Bloc abierto de par en par

© El blog con cero lectores, pero aquí estoy en el espacio de mi libertad. No espero a nadie aunque cualquiera es bien recibido. Gracias a mi BLOC ABIERTO DE PAR EN PAR donde encontrarás desde 2009 temas variados.

28.2.26

ME OPONGO


Jesusa Mopongo perora un 'idioma' chabacano, cheli, chicharrero, chorra y chus-co. Enseña muchas veces la lengua formando muecas y gestos un tanto corraleros . Ríese de cualquiera, de cualquier cosa y por cualquier motivo, sobre todo se mofa de sus adversarios. Se sienta en poltronas exclusivas en el pasado de la Meritocracia y hoy devaluadas, asaltadas y ocupadas por los mediocres (2ª de a bordo) de la Partitocracia.

Pretende la ignara ¡recaudadora, tenedora y administradora de nuestro Erario además! ser aclamada y elegida en una tierra que no la quiso en el pasado, donde implantaría su forma de hablar, su dicción, su léxico, su prosodia y su sintaxis en la mismísima sabia y docta tierra de Juan Ramón, de Federico, de don Antonio, de Antonio, de Gustavo Adolfo, de Rafael, de María, santones y dioses de la más rica en acentos y más hermosa y musical lengua castellana escrita y hablada en España y ultramar.
En el cúlmen del papelón [de Jesusa], va y de 350 padres de la Patria y madres de la "Matria", una, ella —precisamente ella, ella sola— va y, apretando a tontas y a locas ¡¡¡un botón de tres!!!, decide que no quiere dar ayuda a los necesitados víctimas de su más que probable, por probar, incompetencia así como la de su corrobla ministerial. ¿Se puede ser más 'inútila'?
Andalucía —por sí, por España y la Humanidad de 28 a 28 febrero — no necesita según qué gobernantas. Tomemos pronto la palabra y decidamos...
¡"Mohoponemos"!

26.2.26

SE SIENTEN, COÑO


El emperador había ordenado vaciar y sacar a la luz los anaqueles del archivo imperial. Con ello sabía que la fama del viejo Sumo Sacerdote Imperial Lucius Aurelius Emeritus se deterioraría de forma definitiva y el pueblo se enteraría del papel traidor del anciano que se apagaba lleno de ignominia en castigo por su vida privada disoluta y el papel jugado en la abortada asonada de la guardia pretoriana para hacerse con el trono imperial por la fuerza de las armas. El emperador que odiaba al anciano Emeritus quería que el pueblo viera leyera con sus propios ojos la traición de este. Pero, por todos los dioses, los papiros decían otra cosa y constataban la voluntad del anciano en detener la mano que empuñaba la daga, trastabillar el pie que calzaba las caligae militares, paralizar el corazón con que la razón de la fuerza deseaba aprisionar la voluntad del pueblo de vivir en libertad. Pero el anciano —mujeriego, juerguista, gustoso de atesorar denarios sin declarar al Fisco romano— había hecho valer todo su poder para abortar el golpe al estado de Roma.

"Considete et vocem virium audite!" había sido la orden del tribuno secundón armado, entrando en el antiguo Senado "¡Quietos todo el mundo y atiendan la orden de la fuerza!". El sacerdote Emeritus estaba en guardia...
El emperador no pudo por menos que apretar sus mandíbulas al saber que su voluntad de esparcir basura en forma de difamaciones sobre el Sacerdote Emeritus había sido en vano. Ya se le acababan las razones para mantenerlo en el exilio y no podía soportar imaginar que la plebe exigiera su vuelta, pasearlo victorioso por el Foro para reparar el daño causado injustamente.
Con indisimulada frustración por lo baldío de mostrar al pueblo los viejos papiros del golpe de Estado —que él creía fomentado por el sacerdote Emeritus cuando en realidad había sido el desmontador—, sabiendo que las dagas se habían vuelto apuntando a su cuerpo de gobernante despótico, mucho se temía que el pueblo lo aclamara, no a él, sino al viejo servidor del reino que en el Imperio de Oriente languidecía sabiendo de la flaca memoria del pueblo romano.
Porque él, el divino Sumo Sacerdote Lucius Aurelius Emeritus fue el encargado de envainar las dagas de sus generales, de retormar a sus questuras a las tropas imperiales, a la legiones y a los carros a retornar al orden legal de Roma. Él, solo, habíase enfrentado a los generales y tribunos levantiscos, peligrosos a poner sus armas al servicio del Imperio, no a acabar con él. Emeritus se vistió la toga imperial, se sentó en el trono. Y habló.
El emperador, un bisoño con ínfulas, chirriaba sus dientes sabiendo que la corrupción le desbordaba y que los papiros desempolvados, hechos públicos eran punto de atención parecido al fuego de una antorcha momentáneo, brillante. Y fugaz.
En el exterior el pueblo se deshacía en elogios para con el anciano maltratado, vilipendiado hasta el presente que esperaba ser reclamado por el pueblo. Pero no lo iba a tener fácil porque el pueblo olvida con facilidad y el tiempo es implacable.

24.2.26

ESCENAS CORDOBESAS


Imposible ocultarlo por más tiempo. Los muros del Alcazar no eran lo sufientemente altos como para seguir acotando o limitando. Abderramán IV estaba empeñado, obcecado en mantener el secreto y dispuesto a llevar al quemadero de la torre de la Calahorra a cualquier sirviente, cortesano, funcionario o militar al servicio del califa, que osase trasmitir noticias de la salud del soberano.


Lo cierto es que Abd al-Rahman ben Muhammad se iba deteriorando por dias y la Corte no era ajena a la desmejoría del califa. Abderraman IV tenía grandes quebrantos de cabeza para poder gobernar el califato. Las luchas internas dentro de la corte cordobesa se habían convertido en habituales desde el reinado de su bisabuelo el gran Abderramán III. El listón había quedado muy alto y el califa enfermaba y decaía al ritmo de la otrora brillantez de Córdoba. Reclamaron al hakim que poco podía hacer más allá de poner en el torso real una cuantas sanguijuelas para . Acudió por fin el gran médico judío Isaac ibn Shaprut quien le recetó una serie de tisanas de hierbas de las almunias cordobesas, pero sobre todo que pasara grandes periodos en Medina Zahara, lejos del bullicio cordobés.

La preocupación era máxima. Pero él estaba dispuesto a pober su mejor cara y guardar las apariencias. Era el mes de Ramadan y quería ser visto por el pueblo. Acudiría a la oración de la tarde en la gran Mezquita y luego cenaría la sabrosa Harira de hummus a base de pollo, tomate, garbanzos y cilantro de las almunias de Medina Zahara. Y de postre, beghrir a base de sémola y levadura.

Lo que fuere menester, determinó el califa, en este sagrado mes para tapar la dolencia del príncipe y mensajero del Misericordioso Profeta. Quien osare filtrar el mínimo rumor se enfrentaría al quemadero del otro lado de rio.

Sea en Córdoba 23 dia de Ramadan, año 409 de la Hégira del Profeta

Imposible ocultarlo por más tiempo. Los muros del Alcazar no eran lo sufientemente altos como para seguir acotando o limitando. Abderramán IV estaba empeñado, obcecado en mantener el secreto y dispuesto a llevar al quemadero de la torre de la Calahorra a cualquier sirviente, cortesano, funcionario o militar al servicio del califa, que osase trasmitir noticias de la salud del califa.

Lo cierto es que Abd al-Rahman ben Muhammad se iba deteriorando por dias y la Corte no era ajena a la desmejoría del califa. Abderraman IV tenía grandes quebrantos de cabeza para poder gobernar el califato. Las luchas internas dentro de la corte cordobesa se habían convertido en habituales desde el reinado de su bisabuelo el gran Abderramán III. El listón había quedado muy alto y el califa enfermaba y decaía al ritmo de la otrora brillantez de Córdoba. Reclamaron al hakim que poco podía hacer más allá de poner en el torso real una cuantas sanguijuelas para . Acudió por fin el gran médico judío Isaac ibn Shaprut quien le recetó una serie de tisanas de hierbas de las almunias cordobesas, pero sobre todo que pasara grandes periodos en Medina Zahara, lejos del bullicio cordobés.

La preocupación era máxima. Pero él estaba dispuesto a pober su mejor cara y guardar las apariencias. Era el mes de Ramadan y quería ser visto por el pueblo. Acudiría a la oración de la tarde en la gran Mezquita y luego cenaría la sabrosa Harira de hummus a base de pollo, tomate, garbanzos y cilantro de las almunias de Medina Zahara. Y de postre, beghrir a base de sémola y levadura.

Lo que fuere menester, determinó el califa, en este sagrado mes para tapar la dolencia del príncipe y mensajero del Misericordioso Profeta. Quien osare filtrar el mínimo rumor se enfrentaría al quemadero del otro lado de rio.

Sea en Córdoba 23 dia de Ramadan, año 409 de la Hégira del Profeta

22.2.26

BOSTEZO ¿DISTÓPICO?

Removió con lentitud el café. Bostezó. Encendió la tele con un parpadeo. Era domingo, cuarto y último día de descanso semanal. En las noticias, lo de siempre, manifestaciones a lo largo y ancho del menguado territorio nacional. Que si manifa de currantes exigiendo el quinto día de descanso con la ministra al frente; que si nueva remesa numerada y debidamente etiquetada con sus códigos IQ de recién nacidos puesta en circulación por el Ministerio de Movilidad Ciudadana; que si oootra exhibición de los consabidos y ya cansinos therian pasados de moda (se estaba preparando la siguiente trans-ición de elephantherians); y, en fin el anodino y repetitivo boletín de la locuaz locutora local emitiendo el decreto del quinto —¡5º ya!— aplazamiento sin fecha de Elecciones Generales, que nadie parecía echar en falta, por la consabida, efectiva por falaz Alarma General Antifascista de la Derecha Extrema, la Extrema Derecha, la Derecha Derecha y la Extrema Extrema.

—El líder Supremo velará, como siempre ha hecho, por el pueblo. Oh, amado lider —meditó el funcionario en descanso sorbiendo el café—, vivo feliz bajo tu protección con todo resuelto, sin nada a faltar —¿liber... qué?— y nada haré por alterar el Orden y la Paz de este Regalado Recinto Rehabilitado, y Republicano.
Apagó la tele con otro parpadeo, el siguiente programa era la emisión con caracter diario de 'Pedro, Ese nuestro Hombre' y se lo sabía de memoria. Daría un paseo matutino respirando la paz de Tanatocity. La semana laboral de tres días comenzaba en pocas horas.
Domingo, 24 febrero 2047

20.2.26

SUSPIROS DE BRITANIA

Con un leve gesto indicó a la doncella que le sirviera el té. No pudo aguantar un rictus —que esperaba hubiera pasado desapercibido a su sirvienta personal— pues las noticias no podían ser peores. Por el gran ventanal llegaba el sutil tintineo de la lluvia de la campiña inglesa sobre los cristales y la consabida tenue neblina de finales de febrero se extendía sobre el cuidado césped. La docena de cavaliers y cookers correteaban por el jardín al cuidado del Perrero Real.
Ordenó que le pasaran un resumen de prensa —The Daily Telegraph y The Times, entre los 350 periódicos ingleses— mientras sorbía el té fresco de Ceilán en su justa temperatura y mordisqueaba una pasta regalo de su primo el rey de Dinamarca.
El Secretario de Cámara le dejó el resumen y lo leyó.
Su Majestad dejó la taza. Debería tomar cartas en el asunto pues aunque no peligraba la estabilidad de la Corona, sí era una mosca en el interior del Dormitorio Real: un palmetazo sería suficiente. Pues bien podría soportar que su real hijo hubiera traido consigo una joven mulata que no se sabía muy bien si era en misisón de doncella, acompañante, ¡novia sería un despropósito!, o tal vez como decía un tabloide, una mezcla de todo ello que la convertía en una mujer de servicio a cambio de la manutención "integral" de Su Alteza. Si ello fuera así —meditó S.M.— ya se encargaría en otro momento de aclararlo con él, prisa no había.
Lo que de ninguna manera estaba dispuesta la Reina de Inglaterra, ella, Victoria, era consentir que su hijo William le hubiera pasado la receta de la "Crema de Suspiros" a la Corte de España a cambio de una tonelada de naranjas amargas sevillanas para mermelada. Y es que la ligera crema hecha con claras de huevo batidas hasta el punto de 'suspiro', un poco de azúcar glass de Jamaica y un toque de extracto de rosa de pitiminí gibraltareña, llamada Crema de Suspiros, era la estrella de los postres de Inglaterra victoriana considerado Alto Secreto de Estado; y a Willy, caso de confirmarse este acto ordenaría llevarlo a la Torre de Londres acusado de Alta Traición Culinaria, delito castigado a comer diariamente durante la condena, Fish and Chips breakfast, lunch and dinner. El Imperio británico no podía consentir según qué cosas.
Su Majestad Victoria, reina de Inglaterra, soberana del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, emperatriz de la India y otros territorios de Ultramar ordenó retirar el servicio de desayuno. La mañana se presentaba atareada con los asuntos de Estado. Ordenó a su ayudante de Cámara poner la última obra de un tal Maurice Ravel en el fonógrafo. Cuando se le presentaba mal día gustaba de escuchar las notas de la 'Pavane pour une infante défunte. Con la cosas de comer no se juega, pensó. Llovía sobre la dulce y verde Britania y su gato preferido Emerit se subió al real regazo...

Con un leve gesto indicó a la doncella que le sirviera el té. No pudo aguantar un rictus —que esperaba hubiera pasado desapercibido a su sirvienta personal— pues las noticias no podían ser peores. Por el gran ventanal llegaba el sutil tintineo de la lluvia de la campiña inglesa sobre los cristales y la consabida tenue neblina de finales de febrero se extendía sobre el cuidado césped. La docena de cavaliers y cookers correteaban por el jardín al cuidado del Perrero Real.
Ordenó que le pasaran un resumen de prensa —The Daily Telegraph y The Times, entre los 350 periódicos ingleses— mientras sorbía el té fresco de Ceilán en su justa temperatura y mordisqueaba una pasta regalo de su primo el rey de Dinamarca.
El Secretario de Cámara le dejó el resumen y lo leyó.
Su Majestad dejó la taza. Debería tomar cartas en el asunto pues aunque no peligraba la estabilidad de la Corona, sí era una mosca en el interior del Dormitorio Real: un palmetazo sería suficiente. Pues bien podría soportar que su real hijo hubiera traido consigo una joven mulata que no se sabía muy bien si era en misisón de doncella, acompañante, ¡novia sería un despropósito!, o tal vez como decía un tabloide, una mezcla de todo ello que la convertía en una mujer de servicio a cambio de la manutención "integral" de Su Alteza. Si ello fuera así —meditó S.M.— ya se encargaría en otro momento de aclararlo con él, prisa no había.


Lo que de ninguna manera estaba dispuesta la Reina de Inglaterra, ella, Victoria, era consentir que su hijo William le hubiera pasado la receta de la "Crema de Suspiros" a la Corte de España a cambio de una tonelada de naranjas amargas sevillanas para mermelada. Y es que la ligera crema hecha con claras de huevo batidas hasta el punto de 'suspiro', un poco de azúcar glass de Jamaica y un toque de extracto de rosa de pitiminí gibraltareña, llamada Crema de Suspiros, era la estrella de los postres de Inglaterra victoriana considerado Alto Secreto de Estado; y a Willy, caso de confirmarse este acto ordenaría llevarlo a la Torre de Londres acusado de Alta Traición Culinaria, delito castigado a comer diariamente durante la condena, Fish and Chips breakfast, lunch and dinner. El Imperio británico no podía consentir según qué cosas.

Su Majestad Victoria, reina de Inglaterra, soberana del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, emperatriz de la India y otros territorios de Ultramar ordenó retirar el servicio de desayuno. La mañana se presentaba atareada con los asuntos de Estado. Ordenó a su ayudante de Cámara poner la última obra de un tal Maurice Ravel en el fonógrafo. Cuando se le presentaba mal día gustaba de escuchar las notas de la 'Pavane pour une infante défunte. Con la cosas de comer no se juega, pensó. Llovía sobre la dulce y verde Britania y su gato preferido Emerit se subió al real regazo...

19.2.26

Dea Apocriphus Omnium

Con engaños consiguió que entrara en sus aposentos. Al verla, el prefecto del pretorio decidió que a aquella beldad iba a hacerla suya. Ya la había visto en las últimas ceremonias ante el altar de los dioses y él, prefecto del pretorio nombrado por el emperador, se dijo que era el bocado ansiado, aun sabiendo que las sacerdotisas eran intocables y un pecado horrendo a ojos de Vesta tocar incluso el pliegue de sus tocas. Pero ver a aquella vestal alzando al cielo de Roma una imagen de Palas Atenea le había hecho sentir que el deseo de poseerla superaba todas las barreras que los dioses habían levantado en el templo de Vesta.

Entró la joven virgen en los aposentos y Cassius Vindex sintió como su miembro se endurecía. Sonrió mientras Livia Caelestis, la vestal primera, cayó en la cuenta de que el prefecto no quería otra cosa sino su sagrado cuerpo. Pero era tarde, Cassius se acercó a Livia. Puso su mano en el hombro desnudo, blanco, suave y apetitoso, le arrancó con tirones violentos las prendas que la vestal lucía simboñizando su sagrada misión: la 'ínfula' blanca que cubría su cabello; el leve manto 'subfíbulo' que le caía por los hombros; finalmente la túnica 'palla' sujetada con el cinturón, que cubría su virginal desnudez. El prefecto la arrojó sobre el frio suelo de la estancia pretoriana. El mismísimo encargado de cuidar del emperador, el primer soldado encargado de mantener el orden en la ciudad de Roma se arrancó su túnica, se tendió sobre la sacerdotisa, su miembro erecto buscó el sexo virginal, y lo hoyó.

Lo penetró haciendo más gratificante el acto ignominoso por la resistencia y los gritos ahogados de la vestal que lloraba vencida sobre el ensolado de mármol de Carrara. Cassius se derramó dentro del virginal recinto sagrado, descansó unos segundos echando el aliento jadeante sobre la víctima, y se levantó sabiendo, ahora sí, haber condenado a aquella mujer deseada que muy pronto sería arrojada, despeñada, desde lo más alto de la Roca Tarpeia porque la justicia romana se había convertido en una prostituta entregada al mejor postor. El imperio —¿quién osaría dudar del encargado del orden cívico?— estaría a su favor así como las más altas instancias palaciegas. Y qué, si había holgado el Prefecto, se diría en los foros. Valdría su palabra.

No sintió piedad alguna de la sacerdotisa que continuaba gimiendo en el suelo. El prefecto se colocó su túnica viril y mandó llamar a la guardia pretoriana para que la servodora de Vesta fuera conducida a su templo. Ayudó a Livia Caelestis a levantarse y componer sus mancilladas vestiduras y su cabello.
El poder político había vencido al poder divino.

Una rasgadura más en el telón del escenario en que se había convertido la vida en la Ciudad. Un jirón más, imposible de recoser sin que se notara. Cassius Vindex se desentendió de la mujer convertida ahora en un guiñapo inservible, aunque bien sabía que no solo había mancillado el honor de la sierva, vírgen, sacerdotisa, —y mujer—, sino el honor anestesiado e insensibilizado pueblo.
Vale

18.2.26

CARETAS FUERA

Un desahogado. Un irresponsable paseando por la sala privada. Pero él seguía aunque cada día sentía el silencio a su alrededor, pero no era un silencio de respeto sino de su falta.

Y uego el impedimento de salir a las vias y foros romanos donde otrora el pueblo lo vitoreaba. Ahora eran insultos y alejamiento de la plebe hacia las orillas del Tiber impidiendo gritar toda clase de insultos e improperios. Prefería ya permanecer en el interior de su Domus Imperial paseando entre los altos muros, aunque en soledad.

Malos vientos le transmitían sus vasallos.
Cada día un nuevo caso de corrupción cuando no de delitos. El jefe de su guardia pretoriana cometiendo delito contra la virginidad de las vestales. Delito grave castigado con la muerte.
Y luego, la pretensión de parte del Senado para que las mujeres, -nuevas ciudadanas romanas, procedentes del interior de las provincias del Ponto, de Siria, de la Cirenaica, conquistadas por Roma- eran insumisas a los dioses romanos y seguían orando a sus dioses, y vistiendo a la manera oriental, ocultando sus rostros con lo que se impide la total visibilidad e identidad a los demás ciudadanos de Roma. El senado se divide y algo tan banal se le está convirtiendo al joven emperador en un quebradero, uno más, de cabeza pues demuestra la hipocresía entre la teoría y la práctica. Hasta dónde son capaces de dilucidar entre la cabeza y el corazón.
Pero él, Lucio Sejano, dejaba hacer. No se mancharía con las menudencias de la política. Él estaba empeñado en erigirse en campeón de la paz y en árbitro de las relaciones entre los imperios.
No podía salir a darse los baños de masas por miedo a la "analfabeta" plebe pero ello no le importaba ¡por todos los dioses! pudiendo llevarse a media corte imperial a agasajar a los emperadores de confines lejanos; con ellos Él, augusto emperador, se sentía seguro y se atenuaban los crujidos de las paredes maestras del decrépito imperio.
Sea.

ME OPONGO

Jesusa Mopongo perora un 'idioma' chabacano, cheli, chicharrero, chorra y chus-co. Enseña muchas veces la lengua formando muecas y g...