Con un leve gesto indicó a la doncella que le sirviera el té. No pudo aguantar un rictus —que esperaba hubiera pasado desapercibido a su sirvienta personal— pues las noticias no podían ser peores. Por el gran ventanal llegaba el sutil tintineo de la lluvia de la campiña inglesa sobre los cristales y la consabida tenue neblina de finales de febrero se extendía sobre el cuidado césped. La docena de cavaliers y cookers correteaban por el jardín al cuidado del Perrero Real.
Ordenó que le pasaran un resumen de prensa —The Daily Telegraph y The Times, entre los 350 periódicos ingleses— mientras sorbía el té fresco de Ceilán en su justa temperatura y mordisqueaba una pasta regalo de su primo el rey de Dinamarca.
El Secretario de Cámara le dejó el resumen y lo leyó.
Su Majestad dejó la taza. Debería tomar cartas en el asunto pues aunque no peligraba la estabilidad de la Corona, sí era una mosca en el interior del Dormitorio Real: un palmetazo sería suficiente. Pues bien podría soportar que su real hijo hubiera traido consigo una joven mulata que no se sabía muy bien si era en misisón de doncella, acompañante, ¡novia sería un despropósito!, o tal vez como decía un tabloide, una mezcla de todo ello que la convertía en una mujer de servicio a cambio de la manutención "integral" de Su Alteza. Si ello fuera así —meditó S.M.— ya se encargaría en otro momento de aclararlo con él, prisa no había.
Lo que de ninguna manera estaba dispuesta la Reina de Inglaterra, ella, Victoria, era consentir que su hijo William le hubiera pasado la receta de la "Crema de Suspiros" a la Corte de España a cambio de una tonelada de naranjas amargas sevillanas para mermelada. Y es que la ligera crema hecha con claras de huevo batidas hasta el punto de 'suspiro', un poco de azúcar glass de Jamaica y un toque de extracto de rosa de pitiminí gibraltareña, llamada Crema de Suspiros, era la estrella de los postres de Inglaterra victoriana considerado Alto Secreto de Estado; y a Willy, caso de confirmarse este acto ordenaría llevarlo a la Torre de Londres acusado de Alta Traición Culinaria, delito castigado a comer diariamente durante la condena, Fish and Chips breakfast, lunch and dinner. El Imperio británico no podía consentir según qué cosas.
Su Majestad Victoria, reina de Inglaterra, soberana del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, emperatriz de la India y otros territorios de Ultramar ordenó retirar el servicio de desayuno. La mañana se presentaba atareada con los asuntos de Estado. Ordenó a su ayudante de Cámara poner la última obra de un tal Maurice Ravel en el fonógrafo. Cuando se le presentaba mal día gustaba de escuchar las notas de la 'Pavane pour une infante défunte. Con la cosas de comer no se juega, pensó. Llovía sobre la dulce y verde Britania y su gato preferido Emerit se subió al real regazo...
Ordenó que le pasaran un resumen de prensa —The Daily Telegraph y The Times, entre los 350 periódicos ingleses— mientras sorbía el té fresco de Ceilán en su justa temperatura y mordisqueaba una pasta regalo de su primo el rey de Dinamarca.
El Secretario de Cámara le dejó el resumen y lo leyó.
Su Majestad dejó la taza. Debería tomar cartas en el asunto pues aunque no peligraba la estabilidad de la Corona, sí era una mosca en el interior del Dormitorio Real: un palmetazo sería suficiente. Pues bien podría soportar que su real hijo hubiera traido consigo una joven mulata que no se sabía muy bien si era en misisón de doncella, acompañante, ¡novia sería un despropósito!, o tal vez como decía un tabloide, una mezcla de todo ello que la convertía en una mujer de servicio a cambio de la manutención "integral" de Su Alteza. Si ello fuera así —meditó S.M.— ya se encargaría en otro momento de aclararlo con él, prisa no había.
Lo que de ninguna manera estaba dispuesta la Reina de Inglaterra, ella, Victoria, era consentir que su hijo William le hubiera pasado la receta de la "Crema de Suspiros" a la Corte de España a cambio de una tonelada de naranjas amargas sevillanas para mermelada. Y es que la ligera crema hecha con claras de huevo batidas hasta el punto de 'suspiro', un poco de azúcar glass de Jamaica y un toque de extracto de rosa de pitiminí gibraltareña, llamada Crema de Suspiros, era la estrella de los postres de Inglaterra victoriana considerado Alto Secreto de Estado; y a Willy, caso de confirmarse este acto ordenaría llevarlo a la Torre de Londres acusado de Alta Traición Culinaria, delito castigado a comer diariamente durante la condena, Fish and Chips breakfast, lunch and dinner. El Imperio británico no podía consentir según qué cosas.
Su Majestad Victoria, reina de Inglaterra, soberana del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, emperatriz de la India y otros territorios de Ultramar ordenó retirar el servicio de desayuno. La mañana se presentaba atareada con los asuntos de Estado. Ordenó a su ayudante de Cámara poner la última obra de un tal Maurice Ravel en el fonógrafo. Cuando se le presentaba mal día gustaba de escuchar las notas de la 'Pavane pour une infante défunte. Con la cosas de comer no se juega, pensó. Llovía sobre la dulce y verde Britania y su gato preferido Emerit se subió al real regazo...




