—¡Que vienen los júngaros! ¡Los júngaros! ¡Que vienen!
El Miguel recorría las calles advirtiendo de la noticia que de vez en cuando se extendía por la población infantil de Hervás.
Era la voz de alarma que nos hacía sacudir los aburrimientos y las rutinas.
Ya nos cuidábamos de no frecuentar los descampados que los visitantes elegían para acampar. Prohibido acercarse en doscientos metros a la redonda y procurar hacernos invisibles a aquellos seres misteriosos que se instalaban en los alrededores del pueblo.
Cierta tarde, a la caída del sol, no pude resistir el acercarme a escondidas y observar a aquellos personajes que a su sola mención nos alertaba y ponía en guardia.
Me lo pensé, pero me armé de valor y antes de la noche me acerqué escondiéndome tras los olmos de los cercados de San Romedio Ermitaño. Según iba aproximándome, nervioso y a punto de sucumbir al miedo, logré sobreponerme y esconderme tras una pared desde la que pude observar un minúsculo campamento que consistía en un carromato sin los dos mulos que ramoneaban cerca. Una fogata de alegres llamas proyectaba sombras ganándole en luz a la de la tarde que acababa definitivamente dando paso a una inquietante y hermosa luna en cuarto creciente.
Un olor penetrante a carne y pimentón fluía de un perol al borde del fuego. De pronto saltó del carro un hombre portando un instrumento que yo jamás había visto. De tez morena y facciones fibrosas, lucía un mostacho negro y florido. Se sentó al amor del fuego y sin mirar a la mujer que trasteaba por los alrededores se lo colocó entre la oreja y el cuello, y con una especie de vara con una cuerda finísima, comenzó a rasgar aquel instrumento del que surgían notas muy tristes. La mujer dejó sus tareas e hizo una señal a una muchacha que yo no había visto antes. No tendría más de doce o trece años, pero a pesar de mi bisoñez, de mi inocencia, me di cuenta de la belleza de la chica.
El hombre del instrumento rasgaba las cuerdas de la pequeña guitarra con la madera y la cuerda. Los sones lentos y tristes fueron convirtiéndose en alegres y rápidos, rítmicos sones de una música parecida al órgano del convento trinitario. Yo era un niño de apenas once años y sentí que aquellas notas no pertenecían a la música que hasta entonces yo conociera. La muchacha se descalzó y comenzó a bailar al ritmo de la música. Daba vueltas, alrededor del fuego… y su falda se levantaba mostrando unas bellas piernas al ritmo acelerado de la música; ella iba dando vueltas y vueltas levantando los brazos, el izquierdo señalando al horizonte y el derecho señalando las estrellas nacientes, a la luna de la noche de Hervás… y giraba y giraba y giraba…
Me costó dormir aquella noche con sensación de culpabilidad, por haber roto la promesa de recogerme pronto cuando llegasen los «júngaros», pero al mismo tiempo excitado de haber descubierto un mundo desconocido.
—Abuelo Amadeo, ¿de dónde vienen los “júngaros”? —mi abuelo se volvió a mirarme y por una vez lo noté serio y tenso— di, ¿de dónde vienen?
—Hijo mío, me haces preguntas muy difíciles y yo no sé tanto como tú crees; solo te puedo decir que vienen de muy lejos, de una nación en la que mandan los comunistas —en ese momento bajó la voz— pero que según dice el parte, quisieron echarlos y muchos de ellos han tenido que huir. Esos son los húngaros… Húngaros, Jose. De Hungría, cerca de Rusia. Y ya no te puedo decir más, que me va a oír tu madre y no quiero que crea que te meto historias y chismes en la cabeza.
—Don Matías —el maestro se puso las manos en la espalda, el único de la escuela que no llevaba regla y que por ese importante detalle se había ganado mi confianza. Me miró esperando a ver qué quería—, Don Matías, ¿adónde van los júnga… digo los húngaros?
Don Matías me sonrió, bonachón, y me miró con ojos muy abiertos; siempre que podía nos hablaba de viajes y de historias…
—Ni júngaros, ni húngaros, Jose, son seres humanos que de vez en cuando aparecen por el pueblo, proceden de las entrañas de Europa, y son ¡zíngaros! Lo más pobre y desarraigado de aquellos lejanos países. Pero, no hay que equivocarse, son felices a su manera. Me has preguntado adónde van y eso deberías preguntárselo a ellos —Miraba arrobado a Don Matías que siempre me decía la verdad—. Solo sé que no los detiene ninguna frontera, ni guerras, ni ríos ni montañas, ni fríos ni calores. Es un pueblo que camina con sus propias leyes y sus propias reglas y costumbres. Parece que huyen, pero no quieren refugio. Se conforman con vivir e ir de un lado a otro…
—Gracias, don Matías —salí corriendo del patio de la escuela y me dirigí de nuevo hasta el pequeño campamento. Cuando llegué solo unos rescoldos humeantes quedaba del paso zíngaro. Me sentí decepcionado y triste. Miré hacia la carretera y a lo lejos, iniciando la subida al Alto de Castilla, el viejo carromato levantaba una pequeña nube de polvo de la cuneta. Los mulos tiraban trabajosamente de aquel pequeño universo, de aquella minúscula célula familiar. El padre caminaba con un látigo arreando de las bestias; la mujer, a su lado. Y la muchacha, en la trasera del carro, sentada y balanceando sus piernas. Levanté la mano por si me veía, con ansias desconocidas de cruzar tan solo una palabra con aquella niña, pero creo que no, solo me quedó la imagen de ella girando, girando, girando, danzando y mostrando su bello cuerpo a las estrellas y al creciente de luna que me quitó el sueño durante varios días. Ellos no tenían fronteras, según me contó don Matías, y ya por desgracia habían —había— cruzado la mía para siempre.
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