13.3.12

Mi tiempo


Tanto tiempo suspirando por revivir lo que aquellos hombres sabios habían pensado a fin de inmortalizar a sus dioses pero también como recordatorio de los ciclos vitales que regían aquellas vastas regiones.

Es la mañana más feliz, por mucho tiempo esperada, y durante la noche he aguardado impaciente a fin de no perderme aquel mágico momento.

La estrella Sirio fugazmente presagia los primeros albores del nuevo día y me preparo para asistir al gran momento.

Accedo al gran templo y consigo entrar hasta los sagrados recintos. Nervioso, aguardo. A mi mente vienen las imágenes, los sonidos, los murmullos de los obreros que rodean al arquitecto real. Me parece que el tiempo ha dado marcha atrás -3.280 años- cuando el dios de las Dos Tierras ordenó orientar su Obra de tal manera que la luz inundara con sus rayos las profundidades de aquel magno templo. Exactamente debería ocurrir el fenómeno sesenta días pasado el solsticio de invierno -y también sesenta, previos al de verano- que marcaría para siempre los ciclos vitales de aquel pueblo sabio... 
Me situé al fondo, cerca de las hornacinas y en medio de una multitud, de la que conseguí aislarme hasta sentirme en medio de un escenario magnífico, me taponé los oídos y abrí bien mis ojos. Dejé que por un momento, único en mi vida, los mismos rayos del mismo astro-rey, exactamente con la misma inclinación, me cegaran y sintieran lo mismo que aquellos viejos dioses que antaño habían reinado sobre aquellas tierras, que con puntualidad se anegaban o se desecaban cubriendo de limo las riberas del Bajo Nilo y que suponían la diferencia entre la riqueza y la pobreza, la abundancia y la escasez, la vida y la muerte.
Durante breves minutos de aquel día único los destellos del Sol de la vida fueron desvelando los rostros de Ra (Dios de aquellos rayos), Amón (dueño de aquellos rayos), Ramsés el Segundo (representante de aquellos rayos), y deteniéndose en el amanecer, justo en el momento previsto por los sacerdotes reales: negándole a Ptah (el del hermoso rostro, el dios de la oscuridad y guardián del inframundo) los benefactores rayos y por consiguiente manteniéndolo en la terrible condena de permanecer oculto, en las tinieblas durante toda la eternidad.
Desde aquel día de Abu Simbel, Egipto y Tiempo son mis sinónimos.

(Comentario -dedicado a mi amiga Mar Solana- en la entrada No me das suficiente... en http://marsolana.blogspot.com/ )

4 comentarios:

  1. Mi tiempo en aquel día fue tan poético, como comernos un polvoron a la salida de la visita.
    Estábamos en el desierto, pero era Enero.

    Borra la coca cola, por favor, que e carga la inmensidad de la fotografia.

    un abrazo.

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  2. Pedro
    la Cocacola fue precisamente el objeto que me dejó en el presente, después del viaje a través del tiempo.
    Créeme si te digo que momentos antes de la fotografía, me encontraba en el interior del gran templo esperando los primeros rayos del sol, cuando me vi degustando una bebida que te aseguro por todos los antiguos dioses por primera vez en mi vida.
    Te puedo asegurar que recordaba mucho el sabor de la chufa, o sea sabor de "horchata" pero a temperatura ambiente.
    Por qué razón sentí, o incluso qué explicación tiene que cuando me disparó mi mujer esta foto, sintiera necesidad de sentir a mi lado la lata de Cocacola, abandonada allí por cualquiera sabe, y constatar que el sabor que permanecía en mi paladar era el de una de las bebidas de los antiguos dioses faraones.

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  3. Pues a mí me gusta la Coke en la foto, le da un toquecillo de color y un puntillo de contraste (histórico: pirámide versus coca cola:) jejeje...

    Mil gracias, amigo, por tu generosidad, por tu amistad, por esta bella dedicatoria y sobre todo, por tus comentarios de lujo que ennoblecen mi timón...
    También te he dejado unas letras mar adentro...

    ¡Muaackk!!

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  4. Mar
    No hace falta que me avises. Sé muy bien cuándo has incluido alguna entrada en tu blog, y cuándo has contestado: visito más tu espacio que el mío.
    Pues sí, la cocacola dichosa sirve de contrapunto a mi narración, aunque ya he comentado que no era mía.
    Las gracias en todo caso son para ti, por permitirme usar tu barco a ver si alguien me ve desde las orillas (pero no quiero ser un polizón; si molesto, adviértemelo)
    Besos

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