13.3.11

TURNO DE NOCHE EN LA CENTRAL NUCLEAR

Lena Geesinski, Marcia Macy y Jimmy Santoria fueron urgentemente convocados por la dirección general de la compañía en la que trabajaban. Robert William, a su vez, por la Agencia Federal para la que prestaba sus servicios.
Fueron requeridos, los cuatro, para que en el plazo de tres días redactaran sendos informes de lo acaecido en el turno de noche del 24 de mayo de 2011, a fin de delimitar las responsabilidades y estudiar las maniobras que se llevaron a cabo en dicha jornada dando lugar al disparo de alarmas de la central termonuclear, propiedad de la Atomic Enginering Development Co. ,situada en Concordia City, a orillas del río Republican, Estado de Kansas, con la consiguiente activación de EMERGENCIA UNO puesto en marcha por las autoridades federales, de acuerdo a las indicaciones de la central atómica.
El 29 de junio de 2012, un año después de los hechos, el narrador tuvo acceso a dichos informes, gracias a la valentía de un miembro de la comisión investigadora, conocedor del correcto uso que se haría de los mismos. Una vez leído dicho dossier, completado con las manifestaciones y todos los datos técnicos —que el narrador no está en condiciones de confirmar, debido a su complejidad—, tratará de hacer un breve resumen de aquella noche —novelado, puro divertimento, sin ningún ánimo de crítica, exento de rigor científico—, haciendo una síntesis cronológica de lo sucedido:
10:30 p.m. Una vez efectuado el cambio del turno de tarde por el de noche, firmados los informes precedentes, los ingenieros revisan sus secciones, haciéndose cargo de sus respectivos puestos.
11:30 p.m. En el panel de control se recibe una llamada dirigida a la ingeniero Marcia Macy, comunicándole la subida repentina de temperatura en 10ºF, del agua de refrigeración del reactor nº 3. En principio, conectando previamente el monitor con el panel, se observa que el incremento de temperatura en dicha zona de la reacción puede ser debida a la detección, la tarde anterior, de una pequeña fisura, de unos milímetros, en el asiento tórico de una de las bombas de impulsión, y una minúscula fuga de apenas unas gotas de agua en el suelo de la plataforma.
1:10 a.m. La ingeniero —jefa de guardia de la central—, no obstante, comunica por el interfono con el ingeniero jefe de reactores, dándole  cuenta del aviso recibido en los paneles de control central. Dicho ingeniero, Jimmy Santoria, la tranquiliza diciéndole que conoce la comunicación, que no debe preocuparse, pues considera normal esa subida de temperatura: “Las bombas de impulsión funcionan correctamente, pero algunas veces se empeñan en ‘aguarnos’ la noche. ¡Olvídalo y relájate, mujer! Nos tomamos un café, ¿vale? Te espero en la máquina expendedora, junto a DEF-DESC” (Sala de descontaminación rápida).
Marcia, sin embargo, está preocupada. En el terminal de la computadora de su mesa la pantalla marca una temperatura del agua de refrigeración que le parece preocupante en aquella zona del reactor tres.
Decide descolgar el teléfono interior y comunica con el laboratorio de análisis de control. Mira en la lista de personal y suspira con alivio: al frente, aquella noche, está su  compañera y amiga Lena.
Lena Geesinski, al otro lado de la línea, oye a Marcia con atención. Durante la noche, a saber hasta entonces, ha funcionado todo con normalidad. Los parámetros analíticos rutinarios, introducidos en los ordenadores por el equipo de técnicos, están dentro de la normalidad.
Marcia Macy, no obstante, insiste.
—Lena, deseo pedirte un favor personal: quisiera que, como una excepción, dieras las instrucciones precisas para tomar unas muestras extraordinarias de aguas para analizarlas. No estoy tranquila.
—Pero, Marcia, sabes que eso no se puede hacer sin autorización expresa. Sería un riesgo innecesario obligar a tomar muestras en zonas restringidas.
—Lena, estoy segura de que existe un riesgo potencial esta noche—. Insistió, con voz temblorosa, la ingeniero jefe de guardia—. Hazme ese favor. Asumo toda la responsabilidad.
—Está bien, enviaré a tomar muestras de aguas de refrigeración a la sección 12-q de la salida de la cuba tres. Pero debo comunicarlo a Santoria. Y la responsabilidad, ahora, es mía.
Lena Geesinski, nacida en Bielorrusia, pero americana hasta la médula, doctorada por el M.T.I. (Instituto Tecnológico de Massachussets),  comenzó a trabajar en su actual empleo siguiendo los pasos de su novio —gerente de la central— y aficionada, en sus ratos libres, al tenis.
2:52 a.m. Dos operarios, embutidos en trajes especiales, permanecen en la cámara de descontaminación. Durante diez minutos, unos chorros de agua a presión los barre, literalmente, limpiando todo vestigio de cualquier tipo de isótopos radiactivos que hubieren podido escapar por la pequeña fuga. Los recipientes herméticos, con las muestras de agua, han sido depositados en unos soportes especiales que, a través de una cinta transportadora, los lleva directamente a la sección de PRE-RAD (muestras posiblemente contaminadas), del departamento de análisis de aguas.
3:15 a.m. Inmediatamente, la ingeniero Geesinski, toma en sus manos la responsabilidad  personal del análisis de aquellas muestras. Repasa los protocolos confidenciales y, siguiendo las instrucciones, procede a la determinación de PRE-RAD. En la vitrina, estanca y con 100 mm. de mercurio de vacío, las manos-pinza, dirigidas por control remoto desde el exterior por la jefa del laboratorio, “manipulan” con destreza los materiales, reactivos e indicadores precisos para el análisis.
Veinticinco años atrás, cuando alguno de aquellos ingenieros estaba recién nacido, o a punto, un gravísimo accidente en Ucrania, en lo más profundo de la, a la sazón, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas hizo que las medidas de seguridad en los complejos atómicos se llevasen a sus máximos niveles de  exigencia.
La tecnología había avanzado a pasos agigantados, y, posiblemente uno de los más importantes progresos había sido dividir las mastodónticas y siniestras vasijas de reactores del pasado, en varias —independientes unas de otras—, de tal manera que las barras de Uranio enriquecido al 4% con U-235, fisionable en U-236, liberando Kriptón y Bario, a su vez liberando la energía calorífica, se encontrasen aisladas entre sí, por lo que los riesgos de rotura de las tuberías de agua fuesen mínimos, aunque no por ello menos preocupantes.
De hecho, los cuatro ingenieros al frente de la central atómica aquella noche, a pesar de estar entrenados para hacer frente a cualquier eventualidad, es la primera vez que se enfrentan a una auténticamente real.
La químico está en aquellos momentos determinando si los miedos de la ingeniero jefe son fundados o, por el contrario, aquella continuará siendo una más de tantas noches, proporcionando energía al veinte por ciento del territorio del centro-oeste de los Estados Unidos de América.
A las dos ingenieros se ha unido el jefe de reactores; Santoria, de padre tejano y madre guatemalteca, nacido en el estado de Nuevo Méjico, no puede disimular su sangre latina, con fama de donjuán, pero asimismo con reputación de disciplinado en su trabajo, aunque está convencido de que Marcia, esa noche, se está dejando traicionar por los nervios. Los tres se encuentran frente a la vitrina estanca; Lena Geesinski ha preparado la muestra y, con sumo cuidado, está comenzando a adicionar el reactivo. Las gotas caen en la muestra lentamente, mientras una varilla eléctrica teflonada está agitando el líquido a una velocidad exactamente uniforme. Ha utilizado un colorante orgánico especial, “Violetacristal-SUDAN III”, que le indicará el final exacto de la valoración; mientras tanto, nerviosa por la gran responsabilidad que tiene en aquellos momentos, piensa que después de años de tecnología superavanzada como cromatografía de captura de electrones, espectrometría de infrarrojos o absorción atómica, aún no se ha encontrado un método tecnológico capaz de ver el viraje desde el amarillo hasta el amarillo anaranjado, que sólo el ojo humano es capaz de detectar con precisión.
Muy lentamente —veinte largos minutos—, pero segura de sí misma, Lena, da por finalizada la valoración. Con los consumos y otras variables, introducidos por el teclado de su ordenador, después de unos segundos de espera, lee los datos. Muy seria, mira a sus dos compañeros, adoptando una actitud solemne.
—Marcia, tenías razón. El agua, procedente de la bomba de impulsión de la barra R3-12-q-U-5-6, está contaminada. Si bien, es cierto que no es especialmente grave y no afecta para nada al funcionamiento del reactor ni de las turbinas.
—¿Qué contaminación tiene, exactamente?— pregunta la ingeniero jefe.
—48 milirem/M3. Ya sabes que está dentro de los límites permitidos, pero es muy alta para lo acostumbrado, aunque lo más preocupante es, me temo, que se ha liberado “basura” que habrá que controlar desde ahora.
—¿Qué tipo de basura?— pregunta por primera vez Jimmy Santoria.
—Estroncio, radón y americio, que yo sepa, por ahora.
4:03 a.m. Marcia Macy abandona el laboratorio. Toma el ascensor TRES y sube dos pisos. En la planta cero, a nivel de superficie, la luz es distinta. Por los pasillos, con puertas que se abren al paso, y se cierran una vez traspasadas, se observan empleados que van y vienen. En la superficie, el personal de seguridad y mantenimiento hacen una vida más nómada. Marcia, a pesar de la gravedad de la situación no puede evitar divagar: “¡Qué suerte tienen estos privilegiados de Seguridad que su trabajo consiste en no tener que trabajar!”
En las entrañas de la central, las cosas son distintas: las cien personas por turno que trabajan allí tienen la misión de que todo funcione a la perfección y el estrés es enorme. Marcia, ingeniero-jefe de aquella inmensa instalación, cuando llega a su casa, sin embargo, debe eliminar la tensión como más le gusta: paseando y jugando con sus numerosas mascotas, dos perros Alaska Malamute, otro Alpino Beauceron, tres gatos abisinios, un pequeño mapache y una iguana traída de sus últimas vacaciones en el Orinoco.
Ve en un reloj digital, en la pared, la hora: 4:23 de la madrugada. Pasa un control de contaminación, otro de identificación y, a los pocos minutos se encuentra saludando a Robert William, el otro ingeniero nuclear. Lo descubre tumbado en un amplio sillón de su despacho; a su lado, sobre la mesa, abiertos, varios dossieres y una taza de café apurada. Se incorpora sobresaltado, pues no es normal ninguna visita, entre la noche. “Algo ocurre”, piensa.
Robert William, a veces, se siente en la central atómica como “gallo en corral ajeno”. Sabe que su misión puede ser antipática, cuando no ingrata, dada su fama —injusta por falsa—, de simpatizar con grupos radicales ecologistas del condado, pero también sabe que tiene una clara misión por cumplir, en servicio a la sociedad. Está allí comisionado por la Agencia Federal de la Energía Atómica de los Estados Unidos, y su misión consiste, “nada más, pero nada menos” en observar y controlar que el funcionamiento de la central nuclear se ajuste, escrupulosamente, a las normas establecidas para este tipo de instalaciones. Robert William, ingeniero aeronáutico, reciclado y especializado en Seguridad nuclear, sabe que tiene una grave responsabilidad.
Marcia Macy le pone, en pocas palabras —más tarde le trasladará la comunicación oficial— al corriente de la situación, como está establecido en las Normas.
William sopesa, en pocos minutos, la información recibida, la procesa en su cerebro, toma una gruesa carpeta de “Protocolo Confidencial de Emergencia UNO”, la abre y consulta.
Tiene ante sí la grave responsabilidad de definir y evaluar cualquier incidencia en el proceso atómico. Duda unos instantes, adopta una postura de profunda reflexión y, sin dudarlo, toma un maletín metálico, lo abre marcando una combinación, y lo conecta, por medio de un cable triplecoaxial, a una consola, en el panel frontal de su mesa. Está a un paso de pulsar la alarma UNO, que pondrá en actividad el  “enepegeese” o Sistema Global de Prevención Nuclear.
Durante unos segundos sopesa las consecuencias de lo que va a activar y repasa, mentalmente, todo lo aprendido en la Agencia; a pesar de llevar tres años preparado para aquello, un leve temblor se apodera de su mano cuando activa la alarma —que en realidad no es ningún botón rojo, ninguna siniestra palanca o algún tétrico pulsador—, un simple tecleo de la clave secreta de acceso a una pagina web codificada, que pone en línea —vía Intranet—, a todas las instalaciones nucleares civiles de producción de energía eléctrica alrededor del mundo. En cuestión de segundos, todos los paneles de control y responsables de las centrales atómicas de la Tierra, conocerán los parámetros que se están computando en una de las mayores centrales en actividad. Igualmente, al instante, en los teléfonos exclusivo-celulares del director de la central y del ingeniero jefe de guardia de la Agencia  Federal de la Energía Atómica de Estados Unidos, en Washington, sonará una señal de alerta para que, inmediatamente, entren en contacto con la factoría atómica y con el gobernador del Estado, respectivamente.
Y Robert William, californiano, aficionado a la escalada y a los buenos vinos de su tierra, así lo ha hecho. Cumpliendo con su deber,  ha activado EL SISTEMA, y da órdenes tajantes de proceder a la desconexión de la barra que afecta a la bomba impulsora dañada. Aquella operación, hasta “energía cero”, durará varios días pero desde aquellos mismos momentos la producción de energía eléctrica disminuirá afectando, mínimamente, al consumo.
A las 5:45 a.m. se reúnen los cuatro ingenieros en un despacho y repasan las decisiones tomadas. Los siguientes compañeros están a punto de llegar al relevo del turno de mañana. El director, ya en su puesto, los llama.
A las 6:34 a.m. salen los cuatro al exterior. Están exhaustos. Al Este, por las lejanas llanuras del Missouri, comienzan a aparecer los primeros rayos de sol; en Concordia, al norte del Estado de Kansas, el pueblo, treinta años atrás una simple calle polvorienta es, ahora, una bella y pequeña ciudad, repleta de comercios, a orillas del pulcro río Republican. Lujosas urbanizaciones de chalets y casitas de madera, rodeadas de bosques, sirven de residencia a los empleados de la central termonuclear.
Amanece, para ellos, un nuevo día, aunque saben que el paso por el comité de investigación interna de la compañía, primero, y por el comité de la Agencia Estatal, en su caso, después, no será ningún plato de gusto. En ocho horas se sienten envejecidos, curtidos. Sus sueldos, fabulosos, han sido ganados a pulso.
F I N

6 comentarios:

  1. Después de esta lectura me he quedado -ATOMIZAO- , buena, buena.

    pero digo yo, no podía haber sido en el futuro muy pasado y no dentro de unos días machote. Mira que esto acojona, aunque sea ficción.

    Se nota que detrás de la historia, hay un maestro de las letras y de la química. he aprendido hasta rabiar sobre el tema, que nunca me atrajo, a pesar de mis posibles conexiones técnicas.

    y a costa de ser pesado y como esto es una charla entre amigos. 2.0, que le llaman. Te cuento.

    Tengo un sobrino ingeniero electrónico, un cerebrito el chaval, pero que nos ha salido ji pilongo de cojones, vamos que solo le falta la flor en el pelo a modo de hippy y pregonar la paz y la ecología mundial.
    pero eme a qui, que don dinero a modo de beca y de posible sueldo, se cruza en su camino y allá que el buen muchacho se me esta implicando en esto del estudio de aplicaciones atómicas.
    Poderoso don dinero.

    nota aclaratoria. soy moderno y futurista, pero las atómicas que se las metan donde les quepan.

    un abrazo

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  2. Pedro, precisamente con este relato he querido trasmitir un mensaje de optimismo.
    Nada como una central nuclear para tener garantizada la corriente eléctrica.
    Y eso que yo llevaba en el coche, hace años, un sol amarillo con el ¿Nuclear? NO, GRACIAS. Pero uno se va haciendo mayor y me apetece tener todas las comodidades.
    Me alegro que hayas aprendido algo co mi relato, aunque seguramente he escrito más de una chorrada, pero bueno... los escritores podemos tomarnos ciertas libertades.
    Nada, Pedro, como una central nuclear, nada hay más seguro. Lo de Japón, después de un terremoto así, bien que se han portado.
    Un abrazo

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  3. Pues yo no se si estamos tan seguros como dices Jose...estamos rodeados por Almaraz, Garoña y Trillo y suponiendo que en Portugal no tengamos alguna enfrente:(

    No sé como terminaran en Japón, pero desde luego es para no estar tranquilos.

    Muy buena, hasta he sentido los nervios de Marcia esperando el resultado de la valoración
    Rezaremos para que no pase nada.
    Un beso.

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  4. Laura
    Estamos seguros. La energía nuclear no es nueva. Lleva muchos años y es la que nos proporciona, en gran porcentaje, la energía con la que vivimos y convivimos.
    Mi relato da una idea de que un pequeño problema en una planta atómica es resuelto con garantías. Es lo que va a ocurrir en Japón. Las explosiones que se ven en los reactores son de Hidrógeno. Por ahora los reactores están a salvo.
    En Portugal creo que hay un reactor cerca de Lisboa, poca cosa.
    Así que tranquila, Almaraz es una gran central. Te lo digo yo.

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  5. A mi estas cosas me da un yuyu, que pa que!!!! Dominas la materia, eh????
    Bueno, que pasaba a ver que se cocia por aqui para que veas que no me olvido ni de Huelva, ni de mi gente ni de tu blog.

    Un besazo

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  6. Mary
    encantado de saberte por aquí.
    Tú crees que domino la materia? más bien que soy un curiosón y trato de meterme en todas partes... me encantaría entrar en un sitio de estos, pero me parece que va a ser que no.
    Ya me he enterado de lo tuyo... Enhorabuena, guapa!!!

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