A menudo se la veía pasar por el Palatino, aunque en realidad no lo necesitaba para llegar a su villa recién
adquirida. Pero resultaba cómico ver su figura dentro de un triclinio portado por dos eclavos y llevando siempre detrás otros dos, todos esclavos mauritanos arrastrando un carro con muchas mercancías. Y ello era más a menudo desde que Marcia Rufina, (Marcella) casada con Gaius Petronius Verres, un simple 'rationibus' adjunto o dispensator principal de la casa imperial había optado por lapidar el caudal que de forma poco clara el esposo había incrementado tras las obras que él había gestionado en nombre de Roma en las obras de construccion de la vía Valeriana. Pero a madie en los aledaños del foro se le escapa el ostentoso dispendio de Marcia, llamada Marcella entre los funcionarios de bajo nivel.—¡Llamadme por mi nomen, soy Marcia, esposa de Gaius Petronius! El de Marcella es el nombre por el que mis esclavos me conocen y que yo castigo con cincuenta latigazos cuando los sorprendo usando esa nominación clasista y vergonzante.
En el Foro era de sobras conocido que Marcella era dada al dispendio en proporciones directas al salario de su esposo.
Mantas de lana de Britania, cristalería de la laguna Veneta, vajillas de cerámica del Lacio, oro en piezas del tamaño de los testículos de un toro, procedente de las Medulas. Animales exóticos traidos de las selvas más allá de Egipto. Le gustaba sobremanera los utensilios más extraños. Marcia era aficionada a adquirir alimentos exóticos de allende las fronteras y vendidos en Roma por mercaderes de cualquier parte del mundo.
Era el hazmerreir de los que pululaban por el Foro pero en el fondo era vox pópuli que el matrimonio estaba formado por unos simples plebeyos —que solo habían conocido los vericuetos de los bajos fondos de la Subura, un submundo dentro del mundo romano— trasladados a las alturas del Poder. Incluso los esclavos que seguían a la Marcella parecían sentirse avergonzados del ama que les había caído en mala suerte.
Marcia Rufina era considerada la 'emperatriz del dinero' y los mercaderes se frotaban las manos cuando la veían aparecer, que era con una frecuencia casi casi diaria.
En la villa de Gaius y Marcia los cachivaches se amontonaban por toda la domus desde el atrio hasta las letrinas: trastos y 'ruches' a cuáles más inútiles y caros, el caso parecía ser gastar y gastar.
Sólo unos pocos auguraban que los senadores en nombre de los dioses y del pueblo deberían pedir cuentas a la pareja, sobre todo a él, un 'dispensator', cargo de una importancia vital sólo confiado a los leales y fidedignos guardianes del Erario.
Algunos senadores lo ponían en entredicho al paso de la comitiva de Marcella y sus esclavos cargando estos caros abalorios y caprichos.
Era un espectáculo ver a la domina Marcia dentro del triclinio pasando sus manos sobre un extraño dispositivo que manipulaba de forma compulsiva. Se decía que era un cuentadenarios que consistía en varillas con cuentas de marfil de distintos colores que ella parecía manejar con delectación.
—Nada hay peor que un pobre matrimonio sacado de la inmundicia de la Subura para convertirse en rico solo con pisar el mármol del Palatino —los senadores se daban codazos comentando como les provocaba hilaridad la actitud de la Marcella, una vulgar hispana citerior casada con Gaius Petronius otro no menos vulgar hispano ulterior, en una Roma que se partía de la risa a su paso—. Más parecen ricos de nuevo cuño, senador.
Más de un senador llevaba las cuentas de Marcella y Gaius y por Júpiter que habrían de pedirse cuentas a Marcella y a su esposo.
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