26.12.09

CITA EN LA PUERTA DE JAFFA

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Este es un relato de buena fe, lector. 
(Montaigne)                                                     
              
                                                                          ALEXANDER

                        Amanecía sobre Jerusalén, y ya Alexander estaba de camino hacia su lugar de trabajo. Un puesto de trabajo que tanto esfuerzo le había costado. Pues su historia, la verdad, era un poco extraña, y él mismo sentía a veces la sensación de estar viviendo una doble vida, a caballo entre dos mundos, que a veces divergían de tal forma que le resultaba molesto el esfuerzo de decantar sus sentimientos a fin de no herir ninguna sensibilidad íntima. De hecho, a veces se preguntaba qué demonios hacía él, un recién graduado por la Universidad Estatal de Lenguas del Mundo, de Erevan —nieto de judíos armenios depurados en el genocidio turco de 1915, obligados a huir a través de Persia e Irak, hasta llegar a la Transjordania, en un penoso periplo que duró siete largos años hasta que consiguieron traspasar las fronteras del recién instaurado Mandato británico en la tierra prometida de Palestina—, de padres ya israelíes, nacido en Tel-Aviv en 1979. Y retornado a la Madre Patria, como denominaba a Armenia el abuelo en armenio, a estudiar lenguas semíticas en la joven república.
                        Aún hasta dos meses antes convivía con sus padres en un ático del barrio armenio, pero aquellos paredones, aquellas fachadas y aquel escenario donde se habían desarrollado tantos acontecimientos claves para el devenir de la Humanidad que había decidido alquilar un pequeño apartamento al norte de la ciudad, en el ensanche, lleno de bloques impersonales de viviendas, donde conseguía liberarse del opresivo ambiente de la vieja, milenaria y trisacrosanta ciudad.
                        Estaba a punto de llegar al lugar de trabajo, un trabajo en verdad muy especial. Las calles de la ciudad vieja estaban atestadas, como siempre, de una heterogénea multitud donde se entremezclaban comerciantes, turistas, policías, soldados y sacerdotes de extraños hábitos, cuando Alexander, al volver una esquina, cerca de la catedral de San Marcos, observó un gran alboroto de carreras e idas y venidas. No pudo por menos que acercarse más, cuando observó que discurría por el estrecho callejón una procesión de monjes cristianos armenios y el estómago se le revolvió cuando media docena de individuos, todos ellos mozalbetes muy jóvenes vistiendo caftanes y sombreros de fieltro negro, insultaban al celebrante de la procesión. Observó horrorizado que se trataba, nada menos, que del Arzobispo de la Iglesia armenia de los Santos Lugares, transportando una  cruz.
                        Todos los participantes se detuvieron, intentando proteger a la persona del arzobispo y la Santa Cruz de las iras de aquellos intolerantes judíos ortodoxos que lanzaban improperios y escupitajos sobre el cortejo. Al poco tiempo, en pleno desbarajuste, Alex se abalanzó sobre uno de aquellos elementos propinándole un cabezazo con tal impulso que le hizo caer al suelo. Aturdido por el encontronazo, recibió una paliza en todo el cuerpo, mientras el cortejo trataba de defenderse de aquella turba de desalmados, protegiendo el patriarca-arzobispo la cruz con su propio  cuerpo. Algunos transeúntes se unieron al alboroto y en pocos minutos el recodo de las calles se convirtió en un pequeño campo de batalla, hasta que una patrulla militar israelí hizo acto de presencia y logró reestablecer el orden, si es que así podía llamarse a lo que resultó: varios religiosos armenios, contusionados; y los judíos ortodoxos, también malparados, consiguieron huir a través del entramado callejero de la ciudad vieja. Alexander permaneció en el suelo, con una herida sangrante en la cabeza, semiinconsciente, mientras el cortejo aceleraba el paso continuando a toda prisa dando fin a la procesión.
                        Lo último que pudo ver Alexander fue el rostro circunspecto de un enfermero que lo trasladaba a bordo de una ambulancia de la Magen David Adom –Cruz Roja israelí–. A su lado, un sonriente clérigo armenio lo acompañaba y le sostenía la mano.
               Por la ventanilla podía observar que salían de la ciudad histórica y llegaban al extrarradio. Cuando se abrió la puerta posterior de la ambulancia vio el cartel del hospital Hadassa. Entonces se dio cuenta de que no tenía consigo la cartera que siempre le acompañaba a su trabajo.

                                                                                 LEVANA

                        Acababa de llegar de cumplir los tres meses anuales reglamentarios de servicio militar. Sabía que se podía declarar objetora de conciencia, cumpliendo el sustitutorio Servicio Social Nacional, pues se definía a sí misma como una pacifista convencida. Gracias a las  muchas guardias en todos los servicios del Hadassa Hospital se había persuadido categóricamente, de que la violencia no llevaba a ninguna parte.     Recorriendo los pasillos y habitaciones de aquel prestigioso e histórico  hospital, atendiendo por igual a las todas las víctimas de la violencia, fueran niños, soldados, estudiantes, israelíes, palestinos…quien fuese, habían hecho de Levana una experta médico, de gran prestigio labrado poco a poco. En consecuencia, decidió incorporarse y continuar en el ejército donde alternaba las guardias en cualquier control de carreteras y en los dispensarios militares.
                        Más de una vez había tenido que atender en primera instancia  terribles quemaduras o amputaciones de compañeros caídos en las numerosas emboscadas, en cualquiera de las carreteras que se adentraban en los territorios palestinos. Y más de una vez se había tenido que tragar las  lágrimas al estrechar la mano inerme de muchos moribundos. Entonces,  Levana Martel, juraba que no volvería a participar en aquella maldita guerra no declarada entre los dos pueblos, a la conquista de un mismo territorio tratando de eliminar al otro. Se resistía a aceptar impasible la sangría que desde que tenía uso de razón había sido testigo, primero en el kibbutz y mÁs tarde en la línea que dividía Jerusalén.
                        Levana era judía sefardí por los cuatro costados, descendiente, en línea directa, de judíos españoles expulsados en 1492 de Sefarad, como llamaban en casa, aún, a la amada tierra de España, exiliados en Constantinopla durante generaciones hasta que sus abuelos llegaron a las costas de Palestina a bordo del “Tierra Prometida” burlando el Mandato británico.
                        Desde su puesto en Urgencias del hospital veía cada mañana las cúpulas de la vieja ciudad y se preguntaba cuándo sería posible que aquella urbe hiciera honor a su nombre y fuera una verdadera ciudad de paz.
Vivía con sus padres en el distrito de Ha-Palmah.

                                                                      
                                                                       ENCUENTRO
                             La mañana del 20 de octubre de 2003 Levana recibió un aviso a través del celular que colgaba del cuello de su bata verde, comunicándole que llegaba al hospital una ambulancia con un herido.
               Rápidamente se dirigió al triage de urgencias para valorar la gravedad, como siempre hacía. En pocos minutos apareció una camilla donde yacía un joven con la cabeza vendada, sobresaliendo de su brazo el tubo de una sonda por el que lentamente goteaba suero. Le levantó la venda al tiempo que leía el informe que le entregó el auxiliar de la ambulancia.
                        Se llamaba Alexander. Se dio cuenta de lo atractivo que resultaba aún en aquella situación. Le preguntó si le dolía algo y el muchacho respondió que sólo la cabeza. Levana no necesitó preguntar más para saber que afortunadamente no era grave y que no necesitaba aquella aparatosa venda alrededor de su cabeza, sino un simple apósito para una ligera brecha que tenía encima de su oreja.
                        Levana le dijo que podía marcharse tranquilamente, aunque quedaría más tranquila si le hacían un scanner cerebral para cerciorarse de que no padecía ningún trauma oculto. Alex asintió, y durante la espera, entablaron una conversación. Ambos —lo descubrieron— tenían muchas cosas en común, aunque también los separaban otras casi insalvables, aun así quedaron sorprendidos de que algo les unía: aquella ciudad que por azares del destino había provocado que coincidieran en el mismo tiempo y en el mismo lugar causado por dos hechos luctuosos en la historia de la Humanidad. Sin darse cuenta se encontraron los dos, contándose mutuamente la historia de sus respectivas familias asentadas en la ciudad de la Paz, Jerusalén, a consecuencia de los dos acontecimientos históricos, uno de ellos olvidado como fue el exterminio del pueblo armenio, a principios del siglo XX, a manos del régimen turco-otomano.
                        Levana le contó que ella era descendiente de judeoespañoles expulsados en otro genocidio, lejano, pero eternamente recordado por los descendientes.
               Alexander le recordó, sin reproches, que en Armenia también vivían judíos sefardíes, y que alguno de ellos, a la vista de los negocios y riquezas abandonados por los ciudadanos armenios, hicieron la vista gorda cuando el gobierno turco comenzó la terrible eliminación sistemática de los armenios.
                        Levana bajó la vista, ligeramente turbada, porque  Alexander estaba rememorando partes de su vida que quizá se la hubieran ocultado sus padres. Alex se dio cuenta de que quizás estuviera siendo injusto con ella y de que la historia, de la que ninguno de los dos había tenido culpa, tampoco se iba a reconducir por más esfuerzos que ellos hicieran.
                        Cuando se despidieron, después de que le dio el alta médica, acordaron encontrarse y charlar más tranquilamente. Se intercambiaron los teléfonos. Él regresó a casa para  recuperarse y retornar a su trabajo al día siguiente.

                                                                      
                                                                                   
                                                                                  LA CITA                           El mes de noviembre en Jerusalén suele ser frío y en el ambiente se sentía la bajada de las temperaturas. Las casi siempre abigarradas calles del casco viejo se encontraban sensiblemente escasas de público, a no ser por los lugares turísticos, como la Explanada de las Mezquitas y el Muro de las Lamentaciones.
               Durante todo el mes, Alex se enfrascó en su trabajo como becario del gobierno de Armenia que le había encargado el estudio y digitalización de los fondos documentales de la Biblioteca Gubelkian de la Iglesia Armenia Guardiana de los Santos Lugares de Jerusalén, como pomposamente se autodenominaba la pequeña comunidad que residía en el reducto del barrio armenio y casi en exclusiva dedicada a la custodia del pequeño espacio, donde Cristo resucitó y ascendió a los cielos, manteniendo los ritos en permanente rivalidad con las otras confesiones cristianas —la católica y la ortodoxa griega—, repartiéndose milimétricamente todos y cada uno de los recovecos del santo lugar.
                        Alex, a las órdenes del profesor Manoogian, de la Universidad del Estado de Armenia, se dedicaba al estudio de los legajos escritos en arameo, donde acababa de descubrir una referencia —era lo que andaba buscando el gobierno armenio— sobre los restos del Arca de Noé. Lo que había encontrado echaba por tierra las teorías que hasta entonces habían estado vigentes.
               A finales de noviembre recibió una llamada de Levana y concertaron una cita para verse. Se rieron durante la larga conversación telefónica porque resultó que ambos cumplían funciones en los que se requería, en teoría, ser practicantes de sus respectivas religiones, pero saltaba a la vista de que los dos distaban mucho de ser fervientes cristiano y judía.
                        Acordaron verse y seguir contándose cosas de sus vidas y trabajos en su común ciudad y que planearían visitar a sus respectivas familias con motivo de las festividades que se avecinaban: la navidad armenia, y Januká, la navidad judía.
                        La primera tiene lugar a finales del mes de Kislev (comenzó el 19 diciembre 2003) y dura ocho días. En ella se conmemora la purificación del Templo de Jerusalén, y cada año Levana se reunía con su familia, para encender la última de las ocho candelas del candelabro janukiyá, mientras se reza para que el pueblo judío no vuelva a sufrir más persecuciones.
                                               La segunda —Alex reitera que asistirá si Levana lo acompaña, para celebrarla en casa de sus padres— el seis de enero, el nacimiento de Cristo, en contra de la fecha del 25 de diciembre, que es conmemorada por los católicos. Ese día, le explicó, se comienza con Yerakalúits, velas encendidas como los judíos, y se celebra la misa en el recargado rito armenio. El día de Navidad, los armenios, se intercambian un saludo especial: “Krisdós Dzenav iev haidnetsáv” —Cristo nació y fue revelado—, y se contesta: “Tsezí mezí medz avedís” —Para todos, buena nueva—.Así pues, hicieron el propósito de intercambiarse visitas en dichas fechas y conocer los ritos de sus respectivas religiones. Si bien ella se negó a acompañarlo hasta Belén, sabiendo que no era una ciudad aconsejable para visitar en aquel periodo, aún menos siendo judía.
                                                                       EPÍLOGO
                        El viernes, 19 de diciembre de 2003, quedaron citados en el Citadel, un café céntrico situado en la Puerta de Jaffa, donde se reúne la juventud jerosolimitana, en los sabbat.
Alex llegó con tiempo suficiente y se introdujo en el local, a aquella hora lleno de gente. Estaba a punto de anochecer y se sentía contento. Las cosas le marchaban muy bien: el incidente de la procesión estaba casi olvidado aunque el obispo armenio lo felicitó personalmente. Sus estudios sobre los manuscritos estaban poco a poco desentrañando sus secretos (la cartera perdida el día del incidente había vuelto a su poder intacta). Pero lo que más feliz le hacía era la cita que en pocos minutos se iba a materializar, después de varias llamadas telefónicas. Levana le pareció, ya en el hospital, una mujer preciosa, con el pelo negro recogido en un moño. Su piel bronceada, producto de su paso por el ejército, le sedujo. Pero su voz, a través del teléfono, le pareció de un tono que llegó a conturbarlo. Se la presentaría a sus padres en la Navidad y se contarían muchas cosas, pues no se habían vuelto a ver en persona desde el hospital. Estaba impaciente por saludarla, y no dejaba de mirar el reloj. Era la hora convenida, por tanto pensó que no tardaría.
Ensimismado en sus pensamientos, de repente sintió cómo un rumor sordo, lejano aunque bastante perceptible, provocó que los vasos y tazas encima de las mesas vibraran. Las conversaciones cesaron y el silencio se abatió sobre el local. Durante unos segundos todos permanecieron mirándose. No necesitaban que nadie insistiera que lo que acababan de percibir era lo que tantas veces había ocurrido en las calles de Jerusalén y en otras ciudades del Estado de Israel, impidiendo que aquel pueblo pudiera vivir sin mantener permanentemente a la vista armas con las que defenderse.
Todos se echaron a la calle mirando en la misma dirección, el oeste de la ciudad, hacia el ensanche, el lugar donde se encuentra el Parlamento, pero también, Dios mío, pensó Alex, el Hadaza Hospital, desde donde tenía que venir Levana.
En unos segundos que se hicieron eternos la gente comenzó a correr en dirección a la avenida Mamillah, donde una tremenda y negra columna de humo se elevaba, siniestra, al cielo.
                        En poco tiempo el tropel de gente que corría hacia el lugar se vio superado por ambulancias con las luces, destellantes en la penumbra del ocaso y patrullas policiales y del ejército. Cuando comenzó a llegar gente vieron que, lo que escasos minutos antes era un autobús, se había desintegrado en un amasijo de hierros retorcidos convertido en una bola de fuego en mitad de la calzada.
                        Alex no pudo evitar  que se le hiciese un nudo en la garganta. A medida que se iba acercando a la carrera, una duda le iba corroyendo en su interior. El autobús urbano 29 Ein Karen-Monte Scopus que pasaba por las cercanías del hospital en el que Levana ejercía, era el que ella debería haber abordado. No pudo acercarse más, aquello era un infierno donde se percibían, a través de las ventanillas reventadas, montones de cuerpos semicarbonizados que en un esfuerzo inútil intentaban salir por las ventanas colgando en posturas siniestras convirtiendo el lugar en un escenario dantesco. En un radio de cien metros se encontraban esparcidos restos calcinados de todo tipo, mientras los miembros de la comunidad judía ortodoxa se afanaba en recoger los minúsculos pedazos de cuerpos diseminados, a fin de cumplir el sagrado rito de dar sepultura a los muertos.
                        Los cuerpos de emergencia y de seguridad corrían para un lado y para otro tratando de controlar la situación demencial.
                        Alex miraba horrorizado la escena y tuvo una terrible premonición que horas más tarde trataría de confirmar.
                        Al final fue obligado a desalojar la zona y marcharse aturdido por lo que acababa de ver. El día siguiente y el resto de aquel mes de diciembre lo pasó encerrado en casa, enfrascado en el trabajo, tratando de olvidar.
                        Lo cierto es que el 31 de diciembre acababa su período becario y pidió unas vagas disculpas para no pasar la navidad con los suyos. Viajó a Armenia, alojándose en casa de unos parientes, y con ellos pasó el 6 de enero, el día de Navidad más triste de su vida. Durante una semana esperó hasta que le confirmaron la renovación de su beca, y a punto estuvo de renunciar a ella y permanecer lejos del horror que le había tocado a él muy de cerca: Levana ya no existía. No lo había comentado a nadie, pero tal vez era el momento de asumir la responsabilidad y dar la cara y tratar de visitar a la familia destrozada por la pérdida de la hija.
                        Así que determinó  retornar a Israel de nuevo y afrontar las consecuencias.
                        Cuando llegó a la ciudad lo primero que hizo fue tomar contacto con la familia de Levana. Abrió la guía de teléfono como primera medida, a pesar de no estar seguro de que resultara efectivo, pero se equivocaba. Allí estaba aquel extraño apellido judeosefardí, Martel. Alex tomó nota del número y de la dirección, que correspondía con la que le había comunicado Levana.
                        Cuando llamó a la puerta del edificio de apartamentos situado en Ha-Palmah, a las afuera de la ciudad, los padres de Levana lo escucharon y  le sacaron de su error. Efectivamente, Levana había tomado el autobús maldito, pero en la parada anterior a Puerta Jaffa ella se apeó, exactamente en el mismo segundo en que se cruzó en la puerta con un joven demacrado, cubierto con un anorak rojo que tapaba dos kilos de explosivo adherido a su cuerpo y que hizo detonar al grito de Alá es grande cuando las puertas se cerraron y ya Levana se encontraba en la acera. Aquello le salvó, aunque el impacto contra una marquesina la retuvo en el departamento de Neurología del mismo hospital donde trabajaba, sufriendo una fuerte amnesia, de la que esperaban que se recuperase, aunque continuaba hospitalizada.
                        Alex no podía creer lo que estaba ocurriendo. Después de las explicaciones, se acercó al hospital.
                        Pasó cada día, durante las horas de visita, con sus manos sujetando las de ella que miraba al vacío.
                        Un día, repentinamente, ya mediado marzo, despuntando la primavera, se lo quedó mirando y le dijo:
                               
—Feliz Navidad, Alex.
                        Éste supo que Levana Martel estaba curada. Se sonrieron y ella entonces, también por primera vez, apretó con firmeza las manos de él.
                        Se casaron en agosto pasado, en Jerusalén, por los ritos armenio y judío, en una bella ceremonia ecuménica concelebrada por el Arzobispo y el Rabí de Jerusalén, en un ara habilitado aledaño al Muro de los Lamentos.
Continúan con sus trabajos en la ciudad que los vio nacer y, según me han comunicado, esperan familia. Pero esa será otra historia.

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