31.8.10

TRINAKRIA (3) ©Jose A. Bejarano

Al atardecer tomó la autopista que bordea los acantilados de la costa y se dirigió a Taormina. Cuando llegó a la cafetería, Gianlucca ya se encontraba sentado en el interior. Los dos jóvenes se saludaron con un beso y se sentaron uno enfrente del otro.
El cabello rubio, ligeramente oxigenado de ella contrastaba con el negro levemente engominado de él. La piel apenas bronceada de Iessica contrastaba con el cuerpo moreno de él. Los ojos verdes de los que presumía Iessica contrastaban con los profundamente castaños de él.
Pero la apariencia mundana que Iessica había adquirido en París contrastaba, sin embargo, con el carácter cerrado y ligeramente pueblerino de Gianlucca, aprisionado entre los tres lados de Sicilia. Mucho era lo que les unía, desde que años atrás habían coincidido en las fiestas patronales de una aldea perdida del interior de la isla. Y contra viento y marea, saltando todas las barreras y prejuicios, habían mantenido su amor a pesar de todo. Sabían de sobra el abismo que, también, los separaba. Por eso, ahora, era distinto. Y aquella noche deberían decidirse.
—Gianlucca, he recibido una oferta difícil de rechazar— le dijo mirándolo a los ojos —. Debes comprenderlo.
—Pero Iessica, tienes tu carrera acabada, ya has conocido mundo. Aquí también tienes posibilidades—. Gianlucca hablaba nervioso, sabiendo que tenía pocas probabilidades de éxito. A pesar de ello, no quería darse por vencido. —Sabes que mi familia tiene influencias…y de todas formas si nos casamos, no tienes ninguna necesidad de trabajar.
Se miraron fijamente. No estaba dispuesta a echar por la borda tantos años de estudio por aquella oferta de ser un “florero”, un adorno más en medio de aquellas familias sicilianas donde las mujeres se encerraban en casa a la espera de sus maridos. No.
—Lo siento, Gianlucca, no puedo rechazar la oferta de trabajo. Las oportunidades sólo pasan una vez en la vida.
Gianlucca Santapola miró unos instantes a Iessica Barinni, su novia. Hizo un gesto de crispación y se levantó, en silencio, dejándola sola.
Jessica dudó unos instantes y también se levantó, salió a la calle, repleta de turistas y se encaminó, bajando, hacia el parking, donde había estacionado su Puntofiat. Tomó de nuevo la A-18 que bordea la isla y se dirigió a casa. Las lágrimas le recorrían las mejillas, porque en el fondo amaba a Gianlucca, a pesar de la fama de fría que tenía.
Dos días más tarde, después de una conversación con su madre, desde el aeropuerto de Palermo —antes de llegar a éste, pasó una vez más por el punto fatídico—, partía hacia Atenas, donde se presentó en el ministerio de Infraestructuras. La estaban esperando luego de recibir un fax aceptando el encargo de poner en marcha un novedoso sistema de reciclaje y recuperación de aguas urbanas del Atenas metropolitano. (Continúa)

2 comentarios:

  1. Con la camorra por medio esto se pone muy interesante...El viernes me voy.Se acabará el relato?
    Un beso

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  2. Creo que sí.Si lo divido es por hacerlo máslegible siguiendo consejos. De todas formas aquí queda par cuando llegues.
    Es la mafia -Sicilia-, y se pone interesante, ya lo creo...

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