Satisfecho, con un rictus parecido a una media sonrisa, obnubilado ante aquella magnífica vista, interrumpió sus versos ripiados, levantando la lira con ira y se volvió a sus esclavos:
—¡Esta lira desentona! traed a mi presencia al "lirense" —Nerón Claudio César Augusto Germánico se levantó de la silla curul en la terraza de su Casa del Palatino. Arrojó el instrumento lejos de sí mientras el pobre esclavo encargado de las aficiones musicoimperiales se postraba contrito con nuevas cuerdas a la espera del castigo—. Fuera de mi vista, ahora no quiero música. ¡Que traigan a mi presencia al causante y culpable de este incendio pavoroso!
Nerón no podía apartar la vista del voraz y extenso incendio mientras a su alrededor todos asentían, mirándose unos a otros sabiendo la fijación y enfermiza obsesión de Nerón de mirar y admirar Roma consumiéndose en brasas.
Tenía ante sí a un anciano maltrecho, lleno de heridas, sucio y humillado aunque su mirada era serena, leal, imposible de ocultar lo que su corazón parecía transmitir. Lo pusieron a dos pasos del emperador y se miraron. Una escena terrible. Dos hombres, y de fondo Roma ardiendo por los cuatro costados.
Nerón no pudo sostener la mirada de Simón. No necesitaba el reo hablar aunque no se lo hubiera permitido aquel ser enfermo de ira y de soberbia. En el suelo, la lira despedazada y los ripios interrumpidos.
—¡Apartad de mi vista a este judío y crucificadlo en el circo que lleva mi nombre, en la colina vaticana! a él y a su impía secta que odian a nuestros dioses y son los culpables de Roma convertida en una tea. —Nerón estaba fuera de sí, no apartaba la vista de Roma que ardía, y sólo de soslayo miraba a aquel bonachón viajero procedente de la provincia de Judea que venía adoctrinando un "Mensaje" a gran número de adeptos—. ¡Que muera este cabecilla y con él, los traidores a mi persona y a los dioses de Roma!
Simón pidió ser crucificado boca abajo, detalle que no le contaron a Nerón para no provocarle ataques iracundos.
El emperador despedía puro miedo porque su sonrisa era helada, destilando un hilillo de babas típico de los idiotas, enfermo de ira y poder, incapaz de ser curado porque él no era sabedor de su mal o era un cínico.
Nunca pudo imaginar que el circo escenario de ejecuciones y otros divertimentos populares iba a ser en el futuro un templo presidido por la Cruz donde fue ejecutado Pedro, el antiguo Simón, aunque ya era imposible enterrar las enseñanzas del Maestro como el tirano deseaba.
Nerón dejó la lira, acarició los voluptuosos pechos de Popea Sabina a la que requirió para el lecho conyugal, pero el mismo ser que destruía la Ciudad resultaba sufrir impotencia viril, incapaz de dar placer a su bellísima y sumisa esposa. Se conformaba Nerón, sentado en una desvencijada silla aunque él no lo quería reconocer, con ver la luz del fuego que le robaba claridad al cercano nuevo día.
Nuevo día para seguir regalando sus conciertos mientras unos lacayos serviles aplaudían y otros disimuladamente se introducían tapones de lino egipcio en los oídos para no torturar sus gustos musicales, aunque tuvieran que seguir lamiendo aquellas manos criminales que les arrojaba algunas dádivas de consuelo y sus ripios malditos.
Amanecía, el sol reflejaba una siniestra y tenue nebulosa de humo y pavesas. Roma crepitaba, herida de muerte...

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