15.6.11

E C L I P S E

           Era domingo, 1 de abril del año 1764, y Judith Martel recogió rápidamente a su hijo Jesús, de la calle, y casi a empujones lo conminó a meterse en casa. Se santiguó al tiempo que se despedía de las vecinas del Rincón de la Vaca Brava antes de que el Cantón quedase durante una hora completamente solitario. Si los augurios se cumplían —y en la Misa Mayor de la mañana el párroco había sido muy claro al respecto— el fin de los días estaba cerca desde que el sol se oscureciera, a pesar de ser las cuatro de la tarde y la primavera hiciera crecer los días a simple vista.
Dejó al niño en  la cocina del fogón grande y no pudo evitar subir azarosa, nerviosa, las escaleras del desván. Hubo de encender uno de los candiles de la sala para no tropezarse por las empinadas escaleras.
Cuando lo tuvo a su alcance un leve sudor, de miedo y de emoción, le corría por la frente. Aquel arca jamás, que ella recordase, había sido abierto. Con un soplo quitó la película de polvo que lo cubría y desprendió el pestillo que se resistía. Cuando lo abrió, descubrió lo que su antepasado había guardado para siempre: el candelabro del sabbat, las filacterias y un pequeño rollo de la Torá que el rabino le había encomendado una vez cerrada la casa de oración de la calle de Abajo hacía muchos, muchos años, tantos como, ahora recordaba Judith, doscientos setenta y dos.
Extrajo con sumo cuidado aquellos objetos del culto prohibido, y no sabiendo qué hacer, por miedo al Santo Oficio y a las iras del preste de Santa María, pidió al Bianeventurado —D`s— los librara de todo mal en aquel momento de tinieblas y confusión. Tenía tanto miedo a ser descubierta en posesión de aquellos sagrados objetos, como al incierto futuro que les reservaba el fenómeno que estaba iniciándose en los cielos de Hervás[1], tal y como si de una señal divina se tratase.
Devolvió todo a su arca y la cerró, cuidando de no hacer ruido con el fin de no alertar a Jesús, que de aquel secreto no tenía la menor idea. 
Ni siquiera a Dimas —Dimas Bexar de los Santos—, su marido que a esas horas debía encontrarse en la viña, le comentaría nada.
Al bajar de nuevo a la humilde casa, Judith se percató de que la claridad primaveral  había vuelto a las calles del pueblo. Así pues, dio permiso a Jesús para salir de nuevo y continuar con sus juegos infantiles.
Las vecinas comentaban entre ellas el magnífico y terrible espectáculo y se santiguaban asustadas por el portento presenciado y en agradecimiento de que el Señor había aplazado, una vez más, los males anunciados. 


Hervás, en la provincia de Cáceres, es un pueblo donde habitaron judíos en perfecta armonía hasta 1492, año de la Expulsión. Todos los nombres de personas y lugares aparecidos en este pequeño relato pertenecen a dicho lugar.

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