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22.3.26

SANGRE ESPAÑOLA PASIÓN MEXICA o SANGRE MEXICA PASIÓN ESPAÑOLA

A la sombra de un gran sicomoro yacieron. A escondidas pero dejándose llevar por la pasión sin cortapisas aunque sabían que, en principio, se jugaban la vida.

Él era un soldado bajo el mando de Cortés, reclutado en nombre de Carlos I. Acostumbrado a la penumbra, a la mojigatería, al manto pesado de la religión, había llegado a estas tierras y había descubierto el paraíso. La feracidad de la madre Natura; la bondad del clima; la diversidad de la fauna salvaje; la grandiosidad de los mares y de sus ríos; la valentía de sus guerreros y la inclemencia de sus terribles, sanguinarios dioses; sobre todo, la rebeldía de su población; le parecía de otro mundo a Alonso López de Córdova, pero desde que la conoció supo que aquella joven iba a ser suya. Si tenía que desertar, desertaría; si tenía que huir, huiría; si tenía que matar, mataría, y si tenía que renunciar a volver a España, renunciaría. Pero recorrer cada pulgada de su piel broncínea, sus voluptuosas curvas, su cabello azabache espaldas abajo prendido de flores, sus hermosos ojos negros, su desnudez plena, espontánea y generosa como nunca sería posible ver a las graves hembras de los lejanos reinos castellanos, merecía todas las renuncias, incluida la propia vida.
Ella se llamaba Xochitl (Flor, en lengua cristiana). Una bella joven que Alonso había conocido cuando Cortés, del que Alonso era un simple alabardero en las tropas españolas, había llegado a Tlaxcala y pergeñado alianzas con los tlaxcaltecas a fin de doblegar al rebelde Moctezuma.
Alianzas que se referían a territorios, encomiendas castellanas, rebeldías y traiciones, sumisiones, castigos, leyes, intercambio de prisioneros, comercio, bautismos, abrazos a la fe verdadera, construcciones de templos, escuelas, viviendas y cuarteles, enseñanza de la lengua del imperio, mas también juramentos a la Corona de España. De todo ello hablaban, trataban, escribían y firmaban con tinta y a veces con sangre. Todo por y para el todopoderoso césar emperador Carlos I de España, V de Alemania y señor de medio mundo.
De lo que no trataban los legajos reales firmados, sellados y lacrados era del motor invisible de fuerza arrolladora, por encima de intereses patrios o vasallos. Se trataba de pactos indelebles. Era la simple, salvaje, primitiva e invencible llamada de la sangre. Sangre de hombres y mujeres de uno y otro lado de la Mar Océana, de más allá y de más acá. Del mayor y más valioso legado: el amor.
Alonso López de Córdova, cristiano indubitado, y Xochitl de Tlaxcala, conversa, se desposaron ante la imagen española de Nuestra Señora del Buen Suceso, avanzado el invierno de 1520. Todos los permisos fueron concedidos y un representante de Hernán Cortés (Antonio de Mendoza y Pacheco, futuro virrey de Nueva España) asistió a los esponsales que se celebraron cerca de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, en plena conquista de México.
De inmediato se desvaneció el rastro del matrimonio, la historia los engulló, la conquista continuó y, en corriente incesante, a través del vasto territorio, pacificado dejando los corazones en su lugar en vez de mostrarlos sangrando en altares idólatras, la sangre de ambos pueblos digo, se mezcló.

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