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23.5.26

"Nubium Numerator", Contador de nubes

 MARCUS RODICUS CALIGAERUS

AD. SENATVM. ADESSE. IVBETVR

IN. CVRIA. KAL. IVN. HORA. TERTIA

(SE LLAMA A COMPARECER
ANTE EL SENADO DE ROMA A
MARCUS RODICUS CALIGAERUS)

El cartel había sido colgado en la entrada de la taberna. No era una requisitoria de tantas que se ponían en las calles y establecimientos públicos de Roma. Todo eran rumores, codazos y miradas incrédulas ante aquel terremoto político que sacudía la ciudad capital y el imperio.
Marco Rodico Caligaero era considerado "Padre de la Patria; Sumo Sacerdote del Templo Supremo de los Dioses; Faro, Luz y Guía del pueblo; Orador y Difundidor Infalible de la Moral; Padre de los Parias; Senador y Dictador Vitalicio de la República; Consejero Áulico; Jefe de la facción Optimates del Senado; y como colofón, Padre Divino y Sempiterno". Nada más y nada menos.
—¿Quieres decir ¡por todos los dioses! que Rodicus es un corrupto?
Titio Secundo y Cornelio Apolonio eran amigos que de vez en cuando compartían vino y mujeres en algún tugurio de la Subura; pero también departían sobre asuntos de las cosas del Estado a pesar de ser unos simples plebeyos, Titio, un pequeño mercader y Cornelio un liberto, antiguo manumitido.
—Créeme, Titio, si te digo que conozco muy bien de tiempo atrás las andanzas del viejo Rodicus, desde que abandonó la carrera política y se dedicó a los negocios.
—Te creo, Cornelio, pero me resulta escandaloso la podredumbre que los magistrados han puesto al descubierto en el viejo senador.
Cornelio, como antiguo esclavo conocía de sobras los entresijos de la vida pública y política de una de las más afamadas familias romanas. Había sido mudo, ciego y sordo testigo de numerosos avatares desde todos los puestos de la Domus Rodica, desde 'cubicularius' durmiendo a los pies de la cama del amo


hasta 'atriensis' y nada menos que 'dispensator', es decir contable y administrador de la domus de Rodicus. Actos sociales, matrimonios, bodas, nacimientos, reuniones conspirativas, infidelidades amistosas y amatorias, sexo, poder y dinero; todo era advertido por el liberto Cornelio. Así pues, todo, todo lo guardaba el liberto en su memoria pues un esclavo no era sinónimo de torpeza como en el pasado se creía. Había asistido a la caída de Rodico como padre de la patria y de cómo se retiró a meditar desde una de las colinas de Roma viendo como pasaban las nubes de infinitos tamaños y aspectos arrastradas por el viento de los dioses, únicos amos. Pero no se le escapa al liberto Cornelio Apolonio cómo inopinadamente su amo comenzó a realizar viajes y a recibir mensajes y mensajeros. Cómo su augusta esposa Rodicia y sus hijas —Nausica Maioris y Nausicaa Minoris—, formaban un extraño vínculo con personajes que innumerables veces visitaban la casa procedentes de los más remotos lugares del mundo conocido. Propiedades de yacimientos de oro, de plata, de cobre de Onuba, provincia de Hispania citerior, y de las Médulas en la Hispania ulterior, cargamentos de trigo de Tracia con destino a las provincias más pobres retenidos para encarecer en diez lo que el imperio había comprado por uno, embolsándose la trama corrupta y corruptora nueve, de propietarios de postas de viajeros atravesando el imperio, ayudados ilegítimamente a cambio de sobornos. Había sido testigo de conversaciones donde se hablaba de negocios turbios, de obras públicas a realizar en las provincias del imperio hinchándose los costos de forma fraudulenta, de viajes entre Roma y Lusitania, Hispania, Panonia, Tracia o Britania. Y hablaba el encausado y encartelado mezclando intereses ajenos y propios, o de su esposa y de sus hijas, con un punto de desvergüenza mezclando conceptos, nombres, cantidades, sobornos, regalos, 'prevaricatio', amigos y enemigos, amenazas y advertencias, sacos repletos de denarios y millones de sestercios sin el menor pudor, sin contenerse ante la presencia de extraños sabiendo que aquellas ingentes fortunas pertenecían al emperador y por ende al pueblo. Aquel senador, viejo zorro en lides parlamentarias no se paraba en barras a la hora de proponer arteras maniobras conque recaudar para su pecunio caudales pertenecientes al Imperio. Pero había traspasado una línea terrible: la traición al imperio que era lo que resumía aquel tropel de indicios que el Derecho y las Leyes de Roma consideraban una prueba.
Cornelio Apolonio sabía muy bien que era un liberto, que se había ganado la libertad. Pero también sabía que la libertad de la que gozaba tenía un precio: el silencio. Debía agradecer a su antiguo señor, el mismo que era requerido en el ignominioso cartel, que le debía el seguir viviendo. Pero era el silencio lo que determinaría si merecía vivir o morir. El silencio de los graves delitos de su antigua familia a la que sirvió.
Titio Secundo escuchaba atónito a su amigo. El vino hispano se agotaba jarra tras jarra. La lengua se había desatado y el Senado a buen seguro sabría valorar el testimonio de un liberto. Acababa de romper el silencio que le servía como seguro de vida.
El cartel lo cambiaba todo. Ahora era dueño de su testimonio aunque sabía que su palabra valía nada, si es que el Senado estaba dispuesto a escuchar un testimonio de primera mano, algo que dudaba. Pero en caso de ser requerido para testificar hablaría lo que sus oídos y sus ojos habían percibido, sin olvidar su nariz y el olor a podredumbre.
Por si acaso su cuerpo aparecía algún dia en las turbias aguas del Tiber, se lo había contado a su amigo Titio, con ayuda del vino hispano.
Al salir achispados de la taberna, pudieron releer el cartel ignominioso para el "Nubium Numerator", Contador de nubes pero digno para el Estado Romano, para sus leyes y para sus honestos ciudadanos.

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