2.11.09

LA CITA


Te volví a ver, y por un instante tu mirada, creo, se trabó con la mía.
Han pasado muchos años sin saber nada de ti, aunque nunca había dejado de recordarte, por mucho tiempo que transcurriera y tantos acontecimientos hubieran colmado mi vida.
Aun así, nunca podré olvidar el día en que coincidí contigo en la pequeña y solitaria playa.
Me acerqué con la disculpa de preguntarte nosequé. Luego, torpemente me quedé a tu lado, titubeando, e iniciamos una conversación intrascendente. Descubriste mi acento y me narraste cómo era la ciudad a la que yo —te dije— acababa de llegar sólo un día antes. ¿Sabes que tu relato influyó decisivamente para que decidiera elegir y establecerme definitivamente en ella?





En aquella mañana primaveral, a la “sombra pétrea” del Descubridor, me fijé en tu bello rostro suavemente bronceado por el sol, de ojos de azul reflejado del mar encalmado a nuestros pies, por donde surcaba una pequeña barca con las vela henchidas por la brisa rumbo a la ensenada.
La mañana transcurrió velozmente, tumbados en una toalla en la que me hiciste un lugar junto a ti. Allí sentí tu cuerpo, de suaves y nacientes formas de mujer.
En aquel momento, Dani, fue cuando me enamoré de ti: de tus ojos, de tus palabras y la manera de pronunciarlas. Tú fuiste la primera mujer que conocí en, entonces, mi nueva Tierra de Promisión.
Durante unos segundos, que encerraban toda una eternidad, mantuvimos nuestras miradas. Me fijé en un pequeño amuleto que lucías sobre tu cuello, pegado a la piel, y me dijiste que era una estrella de David. Era la primera vez que veía aquel extraño símbolo aunque tenía la sensación de reconocerlo, depositado sin saberlo, en lo más recóndito de mi subconsciente. El silencio hizo acto de presencia, y, lo recuerdo bien, sonreíste. Muy despacio, lentamente, acercaste tu cara, levemente salpicada de salitre, y antes de que pudiera reaccionar —aún hoy, no lo he hecho—, depositaste un suave, tibio y fugaz beso en mis labios.


 El viaje hasta el centro de la ciudad en el destartalado y vacío autobús transcurrió entre los dos sin cruzar palabra. Al llegar nos citamos para el sábado siguiente, pero el destino —tantas veces caprichoso—, me impidió acudir. Ese mismo día la Muerte me había arrebatado, cruel e inesperadamente, una persona muy importante para mí.
Créeme si te digo que regresé, posteriormente, varias veces a la playa que había sido testigo de nuestro primer encuentro, y que vagué por las calles en tu busca. Todo, infructuosamente.
Continué en esta tierra que me proporcionó trabajo, hogar y familia, que han hecho que mis raíces perdidas vuelvan a agarrar firme y definitivamente.
Pero han transcurrido los años, desde aquel lejano febrero del 72 del siglo pasado, y hoy volví a verte. Supe que eras tú, con treinta años más, acompañada. El mismo brillo y el mismo azul en tus ojos, y estoy seguro de que durante unas décimas de segundo me miraste, me reconociste y rememoraste, espero que sin rencor, nuestro primer y único encuentro. La pequeña estrella —me fijé— no estaba ya en tu cuello. Por un momento me invadió la nostalgia.
Vi cómo te alejabas por entre las acacias y rododendros del bulevar, y al desaparecer de mi vista sentí el peso del tiempo caer sobre mi. 


















3 comentarios:

  1. Querido mío, te leo mañana con calma, sólo quería decirte que me gusta mucho que le llames LIbertad. Durante años al presentarme lo hacía con ese nombre (que es el nombre de mi madre), pero todos, al tiempo, me llamaban Tania o Tani. Hasta que desistí.

    Un abrazo

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  2. lei y guardare silencio. es demasiado intimo, para decir nada.
    pero como siempre, mi amigo . ¡ BIEN !

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  3. Precioso, José Antonio, justo como dice Pedrito, se lee muy íntimo. Muy sentido, muy nostálgico.

    En cuentro más indicios de lo que hablamos con el amuleto.

    Puedo imaginar la playa, a la pareja, los silencios, los roces.

    Hermoso.

    Besos, querido mío

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