8.9.10

TRINAKRIA (y 11) ©Jose A. Bejarano


Iessica dejó de leer la crónica periodística. Ella conocía de sobra lo que le separaba de Gianlucca, y su madre más, aunque aquello fue un tema tabú que nunca salió a la luz en las conversaciones. Era un secreto compartido entre los padres de él y la madre de ella.
Llamó por teléfono a su madre y hablaron por primera vez del asunto. Fríamente, porque su madre, aunque no lo dijera, estaba contenta de aquel inesperado final que iba a resolver un episodio que, en otras circunstancias, hubiera tenido otras consecuencias.
—Iessica, hija —la voz de su madre se filtraba a través del auricular con una nitidez especial— hablando de otros asuntos… tienes una carta del Ministerio de Infraestructuras, de Moscú.  Me he permitido abrirla. Dicen algo de un proyecto de descontaminación del lago Baikal. Parece que se interesan por ti.
—De acuerdo, mamá. En quince días regreso. Aquí he finalizado el contrato. Ya hablaremos entonces.
Aquella noche apenas pudo dormir. Un cúmulo de recuerdos, agrios y dulces,  se entremezclaba en su mente. Gianlucca aparecía y desaparecía como en la secuencia de una película. En aquellos mismos momentos, mientras seguramente reposaba en un helado armario de la morgue de Palermo, Iessica era conciente de que lo había querido, al menos durante el tiempo que se habían tenido en los brazos el uno al otro. No le pareció obsceno, aunque se excitaba por momentos, pensar y recrearse en la única vez en que hicieron el amor. En cómo Gianlucca había recorrido toda su piel, milímetro a milímetro, besándola, acariciándola, mientras ella gemía de placer, hasta que él la poseyó de tal manera que en aquel supremo gesto —mezcla de placer, rabia y odio— se encerrase toda la historia de sus respectivas familias. Pero familias de verdad, no como aquellas otras que crecían como un  mal cáncer en la tierra de Sicilia, para llenarla de dolor y muerte.
Y entremezcló aquel sueño erótico con el sueño técnico del proyecto del lago Baikal, uno de los más grandes y profundos de la tierra, que contenía un tercio del agua dulce del mundo, siendo también el más contaminado, allá en la remota Siberia. Ahora sí lo tenía claro, si había sido capaz de canalizar las aguas de Atenas, se sentía segura de sí misma para realizar aquel plan.
Al amanecer, con un ligero dolor de cabeza, confusa porque no tenía claro si  todo aquello había sido sueño o realidad —si Gianlucca había muerto, si había hablado en realidad con su madre, si lo del lago Baikal era cierto—, abrió la nevera y se preparó un fuerte café capuccino. Instintivamente se tocó el amuleto que le había regalado Gianlu y que desde entonces colgaba de su cuello, la trinakria, tres piernas radiales partiendo desde un misterioso rostro femenino simbolizando las tres costas de la isla y que desde tiempo inmemorial constituye el emblema más representativo de Sicilia. Lo miró, dudó un instante, y en lugar de llevárselo a la boca para morderlo como siempre hacía, decidió que era una fea costumbre que tenía que erradicar: se lo desprendió, lo miró y lo introdujo en un sobre que a su vez colocó en su escritorio. Salió al balcón. El tráfico de Atenas era ya denso cuando el sol surgía perezoso por el horizonte. Por allí debía estar situada Siberia, pensó. Regresó al interior del apartamento y puso el compacdisc. Rachmaninov, por enésima vez con su concierto nº 2 para piano, la acompañó.
F I N 

2 comentarios:

  1. Me ha gustado el relato, y el final.
    Iessica ha hecho bien en romper con su pasado, y ese odio siciliano.
    Ah!! no me gusta el amuleto.

    Bueno pues a esperar que nos cuentes otro...
    Un beso

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  2. Gracias, Laura.
    Creo que hizo lo que debía. No te puedes imaginar el infierno que puede ser la isla de Sicilia.
    El "amuleto" no es tal, sino un símbolo antiquísimo de Sicilia, representando una Medusa y tres piernas formando el triángulo de la isla.
    Voy con otro relato de tema judío histórico, lugar que conozco muy bie: Masada, la de los héroes.
    Creo que te gustará.
    Otro beso, amiga.

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