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15.4.26

LUCIO DECIO COMPTUS, CUESTOR DE LA REPÚBLICA

El cursus honorum estaba a punto de acabar, y tal vez de abrupta manera, por culpa de las artes y mañas por parte de los numerosos enemigos que se había granjeado entre los senadores de la República. Sus fuerzas habían llegado al límite y no veía la hora de retirarse a su modesta villa, dejarse caer en el triclinium y ver pasar el resto de su vida mientras saboreaba, al fin, un vaso de buen vino de Hispania.

Entraba en el atrium y no pudo por menos que volver la cabeza. Estaba envejeciendo y cada día se le hacía más y más difícil andar los pasos desde los Foros Imperiales hasta la colina del Quirinal donde residía.
No lo quería reconocer, y menos a sus colegas, pero había llegado a la conclusión de que lo que sentía no era un simple desasosiego. Su ánimo estaba al borde del colapso. Sólo a su amada esposa había tenido el valor —aunque era más bien deseo de descargar su espíritu— de que lo que sentía era simple y vulgar miedo.
Un día más y tal vez habría muchas posibilidades de entregarse en cuerpo y alma a las sucias aguas del Tiber. Arrojarse a su cauce y dejar que la vida fuera escapándose acompañando su corriente hasta el mar. Roma tenía fama de contar con un brazo muy largo y vengativo —a veces, pocas, clemente— y así era. Las jornadas y muchas vigilias pasadas redactando y dictando autos en referencia a las maniobras de la mujer del César había sido algo que, ahora reconocía, lo superaba aunque nunca hasta la inaceptable rendición.
Cuando accedió a su modesta villa, fue recibido por su esposa; tras ella el fiel Servilius asistía con una jarra de agua y la toalla con que refrescar las manos sudorosas del cuestor quien había finiquitado el proceso que el Senado debería revisar, discutir y dictar sentencia. Él se consideraba, y creía que así lo consideraban, un leal servidor a la república que había hecho de su imparcialidad y frialdad de mente y de corazón sus mejores atributos para afrontar la tarea de juzgar, ahora sí, las apariencias de culpabilidad de la esposa de Julio César, Cornelia. El Estado, sus pater conscriptii, debería decidir si ésta había obrado con lealtad... o con vilipendio. Roma decidiría si la República imperaría o bien se asestaría un gladium en su mismo pecho con que retornar a la pasada monarquía.
Lucio Decio Comptus se aseó, se despojó de la túnica y tomó un refrigerio junto a su esposa. Ya no sentía el mismo temor que unos meses atrás, cuando le comunicó su esposa que un grupo de jinetes habían arrojado un barril con excrementos humanos en el interior de la villa. Afortunadamente, le comentó Pubililia Secunda, hoy el barril no había estallado esparciendo como la otra vez el inmundo contenido por todo el atrium. Decio suspiró. Miró a su amada y sorbió un poco más de buen vino hispano.
—Pronto acabará todo, he entregado las cien y diez tablillas y papiros al Senado, mi misión ha concluido —enmudeció unos largos segundos—. Pronto podremos marchar a Sicilia y gozar de la luz y el calor. Yo he cumplido mi papel en Roma.
La fiel esposa Pubililia Secunda, víctima colateral de las insidias vertidas contra el honesto servidor público, le tomó la mano. La besó. Roma era ya invivible y aquel anciano, al final de su modesto cursus honorum dejó la copa —que Servilius se precipitó a rellenar— y tomó la mano de aquella honesta, sí honesta, y valerosa mujer que había sufrido de manera injusta y vil los improperios llegados desde el mismísimo interior del Foro de la República.

PD: Mis respetos a los jueces que no se doblegan. (2026)

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