18.12.10

Navidad 1935 (fragmento de Ambas orillas)

Y la vida, en Samprotás, en las Navidades de 1935, era una vida cargada de tristezas y de malos augurios. Manuel, como cada año, se limitó a cenar en casa, con sus padres, y a salir de ronda con los amigos, y pasear por el pueblo, a través de las callejas heladas por la escarcha de la madrugada, y cruzarse con los escasos transeúntes que regresaban de la Misa del Gallo, en la Iglesia de la Virgen del Lirio. Aquel año, por primera vez en muchos, no acudió a la tradicional Misa, pues sospechaba que el sermón de Don Serafín estaría cargado de iras que, en absoluto, le agradaban.
Al atravesar el Barrio Hebreo, no pudo dejar de llamarle la atención la figura de una muchacha asomada a la puerta de una de las viejas casas del burgo. Haciéndose el remolón, dejó que sus amigos continuasen camino, y Manuel paró en el umbral de la casa. Las copas ingeridas durante la noche lo habían envalentonado.
Le preguntó por su nombre y ella contestó, sin asomo de timidez, que se llamaba Delia, y que había nacido en Bargas, aunque su padre había trabajado de cartero en Toledo. A su madre —dijo— no llegó a conocerla, al morir de parto.
Había cumplido los dieciocho años dos días antes y lucía un cabello negro, que le caía suelto hasta la mitad de la espalda. De tez muy blanca, que le contrastaba con su pelo, hacían de ella una mujer, no de una belleza extraordinaria, sino más bien sacada de un fresco del Renacimiento.
En la puerta, separados por el cuarterón inferior, hablaron durante unos minutos que a los dos le parecieron segundos. El padre —Matías, un hombre avejentado, gris— desde el interior, reclamaba con premura a Delia, e incluso Manuel logró verlo durante unos segundos. Era el nuevo cartero y no conocía nada de él. Había pasado inadvertido, o quizá fuere que los meses en Melilla lo habían, en cierta manera, desligado del pueblo. El caso es que Manuel no pudo dejar de percibir un atisbo de sospecha de que algo no andaba bien, pues sintió que su presencia no era grata. En los ojos de Delia, cuando le traslada su extrañeza, ve un brillo de disgusto, conformidad y miedo. Manuel sospecha de algún secreto y no quiere insistir: por primera vez quedan citados para recibir juntos el año de 1936 en el Casino Artesano. Él está a punto de darle un beso pero se contiene. Se miraron y se tocaron, levemente, la mano y Manuel se fue en busca de su pandilla.Terminaron a las cuatro de la madrugada, bebiendo coñac y anís, cantando los tres a grito pelado el nuevo himno “Cara al sol”, a la puerta, cerrada, de la Casa del Pueblo. Las ventanas de las viviendas colindantes —otros años, en la Nochebuena, abiertas y plenas de cánticos— permanecían cerradas a cal y canto como si sus moradores hubiesen abandonado el pueblo. En el interior, sin embargo, las gentes dormitaban oyendo las nuevas estrofas.
Manuel abrió la puerta de su casa. Su madre lo esperaba levantada y salió de la habitación. Le besó y lo llevó a su dormitorio. Manuel no estaba acostumbrado a la bebida, pero, a punto de cumplir veintitrés años, se sentía un hombre, y le molestó aquel beso. Julián no dormía, pero no se inmutó por su hijo.

6 comentarios:

  1. Me cachisss, que he buscado un "continuará" y no hay ninguno.

    ¡No me digas que ya se ha acabado!

    Ni hablar, esto lo tienes que desenvolver, que me he quedado colgada en el beso de la madre al hijo que se siente demasiado hombre para cariño materno.

    ¿Y qué pasa con la sugerida e incipiente relación con la hija del cartero?

    ¿Qué secreto oculta el padre de la chica? ¿Por qué trasluce ella miedo en sus ojos? ........

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  2. triste relato, en estas fechas.

    esperaremos la continuidad.

    abrazos.

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  3. Adelaida mira si es...
    Se ha ido a París y ha dejao esto parao hasta que vuelva.
    Jose... Espero que no tengais que pisar mucha nieve.
    Un beso

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  4. Adelaida, no ha acabado; la historia está escrita.
    Secretos, guerra, amor, miedo, esperanzas (truncadas), tragedia... todo lo tengo escrito...

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  5. Pedro, te puedo asegurar que la Navidad de 1935 fue triste y luego trágica. No olvidemos la historia para no repetirla.

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  6. La historia temo continuarla pues está escrita, pero siento miedo...

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