3.9.10

TRINAKRIA (6) ©Jose A. Bejarano

Caminaba por las empinadas calles hasta el Ágora y el Templo dórico de Teseion, y se sentaba en una terraza a tomar un café “frappè” griego, amargándole los labios cuando los  finos posos de la infusión llegan a sus labios. Y recuerda el café italiano, tan distinto, tan suave, en su punto justo de temperatura, y observa las palomas que acuden en bandadas a comer migas de pan que les echan los turistas.
Al llegar a su apartamento, encendió el ordenador y chequeó su correo electrónico privado: allí, como casi cada día, Gianlucca había dejado el suyo. Iessica se estaba cansando de aquel juego, y a punto estaba de abrirse una nueva cuenta para que los cibermensajes de Gianlucca cayeran al vacío, pero aquello, ella lo sabía, no conduciría a nada.
Esta vez el mensaje era algo más que unas simples palabras de enfado. En pocas líneas decía que necesitaba ayuda, pues sentía que estaba siendo perseguido. Que sentía miedo.
Iessica tuvo unos momentos de duda, y no lo pensó más: lo telefonearía por primera vez desde que salió de la isla. Sin embargo no contestó a sus llamadas, y durante todo aquel domingo intentó una y otra vez, infructuosamente, ponerse en contacto con él.
Entonces tuvo una terrible sospecha: no podían olvidar de quiénes eran hijos ambos; del lastre que habían tenido que sufrir; incluso de las habladurías que sabían había tenido lugar en la opresiva isla, y que pensaban que ellos nada tenían que temer, pero cuánto había sufrido su madre, quien sin embargo había sabido callar y comprender, y apoyar a su hija en aquel amor prácticamente imposible. Ni siquiera la juventud de ambos podía superar aquel escollo imposible.
Aquel domingo paseó un poco y entró en una pequeña capilla aledaña a San Teodoro. Era poco creyente, en Messina acudía poco a la iglesia y sobre todo desde que descubrió ser descendiente de judíos españoles asentados en la Sicilia de siglo XV.
En la pequeña capilla, pesadamente ornamentada de iconos y docenas de pequeñas cabos de vela, sonaba de fondo una música de armonio, y Iessica se sentó en uno de los bancos, en penumbra, meditando como hacía tiempo que no lo hacía. Allí repasó lo que había sido de su vida hasta entonces. Porqué había tenido ella que desplazarse y poco menos que huir; porqué su madre había deseado para ella el exilio dorado de Paris, cuando a ella lo que le gustaba era sentarse por las tardes y ver caer el sol tras el Estrecho, y ver atravesarlo a los grandes cargueros y los pequeños veleros.
Cuando salió, la noche caía lentamente sobre la ciudad, Iessica se dirigió a su apartamento. Al día siguiente se inauguraba una de las fases de la megadepuardora de Atenas y su trabajo estaba a punto de concluir. Estaba invitada al acto, aunque sabía que ella era sólo una parte y que las glorias se las llevarían otros. Pero así, entendía, era la vida, y consideraba la fiesta a la que estaba invitada un acto absurdo y artificioso en el que los políticos de turno se investirían, una vez más, con los ropajes de la hipocresía.
(Continúa...)

1 comentario:

  1. En estos actos los honores siempre se los llevan los mismos... Los que se pegan por salir en las fotos!!

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