9.12.10

Viva el cine !!!

Cinema Juventud Católica. HERVÁS          foto A.M.C.
La vida discurría monótona en el Hervás de mil novecientos sesenta y tres, y aquella noche de finales de otoño, sobre las circundantes montañas, se cernía una de las tremendas tormentas que, de tanto en tanto, caían dejando inerme, sin energía, a todo un pueblo, soportando el gran aparato eléctrico que podía dejar sin cosechas y en la más absoluta miseria a muchas familias.
En aquel ambiente discurrían los trece años de Miguel, deseando ansiosamente que el domingo llegara para poder asistir al cine de la sesión infantil. Pero desde un tiempo atrás, un acontecimiento había venido a alterar su discurrir diario: se había implantado, por vez primera en Hervás, una sesión cinematográfica entre semana.
Así que las aburridas clases del bachillerato, con las monótonas declinaciones de los verbos latinos, las inextricables ecuaciones de segundo grado y las endiabladas palabras del vocabulario ingles, unido a las "provechosas" lecciones de la formación del espíritu, fueron aparcadas por Miguel para mejores ocasiones, y, como es natural, acumulándosele el trabajo pendiente, pero no podía dejar pasar y desaprovechar la dulce tentación que la vida le reservaba de poder asistir al cine entre semana.
Así, después de mucho pensarlo, se armó de valor y solicitó el permiso paterno: “¿Estás loco? ; de cine, ni hablar. A estudiar, y a la cama temprano. Ya irás al cine el domingo.” Fue la última palabra del padre.
Aquel mismo jueves, sin embargo, junto a su inseparable amigo Tomás (D.E.P.), arrellanado en el palco delantero del CINEMA JUVENTUD, soportando los múltiples cortes de energía eléctrica producidos por la cercana tormenta, se dispuso a ver una película. Han transcurrido treinta y cuatro años desde entonces mas, aunque olvidado el título, Miguel no ha conseguido borrar de su mente la escena más terrorífica que haya visto en ningún cine, vídeo o plataforma teledigital, y que le ha dejado un recuerdo indeleble: un hombre, grande, inmenso, con un amplio gabán, sonriendo con una mueca gélida, y dirigiendo una mirada inexpresiva a una niña caída, aterrorizada, a merced del "monstruo". La escena, con la cámara enfocando desde la misma altura de la criatura, desde el suelo, en un “picado” imposible, hacían del encuadre en blanco y negro algo que a Miguel le ha dejado marcado para siempre. La pantalla, durante unos segundos a oscuras y la música “in crescendo” dieron paso a un primer plano de la figura de una muñeca rota, sucia, decapitada, pisoteada en el barro, mientras poco a poco la sombra desenfocada de la alimaña, arrastrando los pies —botines de reluciente charol— sobre la húmeda hojarasca, se alejaba adivinándose una difusa silueta en dirección al pueblo cercano. La película continuaba con la rutinaria vida del asesino, mientras el detective de Scotland Yard, gris, anodino, con aspecto de funcionario ministerial iba, poco a poco, recomponiendo el rompecabezas que traía en jaque a toda la ciudad. La solución, debida a la sagacidad del policía y al sempiterno error de todo crimen perfecto, llegó al final de la cinta. La bestia asesina, detenida y encerrada, no logró calmar la inquietud a Miguel. Se apoderó, ya, de su mente, alterada por lo que había presenciado –REALMENTE– por primera vez en su vida.
Al llegar a casa —noche de frío—, a Miguel, que se había salido con la suya de asistir al cine, le aguardaba un encargo que su padre, severo, le reservaba: debía subir, urgentemente, al desván en busca de no se sabe qué cachivache. Se le heló la sangre. El encargo, completamente ineludible y para el que no cabían excusas posibles.
Al momento se encontró en los primeros peldaños de unas escaleras, apenas iluminadas por una bombilla de no más de veinte o veinticinco bujías, acabadas en la puerta del desván, haciendo de aquella imagen un espléndido, pero tétrico plano en travelling. Miguel permaneció durante unos eternos minutos paralizado, recordando que, allí mismo, en aquella casa de la Collada de la Conversa, había sido recientemente trasladada la oficina y el almacén de la funeraria Santa Perpetua, donde según decían, el empleado, Fulgencio, dormía las siestas en el interior de los ataúdes. Todo aquello debajo exactamente de sus pies, sintiendo inquietantes presencias y todos sus recuerdos –los peores– amontonados.
—Aprende la lección— fue la sentencia de su padre que, en el último momento, le había exonerado de cumplir el encargo—. De ahora en adelante, nunca, más, cine entre semana. ¿Lo oyes? no vuelvas a pedir ir al cine. A estudiar, y ya tendrás tiempo de cine los domingos. Cada cosa a su tiempo. ¡Hala, a la cama!
Aquello no ocurrió en balde, y pasó factura. Desde entonces, Miguel puso un esmerado cuidado a la hora de asistir al cine. Eligió con precaución las sesiones que iban a formar parte de su “cultureta” cinematográfica. Desde entonces, lo juró, no más películas sobre crímenes truculentos, condes de la Transilvania, Nosferatu, Frankenstein, nada de zombis o de enterrados catalépticos, a partir de entonces sólo —aunque sus amistades no entendieran muy bien esa afición exclusiva—, mucho realismo italiano, ‘nouvelle vague’ francesa y el resto, de Cid Campeador, Mandamientos divinos, Caídas de cualquier imperio, Vueltas a los mundos de Verne y, por supuesto, todo lo que fuera menester visionar del tipo “La gata sobre el tejado de zinc”, aunque más tarde supiera que faltaba el adjetivo de ‘caliente’.
Con los años, claro, han ido cicatrizando sus pequeños traumas infantiles, y lo ha ido consiguiendo gracias sobre todo al gran maestro Alfred Hitchcock, quien desde las pantallas le ayudó a dominar sus miedos y angustias haciéndole testigo del ataque asesino en ciernes. Pero Miguel, curado de espantos, ahora un poco obsesionado con los efectos cinematográficos, que ya puede asistir al cine cuando quiere, sigue prefiriendo los efectos naturales tipo duelo Ben Hur-Messala –el bueno y el malo–, aurigas en desenfrenada y emocionante carrera alrededor del circo, a otros efectos menos naturales —virtuales— basados en computadoras, como la caída de cualquier astrolito inmenso, desgajado de cualquier lejana galaxia en inminente, inexorable y definitivo desastre sobre nuestro pobre, minúsculo e indefenso mundo. ¡¡Viva el cine! ! FIN

10 comentarios:

  1. ¡Vamos, que Miguel y tú seguís siendo unos fanáticos de las pelis clásicas, del cine en mayúsculas, ¿no? ;D!

    Me ha gustado mucho este relato sobre un momento crucial de la vida de Miguel (creo que es algo autobiográfico, ¿me equivoco? ;)) y la descripción que vas haciendo de aquellos años de ilusión cinéfila, comiendo pipas y transgrediendo normas paternas.

    Por cierto, ¿qué peli era la que le dejó a Miguel tan honda huella anímica? ¿una de Hitchcock, quizás?

    A mí me siguen gustando las de crímenes truculentos, condes de la Transilvania, Nosferatu, Frankenstein, zombis o de enterrados catalépticos... :D
    Para divertirse de lo lindo, ¡son las mejores!!

    Lindos homenajes has preparado, Jóse, para dos compañeros tan versátiles como inseparables: la radio y el cine.

    Te dejo un fuerte abrazo y mi cariño.

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  2. Miguel es Miguel y yo soy... bueno! y qué más da!
    Le encanta a Miguel el cine de terror... ojo! no el cine de "terror de palomitas", sino ese gótico que os sigue gustando a los dos, pero es tan sensible Miguel que lo rehuye.
    Le encanta el cine americano y no quiere ni de valde el cine de los bardenes, almodovares, pés y otras yervas.
    Hollywood, acción, efectos especiales de verdad (no de ordenata) y le siguen gustando las de romanos... y de guerra mundial (para nada nuestra guerra)

    La peli que le dejó a Miguel KO fue una de miedo-miedo, tan de miedo que daría cualquier cosa por saber título e intérpretes, y seguro que Miguel, si algún día lo descubre, tendrá mucho gusto en invitarte a una sesión para verla juntos.
    Vosotros veréis...
    Un beso y el cariño de los dos, Miguel y Jóse... para Mardecine.

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  3. cine entre semana.

    todo un logro, para la epoca.

    bas y bosberida, amigo

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  4. Cine entre semana que así salió. Un día y no más. Cine en la sesión infantil del domingo pues por la noche eran de clasificación R, 4R o 4 GRAVEMENTE PELIGROSA (por supuesto estas eran las que más me apetecía ver, las prohibidas).
    BAS!

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  5. Jose recuerdo la película como si fuera hoy.
    Nos la pusieron en un cine que tenía el señor obispo en la plaza de Stª María en Cáceres en sesión infantil.
    Era una sala con bancos de madera y en la pared una tela blanca
    Nunca he podido olvidar al protagonista era gordo, llevaba abrigo y tenía una mirada...La escena de la muñeca se me quedó grabada tendría entonces unos 9 años.
    No hace mucho en un programa de radio hablaron de ella no recuerdo el nombre.
    Eso si que es terror psicologíco.
    Con tu relato he vuelto a ver la película.
    Un beso.

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  6. Eso era terror sicológico y no el actual "terror de palomitas".
    Esa peli me impactó pues descubrí en ese momento adónde podía llegar la Maldad del ser humano.
    La muñeca rota, pisoteada, sobre el barro mientras el asesino se alejaba lentamente sumergiéndose en la oscuridad es una escena maestra del cine. Lo decía todo sin mostrar nada.
    Viva el cine, Laura!!!

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  7. Según lo leía he revivido la escena de la muñeca en el suelo.

    A mí sí que me gusta el género de terror.

    Como Miguel, yo también me asusto tras la película, creyendo que encontraré al monstruo en cualquier rincón oscuro, pero nunca renuncio a una buena sesión de miedo por ese motivo.
    Yo, primero disfruto viéndola, y después... ya tendré tiempo de arrepentirme de haberla visto.

    Y para la siguiente peli de miedo, ya se me ha olvidado lo mal que lo pasé.

    Saludos.

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  8. Pero si me encanta pasar miedo, porque soy un miedica de aquí te espero.
    Me da miedo la soledad, sobre todo...

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