7.4.13

De las pirámides al Piramidón


Llevaba tiempo dándole vueltas al asunto, y es que siempre tengo en la cabeza alguna obsesión, que como dice mi mujer, “es que parece que te encanta tener siempre alguna preocupación”...
Pues bueno, antes de emprender el tan ansiado viaje a Egipto con la Mapa Tours, proyectamos un itinerario minuciosamente estudiado: amanecida en el desierto de Libia, salida del sol en Abu Simbel, visita a un poblado nubio, Luxor y Valle de los Reyes, Alejandría y El Cairo.
Yul Brinner y Charlton Heston, a punto de aparecérseme

Las entradas al inframundo, 50 EL, o sea 50 libras egipcias.
Todo a pedir de boca, increíble Egipto  hasta que llegó la hora de la visita reina a Egipto: Pirámides.
Ya la noche anterior a esta cita, en el hotel, Grands Pyramids, que se encuentra justamente en el centro de Giza y de allí a las pirámides escasamente media hora de autobús me estuve documentando sobre lo que íbamos a visitar, y yo, que me las prometía muy felices, hasta que leí en la guía 3D que la entrada a la Segunda pirámide no era recomendable para claustrofóbicos.
Cierto, la Esfinge es absolutamente lineal y está alineada con una de las pirámides... ¿existiría ya el Google Map hace cuatro mil años?
¡Bueno! Cuando se lo comenté a mi mujer se echó a temblar porque se había dado cuenta de que ya tenía yo con qué entretener mi coco y de que no pararía de comérmelo. Aquella noche la pasé en un duermevela hasta que en las primeras luces del alba me sobresaltó con llamada a la primera Oración del muecín entre el fragor del tráfico en la avenida Al Ahram.  Desayunamos hummus, y luego teniendo mucho cuidado de salir del hotel con todas mis necesidades cubiertas pues había previsto la contingencia de que en el interior de la Pirámide no hubiera WC.
Piedras, camellos, desierto... y El Cairo justo al lado
El caso es que cuando llegamos a primeras horas de la mañana a la meseta de Giza me quedé asombrado de las magnitudes voluminosas de aquellos grandiosos monumentos, pensativo del enorme esfuerzo que debió suponer en vidas humanas  aquellas moles exactamente situadas en la superficie de la tierra como la Constelación de Orión y orientadas, medidas, distanciadas, construidas y equilibradas siguiendo unos parámetros que aún hoy es materia de estudio y de peregrinas teorías. Me quedé extasiado y sentí la insignificancia del ser humano al lado de aquellas moles.
Sólo cuando Miguel, nuestro guía, nos concedió dos horas para poder deambular a nuestro aire, caí en la cuenta de que había llegado el tan temido momento de entrar a visitar la Segunda Pirámide. La hora, mi hora suprema, había llegado. Debía demostrarme a mi mismo que mis miedos no iban a poder conmigo. Que si había llegado hasta allí no iba ahora a tirar por tierra la oportunidad de conjurar los maleficios que habían anidado en mi mente después de tantas y tantas películas y novelas. Que sería como haber ido a Roma y no  entrar a la capilla Sixtina por miedo a una tortícolis. O como haber ido a China y no hacerme una fotillo con el cartelón de Mao a mis espaldas porque me daban miedo sus teorías. ¿Me iba a ir de Egipto sin entrar en aquella inmensa tumba? Además eran las ocho y media de la mañana. Seríamos los primeros guiris en entrar. El aire sería fresco y rico en oxígeno. Lo justo para yo poder respirar tranquilamente. Además,  por 25 míseras libras egipcias…
Cuando sentí las mano de Carmen entre las mías, perdí los miedos. El guía nos entregó los tiques de entrada y nos pusimos en la cola. Cuando llegamos a la puerta de acceso, ya perdí todo el miedo. Desde aquella perspectiva era imposible observar el fabuloso triangulo de enormes bloques de piedra que se perdían allá en lo alto, con el piramidión en el cielo azul de la clara mañana de Egipto.
Esto sí que es un montón de escombros, donde estén las de toda la vida...
Cuando entramos en la Segunda Pirámide, tuve que soltarme de la mano amorosa, cálida, acogedora de mi Carmen porque aquella pasarela tosca de madera con estrechos travesaños clavados haciendo de mínimos escalones me impedía sentir la protección de Carmen, así que opté por situarme tras ella y seguirle los pasos en aquella fila india que formábamos todos los visitantes de la pirámide de Kefren. Era una pasarela estrecha y tosca que descendía, debiéndonos ir encogidos, casi en cuclillas a fin de no dar con la cabeza en la techumbre realizada por los obreros que construyeron la última morada del hijo de Keops. Carmen me iba orientando con un pequeño rayo de la luz de una linterna comprada para la ocasión en una tienda de chinos de Huelva, pero cuando más lo necesitaba ―una solitaria y simple bombilla colgaba en aquel tramo de pendiente― la luz cesó ―el euro que había costado no dio más  de sí―, y cuando sentí la oscuridad, debido a que la inclinación de la entrada impedía ver la siguiente bombilla, en un solo segundo sentí cómo sobre mi se cernían de repente todos los demonios y dioses maléficos del inframundo.
Mi faraona de andar por casa
Sentí, lo juro por lo más querido, cómo miles de sombras perfiladas en la misma oscuridad, tal vez la de los miles de obreros esclavos, capataces, soldados, sacerdotes, médicos y por fin, toda la corte del faraón Kefren, me invadieron, y no tuve otra opción más que, en el paroxismo del terror, y de sentir las miedos atávicos del estar también enterrado en vida y de que sobre mi cabeza se precipitaban cinco millones de toneladas  de bloques dejándome, enterrado a merced de los dioses del Amenti y condenado por toda la eternidad a vagar por los pasadizos por descubrir de aquella megatumba. Tras de mi iba la tía buena ―esa que va en toda excursión―, pero ni por esas, no era momento de hacerse el macho y el valiente en aquellos momentos, así que aprovechando que venían de regreso una fila de turistas, paré en seco, di un pequeño alarido de aviso a Carmen que me tendió la mano. Que rechacé en el culmen del terror al no retorno, y me uní, despavorido, sudoroso, al grupo que emergía con suerte de aquel mundo inferior, antesala tal vez del tribunal de Osiris. “Rá, él se eleva…Ra, él se eleva”, era la frase, desconocida hasta entonces, que procedente de ultratumba se me había introducido obsesiva en mi mente.
Ni un segundo más, por mi parte, el permanecer en el Reino de las tinieblas sino emerger en busca de Maat, diosa de la luz, del equilibrio y de la armonía.
Al emerger al reino de Ra, a la luz del día, me alegré de ver la cara del portero -posiblemente llevara ya allí, chequeando tikets desde hace cuatro mil quinientos años- y de los soldados de la República que velan la cámara mortuoria, vacía, del faraón de la IV Dinastía Kefren, dueño y señor de del Alto y Bajo Egipto y constructor de aquel maldito Templo de Toth del que, al fin, había logrado escapar.
Casi me parto la crisma con este bajorrelieve de El Libro de los Muertos :-)
Al emerger al mundo, de nuevo, sentí renacer y me senté en el suelo a la espera de mi mujer y de sus compañeros esperando cualquier malanueva. Como hormigas salían de la Segunda pirámide, y sentí un pequeño pellizco de alivio al observar que no cesaban de salir de aquella descomunal ratonera. Sentado, cerré los ojos y miré al sol benefactor, abrasador, que caía ya a esa hora sobre la meseta de Giza. Al fondo, la esfinge de nariz partida y labio leporino del mismísimo faraón me miraba despectivamente. Se había burlado de mí.
Cuando salieron los de la excursión, incluida la tía buenorra que se me quedó mirando, socarronamente y yo le devolví la mirada  sonriéndole para que no pensara mal de mi, llegaron las explicaciones y las aclaraciones con Carmen. Mi mujer no entendía que a unos metros de pendiente ascendente, y otros metros de túnel a nivel, con otra bombilla más, a escasos metros del mismísimo centro del Universo, principio y fin del Conocimiento, y Punto de todas las Constelaciones del firmamento yo me hubiese echado, literalmente, para atrás.
El caso es que Carmen luego le quitó importancia a la cosa, me llamo cariñosamente bobo pero que en realidad sólo había un simple sarcófago de granito rojizo carente de momia alguna, si acaso el morito de chilaba, de guardián a la busca de un euro a cambio de una pose fotográfica.
Para echar tierra sobre el enojoso asunto que ya me inquietaba por autosentir cobardía, opté por comprar a un chaval un juego de pirámides, que envolvía en papel de periódico. Le di un euro y el chaval, que sabía hasta catalán, se despidió de mí con una sonrisa desapareciendo en busca de más guiris.
De regreso al hotel, ensimismado, Carmen me cogió las manos intuyendo lo que estaría pasando por mi cabeza. Música árabe surgía del compac del autobús, con la voz de Um Kalsun, que oía por vez primera, que no entendía, mas presentía que hablaba de amores y desamores, de la vida y de la muerte, del glorioso pueblo egipcio al flujo de las crecidas del Nilo, y me relajó de tal manera que me quedé adormilado, sin darme cuenta de que la bolsa de los regalos se me había resbalado de mi regazo.
La "imagen del siglo" me costó un eurito para el "habibi"en el templo de Kom Ombo, templo consagrado a dos dioses en forma de halcón y de cocodrilo.
Me despertó un fuerte dolor de cabeza que Carmen solucionó entrando en una farmacia al lado del hotel. Aquella noche, gracias a la pastilla de Piramidón ―Carmen se río al comprobar que aún se expedía este  antiguo medicamento desaparecido de nuestras farmacias― y al medio Orfidal,  Carmen me ahorró la consabida pesadilla de cada viaje.
Al regreso a España, a Huelva, a casa y comenzar el reparto de regalos, me di cuenta de que el souvenir que había comprado al rapaz de Giza, al desenvolverlo sentí un vuelco en el corazón. De las tres pirámides del lote, dos salieron intactas pero una de ellas, la Segunda, la de Kefren, la que había sido mi hall de entrada, mi vestíbulo al inframundo, se había convertido en unos gramos de polvo blanco y gris de escayola pintada. Toda se había derrumbado como una pequeña señal de la más que probable verosimilitud de las maldiciones que se ciernen sobre los que osan adentrarse en mundos ignotos. La señal de la pequeña pirámide destrozada jamás se borrara de mi mente. Las otras dos, supervivientes, las mantengo guardadas en mi mesilla. Me da un poco de vergüenza mostrar sólo Dos de las famosas  Pirámides de Egipto.

8 comentarios:

  1. Hay escuchar a Um Kalsun, en Egipto, tiene que ser el mayor gozo espiritual. Mucho habibi, dio esa dama a este mundo islamico.
    un saludo, atrevido.

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  2. Tres largos años sin otro comentario que el de mi amigo Pedro.
    Mucho ha cambiado Egipto desde entonces...

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  3. Amigo mio.

    Para nuestra desgracia y no se si para su bien. Egypto, ya no es lo que era.
    Atreverse a deambular, aun con guía, por el Barrio de los Muertos, hoy me resultaría temerario.
    Pero disfrutar, disfrutamos y eso que nos hemos metido en el espíritu.

    un abrazo.

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  4. Hola, JoseAntonio. Llevaba tiempo sin pasearme por mis blogs preferidos. Estupendo relato de vuestro viaje a Egipto y muy bien narrado, en especial el capítulo de los miedos ancestrales que te provocan esa claustrofobia que los que la padecéis os hacen sufrir. Una narración con un estilo impecable.Un beso.
    Tu blog sigue sin querer actualizarse en el mío, sigue casi el último con el artículo de Juan Ramón Jiménez. Por suerte al clicar sobre el nombre del blog aparece tu última entrada. Misterios...
    + besos

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  5. la tomba de Tutankamen, nella Valle dei Re, ti aspetta......cuidado hombre,cuidado....!!!!

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  6. Dura es la vida del sufrido turista, y mas por los países árabes. Nosotros fuímos a Egipto en el verano del 89 (todavía soltera, sin niños... !Dios! como pasa el tiempo) y la cosa ha cambiado un poquito desde entonces. Pero viajar siempre merece la pena.
    Muy divertido, J.A. me he reído mucho. Real como la vida misma.
    Besos a los dos.

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  7. Asi que te has reído con el trauma que aún me dura de mi abortada visita a aquella megatumba?
    :-(
    Pues no tuvo gracia. Aquella era la misma boca del Amenti, antesala del Inframundo.
    Inolvidable, de verdad, Egipto...

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  8. Aquí te dejo el testimonio de mi visita, como ves, estoy "faroneando".

    Amistosamente.

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