24.6.14

El Arca de las Letras


Rober llevaba varios días dándole al coco intentando descubrir el enigma que su abuelo le había planteado como condición para que le regalase el reloj de cuco que tanto le gustaba. El reloj que cada quince minutos escuchaba y que a esas alturas de su vida, doce años, y sin faltar una sola vez, lo había acompañado.
            Y su abuelo, dueño absoluto de todo lo que había en casa, le prometió a Rober que le rega­laría el reloj si en el plazo de una semana lograba entregarle escritos los cinco nombres de las más bellas palabras de la lengua española que representasen todo lo mejor, más hermoso, más positivo que cualquier ser humano —Roberto, por ejemplo— pudiese atesorar. Con una condición: las palabras deberían comenzar con cada una de las cinco vocales.
                                    Rober se dijo a sí mismo que aquello era muy fácil, contando además con la ayuda de su primo Amós que era mucho mayor que él, que además pasaban el verano juntos y sabía que el abuelo tenía una especie de armario donde guardaba celosamente los mayores secretos, tanto, que sólo Amós, clandestinamente, había tenido acceso al viejo archivador . Así pues Rober le pidió ayuda y Amós le contestó que trataría de echarle una mano si era capaz de abrir —como antes había hecho él— el armario sin que nadie se diera cuenta, y sacar de allí el instru­mento para resolver el enigma de las cinco palabras. El Arca de las Letras, como Amós dijo que se llamaba.
                      Rober, sin pensarlo dos veces, fue al final del pasillo, aprovechando que su abuelo había salido como todas las tardes a su paseo en bicicleta. Conforme se iba acercando a la puerta de la habitación, iba notando cómo se le aceleraba el pulso, de la emoción y los nervios de qué se podría encontrar dentro del famoso y misterioso mueble. Cuando entró a la habitación y tuvo a la vista el armario, con la mano casi tocando el pomo, dio un salto hacia atrás al escuchar unos pasos. Era Amós, que no quería perderse el momento. Abrió al fin el armario, y lo primero que vio fue una gran bola de madera, y al meter la mano en este recipiente esférico se encontró con otras muchas pequeñas bolas, cada una con una palabra grabada, como una especie de lotería. Sacó varias, como Alegría, Misterio, Sabiduría, Río, Wolframio, España, etc...Amós le dijo que con la ayuda de esa gran bola podría resolver el enigma de su querido abuelo.
            Dicho lo cual Rober se puso manos a la obra, y mientras Amós iba sacando palabras, él iba seleccionando. Como por arte de magia, iban saliendo precisamente aquellas que justamente necesitaba, las que empezaban así:
              Con la A, la más fácil de todas, tenía cinco dónde elegir: Amistoso, Alegre, Amable, Animoso, Auténtico…
              Con la E, extrajo cuatro: Estudioso, Ecologista, Emotivo, Ecuánime…
              Con la I, consiguió encontrar tres: Inteligente, Ilusionado, Imaginativo…
              Con la O, le costó trabajillo pero salieron dos… Objetivo, obediente…
             Con la U…¡¡Uy!! Con la U, con esa letra, no conseguía encontrar ninguna palabra que definiera algo positivo, aunque pensándolo bien…. ya está… ya salió una. Que por cierto define a la perfección lo que tú, Rober, eres: ¡¡ÚNICO!!
A la semana siguiente, por supuesto, recogió satisfecho el reloj de cuco, mientras Amós sonreía y al abuelo se le caía la baba. Ni que decir tiene que Rober está deseando que su abuelo le ponga más enigmas, jeroglíficos o lo que sea para resolverlos y arrancarle alguno de los tesoros que tiene en la habitación de los Misterios.
                                  

                                   F I N