16.7.12

Viva la radio!!!

                 La radio, durante las décadas cincuenta-sesenta, única alternativa al cine, le estaba aburriendo a Emilio, quien ya no creía, a sus años, lo que su padre desde años atrás le había dicho sobre ésta. Pero Emilio aún se quedaba mirando fijamente el magnífico TELEFUNKEN...
Igualica que la que Emilio tenía...
...que presidía el cuarto de estar. Ante el frontal del aparato, con parsimonia, poco a poco, iba girando el botón que hacía desplazar la aguja donde estaban situadas las filas, escalonadas, de sonoros nombres de ciudades: Adelaida, San Francisco y Valparaíso; Londres, Pretoria y Addis-Abeba; París, Praga y Moscú; Dar-Es-Salam, Estambul y Halifax; Helsinki, Vancouver y Roma. Y así, nombres y nombres de extrañas y lejanas ciudades —también Barcelona, Sevilla y Madrid aparecían— desde las que con el dial iba, a su paso, extrayendo sonidos, según la teoría de su padre, por la cual las voces y músicas venían directamente de los lugares señalados. Y Emilio, absorto, pasaba las horas observando los lugares enumerados en la faz desplegada —plana—, del mundo, sobre el cristal iluminado por las lámparas del receptor.
No sabía nada de él, pero en su casa caía muy bien...
El diario Pueblo llegaba a casa de Emilio con un día de retraso
El Papa bueno, de verdad
La radio le enseñó otras llamadas a la Oración distintas
Algunas fotografías, recortadas del diario PUEBLO y pegadas en la tela gris que cubría el altavoz, mostraban en un cada día más amarillento papel, el rostro sonriente y bonachón del Papa Juan XXIII y el rubio de juvenil rostro, mirando al infinito del, por muchos años, ídolo de la familia John Fitgerald Kennedy, los dos recientemente desaparecidos. Nunca, sin embargo, supo Emilio porqué concretamente un miope, negro y valiente Patricio Lumumba, quedó a medio camino de alcanzar el honor de aquel obituario íntimo, doméstico y familiar. Eran años mágicos de radio en los que Emilio, absorto, escuchaba atentamente todos los sonidos que surgían del oculto altavoz que vibraba según subía o bajaba el volumen. Entonces, a solas, deslizaba con la lentitud necesaria el dial, escuchando las músicas, unas veces de violines —seguramente desde algún salón de Viena o Berlín—, otras de ocarinas y flautas procedentes, tal vez, desde algún zoco rifeño o quizá cantos del muecín llamando a la oración desde algún alminar de Estambul. O la voz, grave, perfecta, sonora, intraducible, desde algún estudio en blanco y negro, en el mismo corazón de Londres o Nueva York. O las sintonías de los “partes”, dando las noticias de España. También los novelas, aburridas, o los Ángelus, o ”Matilde, Perico y Periquín”, o el 5-1 de la amarga noche del Benfica.
Pero también, el niño, a solas —a escondidas—, giraba, con un golpe seco, el botón prohibido, el que, a veces, había visto conmutar a su padre —Onda Corta—, y entonces, bajando el volumen, lo giraba, si cabe, más lentamente escrutando toda la banda, oyendo, muy lejos, sincopados sonidos que paraban y recomenzaban con unos ruidos que lo hacían absolutamente ininteligible. Como había visto a su padre muchos días, a las once de la noche: girando el botón y aplicando el oído atentamente.
Le obligaban a apagar la luz y a dormir, en pleno viaje...
A Emilio se le disparaba la imaginación pensando que si aquel botón, girándolo en un sentido, (OM), le traía todo lo anteriormente descrito, girándolo en el contrario (OC), las distancias se multiplicaban y, milagrosamente se podrían oír, tal vez, músicas de balalaika desde la ciudad, meta por fin, de Miguel Strogoff, portador del mensaje del zar. O la voz de Crusoe desde la solitaria isla de los Mares del Sur, tal y como Emilio, desde su cama en las madrugadas silenciosas de los inviernos, imaginaba y anhelaba de la mano de sus maestros Verne y Defoë.
Manipulando el receptor y escuchando las emisiones es como Emilio comprendió que el mundo no se acababa en los "catañarejos" ni al final de la carretera de Trasmonte; que los nombres escritos en el frontal del "telefunquen" eran tan reales y existían tan concretamente como él los tenía localizados, situados, y ubicados en su mente. Y con la radio, años después, aprendió tolerancia oyendo las primeras palabras de democracia.
Los tiempos cambian... para bien!
"Emilio"
Ahora, Emilio, es un “culo-de-mal-asiento” que recorre el mundo captando —on-line—, lo mismo Radio Osaka y Radio Aleuthians Islands con asombrosa nitidez a golpe de doble “clic”, que las“efeemes” de su ciudad o de su asociación de vecinos. La radio seguirá siendo, para siempre, su fiel acompañante.  F I N

8 comentarios:

  1. ¡Vaya!
    Vamos por partes.
    En primer lugar, veo que has cambiado la cabecera de tu blog.
    Y tienes razón, tu blog se encuentra si se busca.
    Al principio yo creía que habías dejado de actualizarlo, pues siempre me salía la misma y antigua entrada en mi lista de lectura.
    Menos mal que descubrí que algo fallaba, y ahora, no se me pasa entrar de vez en cuando, pues sé que estás aquí siempre, aunque estés en silencio.

    En segundo lugar decirte que me ha gustado el relato de la radio. Me ha dejado buen sabor de boca, y ganas de más.

    Y por último... En mi casa había una radio igual a esa, o muy parecida.
    Estaba sobre el aparador de la gran cocina, donde nos reuníamos mis padres, mi abuela y los cinco hermanos que somos.
    La recuerdo muy bien, aunque yo era pequeña.
    Yo me sentaba en el extremo de la rectangular y enorme mesa, que quedaba justo enfrente de aquél artefacto, y recuerdo que mientras la escuchaba, mi vista se nublaba y se fundía con ella, como hipnotizada no por el aparato, sino por las palabras y las historias que salían de él.

    Poco tardó en ser sustituido por un televisor de imagen en blanco y negro que ocupó su puesto en el aparador, y que aunque colmó mis ilusiones, cortó un poco las alas de mi imaginación.
    La tele me daba las palabras y también las imágenes. Con la radio, en cambio, las imágenes las fabricaba yo.

    Aquel aparato fue relegado a un estante en la despensa, y años después por culpa del desuso, pasó al desván de los trastos viejos. De allí no sabría seguir sus pasos. Tal vez acabara en un vertedero o quizá en manos de algún coleccionista de antigüedades, pues mi madre, en su afán de orden y limpieza, acababa siempre regalando estas cosas a quien se las pedía, muchas veces para restaurarlas y usarlas como decoración.

    Alaaa! ¡Menudo rollo te he largado! Es que me pongo y no me doy cuenta...

    Un beso y "En-hora-buena" para ti también.

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  2. Pues yo la radio, Adelaida, no la cambio por ninguna tele. Por estos artefactos introducidos en mis pabellones auriculares han salido sonidos y músicas que me han ahorrado de alguna perturbación mental,tantas y tantas han sido las noches que he pasado solo, en mi trabajo, que no podría pasar sin mi radio.
    Yo hacía como Emilio, la escuchaba pero también la miraba, y como él, miraba y leía aquellos míticos nombres que brillaban al trasluz de las lámparas de tungsteno que en el interior del enorme Telefunken hacían surgir músicas, palabras, chistes, partes, discursos, entretenimientos... hasta hechos históricos que he tenido la fortuna de vivir en directo... veintitresefe, Muros que caen, votaciones, discursos, y diezuvas, y francos-suarez-felipes-aznares..., y goles, y tragedias, y miedos, y dramas, y solidaridad, y reyesmagos, y músicas, y tantas cosas compartidas en mesas camillas con los abuelos, los padres, los hermanos y luego... ya solo porque la pantalla pudo con todos... menos conmigo... que yo sepa.
    Gracias por tus palabras amenas, y felicidades por tu nuevo premio que me dispongo a leer.
    Estás, sin dudar,de enhorabuenayrepetidamentebuena.
    Un beso, y espero que el agua caida en tu ciudad -NC- sea para el futuro benefactora.

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  3. La magia que tiene la radio nunca la podra conseguir la television..., a mi me encanta oir la radio y escuchar la musica en la radio, aunque yo siempre he tenido aparatitos mas modernos que ese.
    Besitos y espero que vivas bien alto para que no te llegue el agua, me han comentado que esta lloviendo muchisimo por alli.

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  4. Mar, claro, mujer, tengo un aparato de radio megasuperdigital en forma de chip, incrustado en los audífonos que me iban a poner el día que nos conocimos en mitad de PR (cuando paso por allí, procuro no pisar); así que ya el Telefunken de Emilio luce en un museo.
    Vivo en alto, en las Glorietas, y cae agua, y viento, y truena y relampaguea.
    Que te vaya muy bien en BCN, es mi deseo.
    Un beso, wapa.

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  5. La radio...Quien de los que ahora tenemos 50 y muchos no ha tenido una de esas en su casa...En la mía había una y la mirábamos como bobos cuando mi padre la encendía.

    Recuerdo que teníamos que guardar absoluto silencio a la hora "del parte", eso era sagrado.
    Ya no te cuento la foto de rigor tocando el botoncito, yo me libré por los pelos, mi hermana pequeña no:(
    Con ella seguimos, en casa está puesta toda la mañana y por la noche nos hace compañía.

    Jose que recuerdos has traído hoy aquí…E Pueblo era el periódico que mi padre compraba, me veo tirada en la alfombra del comedor pasando las hojas del periódico.
    De mi padre heredé dos vicios. La lectura y la radio.
    Menos mal que los tiempos cambian… para bien.Como tú dices.
    Un beso.

    Pd."Emilio" está muy guapo muy guapo en la foto:)

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  6. Jose Antonio...

    Me ha encantado esa afinidad que tenía para con la radio el bueno de Emilio y la forma de describirla por tu parte, maestro. Yo siempre he sido un enamorado de la radio y te contaré un secreto: desde bien pequeño me habitué a conciliar el sueño con esas voces que un día me hablaban de misterio, otras de narraciones,etc... A día de hoy, con 40 años, sigo con la misma costumbre y es mi fiel compañera, la que me ha hecho pasar tantos ratos agradables. Recuerdo, que de pequeño, mis padres (y yo) siempre escuchaban "La Saga de los Porretas" y cuando me quedaba a solas con ese maravilloso aparato, me ocurría igual que a Emilio, buscaba y buscaba en la onda corta hasta dar (lo que a mi me parecía) con comunicaciones enigmáticas procedentes de "quién sabe donde", alimentando mi curiosidad más si cabe.
    Amo a la radio, y como tal, te felicito por esta narración que tan bien sienta por la mañana...

    Un abrazo

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  7. Laura: el "guapo" Emilio le daba al dial, y ponía la clavija en el agujero correspondiente del elevador de tensión para estabilzar radios a valvulas. Y pasaba el dial buscando palabras y músicas exóticas, mientras su padre leía el Pueblo buscando noticias que alterasen la monotonía de aquella España en blancoynegro.
    Tiempos pasados... para bien y para mal,con sus luces y sus sombras.
    Queda la radio siempre!

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  8. Félix, la Onda corta siempre le pareció a Emilio la Onda prohibida, puesto que a lo largo de toda la banda los espacios de silencio absoluto se le hacían eternos. De vez en cuando algún sonido agudo discordante, molesto, parecíale a Emilio la emisión de algúnn mensaje encriptado desde algún lugar recóndito del Moscú de noches blancas o desde alguna de las repúblicas de la Unión Soviética, emitiendo algún agente del servicio secreto de la Casa Blanca, intentando advertir al mundo del inminete disposición de alguna ojiva atómica apuntando sobre nuestras cabezas...
    La Onda corta, la Pesquera, Radio Españaindependiente, Radio Pirenaica, AquíRadioandorraemisoradelprincipadodeandorra...
    Un abrazo, félix

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