25.4.13

Rocío Bejarano ha presentado Espacio y Tiempo,de Juan Ramón Jiménez (Texto)

Rocío y el presentador Antonio Ramirez Almanza

Buenas tardes a todos:
 Es para mi un honor presentar en esta 39ª edición de la Feria del Libro de Huelva, el volumen Espacio y Tiempo, de JRJ, que la Editorial Linteo poesía lanzó en 2012, y que fue presentado el pasado mes de febrero en la Excma. Diputación Provincial de Huelva.
A fin de hacerme entender he de explicar brevemente en qué consiste una EDICIÓN CRÍTICA, y que, según el diccionario de la RAE, no es más que la publicación de una obra estableciendo y consignando en notas todas las variantes que de ella pueda hacer el escritor. 
Antes de avanzar en la presentación de esta obra de Juan Ramón Jiménez, he de decir que el verdadero impulsor y promotor de la presente edición es el catedrático e investigador juanramoniano, Profesor Joaquín Llansó, que es quien conoce en profundidad la complejidad de la historia de la composición de estos textos. Yo no soy más que la coeditora, pero que al mismo tiempo he procurado aprender y comprender los conocimientos de este gran experto de las dos obras de Juan Ramón Jiménez, que fue quien lo ideó y le dio forma, y con mi ayuda, nos sumergimos en un océano de papeles, borradores, poemas, transcripciones y mil dificultades, que juntos pudimos solventar en la isla de Puerto Rico, y que ha dado como fruto este bello libro que estoy, también en nombre de Joaquin Llansó, presentando hoy. 
Se trata de dos obras Espacio, y Tiempo, unidos, por primera vez, en un solo volumen, uno de los aspectos más importantes de esta edición.
El porqué de la unión de estas dos obras en un solo libro -este que tengo en mis manos-, desde mi punto de vista de coeditora,  se puede comprender  bien cuando uno se adentra en las páginas de estas obras cumbres del poeta de Moguer y se puede apreciar que no son, como muchos han querido ver, su testamento literario, pues nosotros ―Llansó y yo misma― creemos que su obra póstuma desde el punto de vista poético es Dios deseado y deseante (Animal de fondo).
Ni Espacio ni Tiempo son obras inéditas.
Espacio
Es un largo poema en verso libre, una de las obras cumbres de la literatura del siglo XX,  definida como “obra en marcha”, una Obra ―síntesis de toda su obra― que él quiso dejar perfectamente construida y que dejó enormemente dispersa, como dijera Tomás Valencia, esto es, inacabada y provisional en muchos de sus aspectos, como el propio poeta conscientemente quería. En él se puede intuir fácilmente la viva vivida por Juan Ramón, las palabras, las ideas, los sentimientos e incluso las vivencias que se transforman en texto. Destacamos que en esta obra se mezclan y funden las realidades vividas… con lo leído, lo soñado y lo imaginado por él. Le cito:
“Toda mi vida he acariciado la idea de un poema seguido (¿cuántos milímetros, metros, kilómetros?) sin asunto concreto, sostenido sólo por la sorpresa, el ritmo, el hallazgo, la luz, la ilusión sucesivas, es decir, por su esencia”.
Una de las vivencias que cuenta Juan Ramón es la anécdota de cuando le confundieron con otra persona  en el comienzo de la guerra Civil y a punto estuvo de ser ejecutado.
“El papelito sucio, cuadradillo añil, de la denuncia a lápiz, contra mi, Madrid en guerra, el buzón de aquel blancote de anarquista, que me quiso juzgar, con crucifijo y todo, ante la mesa de la biblioteca y que murió la tarde aquella con la bala que era para él (no para mi) y la pobre mujer que se cayó con él, más blanca que mis dientes que me salvaron por blancos, más que él, más limpia. No, no era, no era aquel destino mi destino de muerte todavía”.
Sobre lo soñado, hay, en Espacio, un texto sobre la MUJER que no me resisto a citar:
Rocío disertando este presente texto claro, conciso, breve, ameno, didáctico
“Pero tú en medio, tú, mujer de hoy, negra o blanca, americana (asiática, europea, africana, oceánica); demócrata, republicana, socialista, comunista, monárquica; judía; rubia, morena; inocente o sofistica; buena o mala; perdida indiferente; lenta o rápida; brutal o soñadora; civilizada, civilizada toda llena de  manos, caras, campos naturales, muestras de un natural único y libre, unidificador de aire, de agua, de árbol, y ofreciéndote al mismo dios de sol y luna únicos; mujer, la nueva siempre para el amor igual, la sola poesía”.
  Tiempo, menos conocido, es otro poema en prosa, definido por Graciela Palau de Nemes como un “manuscrito inédito no listo para la publicación”, como si el poeta se hubiera olvidado del texto, abandonándolo. Un monólogo interior autobiográfico. Entra en detalles íntimos y cuenta particularidades de su vida y las vidas de personas allegadas, como la forma que tiene Zenobia de arreglarse, las cartas y libros de amigos, la diversidad cultural, el racismo, los periódicos, el gusto por romper papeles, el trabajo, e incluso sus pesadillas. También las críticas recibidas, sus tareas diarias y sus gustos. Encontramos, cómo no, alusiones a la política y a la sociedad, como es su preocupación por España y la inestabilidad política del mundo occidental.
Vamos a ver algunos ejemplos:
Sobre Zenobia escribe:
“Ahora llevamos los dos una vida muy fundida en lo mejor, trabajamos, paseamos, guisamos, oímos música, viajamos, leemos juntos. Tengo la suerte de que a ella le guste lo que a mí. Estamos más cerca que en España, y si no fuera porque a mi me falta España de este modo, sería feliz. Por la noche salimos poco. Qué bien está ella con sus vestidos de noche, qué joven está, es, qué espíritu tiene tan permanente. Tiene el buen gusto de no pintarse; sólo, por la noche, un ligerísimo acento. Su mirar es hondo y rico como era el de su madre”.
Sobre el compositor Toscanini del que era gran admirador:
 “Es para mi un hombre mayor de los mayores que he oído y visto. Entra ahora en el escenario donde su orquesta le espera, lento, fino; vacila al subir al atril, pero cuando se pone la batuta, la varita de virtud, entre sus dos manos eléctricas y espera lleno de sí y da de pronto la señal al primer instrumento, es ya un dios sin 74 años de edad, con un millón de millones de años, años ya sin tiempo ni espacio, una vida verdadera ya después del prólogo de la otra.”
Sobre el racismo y la diversidad tenía su opinión: cito:
“Todo debe unirse en la vida. Qué desagradable aquí en la Florida la división del ser humano por color. En los bancos, los tranvías, las fuentes, un lado para los blancos y otro para los negros... Qué paisaje humano el de New York, qué campo zoológico humano, de todos los tiempos y países del mundo. Si existe un dios verdadero y distinto de los conocidos, sospechados o inventados, ¡qué angustia la suya esperando que el paisaje humano lo encuentre!”

Tras estos pequeños fragmentos del poeta, sólo cabe decir que la “provisionalidad” de su Obra y el derecho del lector a una limpieza de texto, dispuesto para su lectura, nos planteó la idea de unir estas dos obras en un solo volumen encontrando que ambas están más estrechamente unidas de lo que a primera vista pudiera parecer, aparte de haber sido concebidas ―aunque ambas escritas en 1940―, en principio, simultáneamente.
Ya de por sí los conceptos de espacio y de tiempo guardan una estrecha correlación, pero en el caso de Juan Ramón, estos mismos conceptos alcanzan su más intima relación en cuanto que el espacio sigue y a la vez precede al tiempo.
Hemos procurado no dejar nada al azar con esta edición, e incluso el orden (Espacio en primer lugar seguido de Tiempo) no es gratuito pues ya, en Espacio, Juan Ramón le dio un valor preeminente
“LA TIERRA DEL ESPACIOCON LA HORA DEL TIEMPO
 Este libro, sencillamente encuadernado como el poeta quería para toda su obra, se embellece con ilustraciones de Narciso Fernández Sánchez.
 Está organizado su contenido de la siguiente forma:
INTRODUCCION GENERAL:
Donde se describe, creo que con rigor, el contexto de las dos obras literarias para situar al lector.
Espacio: se incluye el original facsímil que se conserva en la Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez del Recinto Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.
Una nota y la transcripción, así como la de los Fragmentos primero, segundo y tercero.
Tiempo: incluye el único facsímil original que se conserva en Puerto Rico, al igual que Espacio.
Una nota y la transcripción; y seis Fragmentos.
APÉNDICES:
Tablas de correspondencias; versiones; originales corregidos, publicados en Cuadernos Americanos; borradores; génesis y poemas de Espacio.
BIBLIOGRAFÍA:
Para finalizar, decir que, aun reconociendo no ser de lectura fácil, tenemos la sensación de haber realizado la Edición crítica definitiva de Espacio y de Tiempo -en cuanto a los dos textos y su interpretación-,  para que en el futuro sirva de guía a los estudiosos de estas obras de Juan Ramón, aunque no sólo a ellos, sino a cualquier lector que tenga la intención de acercarse a uno de los grandes de la Literatura Universal, nacido a diez kilómetros y medio, ―lo que dista Moguer en línea recta desde esta onubense Plaza de las Monjas―, hace casi ciento treinta y dos años. Mi humilde objetivo de acercarlo cada vez más y hacerlo eterno (a su figura y a sus obras Espacio y Tiempo me refiero), estaría cumplido, y orgullosa de ello.
Finalizo recitando un fragmento de Ideolojía con el que abrimos este libro, que resume la finalidad de este exhaustivo trabajo y que viene, en cierta manera,  a justificarlo:
No pretendo, ni quiero, ni debo ni puedo acabar nunca mi obra.
Mi verdadera obra es `obra en marcha´,
 `imajinación en movimiento´,
`sucesión poética`.
Poetizar es abrir siempre y no cerrar nunca.
GRACIAS POR SU ATENCIÓN





18.4.13

Día del libro. 23 de Abril 

Me he pasao al "ibuk".
Perdónadme, libros, después de tantísimos años, esta infidelidad. Fue bonito mientras duró pero... habéis quedado para guardaros en el asilo-librería. Ahí os tendré para, de vez en cuando, abrir las puertas y echar un vistazo a vuestros cada día más desvaídos lomos y releer algunas páginas amarillentas, más que nada por recordar. Yo no quería ser infiel pero han llegado letras e historias -igual, igual a vosotros- que se encierran milagrosamente en dispositivos que parecen obra del mismísimo diablo, pero que ofrecen lo mismo, lo mismo, y si me apuráis mucho, con igual o mayor placer, porque con una sola mano os puedo manejar.
Bienvenido, ibuk, que solo os diferenciais de los libros en el tacto... pero ya me he acostumbrado.
Adios, queridos libros. Bienvenido querido librelectrónico!!!

9.4.13

Terror de cine y palomitas en doscientas palabras (Abstenerse espíritus sensibles)


Treski me mira, mueve el rabo, y a veces gruñe.
Este cacharro se ha detenido entre dos pisos y he acabado con el dedo agarrotado de pulsar el timbre de emergencia, pero maldita sea, si no hay luz, tampoco habrá para alarmas. Y al mechero se le ha agotado el gas. 
 Aparto de mi mente la idea de llevar encerrado un largo fin de semana, sin nadie que me eche en falta, aun consciente de que soy el único vigilante en hacer la ronda de este solitario edificio de oficinas.
Edificio Mao.
Shangai.
Mis miedos afloraron al ascender al piso 88 (340 mts.)

No puedo hacer nada. Y decido, inquieto, sentarme en el escaso metro cuadrado.
El pobre Treski no puede más y acaba por defecar en el suelo. 
El olor acre a excremento se apodera del habitáculo y con la última y escasa llama del mechero se me funden las esperanzas de ser rescatado... y la batería del movil ha regalado el último rectángulo de luz y la última oportunidad de unión al mundo exterior...
Las poderosas fauces de mi fiel Treski dejan escapar unos espesos hilos de babas mientras su gruñido se hace más ronco, más inquietante...



Nota:
agradezco sinceramente a Mar Solana sus sabios consejos para hacer más legible, pero sobre todo más "entendible", este modesto microrrelato. Los hago míos y me los aplico.
Gracias, amiga!

7.4.13

De las pirámides al Piramidón


Llevaba tiempo dándole vueltas al asunto, y es que siempre tengo en la cabeza alguna obsesión, que como dice mi mujer, “es que parece que te encanta tener siempre alguna preocupación”...
Pues bueno, antes de emprender el tan ansiado viaje a Egipto con la Mapa Tours, proyectamos un itinerario minuciosamente estudiado: amanecida en el desierto de Libia, salida del sol en Abu Simbel, visita a un poblado nubio, Luxor y Valle de los Reyes, Alejandría y El Cairo.
Yul Brinner y Charlton Heston, a punto de aparecérseme

Las entradas al inframundo, 50 EL, o sea 50 libras egipcias.
Todo a pedir de boca, increíble Egipto  hasta que llegó la hora de la visita reina a Egipto: Pirámides.
Ya la noche anterior a esta cita, en el hotel, Grands Pyramids, que se encuentra justamente en el centro de Giza y de allí a las pirámides escasamente media hora de autobús me estuve documentando sobre lo que íbamos a visitar, y yo, que me las prometía muy felices, hasta que leí en la guía 3D que la entrada a la Segunda pirámide no era recomendable para claustrofóbicos.
Cierto, la Esfinge es absolutamente lineal y está alineada con una de las pirámides... ¿existiría ya el Google Map hace cuatro mil años?
¡Bueno! Cuando se lo comenté a mi mujer se echó a temblar porque se había dado cuenta de que ya tenía yo con qué entretener mi coco y de que no pararía de comérmelo. Aquella noche la pasé en un duermevela hasta que en las primeras luces del alba me sobresaltó con llamada a la primera Oración del muecín entre el fragor del tráfico en la avenida Al Ahram.  Desayunamos hummus, y luego teniendo mucho cuidado de salir del hotel con todas mis necesidades cubiertas pues había previsto la contingencia de que en el interior de la Pirámide no hubiera WC.
Piedras, camellos, desierto... y El Cairo justo al lado
El caso es que cuando llegamos a primeras horas de la mañana a la meseta de Giza me quedé asombrado de las magnitudes voluminosas de aquellos grandiosos monumentos, pensativo del enorme esfuerzo que debió suponer en vidas humanas  aquellas moles exactamente situadas en la superficie de la tierra como la Constelación de Orión y orientadas, medidas, distanciadas, construidas y equilibradas siguiendo unos parámetros que aún hoy es materia de estudio y de peregrinas teorías. Me quedé extasiado y sentí la insignificancia del ser humano al lado de aquellas moles.
Sólo cuando Miguel, nuestro guía, nos concedió dos horas para poder deambular a nuestro aire, caí en la cuenta de que había llegado el tan temido momento de entrar a visitar la Segunda Pirámide. La hora, mi hora suprema, había llegado. Debía demostrarme a mi mismo que mis miedos no iban a poder conmigo. Que si había llegado hasta allí no iba ahora a tirar por tierra la oportunidad de conjurar los maleficios que habían anidado en mi mente después de tantas y tantas películas y novelas. Que sería como haber ido a Roma y no  entrar a la capilla Sixtina por miedo a una tortícolis. O como haber ido a China y no hacerme una fotillo con el cartelón de Mao a mis espaldas porque me daban miedo sus teorías. ¿Me iba a ir de Egipto sin entrar en aquella inmensa tumba? Además eran las ocho y media de la mañana. Seríamos los primeros guiris en entrar. El aire sería fresco y rico en oxígeno. Lo justo para yo poder respirar tranquilamente. Además,  por 25 míseras libras egipcias…
Cuando sentí las mano de Carmen entre las mías, perdí los miedos. El guía nos entregó los tiques de entrada y nos pusimos en la cola. Cuando llegamos a la puerta de acceso, ya perdí todo el miedo. Desde aquella perspectiva era imposible observar el fabuloso triangulo de enormes bloques de piedra que se perdían allá en lo alto, con el piramidión en el cielo azul de la clara mañana de Egipto.
Esto sí que es un montón de escombros, donde estén las de toda la vida...
Cuando entramos en la Segunda Pirámide, tuve que soltarme de la mano amorosa, cálida, acogedora de mi Carmen porque aquella pasarela tosca de madera con estrechos travesaños clavados haciendo de mínimos escalones me impedía sentir la protección de Carmen, así que opté por situarme tras ella y seguirle los pasos en aquella fila india que formábamos todos los visitantes de la pirámide de Kefren. Era una pasarela estrecha y tosca que descendía, debiéndonos ir encogidos, casi en cuclillas a fin de no dar con la cabeza en la techumbre realizada por los obreros que construyeron la última morada del hijo de Keops. Carmen me iba orientando con un pequeño rayo de la luz de una linterna comprada para la ocasión en una tienda de chinos de Huelva, pero cuando más lo necesitaba ―una solitaria y simple bombilla colgaba en aquel tramo de pendiente― la luz cesó ―el euro que había costado no dio más  de sí―, y cuando sentí la oscuridad, debido a que la inclinación de la entrada impedía ver la siguiente bombilla, en un solo segundo sentí cómo sobre mi se cernían de repente todos los demonios y dioses maléficos del inframundo.
Mi faraona de andar por casa
Sentí, lo juro por lo más querido, cómo miles de sombras perfiladas en la misma oscuridad, tal vez la de los miles de obreros esclavos, capataces, soldados, sacerdotes, médicos y por fin, toda la corte del faraón Kefren, me invadieron, y no tuve otra opción más que, en el paroxismo del terror, y de sentir las miedos atávicos del estar también enterrado en vida y de que sobre mi cabeza se precipitaban cinco millones de toneladas  de bloques dejándome, enterrado a merced de los dioses del Amenti y condenado por toda la eternidad a vagar por los pasadizos por descubrir de aquella megatumba. Tras de mi iba la tía buena ―esa que va en toda excursión―, pero ni por esas, no era momento de hacerse el macho y el valiente en aquellos momentos, así que aprovechando que venían de regreso una fila de turistas, paré en seco, di un pequeño alarido de aviso a Carmen que me tendió la mano. Que rechacé en el culmen del terror al no retorno, y me uní, despavorido, sudoroso, al grupo que emergía con suerte de aquel mundo inferior, antesala tal vez del tribunal de Osiris. “Rá, él se eleva…Ra, él se eleva”, era la frase, desconocida hasta entonces, que procedente de ultratumba se me había introducido obsesiva en mi mente.
Ni un segundo más, por mi parte, el permanecer en el Reino de las tinieblas sino emerger en busca de Maat, diosa de la luz, del equilibrio y de la armonía.
Al emerger al reino de Ra, a la luz del día, me alegré de ver la cara del portero -posiblemente llevara ya allí, chequeando tikets desde hace cuatro mil quinientos años- y de los soldados de la República que velan la cámara mortuoria, vacía, del faraón de la IV Dinastía Kefren, dueño y señor de del Alto y Bajo Egipto y constructor de aquel maldito Templo de Toth del que, al fin, había logrado escapar.
Casi me parto la crisma con este bajorrelieve de El Libro de los Muertos :-)
Al emerger al mundo, de nuevo, sentí renacer y me senté en el suelo a la espera de mi mujer y de sus compañeros esperando cualquier malanueva. Como hormigas salían de la Segunda pirámide, y sentí un pequeño pellizco de alivio al observar que no cesaban de salir de aquella descomunal ratonera. Sentado, cerré los ojos y miré al sol benefactor, abrasador, que caía ya a esa hora sobre la meseta de Giza. Al fondo, la esfinge de nariz partida y labio leporino del mismísimo faraón me miraba despectivamente. Se había burlado de mí.
Cuando salieron los de la excursión, incluida la tía buenorra que se me quedó mirando, socarronamente y yo le devolví la mirada  sonriéndole para que no pensara mal de mi, llegaron las explicaciones y las aclaraciones con Carmen. Mi mujer no entendía que a unos metros de pendiente ascendente, y otros metros de túnel a nivel, con otra bombilla más, a escasos metros del mismísimo centro del Universo, principio y fin del Conocimiento, y Punto de todas las Constelaciones del firmamento yo me hubiese echado, literalmente, para atrás.
El caso es que Carmen luego le quitó importancia a la cosa, me llamo cariñosamente bobo pero que en realidad sólo había un simple sarcófago de granito rojizo carente de momia alguna, si acaso el morito de chilaba, de guardián a la busca de un euro a cambio de una pose fotográfica.
Para echar tierra sobre el enojoso asunto que ya me inquietaba por autosentir cobardía, opté por comprar a un chaval un juego de pirámides, que envolvía en papel de periódico. Le di un euro y el chaval, que sabía hasta catalán, se despidió de mí con una sonrisa desapareciendo en busca de más guiris.
De regreso al hotel, ensimismado, Carmen me cogió las manos intuyendo lo que estaría pasando por mi cabeza. Música árabe surgía del compac del autobús, con la voz de Um Kalsun, que oía por vez primera, que no entendía, mas presentía que hablaba de amores y desamores, de la vida y de la muerte, del glorioso pueblo egipcio al flujo de las crecidas del Nilo, y me relajó de tal manera que me quedé adormilado, sin darme cuenta de que la bolsa de los regalos se me había resbalado de mi regazo.
La "imagen del siglo" me costó un eurito para el "habibi"en el templo de Kom Ombo, templo consagrado a dos dioses en forma de halcón y de cocodrilo.
Me despertó un fuerte dolor de cabeza que Carmen solucionó entrando en una farmacia al lado del hotel. Aquella noche, gracias a la pastilla de Piramidón ―Carmen se río al comprobar que aún se expedía este  antiguo medicamento desaparecido de nuestras farmacias― y al medio Orfidal,  Carmen me ahorró la consabida pesadilla de cada viaje.
Al regreso a España, a Huelva, a casa y comenzar el reparto de regalos, me di cuenta de que el souvenir que había comprado al rapaz de Giza, al desenvolverlo sentí un vuelco en el corazón. De las tres pirámides del lote, dos salieron intactas pero una de ellas, la Segunda, la de Kefren, la que había sido mi hall de entrada, mi vestíbulo al inframundo, se había convertido en unos gramos de polvo blanco y gris de escayola pintada. Toda se había derrumbado como una pequeña señal de la más que probable verosimilitud de las maldiciones que se ciernen sobre los que osan adentrarse en mundos ignotos. La señal de la pequeña pirámide destrozada jamás se borrara de mi mente. Las otras dos, supervivientes, las mantengo guardadas en mi mesilla. Me da un poco de vergüenza mostrar sólo Dos de las famosas  Pirámides de Egipto.