5.11.12

Fragmento de Ambas orillas. Madrid, noviembre del 36



Museo: Archivo Histórico Nacional 
Copyright:  ARTEHISTORIA
Cuando arriba al puerto de Algeciras, se da cuenta del cambio que, en pocos días, se ha producido en la península: en la vida cotidiana se percibe un ambiente de guerra, aunque el suroeste de España se sumó al movimiento rebelde en las primeras horas. Rápidamente abordó un convoy que partió en dirección a Sevilla y continuó la marcha por el único lugar posible para acceder al centro del país: a través de Extremadura, bordeando la sierra de Santa Olalla y llegando a Mérida, para tomar, luego de recoger a nuevos contingentes de Extremadura, la gran ruta de la carretera de la Plata, atravesando Cáceres y Plasencia, hasta Navalmoral de la Mata y Talavera donde un grupo de defensores del Alcázar fue recibido con gran regocijo por parte de todos los que componían las columnas del Sur. Por un momento, su pensamiento fue para Delia y para su padre, que sabía se encontraba en Toledo. Por primera vez el doble sentimiento, por un lado, el odio a los enemigos de la Patria, pero por el otro el padre de su novia, a la que ella había prometido amor eterno, situado en una de las orillas de los dos bandos en que se había convertido España. El viaje, tranquilo, que Manuel había tenido hasta entonces, se convirtió en pocas horas en lo que iba a ser su escenario cotidiano. Atravesaron Seseña donde pudieron sentir las primeras señales de las batallas en centros urbanos. Se encontraban en la provincia de Madrid, pero el avance en dirección Norte, a la capital, se iba haciendo más lento. La marcha, en continuos zig-zag le indujo a pensar que la toma tardaría aún varios días. El recorrido se hizo desde la carretera general de Andalucía, por carreteras secundarias y campo traviesa, pero el primer Tabor de la columna del teniente coronel Barrón, donde estaba adscrito Manuel, hubo de desviarse hacia el oeste para evitar los tanques T-26 republicanos. Las carreteras bordeando el suroeste de Madrid le obligaron a recorrer una serie de pueblos, algunos de los cuales pudieron tomar, pero otros hubieron de ser rodeados para continuar el avance.
El 7 de noviembre, al caer la noche, un grupo de marroquíes del 1º tabor, se quedó descolgado de la columna Barrón. No se le olvidaría jamás aquella noche en que hubieron de refugiarse en el cementerio de Griñón, rodeados por fuego de artillería y morteros procedentes del interior de la localidad. Hubieron de introducirse en varios nichos vacíos, aunque también en algunos reventados con restos esparcidos en su interior, a fin de evitar ser masacrados allí mismo. La noche fue larga, pero con las primeras luces, lograron salir de la ratonera y unirse de nuevo a la columna. Se puede decir que aquello fue su bautismo de fuego, pero tal como le contó después a Delia: él no disparó ni un solo tiro, todos los recibió él, y los moros.

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