18.2.12

En carnaval

No podían creerlo. Gustavo y Leandro, sentados en los asientos posteriores del autocar, enfilando directamente la autopista del aeropuerto, estaban aún entre nubes sin llegar a comprender si lo ocurrido había acontecido de verdad o, por el contrario, pertenecía, tal vez, al mundo onírico espacio-tiempo.
Y todo ello, a pesar del rapapolvo que habían recibido, real, del encargado de la expedición, su tutor, por haber puesto en peligro la buena marcha del viaje de estudios —graduados de Historia del Arte—, arriesgando el itinerario del resto de sus compañeros que habían cumplido el horario, y la gran responsabilidad de, a su vez, dejarlos en tierra y marchar sin ellos.
Foto JABM
Gustavo y Leandro, sumidos en sus pensamientos, daban vueltas a lo acontecido durante la pasada noche, tratando de revivirlo. Se encontraban la tarde anterior en la Plaza de San Marcos, a esa hora un “maremagnum” de gentes que iban y venían, un poco sin ton ni son, mezclándose en una amalgama total de tipos, razas, turistas y buscavidas. Pero aquel no era un día cualquiera en la ciudad lacustre, acostumbrada al bullicio durante 365 días del año, desde siglos atrás. Venecia estaba, ese día de 2001, preparándose para vivir uno de los más esplendorosos: el final de la fiesta de carnaval en que los venecianos, desde el Medioevo, dieran comienzo a su vez, con todo esplendor, al periodo de la Cuaresma.
Y, en una esquina de San Marcos, de entre las filas de todas clases de disfraces surgieron dos “maschere” con túnicas azul intenso y caretas blancas cubriéndoles el rostro; se tocaban con dos sombreros-tricornio. Las dos “máscaras” tomaron a Gustavo y a Leandro de las manos y los arrastraron entre la multitud. Ellos, en principio sorprendidos, comprendieron que estaban siendo “raptados” para hacerles partícipes de la fiesta. Las comparsas de pierrots, pulchinelas y otros tipos carnavalescos entonando: “para que cada uno del carnaval / a su modo pueda hacer, / para que ahora no esté mal / quizá el loco hacer”, las risas de los turistas y las lentas y fotográficas “poses” de las máscaras, hacían del centro de Venecia un túnel del tiempo, capaz de trasladar a la época de los Dux. En la laguna, algunas viejas góndolas vacías chocaban contra los embarcaderos sobre el agua oscura del anochecer del Martes de Carnaval. A lo lejos, el campanil de San Francisco de la Viña, comenzaría, en pocas horas, a tañer lentamente anunciando el comienzo de la Cuaresma.
Nuestros protagonistas y sus acompañantes fueron alejándose del conglomerado de la Basílica y del Palacio Ducal adentrándose por “campos” y “calles” hasta llegar al Puente Rialto que atravesaron, tomados de las manos de las “máscaras”, cruzándose con partidas de venecianos, con teas y faroles encendidos, camino de San Marcos. Los callejones parecían túneles de los que surgían fantasmagóricas figuras danzantes, sacadas de algún grabado de Giovanni Domenico Tiepolo, hundiéndose en las oscuridades de aquel martes de febrero.
Foto JABM
Las máscaras acompañantes —silenciosas— arrastraban a los dos estudiantes quienes, a través de los orificios de las caretas podían percibir, a duras penas, unos ojos impersonales, mirando fijamente. Cruzado el Puente Rialto, recorrieron los Fundamentos del Vino y rodearon las iglesias de San Apolinar y de San Silvestre, para desembocar en un gran espacio, el Campo San Polo: un lugar con palacios, luciendo grandes hachones en las puertas. Unos grandes gallardetes, estampados con escudos de las casas, con leones y otros símbolos padanos jalonaban los bellos ventanales de donde salían luces y músicas. Parte de Venecia se concentraba en el Campo de San Polo para celebrar el fin de las Carnestolendas.
En un palacio de tres plantas —que a los estudiantes de Historia del Arte, les pareció mitad gótico, mitad renacentista—, al fondo de la Plaza San Polo, de ventanales y puertas de estilo románico, abiertas de par en par, varias máscaras aguardaban, hieráticas, a los personajes que, poco a poco, ingresaban a la mansión.
Antes de entrar les fueron entregados a nuestros protagonistas unas máscaras con las que cubrieron parcialmente sus rostros. Desde aquel preciso instante comenzaron a formar parte de la vida de Venecia, de Venecia misma.
En un amplio salón a rebosar, todos los asistentes, a los sones de rondós, minuetos y otros divertimentos musicales, danzaban en tanto una orquestina de laúdes y flautas, violas de gamba y salterios, ocarinas y arpas, atacaba sin interrupción. Desde aquel mismo momento, dio comienzo la noche más extraña que jamás habían vivido los dos estudiantes en sus vidas. En el amplio salón cubierto de tapices florentinos y frescos del Renacimiento —Bellini y Veronese—, lámparas de fino vidrio soplado en los talleres de las islas vénetas emitían, sobre la estancia, un suave manto de luz. Danzaron, durante toda la noche, bailes trasmitidos de las carnestolendas medievales, bailaron con acompasados movimientos en rededor del salón al ritmo de antiguas músicas palaciegas. Se cortejaron con, apenas insinuados, movimientos de cabeza, mientras, a través de los orificios, las miradas se cruzaban sin dirigirse una sola palabra.
Las horas pasaron muy deprisa, y la noche escapaba fuera del plazo carnavalesco. Gustavo, en un momento determinado, cansado de tanto baile y de tanto giro, paró repentinamente, aunque su pareja lo sujetó de la mano, pero esta vez él pudo desasirse y se apoyó en la pared a fin de recobrar el aliento.
Buscó con la mirada un lugar donde sentarse y reposar, mientras Leandro continuaba danzando en compañía de las dos máscaras. Gustavo, por fin, encontró una puerta tras un gran tapiz que representaba una escena amorosa, “Bordone tal vez”, pensó el estudiante. No lo pensó dos veces: entreabrió la puerta y la traspasó.
En la amplia estancia había una fila de mesas, sobre las cuales toda una batería de ordenadores encendidos emitían acompasadamente los correspondientes salvapantallas: un logotipo de chillones colores —representando un león alado con un libro abierto entre sus garras— que aparecía, cruzaba las pantallas lentamente de izquierda a derecha y desaparecía, volviendo a aparecer por el lado opuesto. Así, una y otra vez, al mismo tiempo, todos en línea. En aquel amplio y funcional salón, a oscuras, sólo las pantallas iluminaban débilmente las paredes, cubiertas por grandes gráficos y mapas. Los ventanales dejaban ver el contorno de la claridad del amanecer traspasando poco a poco la estancia. Entonces cayó en la cuenta dónde se encontraban, percatándose de que estaba comenzando el día de la partida. Salió de la sala un poco confundido y se dirigió a su compañero, tomándolo del brazo, para salir presurosos hacia el exterior. Sin más dilación fueron a despedirse de sus máscaras acompañantes, y fue cuando se dieron cuenta de que “éstas” no habían dicho una sola palabra en toda la noche. Solamente gestos con las manos, enguantadas, o con las cabezas, tocadas con los sombreros tricornios, o con las caretas de color blanco nacarado, y entonces descubrieron que no habían logrado ver sus ojos, que tan sólo se intuían en el interior de las caretas. Se iban sin saber absolutamente NADA de aquellos seres.
Dejaron, por fin, inmóviles —la música también cesó—, a sus parejas, y salieron al frío del Campo San Polo. Al volver la vista, en la entrada del caserón pudieron leer en una herrumbrosa placa: PALACIO SORANZO. DEPARTAMENTO DE ESTUDIOS SOBRE EL ASIA ORIENTAL “MARCO POLO”. SECCIÓN SINOLÓGICA. ATENEO DE VENECIA. Sólo unas pocas siluetas embozadas, tocadas con chambergos, atravesaban la amplia plaza para desaparecer por las “calles”. Las músicas habían callado y de los numerosos palacios salían los últimos disfraces. En la cercana iglesia de los Frari sonaron, solemnes, cinco campanadas y Gustavo recordó que debían salir del hotel de Mestre, en tierra firme de Venecia, a las ocho de aquella misma mañana.
Comenzaron a caminar apresuradamente por entre las calles, pero enseguida comprendieron que aquello era un laberinto del que no conseguirían salir fácilmente. Pararon cuando, de repente, llegaron al Puente Rialto y las aguas del Gran Canal comenzaban a adquirir un color de plata vieja, característico de los amaneceres coincidentes con la marea, agua, alta.
Los primeros rayos del sol se reflejaban en los escaparates de las tiendas de “souvenirs” del pretil del Puente, y los servicios comunales de limpieza se afanaban, desde una barcaza, en eliminar, con chorros de agua a presión, las basuras acumuladas los días anteriores en los resquicios y plataformas de los “fundamentos”(cimientos) de la gran arteria que divide, serpenteando, la ciudad en dos mitades. Venecia, en pocas horas, estaría dispuesta para un asalto, otro más desde siglos, de la multitud de visitantes.
Gustavo y Leandro comenzaron a preocuparse. Sabían dónde estaban pero no tenían la más remota idea de cómo llegar al otro extremo de la ciudad, salir de ésta, y, lo que es peor, llegar a tiempo. Recorrieron los Fundamentos del Vino buscando una ruta, pero, al llegar a la plataforma cercana al Canal se dieron cuenta de que aún llevaban puestas las máscaras; se las quitaron cuando un viejo tripulante de una lancha cargada de cajas de coca-colas comenzó a reírse de ellos. Azorados, y preocupados, le preguntaron cómo podían salir de Venecia lo antes posible. El viejo se los quedó mirando, señaló al agua y dijo: ”nadando”, mientras comenzaba a reír.
-Contadme qué ocurre. ¿Perdidos?
--¿Cómo lo sabe? —respondieron—. Y lo peor es que debemos llegar antes de las ocho a Mestre.
--Arriba!— contestó el barquero, dejando espacio entre las cajas de refrescos.
Los dos muchachos abordaron la embarcación mientras el motor fuera-borda se ponía en marcha y el casco de la hundida popa propulsaba miles de burbujas a través de las sucias aguas.
Puso proa hacia un “afluente” que se desgajaba del Canal y se introdujo por un estrecho río, adentrándose en una Venecia nueva para ellos: canales angostos por donde, a duras penas, podían cruzarse dos lanchas motoras; viviendas de aspecto lúgubre con el agua inundando las entradas; fachadas de casas con grandes desconchones, producidos por la eterna humedad, hundiendo milímetro a milímetro las humildes viviendas y los lujosos palacios. Los tendederos, de fachada a fachada, repletos de ropa durante largas horas, en busca de los breves lapsos de sol invernal, daban un aspecto insólito, cutre total, si no se tratara de la Venecia mundana, renacentista, aristocrática, palaciega, turística y gondolera.
La lancha avanzaba por los modestos canales hasta que de pronto el viejo, al salir de un río, señaló a babor, en plan capitán, con el dedo.
--Puente de los Descalzos. A la derecha, la estación. A la izquierda, la autopista. ”Ecco”(aquí está).
--Gracias, muchas gracias—contestaron los estudiantes queriéndole pagar. El hombre lo rechazó, ofendido.
Descendieron de la lancha y echaron a correr a través de los fundamentos de San Simeón el Joven hasta llegar a la Plaza Roma. Allí mismo habían llegado el día anterior en autobús y allí, inmediatamente, tomaron otro que partió a las 7:15 horas en dirección a Mestre. Se sentaron en el autobús, repleto, y mientras cruzaban la laguna Véneta, entre una densa circulación sobre el Puente de la Libertad, miraron por la ventanilla. Al fondo, a lo lejos, ya inundada por los rayos del sol, el campanario de San Marcos sobresalía entre los tejados rojizos. Enfrente, al fin, la cercana Mestre y junto a ella, al sur, la inquietante presencia de numerosas chimeneas y estructuras industriales.
En las puertas del Hotel Torpecetto, estacionado un autocar, con numerosas maletas y mochilas en la acera, con una treintena de estudiantes esperando abordarlo en pocos minutos. El equipaje de nuestros protagonistas estaba retenido en la recepción, en donde lo recogieron. El profesor encargado de la excursión los recibió, aliviado, advirtiéndoles que más tarde les exigiría una explicación convincente acerca de la inquietante tardanza.
—Y no quiero cuentos chinos... ni gaitas —puntualizó enojado.
Los dos amigos se miraron, cómplices, y sonrieron. Sin que nadie lo advirtiera, abrieron una de sus maletas y guardaron las dos máscaras.
En el aeropuerto Marco Polo aguardaba el avión de regreso a España. La excursión estaba a punto de concluir cuando, en el mundo cristiano, también en Venecia, daba comienzo el tiempo de Cuaresma.
F I N

10 comentarios:

  1. De nuevo he olido el salado de esos canales y contemplado, esas lanchas cargadas de mercancías, por los bajos puentes.

    saludo

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  2. Pedro
    aunque con un año de retraso, te agradezco que mi relato te haya sugerido el olor y el color de la eterna ciudad de Venecia.
    Carnaval y Venecia son sinónimos.
    Un saludo

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  3. Jose, hemos dado un paseo por Venecia con tu relato... y visto vuestra cara de felicidad :))
    Muy bueno!!
    Un beso y buen domingo de carnaval.

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  4. Laura
    pasear por Venezia es un privilegio,y si además te cruzas con una de estas misteriosas máscaras, entonces es el paraiso.
    Venecia al fondo es de los recuerdos imperecederos.
    Un beso

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  5. La UE comprobará que los salarios sean competitivos, que es tanto cómo decir que comprobarán que no sean altos porque, la verdad sea dicha, no los veo vigilantes sobre si esos mismos salarios permiten llevar a una familia media una vida poco más que de subsistencia y a un gran numero de ellas una vida de poco menos que de subsistencia.


    A los neocon/neoliberales no sé qué les parecerá, los pobres míos ya sufrieron mucho cuando tuvieron que renunciar a su sacrosanto principio de no intervencionismo  para que el estado fuera intervencionista y ayudara, e incluso rescatara a los bancos. Ahora se encuentran que tienen que renunciar a la divina y siempre justa mano invisible del mercado que fija precios de alimentos o petroleo y dejar que las malditas instituciones y sus burócratas intervengan para mancillar el altar de la negociación entre oferentes (trabajadores) y consumidores (empresas).


    Habría que hacer algo para consolarlos, ¡¡ propongo que se bajen los impuestos sobre sus beneficios !!.

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  6. Anónimo vocacional
    Ya digo, Venezia un privilegio visitar.
    Una maravilla digna de visitar.
    Un saludo

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  7. Que tal..!después de unos meses he vuelto con un Tornado..
    te dejo un fuerte abrazo!

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  8. Allek
    espero que el"tornado" no sea más que en sentido figurado.
    Un abrazo

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  9. Tengo la impresión que tu relato, rico en detalles y con un descripción digna de quién ha visto con sus propios ojos tanta belleza escondida, tiene dos protoganistas que conozco y aprecio.

    A lo mejor me equivoco en mi reflexión pero no me imagino mejores protagonistas para tan bella historia.

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  10. Beni
    ya digo, no me gusta el carnaval aunque pueda parecer lo contrario.
    Tampoco he estado en Venecia durante esos días, pero no me digas que no es morboso flirtear con una máscara...

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