He aquí, postrado, contrito, dándoos cuenta, poniendo a los dioses como testigos interlocutores, de mis graves reflexiones.
Me pregunto, oh dioses, si he sido un buen gobernante, si he sabido tomar determinaciones con la cabeza más que con mi corazón. Me pregunto si no habré pecado de soberbia, pretendiendo erigirme en líder del imperio cuando en realidad no somos más que una minúscula parte.
Oh, dioses, iluminadme en esta hora terrible de la más miserable ironía del Destino. Por qué, dioses, habéis de aplicarme el suplicio de dar un paso atrás. Maldigo a quienes, a mi lado, me sugierieron actuaciones sin valorar con suficiente ponderación aquellas causas con que sepan sopesar todas y cada una de las determinaciones del gobierno de la provincia.
Aún resuena en mis imperiales oidos el clamor proveniente desde un confín al otro del imperio, ovacionando unos mi posición de héroe, y maldiciéndome otros tachando mi fama con el vil calificativo de cobarde.
Es ahora, por Júpiter, cuando recapacito y caigo en la más honda desesperanza al recibir los parabienes, futiles y breves como plumas de aves, mas también, y sobre todo, las amenazas que se ciernen sobre el común de los ciudadanos de la provincia. Y es que nada tan mezquino como el paso hacia adelante bravo, decidido, pisando con fuerza la tierra y levantando su polvo, para al cabo de unas breves horas, dar un acobardado, silencioso para no caer en el ridículo, paso atrás.
¿Nunca habré, oh Júpiter y tu hijo dios de la guerra Marte, de aprender de los gobernadores de las otras provincias que hacen de la política y de la guerra todo un arte del disimulo? ¿Por qué razón habría de conducirme como un amante de la paz cuando nunca, nunca en realidad lo he sido? ¿Por qué mis tribunos no me han hecho recordar, echando la vista a viejas Actas senatoriales, mis interesados silencios cuando otras guerras herían de igual o de peor manera, desangando otras regiones? ¿Cómo evitar ahora el repudio de la plebe, segura víctima de mi osada medida al abandonar de forma miserable a las legiones, con la ruina y el corte de suministros y mercadeo de nuestros buenos aceites, embriagadores vinos y nutritivos cereales condenando al hambre y a la miseria? ¿Creta ha de ser la víctima de los agresores por negarme a guerrear, y al mismo tiempo enviar una trirreme legionaria simulando y disimulando nuestro afán pacificador... armado?
Líbrame, oh Júpiter Óptimo Máximo, de caer en manos de agresivos e insoportables ciudadanos dedicados estos al arte de ridiculizar a los mandatarios. Antes arrojarme por la Roca Tarpeia que verme rodeado de letal e insoportable mofa de los cómicos que pululan por esta nuestra provincia hispana.
Acabo ¡dioses, padres de la patria, ciudadanos y hermanos míos! implorando vuestra benevolencia, sirvan estas palabras para acallar de una vez por todas el baldón de ignominia que puede, de hecho es ya así, caer sobre mi.
"Discurso de Cayo Aurelio Valerianus, tribuno, prefecto y legatus de Hispania dirigiéndose al Senado de Roma."
(Lucio Marcio Fadiano, historiador y cronista de los últimos años del Imperio)






