29.11.11

Ambas orillas (fragmento)

Foto Ernest Descals

...Apoyó las manos, algo rugosas y encallecidas, en la verja. Durante unos minutos estuvo con los ojos cerrados, musitando una plegaria por aquel hombre —para ella, bueno—, victima de las terribles circunstancias que le arrastraron a la muerte como a tantos otros miles de compatriotas y extranjeros de ambos lados de las trincheras.
Cuando regresó a casa, Delia estaba segura del paso que iba a dar por lo que se sentía contenta de haber creído conseguir la aquiescencia de su padre.
El miércoles, 1 de abril de 1959, estaba sentada en uno de los últimos bancos. Desde aquel lugar sólo podía observar, a lo lejos, el impresionante chorro de luz blanquecina que, desde lo alto de la descomunal cúpula, caía sobre la cruz de enebro en el inmenso altar mayor. La oscuridad era casi total, y sobrecogedor el silencio con que la muchedumbre, desde el exterior, asistía al funeral. Aún resuenan en los oídos de Delia las palabras de Franco: "...la honda emoción que nos embarga ante la presencia de esposas y madres de nuestros caídos..." Durante el funeral, Delia se da cuenta de las ciclópeas proporciones de la nave repleta de gente. La música de cantos gregorianos y el ambiente dan un cuadro de solemnidad que a Delia le parece irreal, casi fantasmagórico. A pesar de la propaganda, sabe que, en la gigantesca cripta horadada en la roca de Cuelgamuros de Abantos, donde se eleva una cruz que casi se ve desde el mismo Toledo, sería imposible sepultar a los miles y miles de muertos victimas de la guerra, caídos y mártires de los dos bandos. Pero había aceptado las invitaciones y se encontraba en El Valle de los Caídos.
Al finalizar la ceremonia, los familiares, debidamente  identificados, fueron autorizados a visitar las capillas donde reposaban, desde poco tiempo antes, los restos de sus seres queridos.
A la derecha de la nave, una gran capilla, la de Loreto, daba sepultura, junto a miles de restos mortales, a Manuel, trasladado un mes antes desde el cementerio de Alhama de Murcia según le habían comunicado desde el Gobierno Civil de Toledo, y donde le denegaron, categóricamente, la "otra petición".
Allí, Delia, junto a los demás familiares, estuvo durante unos minutos, los suficientes para, en unos instantes en los que pudo pasar inadvertida, extraer de su bolso un sobre y depositar su contenido tras los grandes trípticos del frontal de la capilla, en la columnas de nichos. Al menos, algún átomo de tierra arrancada de la fosa común del cementerio de Toledo, permanecería, tal vez por siglos, en memoria de su padre, materializado en aquellos granos de polvo reseco. Delia, quiso, en un acto mezcla de generosidad y simbolismo, pero, sobre todo, de amor, que aquellos dos hombres, separados en vida, estuvieran, aunque no fuese más que en un humilde gesto, unidos, reconciliados de verdad, para siempre... 
                         ©J.A.Bejarano

2 comentarios:

  1. magnifico relato corto.

    amigo mio, sigo insistiendo, que las letras se pierden un escritor.

    bueno aun estamos a tiempo

    un saludo.

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  2. Gracias, Pedro. Cuando hoy mismo siguen empeñados en remover tumbas y rehacer -imposiblemente- la Historia, este fragmento lo he incluido y forma parte de ni obra más importante Ambas orillas, que escribí como homenaje a las víctimas de aquella lucha fratricida, sin importarme en cuál lado se encontraban.
    Dejémoslos en paz ya...

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