela que no llevaba regla y que por ese importante detalle se había ganado mi confianza. Me miró esperando a ver qué quería—, Don Matías, ¿adónde van los júnga… digo los húngaros?
Don Matías me sonrió, bonachón, y me miró con ojos muy abiertos; siempre que podía nos hablaba de viajes y de historias…
—Ni júngaros, ni húngaros, Jose, son seres humanos que de vez en cuando aparecen por el pueblo, proceden de las entrañas de Europa, y son ¡zíngaros! Lo más pobre y desarraigado de aquellos lejanos países. Pero, no hay que equivocarse, son felices a su manera. Me has preguntado adónde van y eso deberías preguntárselo a ellos —Miraba arrobado a Don Matías que siempre me decía la verdad—. Solo sé que no los detiene ninguna frontera, ni guerras, ni ríos ni montañas, ni fríos ni calores. Es un pueblo que camina con sus propias leyes y sus propias reglas y costumbres. Parece que huyen, pero no quieren refugio. Se conforman con vivir e ir de un lado a otro…
—Gracias, don Matías —salí corriendo del patio de la escuela y me dirigí de nuevo hasta el pequeño campamento. Cuando llegué solo unos rescoldos humeantes quedaba del paso zíngaro. Me sentí decepcionado y triste. Miré hacia la carretera y a lo lejos, iniciando la subida al Alto de Castilla, el viejo carromato levantaba una pequeña nube de polvo de la cuneta. Los mulos tiraban trabajosamente de aquel pequeño universo, de aquella minúscula célula familiar. El padre caminaba con un látigo arreando de las bestias; la mujer, a su lado. Y la muchacha, en la trasera del carro, sentada y balanceando sus piernas. Levanté la mano por si me veía, con ansias desconocidas de cruzar tan solo una palabra con aquella niña, pero creo que no, solo me quedó la imagen de ella girando, girando, girando, danzando y mostrando su bello cuerpo a las estrellas y al creciente de luna que me quitó el sueño durante varios días. Ellos no tenían fronteras, según me contó don Matías, y ya por desgracia habían —había— cruzado la mía para siempre.

1.3.25

La muerte verde

 Los leños crepitaban en la chimenea y poco a poco el fuego iba devorando el tronco hasta dividirse en dos. Esas partes caían sobre el suelo recalentado levantando una miriada de chispas que iluminaban el salón. Yo estaba sentado en una de las tajuelas y con un badil reunía los restos de brasas y las amontonaba en el centro del hogar. Mi tío seguía narrándome la última aventura mientras en mi mente iba anidando todas y cada una de las palabras de aquel viajero que me había invitado a pasar la tarde invernal a su casa de San Ginés, en Madrid.
Me contó cómo había llegado a bordo de un vapor, desembarcando en el puerto de Cádiz. Había sido, me contó, el viaje de su vida. El salto al Océano y ver con sus propios ojos un nuevo y desconocido mundo.
España, Portugal y Francia se le habían quedado pequeñas comparadas con aquel vasto, enorme, infinito continente con los rios más caudalosos, las montañas más altas y los habitantes de todos los colores y culturas habidas y por haber. Yo lo escuchaba mientras enredaba con las brasas y él, mi tio Tomás, hermano de mi madre, me contaba retazos de su última aventura por el equinoccio americano.
—Jose, no te puedes hacer una idea de las aventuras que he vivido —chupaba una extraña cachimba hecha de madera de ébano donde a menudo introducía un montoncito de tabaco antillano, esparciendo un olor que se me quedó en mi interior y que a la larga haría de mi un gran fumador. Mi tío sujetaba la cachimba en su comisura derecha mientras por la izquierda soltaba una nube blanca y espesa de humo que se apoderaba de la habitación.
—Cuéntame lo de los indios otra vez, tío —yo sabía que no necesitaría insistir para hacer que mi tio lo narrara de nuevo.
—Nada que no sepas ya te puedo contar, Jose, a no ser que me repita —mi tio Tomás se dejaba querer y yo sabía que adornaría un poco más las historias que me contaba.— las aventuras que viví las tienes en alguna revista donde las publicaron en 1930 pero bueno, si quieres te lo repito...
—Gracias, tío, otra vez... —yo dejaba el badil a un lado y callaba mientras él sin saberlo, abonaba mi mente inquieta.
—En uno de los recodos del gran Orinoco, en plena selva, donde no llega nada de nuestra civilización, me encontré entre dos tribus, enemigas entre ellas. Yo estaba descansando en un bohío cuando me encontré con unos individuos casi desnudos y algunos armados con arcos y flechas. Todos llevaban cerbatanas con unos dardos untados con curare, un veneno mortal con el que cazaban. Me sanaron los pies que los tenía infectados de niguas, unos insectos que se meten entre la piel de los dedos. La verdad es que se portaron muy bien conmigo. Me invitaron a su aldea donde conviví durante un mes mientras me reponía. Y no podrás creer lo que vi...
—Qué, qué... —interrumpí a mi tio para azuzarle y que contara con pelos y señales
—Pues que aparte de otras costumbres que ya te contaré, tenían otra muy curiosa y consistía en «encatumar» a los viejos, metiéndolos en una red de cáñamo que llevaban a unos remansos del rio, y la colgaban de las ramas de los árboles sobre el agua mientras el pobre viejo hecho un ovillo como un feto, sin poderse mover, miraba abajo comprendiendo lo que él a buen seguro había hecho a sus antecesores. Y allí lo dejaban abandonado durante dos meses. Trascurrido ese tiempo, regresaban...
—¿Y qué encontraban, tío? — era la pregunta que yo, siempre que tenía ocasión hacía, sabiendo que la respuesta era una y otra vez distinta a gusto de la imaginación de mi tio Tomás.
—Imagínalo tú esta vez, Jose —mi tio chupaba la cachimba y miraba como hipnotizado las lenguas de fuego que subían por la chimenea. Yo me quedaba en silencio dejando volar mi mente infantil e imaginando cómo encontrarían a los pobres viejos «encatumarados» en aquella remota tribu de las riberas del Orinoco.
—Pero eso no es nada, mocito —mi tio Tomás se quitaba la cachimba y me miraba— porque, esto que sigue ¡y es la primera vez que te lo cuento! yo no lo vi pero me lo aseguraron los «indios panares» y es que en la tribu de al lado, los «curubayari» simplemente los llevaban a la plaza del poblado y a aquellos ancianos, o simplemente enfermos, lisiados o que ya no servían para trabajar, los molían a palos hasta que morían... —mi tio Tomás, viajero acostumbrado a las más insólitas costumbres, se detenía en la narración no por dramatizar sus relatos que de sobra sabía cómo me gustaban, sino porque la voz le temblaba y buscaba las palabras pausadamente, con sumo cuidado para que en mi mente anidara con exactitud qué me estaba relatando, cómo me lo estaba contando, parecido a confesar un terrible acontecimiento. —sí, Jose, así me lo contaron... los mataban porque ya estorbaban.
Nos quedamos los dos en silencio y en la habitación llena de recuerdos de sus viajes solo se sentía el crepitar del fuego. Aquellos minutos posteriores se echaron pesadamente sobre los dos, a mi aplastándome. En las paredes con múltiples recuerdos de otros paises del mundo se reflejaban las sombras que el fuego dibujaba. Sobre un armario, cerrado con llave, una figura parecía burlarse de mi. Él me había dicho que era un trofeo de guerra de la tribu «shuar» pero nunca supe si aquella cabeza del tamaño de una naranja era una cabeza jibarizada o era una simple imitación.
—Pues ya sabes, sobrino —Mi tio Tomás llenaba su pipa de tabaco y bebía un brebaje que él llamaba mate. —que sepas que el mundo es hermoso, inmenso, dadivoso tanto que da lo que nosotros necesitamos... pero también es cruel al máximo. Esto que te he contado es solo una parte de lo que he vivido. Escucha y aprende, sobrino.
—Gracias, tío, yo también quiero conocer mundo como tú. —once años contaba yo entonces y lo de atizar las brasas me pareció ya una tontería que abandoné. Así que dejé el badil a un lado.
Y mi tio me miraba complacido y señalaba con la cachimba los objetos de adornaban la pared de su estancia llena de recuerdos de su viaje por las cuencas del Amazonas y del Orinoco en América del Sur donde habita la muerte verde.

(Transcripción libre, real, de «La muerte verde,
aventuras del dibujante, cineasta y viajero español
Amós López Bejarano»
Revista Estampa. Madrid 1932

27.2.25

De traiciones

 A LA TRAICIÓN POR LA VENGANZA


(Historia de la Expaña de Julián y su linda flor)
Maltratada, humillada, vejada y violada. Así, sin paliativos. Lloraba de vergüenza, destruida ante su padre que se mesaba los cabellos. Aquello era una afrenta que debía hacer pagar. Le habían arrebatado a su hija lo más preciado de cualquier mujer. Los ayes y lamentos de la hija, entremezclados con los juramentos e insultos del padre hacían un dramático cuadro en el palacio condal. Entre jardines y parterres, con fuentes y lagos dignos de cualquier casa señorial de Córdoba o de Damasco, don Julián juró vengarse de la afrenta a su hija Florinda.
Y no tardó en urdir un plan cuando le informaron sus tiralevitas sobre las intenciones de las tropas bereberes de asaltar los castillos y fortificaciones de la ciudad de Ceuta, hacerse con la ensenada, fletar barcos y atravesar el trozo de mar que separaba el reino de los alauitas, hijos del desierto, adoradores de Allàh... y la abrupta costa que se asomaba entre la bruma de la mañana, al otro lado, y que era el territorio del reino visigodo, una tierra bendecida por los dioses, hogar y morada de antiguos pueblos que habían formado parte del mismísimo imperio romano.
A don Julián se le había nublado la mente y ya su cabeza no era capaz de valorar, juzgar, discernir dónde estaban establecidos los límites entre lo público como comandante de la ciudad en nombre del rey... y como simple padre dolorido.Le dominaba el odio enfermizo. Sabía, o no, que su papel era comprometido pero lo tuvo claro en su cólera. Se vengaría del agresor de su hija Florinda llamada la Caba que no fue otro -no necesitó prueba fehaciente alguna más que el relato de su bella hija- que el rey Witiza. Y lo castigaría, vaya si lo castigaría, con un acto que lavaría su honra mancillada aunque costara el devenir y porvenir de las tierras cristianas.
En vano se le trató de hacerle ver su disparate, que era mejor vengarse del crimen del rey... ajusticiando y apuñalando al rey. Pero no. Su venganza tenía que ser definitiva y general. Dañina. Letal. Su buen nombre quedaría limpio aunque el de su hija en realidad le importaba bien poco.
Entregó las llaves de Ceuta a las mesnadas de Musa Ibn Nusair, le ayudó a atravesar el Estrecho y, enloquecido, proporcionó información primordial a los invasores del solar hispano. Sólo poco después se verían las terribles consecuencias de los actos del conde don Julián, felón, traidor a la patria hispana. Ya ni la historia sería capaz de lavar su nombre sino que pasaría a la leyenda la entrega de Hispania a los hijos del Islam por parte del Felón.
De don Julián el felón, nunca se supo nada más, ni cómo, ni dónde, ni cuándo -el fondo del mar hubiera sido su mejor tumba- desapareció de la faz de la tierra; quedó la ignominia, el rastro hediondo que siempre dejan los traidores, que usan la venganza como traición.

22.2.25

Ajedrez

     Era un tablero de ajedrez, el juego de moda, a punto del cambio de centuria en la tenebrosa frontera entre 1199 y 1200. Sobre el tablero, las piezas colocadas en sus lugares correspondientes: Alfonso IX de León; Alfonso VIII de Castilla; Sancho VII de Navarra, y Pedro II de Aragón. Reyes con sus respectivas damas. Enfrente, el enemigo común aunque todo hay que decirlo, para unos más que para otros: al sur del reino almohade, asentado en la feraz orilla mediterránea liderando la tierra conquistada por sus antepasados, Muhamad an-Nasir, el califa de al-Andalus, de Marruecos y de Orán, Príncipe y Comendador de los Creyentes.


    Alfonso VIII de Castilla quería reanudar la reconquista de la península y arrebatarla a los hijos del Profeta y de la Media Luna. Aun así había reinos que no veían con buenos ojos dicha política y no dudaron en guerrear entre ellos, en el campo de batalla y en el campo del honor familiar. Berenguela fue casada con el rey de León, Alfonso IX. Los señoríos vascones se decantaron por los reyes y reinados convenientes y de interés, pero el rey de Castilla dio un puñetazo sobre la mesa. Necesitaba armas, castillos, avituallamiento y sobre todo hombres con que reiniciar el proceso de expulsar a la morisma de Hispania, la vieja tierra visigoda. Leonor animaba a su real esposo Alfonso a meditar los pasos a seguir en aquella crucial partida de ajedrez donde la astucia, la audacia, la previsión y la provisión, además de la paciencia y la crueldad jugarían un papel crucial.

    En Roma Inocencio III había otorgado el "Hágase en Nombre de la Cristiandad" la conquista de los reinos cristianos usurpados, por tanto Alfonso convocó a los reyes en su castillo toledano de la frontera a fin de recabar el concurso de todos los hijos de Dios. Finalmente, excepto el leonés, se unieron y acordaron reiniciar la campaña contra el invasor.

    En Orán se encontraba Miramamolín -que así era llamado el califa en las tierras cristianas- de barba pelirroja y ojos garzos gustando y solazándose de los placeres del hammam, acicalado por eunucos y efebos reales con aguas frescas de oasis y ungido su cuerpo con aceites de Baena, gimiendo de placer y emitiendo ayes con su media lengua, delicia ésta proporcionada por ellos y ellas, dejó en manos del fiel Al-Mansur los cuidados de las marcas fronterizas del norte en el lejano Aragón. No sabía que cerca del alcázar toledano, ya en manos cristianas, Alfonso disponía sus piezas para avanzar hacia el sur.
La partida de la guerra iba a comenzar, augurando los estrategas reales que sería larga y dolorosa. Unos, comandados por Castilla -Aragón, Navarra, las huestes de Portugal y de otros reinos de más allá de los Pirineos, los señoríos vascos y las Órdenes militares- y enfrente, el enemigo sarraceno.
El tablero estaba dispuesto. Cristo y Mahoma; la Cruz y el Creciente; La Meca y Roma; occidente y Oriente; la espada y la cimitarra, Allàh y Dios, Dios Y Allàh. A un lado y a otro, blancas y negras.
La Cristiandad y el Islam se miran retadores. El mundo se la juega.
La partida comienza con un gambito a la espera del enroque rey-torre...
    Por el camino campanas castellanas tañen llamando a Misa y más allá, los muhecines de los villorrios andalusíes llaman a la oración salmodiando que no hay más dios que Allàh y que su profeta es Mahoma.
    El reloj se pone en marcha siendo respectivamente febrero de 1200 año del Señor Jesucristo y Rabbi Al-Awwal año 596 de la Hégira de Mahoma.

31.1.25

Hispania, más imperio que provincia

 HISPANIA, MÁS IMPERIO QUE PROVINCIA

Marco Atilio, el siervo, vertió vino en las copas de su señor. Cuando lo hubo escanciado, se mantuvo tras el triclinium del patricio, cónsul de Roma en la provincia de Hispania. El sol recalentaba los muros de la villa y el buen vino hispano corría con alegría por las gargantas resecas. El cónsul Lucio Cornelio Galba se recostó dejando la copa vacía sobre la mesa aún repleta de viandas, hizo un leve gesto invitando a su invitado para que continuara relatando los planes. El enviado de Roma miraba a uno y otro lado del amplio atrium pero Lucio Cornelio Galba lo tranquilizó; de aquella casa no iba a salir ni una sola palabra de aquella conversación. Todo el servicio de la casa era fiel al cónsul de Roma y el comensal podría estar tranquilo. La conjura iba a ponerse en marcha cuando el consul lo decidiera. Ya habría tiempo de dar la sorpresa al divino Cesar Augusto proclamando la separación de Hispania de la órbita imperial. Los nuevos nombres de la magistratura hispana, la organización del nuevo estado, las fronteras con la Galia y Lusitania, el paso del Estrecho con la provincia Mauritania. Las guarniciones y despliegue de las legiones -sobre todo la IX Hispana y la VII Gemina- hasta su disolución. Y el control de las ciudades y villorrios a lo largo y ancho de la inmensa provincia, joya de la corona imperial, paraiso de los dioses, campos de trigo infinitos, rios caudalosos, abundancia de bosques y toda clase de animales mayores y menores. Mares ahítos de pescado, minas refulgentes de preciosos minerales y de oscuro carbón. Un clima bonancible sin grandes frios ni grandes calores. Y la gente, diversa, dura, tenaz, amante de sus tierras particulares, a quienes había que convencer de que Roma robaba. Que Roma no quería otra cosa que la riqueza de la provincia de Hispania y sus divisiones de Beticae, Tarraconensis y Lusitania.

El comensal hablaba pero sobre todo escuchaba lo que el cónsul pretendía. La conjura se puso en marcha, el legatus partiría en una trirreme desde Tarraco Augusta y advertiría al emperador de las pretensiones hispanas. Regresaría con la respuesta. Pero esta, fuera la que fuese, no sería otra cosa que la consigna del levantamiento hispano. La conjura y la traición, así como las lealtades, el patriotismo y el espíritu de sacrificio harían de la provincia díscola un nuevo territorio que se gobernaría por si sola.
El cónsul de Roma Lucio Cornelio Galba sabía que su papel era comprometido. Entre la espada y la pared. Entre Roma e Hispania. Entre la lealtad y la traición. Entre la gloria y el vilipendio. Entre el triunfo y la muerte. La suerte estaba echada.
Tras el triclinio imperial el esclavo Marco Atilio se dispuso a reponer por enésima vez las copas con el dulce nectar de las viñas hispanas de Tarraco. La bolsita con unos gramos de mandrágora permaneció colgada de su pecho decidiendo que valían más las palabras -que estaban desvelando el destino de una provincia imperial- que una muerte... o dos. No había perdido una sola palabra de la conversación entre su amo el cónsul Galba y el desconocido legado de Roma. Pero las palabras recogidas por sus abiertos oídos ya tenían un destinatario que le había prometido a Marco Atilio la libertad a cambio de información sobre aquél maremagnum de datos y objetivos... La conjura estaba en marcha aunque, pensó mientras se retiraba sumiso tras la mesa, nada es fácil en esta vida ¡por Jupiter!

Tesis (fragmento) Universidad de Michoacan, México: "Hispania, más imperio que provincia."
Teresa de Jesús S. F. sobresaliente Cum Laude
(https://repositorio.unam.mx/)

27.1.25

Exterminio

 80º Aniversario de la liberación de Auschwitz

© Jose Antonio Bejarano, 26 enero 2025

/.../Cuando salió de aquel infierno, le llegó a la memoria un pasaje del Libro de los Proverbios: “(...) porque hay un mañana, tu esperanza no será aniquilada”.
En el destino de Eliezer Baxano debía estar escrito que habría un mañana, aunque le resultó difícil de creer cuando fue destinado al campo III de Auschwitz, llamado Buna, y en donde vivió los meses más terribles que ningún ser humano pueda imaginar.
Desde el primer día fue destinado a trabajos forzados; al principio en una cantera cercana donde pasaban las horas, desde el alba al ocaso, arrancando piedras a golpe de pico y dinamita. Vio morir al pie del tajo a centenares de hombres desfallecidos por el esfuerzo, el hambre y la disentería.
Eliezer se salvó momentáneamente, pues se encontraba en relativa buena forma física y fue destinado al peor trabajo que hombre alguno se haya visto obligado a realizar jamás desde que el ser humano hoya la faz de la tierra: adscrito en el pabellón donde, en el más abyecto de los “proyectos científicos” jamás imaginado, eran puestos a prueba los más aberrantes ensayos médicos con toda clase de desventurados seres con alguna tara física o mental: lisiados, deformes y oligofrénicos eran sometidos a todo tipo de vejaciones para satisfacer las ansias de notoriedad de los sedicentes médicos en su loca búsqueda de la pureza de la raza aria.
Eliezer Baxano, con ayuda de sus recuerdos de los textos apenas retenidos del Talmud, fue capaz de aislarse mentalmente y salir de aquel infierno de horror. Junto a veinte judíos, estuvo aislado en un terrible pabellón asistiendo a los experimentos del doctor Mengele, aunque procuraban que los judíos no fuesen testigos de las operaciones más terribles: inyecciones de fenol-narcótico en el corazón de las víctimas, extracción de órganos sin anestesia, contagio premeditado de enfermedades, y las aberraciones que mente humana sea capaz de imaginar.
Durante cinco eternos meses tuvo que soportar las depravaciones que los monstruos, "bellamente" uniformados con cruces esvásticas, practicaban sobre aquellos desventurados. Eliezer y sus compañeros tenían como misión desvestir a las víctimas y clasificar las prendas de las que se despojaban por última vez.
Una semana antes de la liberación, aquellos hijos del Averno aplicaron a Eliezer y a otros de los prisioneros un infame tratamiento esterilizador.
El 26 de enero de 1945, cuando las fuerzas estaban a punto de desfallecer, los hornos crematorios al cien por cien, el olor de los cadáveres a medio carbonizar y el olor amargo a alumbres prúsicos del gas Cyclón B cianhídrico cubría el campo, las tropas del Ejercito Rojo entraron en el complejo de exterminio de Auschwitz, en su camino inexorable hacia Berlín, unos cientos de prisioneros exhaustos, recibieron sin ninguna emoción a aquellos que los habían liberado de la muerte, al menos de la física, porque prácticamente todos estaban muertos sicológicamente hacía mucho, mucho tiempo. /.../

13.1.25

La justicia divina


«Amenhotep I, el dios, había encontrado la forma idonea de impartir justicia en el pais de los dos rios, el Alto y el bajo Nilo.
Había consultado al visir y escribanos de la corte y se dispuso a llevar a cabo el sistema que le garantizaría la paz, la concordia y la justicia en su pueblo, con ello se aseguraba larga vida en el trono de las dos tierras de Egipto y vida eterna en el Más Allá.
A la puerta del templo ordenó construir lo que en adelante sería el oráculo en forma de estatua de dios, con todos sus atributos que le conferirian, a simple vista de los mortales, la capacidad de emitir leyes, perseguir determinados delitos, juzgar y sentenciar. Era una gran estatua esculpida en piedra extraida de la Gran Catarata; el rostro era a semejanza del Dios Amenofis; vestía y lucía todos y cada uno de los símbolos que encarnaban el anhelo divino de justicia, a saber:
La corona con la cobra; el cetro y el cayado; la barba postiza; y los demás atributos que encarnaban en la persona real, el orden, el poder y la justicia: la llave de la vida, un escarabajo, el ojo de Ra, y la pluma de Maat.
Así pues el pueblo, cuando necesitaba escuchar la Palabra Justa, acudía al Oráculo y le mostraba sus cuitas. En pocos días, el Oráculo hacía oir su voz que salía de la boca. De su interior salían las sentencias —por voz de los funcionarios de medio nivel, o por voz del mismísimo faraón cuando los presuntos delitos, delincuentes o víctimas así lo requerían— que el pueblo asentía y acogía con absoluto respeto. Era la voz de la justicia que emanaba del mismisimo dueño, señor y administrador del Reino de las Dos Tierras.
Así, estuvo el dios Amenhotep —por boca del oráculo hueco, conectado a través de un pasillo secreto con el templo del faraón— impartiendo justicia hasta que la ponzoña destilada de aquella administración parcial, injusta comenzó a corroer la capa de credulidad del adormecido pueblo de Egipto.
Amenhotep murió y ni la momificación como preludio del viaje al Más Allá impidió que su tumba fuera saqueada en una noche de noviluno sobre el Valle de los Reyes e incluso los ladrones que saquearon la tumba no dejaron nada por hurtar a la momia que recordara la voz falsa, impostada, adulterada, portadora de sentencias impropias e inapropiadas. El pueblo supo que había sido engañado cuando el rio comenzó a bajar turbio de sucio fango enlodado, estéril»
«Esplendor y ocaso de la Dinastía XVIII» (Eleanor Ashford, Royal Academy of Egipt. London)

5.1.25

CINCO DE ENERO 55 Y 25

ENERO, CINCO DE 55 Y DE 25

Todo el día anduvo nervioso como rabo de jagartija. No corrían las horas y este que os escribe entraba y salía, corría hasta el Risco de los Aparecidos en las afueras del pueblo donde creía atisbar, al otro lado del río, entre huertas y veredas de blanco, alguna cabalgadura que le hiciera renacer la esperanza de tener por fin una bicicleta conque saciar sus ansias de libertad. Las horas, ya digo, no corrían y el dia se le hacía eterno a pesar de la escasa duración entre picos y montes. Desde el fondo del valle corría un ligero viento que barría la superficie de la tierra adormecida y por el rio bajaba un rumor de agua heladora. A media tarde el viento encalmó y el valle se cubrió de nubes de extrañas formas aborregadas, panzudas, plomizas tras la que apareció en un agujero la estrella del ocaso, que luego supo Venus. El sol se ocultó ya tras el manto y la noche cayó, pero no calló. La temperatura templó. Las calles y plazas de Tracastilla se fueron inundando de gente saliendo de sus casas. Todo estaba aún con la nieve caida los días anteriores. La plaza se fue llenando de familias, pero sobre todo de niños, de la chiquillería haciendo fila ordenada, alineada según Josué el viejo policía con la vara arreando con suavidad en las desnudas piernas para que guardaran la compostura. Josué ese día siempre sonreía, los padres sonreían y los niños se carcajeaban sabiendo que ese día el buen municipal lo hacía todo más humano.
La temperatura era suave pero los copos, grandes, blancos y leves como bolas de algodón caían con más y más intensidad. Ya la temperatura descendió de forma vertiginosa pero allí estaba la chiquillería; los ricos y los pobres, los altos y los bajos. Todos, el listo, el torpe, el hijo del albañil o del agricultor, o los hijos del funcionario, los del médico y los del practicante, los hijos del maestro, de los vendedores, de los agricultores. Los hijos de la derecha y los de la izquierda. Todos, esperando, abrigados —un servidor con una bisera de hule con orejeras de borreguito que me había traido mi tío Amós ¡de Madrid! comprada en Sederías Carretas—. Cada cuál iba pertrechado lo suficiente para combatir el frío que se abatía en forma de «nevazo», cubriendo inclusive el espumillón y las bombillas del pino erigido en medio de la Plaza de los Soportales, árbol de moda en Madrid.
De pronto se desató la pequeña histeria infantil, al fondo, por la calle Presente Jose Antonio Primo de Rivera, un resplandor y una gran humareda nos indicó que el día —¡qué digo el día!; la única, la genuina y verdadera, la reina de todas las del año: el Noche de los Reyes Magos del Día Cinco de Enero— había llegado y que todas las inclemencias meteorológicas en la memoria de un servidor habían hecho aparición sin faltar una sola vez en sus siete años; lluvia, aire de ventarrón, tormenta abatida sobre el gran circo de montañas, nieve, nieve, pero sobre todo frío para dar y tomar que ni unos guantes podían paliar los sabañones en los nudillos de las manos.
Pasaron los tres, a lomos de caballos, sonriendo y saludando con las manos a los niños de Tracastilla sin distinción alguna, aunque yo intuía que a unos los echaban mejores cosas que a otros...
Pasaron con rapidez bajando hasta el viejo Gueto Judío y yo corrí, de la mano de mis padres, a casa. Ni cené, me acosté y con cinco mantas en lo alto logré a duras penas conciliar el sueño. La nieve seguía y seguía cayendo, dejando casi medio metro de nieve aquella exclusiva Madrugada de reyes a pelo.
El cinco de enero había pasado, por fortuna. Ningún día como ese, de espera, de nervios, de saber que eran puntuales —ni antes ni después— y que el Seis, el 6, era otra historia.
Bienvenido, rey negro Baltasar, el del hablar del desierto, el negro negro de verdad; el que entre sueños, sueño o duermevela qué más da, me decía al oido, muy quedo, siempre en la madrugada del seis de enero, mediada la década cincuentera: —«Al-ḥamdu lillāh, habibi» —palabras sagradas que siempre guardo en mi memoria y que me recuerdan a mi padre, al negro rey Baltasar, a ilusión, a esperanza que nunca se va, a peticiones.
La febrícula no me deja y ya siento tras la ventana entreabierta el clarear del dia.
Unos, otra vez, zapatos Gorila con una pel

ota verde y unos odiosos Juegos Reunidos. Otro año más a suplicarle al Talo que me deje dar la vuelta a la plaza en su bici.
Hace un frio que pela y la sierra nevada se delimita con el azul del cielo. Tracastilla —entre Castillas— se despereza y no hay ya rastro de cabalgata. El viejo muncipal Josué recorre las calles y en la plaza el Coche-correo sale como siempre...
(Dedicado a Maria Luisa que me abraza amistosamente cuando me enfado)

MITOLOGÍA DEL PUNTO FINAL

  MITOLOGÍA DEL PUNTO FINAL 31 Diciembre 1665 del Señor ...