21.11.09

De cuando estuve a punto de morir ahogado

--> -->Pues sí, ocurrió que el viernes 23 de marzo de 2007 nací de nuevo. Nací, estoy seguro, porque el Destino así lo quiso. Desde aquel día estoy convencido de que los acontecimientos que ocurren en nuestra vida juegan un factor fundamental en nuestro devenir. Estoy seguro de que cada pequeñísimo detalle, cada ínfimo movimiento que hagamos, y no otro, influye para que nuestro rumbo se determine de forma definitiva pudiendo suponer el tránsito sencillo, mínimo, casi imperceptible entre la vida y la muerte.
El día antedicho arribamos a Sint Maarten, una isla en las Antillas Holandesas de las cientos que puntean el mar Caribe. Esta isla es un pequeño territorio que está repartido entre dos países de la Unión europea. Un anacronismo como otro cualquiera.
El caso es que aquel día desembarcamos del crucero Holiday Dream en Phillipsburg, la capital de la isla, y nos embarcamos en un hermoso catamarán a cumplir uno de mis sueños infantiles como era revivir, mejor que rememorar, la aventura de visitar y soñar durante tres o cuatro horas en una típica isla caribeña desierta. Y nada mejor para ello que seguir la sugerencia de la compañía Pullmantur con quien estábamos pasando  nuestras vacaciones.
Así pues, dicho y hecho, en un pequeño atracadero del puerto de Phillissbug embarcamos en el Golden Eagle, en compañía de otro cruceristas. A fin de no sufrir las penalidades de Crusoe, mi mujer se cuidó de introducir en su enorme bolso todo lo necesario para nuestra aventura robinsoniana: crema solar, gafas de sol, bañadores, agua, el móvil para llamar a los niños, un par de pequeños bocatas distraídos del desayuno, y cómo no, la cámara de fotos para hacer lo que de siempre me obsesionó: hacer una foto de una huella en la arena con el fondo de palmeras y cocoteros, o sea Crusoe total.
A bordo, un guía nos ofreció una copa de lo que quisiéramos: zumo de papaya, ron destilado de la isla de Mari Galante, champán o simplemente una coca cola. Yo me decidí por un combinado de todo a fin de aprovechar el momento. El caso es que el guía, de nombre George, cuando se lo pedí, no pudo reprimir una sonrisa y en su idioma papiamento, uno de los lenguajes de la isla Sint Maarten, me ofreció una inmensa copa con un contenido absolutamente exótico y me parece que un poco afrodisíaco. Me tumbé en la cubierta, sobre la red que une las dos partes del catamarán, viendo como sobre mi cabeza pasaba la botavara del palo mayor y obnubilado de ver la vela que se henchía de viento mientras degustaba lentamente aquel cóctel preparado en exclusiva para mi. No pude evitar,en aquel preciso instante, un recuerdo para mis compañeros de trabajo…

Nos dirigíamos a la isla Tintamarre, una de las pocas islas absolutamente desiertas y destino de la excursión.
A ocho millas -aproximadamente dieciséis kilómetros-apareció de repente aquel islote maravilloso donde no se atisbaba ni una sola señal de presencia humana.
Los privilegiados que viajábamos en aquella embarcación enmudecimos, los bailes al son de los ritmos calientes caribeños cesaron y todos nos quedamos extasiados ante aquel espectáculo desconocido, un lugar en la faz de la tierra absolutamente virgen sin posibilidad de ser violado por ningún objeto, dispositivo, máquina o aparato que distorsionara aquel paraje absolutamente sacado del Edén.
Yo apuré mi cóctel fresco, suave, que calentó tibiamente mis sentidos, y le di las gracias a George en su idioma papiamento –él me lo enseño-: Danki! sonriéndome mientras recogía el vaso vacío.
El barco se iba aproximado hacia una cala que en la distancia era como una cicatriz blanca entre un bosque de palmas y vegetación exuberante y el azul purísimo del mar.
Según íbamos acercándonos ya me veía bajando directamente y poniendo pie sobre la arena blanca. Pero cual no fue mi sorpresa cuando repentinamente el catamarán paró el motor y un marinero arrió la vela mayor que yo había mirado absorto minutos antes henchida de viento. El pequeño navío, como si hubieran pisado el freno, quedó fondeado aproximadamente a veinte metros de la playa. Mientras todos aplaudían y se disponían a tomar tierra y practicar sus aficiones favoritas, nadar, tumbarse bajo los cocoteros o simplemente bucear, a mí me entraron repentinamente las “siete cosas”. Ya no me acordaba de mis carencias, y una de ellas es que a mí, la natación…. como que no. Y hasta la playa había no veintitantos escasos metros, sino insalvables millas o kilómetros.
El caso es que poco a poco fueron descendiendo todos los turistas: parejas de recién casados, matrimonios de mediana edad, chavales y chavalas, hasta señores de edad provecta se arrojaron entre gritos de alegría a las aguas del Caribe al asalto de la isla Tintamarre. Todos... menos yo, bueno, y una anciana que me triplicaba en peso y con apariencia de tener disminuidas sus facultades físicas. Allí se quedó la señora, y yo haciéndole compañía. Mi mujer, Carmen, se arrojó al agua junto al resto, con un estilo que me dejó asombrado. Era la primera vez que la veía tirarse y nadar de aquella manera. Antes de lanzarse al agua estuvo tratando de convencerme e ir nadando hasta la playa, y aprovechar la oportunidad de pisar tierra. Mil disculpas fueron las que puse pero en realidad lo que yo no quería era reconocer que la natación no era lo mío y que aquellos escasos metros que separaban el barco de la playa era una distancia que no estaba dispuesto a afrontar y menos con la ayuda de un ridículo flotador, después de ver a todos los expertos nadadores que disfrutaban de la arena y del mar. Así pues me dispuse a acomodarme en el balandro que se balanceaba suavemente al ritmo de las olas que reflujaban desde la paradisíaca playa. La señora y yo nos miramos sonriéndonos tímidamente, ella sospechando que algún impedimento grave me obligaba a permanecer a bordo renunciando a los placeres de la isla desierta del Caribe.
En pocos minutos pasaron por mi mente los graves traumas que me retorcían por dentro. Me sentí como frente al Tribunal del Peso de las Almas donde los dioses egipcios -Osiris- valoram las obras de los hombres; las buenas y las malas. Así, yo sopesé la decisión de permanecer en la seguridad de la cubierta del barco renunciando al placer taponándome los oídos como Ulises, o bien arrostrar las consecuencias tragándome mis temores y llegar a mi Ítaca particular.
Estaba dispuesto a poner en práctica mis escasos rudimentos de natación a braza y total, me dije, en una docena de brazadas, dejándome arrastrar por aquellas dulces y calidas ondas marinas, en pocos segundos estaría en los brazos de Carmen, mi mujer, que en aquellos momentos chapoteaba eufórica y contenta disfrutando de lo que tantas horas de trabajo y esfuerzo nos había costado durante todo un duro año de trabajo.


Junto a los infantiles flotadores que no estaba dispuesto a embutirme, observé que había unas barras largas y delgadas de poliuretano que nunca antes había visto, así pues cogí una por la mitad y descendí las escaleras del catamarán para posarme suavemente en las cálidas aguas.
 Cuando me dejé abandonar en el agua, comprendí el error cometido pues aquella barra supuestamente flotadora que yo asía firmemente por la mitad, se doblaba formando una V, que lo que hizo fue hundirme en aquellas aguas irremisiblemente. Cuando me vi completamente sumergido, y mis ojos se abrieron horrorizados comprendí que estaba viviendo los últimos instantes de mi vida. Miré hacia abajo y aquella profundidad azul celeste, de puras y cristalinas aguas, con miríadas de peces de todos los colores, el fondo repleto de rocas y corales azules y algas de un verde purísimo, y que aquel espacio repleto de peces que se paseaban placidamente ante mis ojos, palometas negriamarillas, salmonetes dorados, barracudas indolentes, apacibles peces martillo, grupper milcolores, peces ballestas horteramente decorados, peces Damisela haciendo honor a su sobrenombre y otras especies bellísimas pero desconocidas, como si de un acuario gigante se tratara, viendo increíblemente el fondo como si de un acuario iluminado se tratara, me parecieron las profundidades abisales de la Fosa de la Marianas, con la belleza de la Muerte y aquellos pececillos nadando a unos centímetros de mis cuerpo –instintivamente con la otra mano me protegí mi entrepierna temiendo no sé qué- me parecieron pulpos, tiburones y otros monstruos marinos que me acompañarían al inframundo y me arrastrarían a las oscuras simas para no regresar jamás. De repente mis nervios se desataron, mis más primarios instintos afloraron a mi ser y mi boca se abrió en procura de aire tragando en su lugar agua de aquel letal mar.
En aquel momento, un guppi enorme pasó frente a mi cara aterrorizada y ese bello pez fue testigo de la décima de segundo cuando decidí dar un manotazo en el interior del agua y emerger agitado, confuso, aterrorizado en suma, en busca de la bocanada de aire que necesitaba, sin más, para poder estar hoy aquí escribiendo y relatando los segundos que me llevaron al límite de mi existencia, a los umbrales del Más Allá. Cuando emergí a la superficie, comencé a agitar los brazos de forma histérica  para evitar un nueva y ya postrera inmersión, cuando a lo lejos, en la playa, pude ver la figura de mi mujer, sentada en la arena y que haciendo pantalla con sus manos miraba atentamente oteando el lugar donde me encontraba. Telepatía y sexto sentido. Y un par de ovarios diría yo, el caso es que sin pensarlo un segundo vi como el pedazo de mujer que tengo, que no pesa más de cincuenta kilos  se lanzó al agua y en un pis-pas, con un estilo y una fuerza y decisión que para si quisieran muchas vigilantes de la playa, estaba a mi lado. Me agarré a ella y sin más dilación cogió la dichosa barra de poliuretano, y la V que me dirigía con su punta al fonde del "tenebroso" mar, a la que yo me asía desesperadamente, la convirtió en una milagrosa U pasándomela por mi torso debajo de mis brazos. Así, agitado, hiperventilando, con espasmos y tiritona debido a la tensión sufrida, a punto de la insuficiencia respiratoria, fuimos acercándonos a la orilla guiado como un cordero por mi valerosa mujer.
Me tumbé en la orilla, me revolví sobre la arena, mis lagrimas afloraron disimuladas entre las gotas de agua marina. Mi mujer me acarició, me tranquilizó, calmó mi agitación y me pasó sus manos por mi pecho hasta regularizar mi respiración entrecortada,  me dijo que no pasaba nada, me aseguró que nunca me había perdido de vista, y luego… luego, cuando ya estaba sentado sobre la arena soltó una carcajada pensando en el papelón del día siguiente en la prensa española: "Turista español ahogado, agarrado al salvavidas, en el paraíso caribeño".
El regreso al catamarán fue especial para mí: nadando sosegadamente, asido convenientemente al dispositivo flotante, pero sobre todo con la presencia insustituible de mi mujer, que una vez más me había salvado de desaparecer para siempre de este mundo.
Nadie -y esto me alegra más incluso que el haberme salvado- se enteró. El guía me ofreció a la vuelta otro mejunje caribeño, aunque cuando añadió el ron, yo le empujé la mano para que dejara caer unas gotas de más.
Al desembarcar en la Isla de Sint Maarten, me despedí de él, alegrándome de que no hubiera habido necesidad de requerir sus servicios como socorrista.


Bon ayó, amigu¡ -adiós amigo-, fue lo que acerté a decirle en su lenguaje papiamento.
Regresamos al crucero sumido en mis más íntimos sentimientos dejando vagar la imaginación en la estela de espuma que la embarcación iba dejando tras el purísimo azul del mar de los caribes. Aquella noche mi mujer (mi mejor médico y psiquiatra de cabecera) me dió un Orfidal. Dormí como un bendito y me ahorré la pesadilla que me esperaba.
Y esta es la verdadera historia de cómo estuve  en un trís de fenecer ahogado en el Mar Caribe. Cuándo, ya lo escribí al principio. Dónde, en  las coordenadas 18º7´2.37” N  62º59’16.50” O.
Cuando lo cuenta, Carmen se ríe, pero a mí, maldita la gracia que me hace. Aún puedo ver la cara de susto del pez que pasó a unos centímetros de mi cara aterrorizada en el segundo que separó la Muerte segura de la Vida que se me perdía. Las mías. Y no he puesto ni he quitado nada.
Dicho queda...

9 comentarios:

  1. Buenísimo relato del borde de la muerte jaja

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  2. joseanbejarano.blogspot.com22 de noviembre de 2009, 14:21

    Anónimo: me alegra que te divierta lo que alegremente denominas "relato" pero te aseguro que vi por una fracción de segundo las puertas del Tribunal de Osiris, las puertas del Averno y las del Cielo, con San Pedro esperando...

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  3. Amigo, que anécdota tan desesperante y angustiante por la forma tan detallada en que lo narras, esto debe ser una especie de catarsis para ti.

    Alguna vez leí en lo de Pedro, o aquí, no recuerdo, que comentaban ustedes dos sobre un epidsodio en el que por poco mueres ahogado, supongo que se referían a esto.

    Menos mal que vives para contarlo y que gracias a tu mujer ya sabes usar esa barra. Es un ángel.

    Por cierto, yo le tengo pavor al agua, en Quintana Roo, mi tierra natal tenemos hermosas playas con aguas cristalinas, mar caribe al fin y al cabo; pero le tengo un profundo temor al mar, es tan inmenso, tan infinito, totalmente imponente.

    Besos y gracias por compartir esto

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  4. Jose A.Bejarano...

    No puedo ponerme en tu lugar porque realemente fuíste tú quien lo viviste, pero gracias a dios (a tu mujer)estás aquí contándolo. Me alegro muchísimo. Y sobre tu forma de narrarlo, aunque entiendo que fue un mal trago, te digo que es un trabajo literario excelente. Felicidades por tener esa mujer.

    Un abrazo, amigo.

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  5. Le debo la vida a mi mujer, pero cada vez que me lo recuerda se ríe porque no se podía creer lo que estaba viendo: ahogándome rodeado de vistosos pececitos tropicales. Gracias por vuestros buenos augurios y ya puestos a lo mejor os cuento de cuando dentro de la segunda gran pirámide me entró un ataque de claustrofobia y a punto estuve de perturbar el sueño de los dioses del Inframundo, del acojone que me entró. Pero fue tan fuerte que me lo estoy pensando... soy un desastre de viajero.

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  6. Jose A.Bejarano....

    Pues ya estás tardando en contárnoslo, con tu peculiar estilo, que a buen seguro nos va a gustar, por dramático que fuera el hecho.

    Un abrazo.

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  7. Jose Antonio, te comprendo muy bien porque yo no sé nada :( y debió ser para ti un infierno en aquellas profundidades, pero permite que te diga que me has hecho reír, has quitado sufrimiento a tus casi últimos momentos, y se lo has pasado al pobre pez que iba tan tranquilo y se topó contigo. Pero. ..como te dio tiempo a ver tanto y tan detallado allí abajo... Jajaaa me ha encantado tu manera de relatarlo. Un beso para Carmen que si no llega a estar atenta...ese caribeño te hubiese hecho el boca a boca

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    1. Aaay que no lo había pensado jajajjajaja (lo del caribeño digo) jajajjaja

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